XXXVIII Sintió que le picaron con ternura la nariz varias veces. Entreabrió los ojos y vio unos que brillaban, observándolo fijamente, pero ocultos por pequeñas lagrimillas. Él encendió la lámpara de mesa y el nene estaba sentado en la cama, con carita de puchero y los labios temblando. —Fue mucho y se sadió —balbuceó el niño que estaba por ponerse a llorar. —Ah, no amigo, no llores por eso, está bien —respondió el hombre con voz tranquila y amigable. El alba aún no se asomaba, serían tipo 3:00 a.m. Con paciencia le quitó la pijamita, lo limpió y lo dejó listo para que ahora sí pudieran descansar. Las sábanas también las cambió, mientras el pequeño se aferraba a su espalda, como un bebé Koala. Todo era nuevo y diferente, eran un par de hombres que ahora se valían por ellos mismos. Cua

