5. Fiera.
Becket.
Hoy empieza siendo un mal día.
Antes de arrear el ganado al potrero del norte, nos dimos cuenta de que había que reparar unas cuantas cercas que en el invierno pasado se habían dañado con la lluvia. Es la primera vez que algo así me pasa, lo que empeora mi humor ya lúgubre. Aunque tengo una clara idea de qué o quién ha tenido mi mente tan dispersa en la última semana, ignoro todo lo que tiene que ver con ella.
Maldito el día en el que Lia se apareció en el rancho.
Casi deseo haber seguido en oscuras, sin saber de la muerte de mi hermano. Así no tendría estas batallas morales entre el amor por mi hermano y el amor por estas tierras. Pero no se trata sólo de proteger lo que es mío, sino de proteger a cada familia que depende de este rancho.
— Rose me dijo que escuchó cómo Lia empacaba sus cosas muy temprano — me dice Miguel, mi capataz y mano derecha, mientras reparamos juntos las cercas dañadas.
Saco la puntilla que presiono entre mis labios y con el martillo la golpeo duro en la madera.
— ¿Cómo sabe Rose que Lia estaba empacando?
— Porque estaba haciendo demasiado ruido. Rose escuchaba que arrastraba cosas de un lado a otro, incluso cree que estaba moviendo la cama… — el hombre mayor me pasa otra puntilla —. ¿Se va hoy?
— Mmm — asiento evasivamente, negándome a decirle que prácticamente la eché.
— Pobre muchacha, se ve muy perdida.
Me río, una risa ronca y llena de irritación.
¿Pobre muchacha?
La mujer que me lanzó billetes al piso en un claro intento de humillarme no tiene nada de pobre ni de perdida.
— Aquí no hay nada para ella — le digo.
— No lo sé, Beck, Lucas creció aquí y ella es su esposa. Yo creo que tiene derecho a conectar con lo que tu hermano fue una vez.
— ¿Qué importa? Lucas ya no está, él se ha ido.
— ¿Y? — La voz de Miguel se endurece —. No me digas que si tú tuvieras la oportunidad de conocer quién fue Lucas en los últimos años, no la aprovecharías.
— ¿A qué te refieres? — Lo miro.
— ¿Por qué no ves lo que la presencia de esa muchacha significa, Becket? En vez de ver amenazas en donde posiblemente no las hay, date cuenta que ella es la única persona viva que te mantendrá unida a él, que te permitirá conocer quién fue Lucas, en qué hombre se convirtió, quién murió siendo. ¿O no quieres saberlo?
Un recuerdo del rostro de mi hermano, feliz en el día de su boda, viaja como una corriente dolorosa por todo mi cuerpo.
— No nos caemos bien — le digo a Miguel lo que me avergüenza expresar en voz alta —. Ella y yo… no nos caemos bien. Estoy seguro de que me odia.
Él se ríe.
— La he visto un par de veces, siempre silenciosa y escondidiza, ¿qué puede odiar esa criatura indefensa?
— ¿Criatura indefensa? — Las palabras me sale llena de ironía —. Es una arpía.
— Es una niña.
— Una mocosa — suspiro, sacando mi sombrero para limpiar el sudor de mi frente —, me saca de quicio.
El recuerdo de los billetes me vuelve a poner los pelos de punta.
¿Criatura indefensa?
Cada vez que abre su boca, con una sola frase, ella golpea con una precisión que asusta.
Dos veces he hablado con ella y esas dos malditas veces ha tirado a herir como una arpía.
¿Y por qué tú nunca lo buscaste?
Me das vergüenza…
Parece saber exactamente qué botones tocar para descomponerme.
Voy a abrir la boca para explicarle a este pobre hombre lo que se esconde debajo de su aspecto angelical, pero el ruido de la camioneta de Hank acercándose a toda velocidad nos pone en alerta a ambos.
— ¿Qué pasa? — Le pregunto cuando se baja apresurado hacia nosotros.
— Es Lia — explica Hank, y mi cuerpo entero se tensa de forma instintiva.
— ¿Qué hizo?
— Se está moviendo a la antigua cabaña de Miguel, está arrastrando un colchón por todo el camino.
¿Qué. Diablos?
— ¿Esa cabaña no está en desuso? — Miguel pregunta.
Asiento.
Esa maldita cabaña es más vieja que la vida misma. Incluso Miguel hace años dejó de vivir allí y ahora la usamos para guardar leña cuando el invierno se acerca.
Vuelvo a poner mi sombrero y me subo sobre mi caballo, entonces galopeo a toda velocidad para enfrentar a una mujer que está seriamente a un paso de volverme loco.
— ¿Qué carajos haces? — Le grito a Lia, desmontando mi caballo ante lo que me encuentro.
Me reiría si otra fuera la situación, pero no puedo reírme, no cuando el circo está pasando en mis propias tierras.
Ni siquiera me dirige una mirada. Está demasiado ocupada arrastrando un colchón con una cuerda que ató alrededor como si fuera una carreta improvisada. La escena roza lo absurdo: el colchón claramente pesa más que ella, pero aun así, Lia se las arregla para moverlo sobre la grava y la tierra.
El polvo ha convertido su pantalón blanco en un desastre, pero, curiosamente, cubrió el colchón con un trapo viejo para que no se ensuciara. Supongo que al menos eso sigue intacto.
Aun así… ¡¿está ella loca?
Miro alrededor y noto que todos la observan, completamente entretenidos con el espectáculo que está dando. Les lanzo una mirada fulminante y, como por arte de magia, vuelven a sus tareas. Todos menos Cassidy, que sigue comiéndose un banano mientras contempla a Lia con una sonrisa divertida.
— No ha querido aceptar la ayuda de nadie — Cass me explica —, dudo que acepte la tuya.
Yo no quiero ayudarla, yo quiero estrangularla.
— Vuelve adentro, Cassidy.
— Pero…
— Adentro — le ordeno.
Una vez no hay ojos y oídos chismosos cerca, vuelvo mi atención a Lia.
La condenada mujer sigue arrastrando el colchón, sin inmutarse por mi presencia.
Espera…
— ¿Ese colchón es mío?
Joder, ese era el colchón que estaba en su cama, en la habitación en la cual ella se estaba quedando.
Enserio, ¿qué carajos está haciendo?
Cuando le dije que se fuera de mi casa, hablaba de todo el terreno, no de que simplemente se mudara a otro rincón del mismo maldito rancho.
Finalmente, ella se detiene y parece meditar algo consigo misma. Entonces se acerca a mí, me lanza más malditos billetes a los pies, y vuelve a arrastrar el colchón por sí misma.
Ella… ¿acaba de pagarme por el colchón?
Cierro los ojos un segundo y me paso la mano por la cara, intentando contener lo que sea que esté a punto de explotar dentro de mí.
Pero cuando la miro, lo que me parte es eso… esa pequeña sonrisita divertida que lleva en el rostro, como si llevarme a mis límites la hiciera feliz.
Está completamente loca.
Y quiere arrastrarme con ella a su locura.
Camino directo hacia ella, con un gruñido creciendo en mi pecho, y la cargo sobre mi hombro como si fuera un fardo de heno para los caballos.
— Maldita seas —le gruño, porque se mueve tanto que por poco nos hace caer a los dos—. Quédate quieta, joder.
Camino a pasos largos hacia la pequeña cabaña desocupada, a solo unos metros de la casa. En todo el trayecto, me araña la espalda con las uñas y me golpea con los pies, pero le inmovilizo las piernas con firmeza. La meto dentro, dejándola en el suelo mientras patalea y lanza gruñidos sin sentido.
— ¡Carajo! — Llevo mi mano hacia atrás cuando ella me muerde el brazo —. ¡No eres una arpía, eres una fiera, una maldita fiera con dientes y uñas, jodido infierno!
Lia me gruñe y me mira con brillante odio en sus ojos.
Yo la miro igual.
Hasta que miro alrededor.
Ella…
— No puede ser cierto.
Sus cosas ya están aquí, en este desbaratado cuarto de madera que lleva años en desuso. Huele a viejo y guardado y no es apto para que nadie viva en él. Pero aquí está ella, haciéndolo suyo.
La miro de nuevo.
Nunca había conocido a nadie como ella.
Nunca esperé encontrar a alguien como ella.
Mi hermano no pudo casarse con alguien así.
¿La mujer que vi en el video de su boda?
Me río porque no hay rastros de esa dulce chica ahora mismo.
— ¿Me tengo que poner la vacuna contra la rabia? — Señalo la marca de sus dientes en mi brazo.
— Vete al infierno.
— Ah, ella habla.
Y maldice como un marinero.
Se queda en silencio otra vez, como si lo estuviera pensando mejor. Poco a poco se calma, hasta que vuelve a cerrarse por completo, como si levantara un muro entre nosotros. De pronto, su mirada me atraviesa, como si yo no existiera.
Eso me enfurece más.
— No puedes quedarte aquí.
Me ignora, empieza a doblar su ropa y a guardarla en el desbaratado closet que puede ser del siglo pasado.
— Vamos, Lia, no puedes ir enserio con esto — le digo —. Este lugar no es apto para nadie, ni siquiera para ti.
Nada.
Ella no me habla.
— Tienes que volver a tu hogar, aquí no hay nada para ti.
Me desespera tanto que no me hable que quiero ir, sacudirla y sacarle las palabras a la fuerza.
Enserio, es la primera vez en mi vida que no tengo idea de qué hacer.
¿Qué hago?
¿Qué demonios hago con ella?
— Está bien, vuelve a la casa — cedo a regañadientes.
De ella brota una risa irónica, una carcajada sin una pizca de humor que me dice que eso es lo último que hará.
¡Pero no puede vivir aquí, ¿acaso no lo entiende?!
¿Es ciega a lo que hay a su alrededor o su testarudez es más grande que su sentido común?
— Dios me ayude, Lia, tienes que venir con manual de instrucciones porque… ¡no sé cómo carajos lidiar contigo!
Sigue guardando la ropa, sin decir una sola maldita palabra.
Ah, al infierno.
— ¡HANK! — Grito porque hace un momento lo escuché estacionar nuevamente en la casa.
Él apararece tres segundos después, mirando dubitativo de Lia a mí.
— ¿Sí, Becket?
— Ayúdame a bajar la cama de Lia hasta aquí, la instalaremos en este lugar.
Y que ella asuma las consecuencias si en las noches le llegan bichos y zancudos con los que no puede lidiar.
¿Quiere vivir aquí?
Bien, que viva aquí.
A la mierda.
Salgo de allí hecho una furia y subo a la habitación donde ella se estaba quedando. En efecto, el colchón ya no está y la cama de madera está desnuda. Hay destornilladores y herramientas tirados en el suelo, lo que me indica que intentó desarmarla para llevarla a la cabaña, pero, al no poder hacerlo, se decidió a irse solo con el colchón.
— Empecemos — le digo a Hank.
Nos toma menos de diez minutos desarmar la cama y, cuando salimos de la casa cargando las piezas de madera hacia la cabaña, veo que Lia ya ha arrastrado sola el colchón hacia su nuevo hogar.
No se rinde, ¿no es cierto?
Empujo la puerta y entro cargando las tablas mientras Hank sostiene la cabecera. Ella ni siquiera me mira; sigue acomodando su ropa, doblándola como si fuera una mujer normal y no le faltaran esos diez tornillos que perdió hace tiempo.
Hank y yo dejamos las partes de la cama en el piso y regresamos a la casa para traer las piezas faltantes. Cuando volvemos con lo que quedaba de la cama, nos detenemos al ver lo que ella está haciendo.
Joder, ella de verdad me va a volver loco.
Lia está tirando las partes de la cama por la puerta, sacándolas de la cabaña, lanzándolas contra la tierra y haciendo que la grava resuene con un fuerte estruendo.
— ¿Qué diablos haces? — Suelto las tablas que me quedan y voy hacia ella.
Ella lanza una tabla con más fuerza, casi tirándola intencionalmente a mis pies. Tanto así, que tengo que retroceder un paso para evitar el golpe. También retengo la respiración para no inhalar el polvo que se levanta.
¿Ella está rechazando la maldita cama?
Observo cómo se sacude las manos para deshacerse de la suciedad, mirándome fijamente con un brillo retador en su mirada.
— Lia — le advierto.
Me sonríe sin mostrar los dientes y cierra la puerta en mis narices.
¡Maldito y sangriento infierno, carajo!
Dejo escapar un gruñido mientras observo la cama desarmada a mi alrededor, los billetes aún esparcidos a unos metros frente a la casa, y el rastro en la tierra que dejó ella al arrastrar el colchón.
Ella…
—Bueno, ¿devuelvo la cama? —pregunta Hank, con diversión en cada palabra.
Lo fulmino con la mirada, recojo mi sombrero, que en algún momento cayó al suelo, y vuelvo a montar el caballo para salir a todo galope de allí.
Mientras el aire cálido aviva aún más mi ira, me doy cuenta de algo… ella sigue sin dirigirme la palabra.
Y eso es lo que más me enfurece de todo esto.
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