6. Rabiar.
Lia.
Si soy sincera, la cabaña es el peor lugar en el que he vivido en mi vida.
El colchón en el piso no es la mejor opción para dormir, de la ducha sale muy poca agua y la cocina consta de un solo fogón. Intenté hacer compras esa misma tarde, pero nada me llegó. Pensé que el problema estaba en que este pueblo no hace domicilios, después de todo, es muy pequeño y parece haberse quedado atrapado en el tiempo. Así que, al otro día, muy temprano, fui al centro de Silver Ridge a comprar comestibles y demás cosas que necesitara.
No pude.
No me vendieron nada.
Ellos no me vendieron nada.
Una parte de mí quiere creer que él no está detrás de esto. No puede ser tan miserable, ¿cierto? Pero recuerdo sus últimas palabras ese día en el despacho y sé que Becket Callahan es capaz de todo con tal de sacarme de sus tierras… incluso dejarme sin comida.
No estoy segura de cómo luzco en este momento, pero cuando estaciono el auto bruscamente en el rancho, varios trabajadores se apartan de mí mientras camino con la rabia rugiendo en mis venas, directo hacia el imbécil de mi cuñado.
— ¿Dónde está Becket? — Le grito a Miguel, el único hombre que no se aparta de mi camino como si yo fuera la mismísima parca.
— Buenos días, señorita — él se quita su sombrero y me hace un gesto educado —, el señor está en los establos.
— ¿Establos? — Pregunto.
¿Y dónde están los establos?
Miguel parece entender que no tengo la menor idea de nada sobre esta propiedad, porque me señala un lugar en específico. Miro hacia donde él me indica; una construcción de concreto y madera. Por supuesto, yo voy directo hacia allá.
En otro momento de mi vida, me detendría a admirar los caballos y lo bien organizado que está el lugar, pero no puedo. Ahora mismo sólo puedo pensar en él y en la necesidad que sienten mis manos de estrangularlo.
¿Él es real?
¿Cómo un hombre puede ser tan insoportable en esta vida?
— ¡BECKET! — Me asomo por una cuadra vacía, luego en la otra me saluda un caballo, pero ese no es el animal que busco —. ¡BECKET!
— Ella habla — por fin el imbécil sale de una cuadra, cerrándola para asegurar el caballo dentro.
Hijo de…
Lo miro fijamente, mis manos apretadas en puños.
— Ah — él asiente, secando sus manos en un trapo que cuelga de su hombro —, ¿te volvieron a comer la lengua los ratones?
Este…
Hijo…
De…
— ¡Puta! — Le grito, lo que hace que sus ojos se abran desmesuradamente.
— No soy ninguna prostituta.
— Eres un imbécil, un animal rastrero, eres un miserable hijo de…
— ¡Eh! — Levanta su mano, callándome, sus labios se fruncen ligeramente —, no es que me importe, ¿pero a qué debo el honor de tus palabras?
— Sabes muy bien lo que hiciste, Becket Callahan.
— ¿Lo sé? — Se acerca un poco más a mí.
— Me dejaste sin comida — digo con dientes apretados.
— Le pedí a Hank que te llevara desayuno en la mañana, tú lo rechazaste.
— No hablo de eso — ¿por qué no puedo parar de gruñir? Le he gruñido más a él de lo que he gruñido en toda mi vida.
— Sé clara, Lia, porque no tengo puta idea de lo que hablas.
— ¡No me vendieron nada en ningún supermercado! — Apunto con mi dedo hacia él —. ¡Tú, de alguna forma, indispusiste a todo un pueblo contra mí y nadie me quiere vender nada, ni siquiera un café!
— Yo no… — empieza a negar.
— ¡No lo niegues! — Lo apunto con más fuerza.
— ¡Cristo, retrocede!
No retrocedo, sólo apunto mi dedo con más fuerza hacia su pecho. No lo toco, pero bien podría hacerlo con la furia que expulso.
— ¡Acéptalo!
Él aparta mi mano de un manotazo, retrocediendo otro paso.
— No acepto nada, ¡no tengo idea de qué carajos me hablas!
Una risa agría se me escapa.
— Ay por Dios, tú eres el único que me odia, tú eres el único imbécil que sería capaz de hacer algo tan vil.
Él se tensa por mis palabras.
— Mira, de verdad estás empezando a…
— ¡Te odio! — Y lo empujo con mis manos en su pecho.
Todo pasa como en cámara lenta.
Becket se tropieza hacia atrás, sus pies trastrabillan y se enredan con heno, hasta que sus pantorrillas se dan un golpe con los bebedores y como si de un trampolín se tratara, él gira y cae sobre el piso.
El agua del bebedero lo empapa, sobretodo en el rostro y pecho.
Lo odio, lo odio tanto que... no lo odio.
— Tú…
— Te odio — le digo de nuevo, pero mi voz sale quebradiza, mi corazón se oprime de una forma dolorosa.
— Lia — él se pone de pie, mirándome con precaución, como si supiera que algo está a punto de desbordarse.
Y algo está a punto de desbordarse, lo siento en mi piel, en mis huesos, en el latido errático de mi corazón.
— Te odio — mi voz sale cada vez más temblorosa.
Sus hombros caen, mirándome casi desarmado y sus ojos se llenan de esta extraña dulzura que no soporto, mucho menos de él.
Nunca de él.
— Te odio — gruño entre dientes y empuño mis manos cuando avanza un paso húmedo hacia mí.
— Lia…
— Te odio — susurro, mirándolo directo a los ojos.
— No, no lo haces.
— Te detesto — levanto mi rostro para darle cara cuando se detiene a un corto paso de mí —. No puedo creer que seas el hermano de Lucas, eres la peor persona que he conocido en mi vida y…
— ¿Qué? — Susurra de vuelta, sin huir de mi mirada.
— Y puedo entender claramente por qué Lucas se alejó de ti.
Él asiente, su mandíbula apretada con fuerza y la pequeña cicatriz en su labio se intensifica, dándole un aire duro, pero extrañamente vulnerable a la misma vez.
Parpadeo, mi pecho subiendo y bajando con dificultad.
El ambiente es tan tenso y cargado de algo que no puedo identificar muy bien, sólo sé que cada susurro, cada respiración, cada centímetro entre ambos parece ir escalando, construyendo algo que también está por explotar.
— ¿Algo más por decir? — Pregunta.
— No quiero volver a verte en mi puta vida.
— Te puedes ir cuando quieras — acerca su rostro al mío, tanto que tengo que echar mi cabeza hacia atrás para poder seguir mirándolo a los ojos, pero mis pies siguen en el mismo lugar, negándome a dar mi brazo a torcer.
— Eso quisieras, ¿no? Quedarte con todo, con lo que también es de Lucas, porque lo único que te importa es este puto rancho. ¿Por eso él se fue? — Mi voz es tan baja como la suya, me puede escuchar sólo por lo cerca que está —. ¿Acaso desde un principio le robaste a Lucas lo que legítimamente es suyo?
Él traga saliva con dificultad, como si mis palabras hubieran golpeado una herida que nunca ha parado de sangrar.
— Sí — él asiente lentamente —, no quería a mi hermano, lo eché de esta granja tan pronto cumplió los dieciocho y me puse feliz con su muerte. Quiero quedarme con todo y tú sólo eres esa pequeña piedra en mi zapato de la que estoy deseando deshacerme.
— Hijo de puta — empiezo a temblar.
— ¿Qué vas a hacer a cambio, Lia Callahan?
Golpeo mi palma en su mejilla.
Él deja escapar una risita, una que detiene mordiendo su labio inferior. Y se queda con el rostro girado, enseñándome su perfil golpeado por mi propia mano.
Trago saliva y tiemblo un poco más, pero no tiemblo de miedo. No, no es de miedo. Tiemblo por todo lo que estoy reteniendo por dentro, por toda la ira que llevo acumulando mes tras mes durando los últimos dos años.
— ¿Eso es todo lo que tienes?
¿Él me está provocando?
— ¿Qué estás haciendo? — Pregunto, más aire que voz.
— ¿Yo? — Me mira de nuevo —, ¿qué estás haciendo tú?
— Yo no…
— Aquí me tienes, el enemigo, ¿no? Porque en eso me convertiste en tu cabeza, en el enemigo.
La indignación me llega.
Con fuerza.
— ¿Yo? — Lo golpeo de nuevo en el pecho y él asiente casi satisfecho con mi actuar —. ¡Tú eres quien me convirtió en el enemigo desde el primer segundo en que me viste! — Le empujo más fuerte —. Tú eres el imbécil que empezó esta guerra entre nosotros —. Le doy otro fuerte golpe que lo hace retroceder —. ¡Tú eres el idiota que me niega la última oportunidad que tengo para despedirme de él en paz! ¡Tú, joder, eres lo peor de mi vida en este momento! ¡Tú y sólo tú! ¡Maldito seas, tú, joder!
La primera lágrima cae, luego caen las demás.
Y nos miramos fijamente, mi pecho desbordado de mil sentimientos que no me había atrevido a exteriorizar, no así. No a los gritos, ni a los golpes, ni con la puta rabia que cargo por dentro por lo injusta que es la vida.
Él asiente.
— ¿Qué más?
¡¿Qué más?!
¿Qué más quiere de mí?
¿Qué demonios está buscando él de mí?
Paso una mano por mi rostro, desesperada.
Y empiezo a llorar, duro.
Lloro por todo, por este lugar, por el dolor que siento cada vez que imagino a Lucas en cada rincón de este rancho, por saber que nunca lo veré aquí de verdad. Lloro por lo difícil que es esto, porque quiero despedirme, pero al mismo tiempo no, porque despedirme de él es también despedirme de esa parte de mí que murió ese día… esa parte nuestra que no podré recuperar jamás, que ni siquiera pude visualizar, que ni siquiera pude sostener en mis brazos.
Entierro el rostro en mis manos, dejando ir todo. Lloro con sollozos fuertes que hacen temblar todo mi ser, de adentro hacia afuera, siempre de adentro hacia afuera, porque mi dolor es interno, viene de adentro, de esas partes de mí que nunca volverán a ser mías, de esa parte de mí que ni siquiera alcanzó a ser mía, lloro por todo lo que perdí.
Siento un duro brazo pasar por mis hombros, empujándome hacia un pecho cálido que me está esperando. Y al principio me resisto, al principio lucho con él, y doy pelea y pongo fuerza y lo intento…
— Está bien — sus labios rozan mi sien en una caricia —, déjalo ir.
— No puedo — susurro, agarrando su camiseta en mis puños, golpeándolo débilmente una vez más.
— ¿Por qué?
Niego, las palabras atoradas en mi garganta.
Nadie lo entiende, nadie lo va a entender jamás, porque esa pequeña parte de mí es sólo mía, sólo mía para doler, sólo mía para perder, sólo mía para amar… y nunca la he querido compartir con nadie.
— Lucas te estaría odiando tanto en estos momentos — sollozo, golpeando mi frente en su pecho.
— Lo sé — él dice con voz tensa.
— Entonces, ¿por qué?
¿Por qué empezaste esta guerra?
— No puedo — dice de vuelta, devolviendo mis propias palabras.
Echo la cabeza hacia atrás, topándome con sus ojos para mirarlo. Intento buscar algo allí, en su mirada azulada. Y busco y busco en lo oscuro de sus ojos, pero busco algo que no conozco, algo que todavía no sé qué es.
Entonces inhalo profundo y me sorprendo al poder hacerlo.
Cierro los ojos e inhalo de nuevo, muy profundo, tan profundo que siento cómo el aire limpio me toca hasta adentro, casi lavándome de la rabia que ni sabía que tenía.
Y es la primera vez en más tiempo del que recuerdo, en que puedo respirar sin tanto dolor.
Siento su mirada recorrer mi rostro, leyéndome, más aún cuando siento una pequeña sonrisa asomarse por la esquina de mi boca.
Puedo respirar.
— ¿Cómo hiciste eso? — Susurro.
— ¿Qué? — Él pregunta, haciéndose el desentendido —, ¿hacerte rabiar hasta la ebullición?
— No, tú… — lo miro, confundida.
Él hizo esto a propósito, me estuvo provocando desde que entré al establo.
— Eres tan confuso — acepto.
De repente, ambos parecemos notar la posición en la que estamos y nos separamos como si nos estuviéramos quemando. Retrocedo un paso al mismo tiempo que él retrocede dos. Él se pasa una mano por la nuca con incomodidad, yo limpio mis lágrimas, sin quitarle la mirada de encima.
— El supermercado…
Becket rechina los dientes con irritación.
— No tengo nada que ver con eso.
— No te creo.
— No soy un mocoso inmaduro para ponerme a jugar juegos infantiles contigo, Lia.
Entrecierro mis ojos hacia él y levanto mi barbilla.
No le creo.
Él, al leer mi incredulidad a sus palabras, continúa —: Hay muchos trabajadores que desconfían de ti y tus intensiones, debieron ser ellos, al menos, uno de ellos.
— Son tus trabajadores — le recuerdo con intención.
— Sí, ¡no mis marionetas!
— Bueno, habla con ellos — le advierto —, o…
Él resopla, sus brazos sobre su pecho en una postura un tanto burlona.
— O, ¿qué?
— O verás.
Lo miro una última vez antes de girar para marcharme, pero entonces escucho que dice muy bajo —: Mocosa insolente…
— ¿Qué dijiste? — Me giro de nuevo hacia él.
— Dije que eres una mocosa insolente — levanta la voz —. Estás en mis tierras, en mi rancho, en mi cabaña, ¿y aun así me amenazas?
— Son también mis tierras, ¿lo olvidas?
Sus ojos se oscurecen de rabia, pero no me detengo a pelear más con él. Son demasiadas emociones encontradas para un solo día, así que simplemente me doy la vuelta, me alejo y lo dejo con esas palabritas resonando en su cabeza, palabras que sé que detesta.