7. Ratoncito. [Parte 2]

1458 Words
— ¿Qué? — Pregunto cuando Cass llama mi nombre. Ambas están sentadas en el colchón, comiendo los sándwiches que Rose preparó. — Dije que nos traigas esos chocolates que me compras en la ciudad, quiero que Lia los pruebe. Resoplo porque, ¿sabe Cass que Lia viene de Londres? ¿Su elegante acento no le indica lo suficiente? Apuesto a que somos unos pueblerinos ante sus ojos. No creo que esos chocolates sean algo nuevo para ella. — Tío Becket… — Cass insiste. — Está bien — gruño y busco en la canasta por los chocolates. Les lanzo dos a Cass y yo me quedo con uno. Mientras Lia abre el suyo, yo como el mío, sentándome en la única silla que hay en el lugar, junto a la pequeña mesa del comedor en donde además está un portátil. La madera cruje ante mi peso, pero estoy tan distraído viendo los bocetos en la pantalla, que es sólo cuando las patas de la silla se parten y yo caigo al piso, que descubro que sentarse allí no fue una buena idea. Maldito infierno. Cass se ríe, mientras los ojos de Lia centellan con fastidio. — Y ahí va mi única silla buena — murmura. La fulmino con la mirada mientras me pongo de pie. — Te traeré otra junto a una puta cama, no puedes seguir durmiendo ahí. — ¿Perdón? — Dije que te traeré una silla y una puta cama… — paso la mano por mi rostro, frustrado —. Carajo, Lia, ¿qué tengo que hacer para que algo de sentido común se te meta en la cabeza? — Dónde duermo o qué como no es tu problema. — Empezaré a orar por paciencia porque, sinceramente, ¡no sé cómo carajos lidiar contigo! — ¡Simplemente no lidies conmigo! — Ella también grita, levantándose como un resorte de ese maldito colchón que estoy odiando —. ¡Mantente fuera de mi camino y todo irá perfecto! Carajo. Carajo. Ahí va mi intento de no pelear. ¡Carajo! Ella de verdad me saca de quicio, pero intento conciliar este asunto una vez más, soltando las palabras con toda la calma que puedo —: No vas a dormir en ese maldito colchón una noche más, no quiero cargar con eso en mi conciencia. — Te crees el dueño de todo y de todos, ¿no es cierto? — De hecho, él es así sólo contigo — las palabras de Cass detienen nuestra discusión y ambos la miramos, mudos —. ¿Qué? Sólo digo la verdad. — No es cierto — gruño entre dientes. — Ah, entonces estaré loca — Cass se encoge de hombros, inocente. Me rasco una ceja, tratando de encontrar una forma de convencer a Lia con el asunto de la cama, pero la verdad es que su cabeza es tan gruesa que sé que cualquier intento que haga será en vano. Y luego ahí está, la forma en que me mira y se vuelve a cerrar, poniendo sus murallas para mantenerme fuera como si yo me convirtiera en la misma nada. ¿Puede existir una mujer más exasperante que ella? Empiezo a compadecer a mi hermano. — ¿Qué dijiste? Oh mierda, lo dije en voz alta. Al carajo, ya no me puedo retractar. — Dije que empiezo a compadecer a Lucas porque vivir contigo debió haber sido un absoluto infierno. — Discúlpame, pero yo al menos estuve casada — dice la insolente mocosa —: En cambio tú, ya eres un anciano y sigues completamente solo, ¡como el hombre cascarrabias que eres y que morirás siendo! ¿Anciano? ¿Ella acaba de llamarme anciano? — ¿Cómo carajos Lucas te soportaba? — No, aquí la pregunta del año es, ¿cómo fue que ambos salieron de la misma madre? ¿Seguro son hermanos? ¿Tú no serás adoptado? Porque me niego a creer que compartan la misma sangre. La miro fijamente por un largo rato y ella también me mira a mí, siempre sin dar el brazo a torcer. Lo juro que ambos nos erizamos del mismo desagrado que sentimos por el otro. Y yo no puedo creer que este sea el mismo pajarito de alas rotas que llegó al rancho ese primer día, porque en donde antes había alas rotas, ella ahora me enseña garras afiladas y puntiagudas. — Eres insoportable — murmuro entre dientes y me encamino a salir de ahí. — ¡Espera! — Ella me llama. Sólo por curiosidad, me detengo, y entonces mi ira sube cuando la veo sacar billetes de su cartera para empezar de nuevo el mismo jueguito de siempre. Me va a pagar por la comida. — Me empiezo a sentir como una prostituta. Ella se burla. — Tus servicios no podrían costar tanto, Becket. — Oh, así que tienes experiencia. Has contratado ese tipo de servicios antes, ¿eh, Lia? — Imbécil. Ruedo los ojos y me giro para irme, mis pasos largos y rápidos para alejarme de ella. — ¡Te dije que esperaras! — Vete al infierno, muñequita de porcelana — le grito sobre mi hombro. — ¡Becket! Me detengo porque su mano atrapa la mía y me obliga a girarme. Esta vez mete los billetes en mi mano y me cierra el puño alrededor de ellos. Intento sacudir mi mano, pero la condenada mujer no me deja, poniendo resistencia. Y ambos nos gruñimos, casi comunicándonos con un coro de gruñidos que difícilmente entendemos, pero que transmiten lo suficiente. Entonces las siento y ella también; las miradas. Con Lia aun sosteniendo mis dedos cerrados alrededor de los billetes, ambos miramos alrededor. Perfecto, estamos presentando otro espectáculo. Al menos cinco trabajadores nos miran con curiosidad. Lia se sonroja y su timidez vuelve, casi la veo encogerse en un frágil caparazón. Incluso, al igual que esa primera noche, se acerca un poquito más a mí, como si buscara de mi protección ante la mirada de todos. ¿Así que esas garras son sólo para mí? Lo tendré en cuenta. — ¿Qué miran? — Gruño, asegurándome de que cada uno de los peones reciban mi mala mirada. Inmediatamente, como si mi voz activara un interruptor, todos siguen su camino hacia sus labores. Lia mira con timidez alrededor, como asegurándose de que no sigue siendo el centro de atención. — ¿Pero arrastrar el colchón no te dio vergüenza? Ella entiende mi pregunta y se aleja un paso de mí, de nuevo ese rubor acaricia sus mejillas mientras evita con timidez mi mirada. — Ese día era un asunto de supervivencia. Una carcajada sincera se me escapa. Una maldita carcajada por todas las capas viscerales y contradictorias que forman el rompecabezas que es esta mujer. Nunca voy a saber qué parte obtendré de ella, ¿no es cierto? Siempre me mantendrá en alerta, sin anticipar cuál será su siguiente movimiento. Apoyo las manos en mis rodillas, inclinándome un poco mientras otra risa se me escapa. ¿Supervivencia? — ¿Pero el instinto de supervivencia no se activa cuando te ofrezco una puta cama? — ¿Por qué tienes que ser tan vulgar para hablar? — Perdóname, ¿no eras tú quien me insultaba con la boca de un marinero horas atrás? Su boca se abre y se cierra como un pez; la he dejado muda. Siento una sonrisa expandirse por mis labios, sus ojos siguen el movimiento con una chispa de ira en ellos. Lia abre de nuevo la boca, seguramente para contraatacar con alguna barbaridad, pero con una sola mirada alrededor, ella nota que más trabajadores se acercan, a cortos pasos de nosotros. Y eso la descoloca. Le levanto una ceja, instándola a que me dé su pelea, esperando con silenciosa diversión por su reacción. Entonces Lia pisotea su pie contra el mío y sale corriendo hacia la cabaña, como un pequeño ratoncito que se esconde del malvado gato. Me río de nuevo, observándola divertido. ¿Así que a solas me saca las garras, pero en público se vuelve un pequeño ratoncito? — ¿Lo acaban de pisar, jefe? — ¿Eh? Beau señala hacia donde Lia ya ha desaparecido dentro de la cabaña, en donde Cass sigue, porque evidentemente prefiere su compañía. ¿Cuántas más personas vieron ese pequeño acto rebelde suyo? ¿De verdad me pisó y salió corriendo a esconderse? Es una mocosa. — ¿Jefe? Aclaro mi garganta y aparto la mirada de la cabaña para mirarlo a él. — No me dolió — le digo, guardo los billetes en mi bolsillo y vuelvo a los establos. Entonces me doy cuenta de que, no es sólo su pisada lo que no dolió. Por primera vez, nombrar a Lucas en una conversación tampoco lo hizo. [2/2]
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