Idiota

3007 Words
Punto de vista de Derek La semana pasó volando casi tan rápido como el verano de este año, que ya empezaba a dar signos de decadencia mientras septiembre gastaba sus días finales. Mi vida retomaba la normalidad mañana con el inicio de las clases, aunque el castigo de Bobby había finalizado esta mañana. Hoy estábamos celebrando el día de defunción de Rita, la oveja adicta a la crema de maní, así que a mi hermano le pareció excelente idea darme el indulto. —Sí, te llamaré si sucede algo —suelta con la voz aburrida Bobby antes de colgar el teléfono. Ahora mismo estaba tirado en el sofá de la sala con la televisión prendida, una bolsa de frituras en el estómago y mi celular en la mano, mensajeando con Nidia. Mientras tanto, Bobby volvía a subirle el volumen a Helena de My Chemical Romance, parte elemental de su lista de canciones para su oveja muerta, en la cocina. —¿Era mamá? Un gruñido desganado me dio la respuesta. En ese instante, mi celular vibró con el nuevo mensaje de mi novia. "Le expliqué a los chicos la situación y está en el pasado, no volverán a molestarte por su culpa. Ya quiero verte mañana". Me quedé con la mirada fija en la pantalla experimentando nuevamente esa sensación opresiva que no me había dado tregua esta semana. Suspiré con pesar. Ni siquiera sabía nada de él desde el viernes, el día de la carrera hacia El Gran Claro. Parecía increíble que llegara el día en que no supiera nada sobre lo que había estado haciendo, o sobre qué había desayunado y por qué ese era el peor desayuno de su vida, como cada día. Nos habíamos distanciado y, por primera vez, caí en cuenta de que esa brecha solo iba a seguir creciendo de ahora en adelante. ¿De verdad no volveré a oírte renegar sobre algo tan banal como el desayuno nunca más? La opresión empeoró. —Ya está —habla Bobby, sacándome de mi ensimismamiento—. Galletas de mantequilla de maní, las favoritas de Rita. Oí el chasqueo de la charola contra la isla de la cocina y me estiré en el sofá para ver a mi hermano, esa mancha negra entre el tono pastel de la cocina. —¿No te parece ofensivo servir la comida que la mató en el aniversario de su muerte? Sus ojos delineados de n***o me miraron. —Rita murió a manos de lo que más amaba. Ojalá todos los hombres tuviéramos la dicha de un epílogo tan romántico Rodé los ojos. —Da igual, también son mis favoritas. Ojalá también me maten —murmuré. —Pero otro día. Este es el día de la muerte de Rita, no quieras robarle protagonismo. Mi hermano se ganó la vista de mi dedo medio. Volví a mi cómoda posición, dispuesto a contestarle de una vez por todas a mi novia, pero entonces volví a oír la voz que venía de la cocina. —También hice unas de chispas de chocolate para tu muñeco vudú favorito, ¿a qué horas viene? El dedo se que me quedó paralizado sobre la tecla. Guardé silencio un momento antes de recomponerme y fingir indiferencia. —No vendrá. Casi pude ver a Bobby fruncir el ceño ante eso. Él jamás perdía la oportunidad para señalar que Clay pasaba tanto tiempo metido en nuestra casa que ya estaba considerando ponerle un tapete para dormir en el porche y un tazón de agua. Intenté retomar el mensaje a Nidia. —¿Y eso? —pregunta—, ¿qué le hiciste? Por alguna razón, esa suposición no me cayó nada bien. Dejé el teléfono para sentarme en el sofá y mirarle molesto. —¿Por qué das por hecho que yo le hice algo? Me miró burlón. —Porque pasé años tratando de espantarlo de la casa sin éxito, estoy seguro de que hoy tuviste algo que ver —me señala con la espátula —. Y que te pongas a la defensiva como un gato erizado solo me da la razón. —Te equivocas —espeté—. Él tiene su propia casa, no tiene que estar en esta todo el tiempo y mucho menos tiene que estar encima de mí a cada segundo. Que supongas que eso es normal es lo que me molesta. Bobby se cruzó de brazos. —Por supuesto, su propia casa. No es como si sus padres alcohólicos lo maltrataran y tú supieras eso, ¿acaso lo olvidaste convenientemente hoy? Eso fue suficiente, había colmado mi paciencia. Me levanté de golpe. —¡Ese no es mi maldito asunto y este tampoco es el tuyo! —grité, sintiéndome sofocado–. ¡¿Quieres dejar de meterte en mi vida?! ¡No eres papá! Solo alcancé a ver como una de sus cejas perforadas se alzaba en su rostro inmutable antes de que diera la vuelta y saliera de la casa dando fuertes pisadas. Solo logré volver a respirar cuando azoté la puerta a mi espalda, quedándome de pie entre el silencio de la noche. Solté un suspiro profundo. ¿Qué estoy haciendo? Miré hacia el otro lado la de la calle. Las luces de la casa del vecino estaban prendidas y desde una de las ventanas en la plata baja podía ver cómo se desarrollaba con normalidad una cena. Los niños reían alrededor de la mesa y sus padres parecían prestar atención a sus seguros disparates. Parecía tan cursi, tan bochornoso…, tan adecuado. Solté suavemente el pomo de la puerta y me quedé ahí de pie, como si fuera una más de las sombras que proyectaban los árboles en el jardín. Yo no tuve mucho tiempo para lamentarme por la ausencia de una familia tan unida y funcional como esa. Al principio creí que era lo normal ver a tus padres una vez al mes y pasar los fines de semana espiando por la puerta y observarlos permanecer sentados en sus estudios detrás de una computadora durante horas. Las comidas precocinadas metidas en el horno, las cenas en silencio viendo nuestros platos y el repaso final de nuestras notas y actividades antes de dormir. Cuando por fin tuve la edad suficiente como para entender que debía lamentarme por eso, ya no pude. Porque ya había conocido a Clay. Clay, quien siempre olía a cigarrillos, quien era tan flaco como un palillo y vagaba por el vecindario sin un horario al que atenerse. A Clay, cuyos ojos brillaban cuando le invitaba a quedarse a comer, quien todos los domingos buscaba una excusa para que le dejara quedarse en mi casa porque no quería estar en la suya... Me dejé caer en las gradas del porche, enterrando la cabeza entre mis brazos antes de soltar un profundo suspiro. Hoy es domingo. Ni siquiera oí la puerta abrirse, solo supe que tenía compañía cuando la madera de las gradas resintió el peso de la persona a mi lado. El olor a galletas de mantequilla de maní me hizo saber que se trataba de mi hermano. —Así que esta es la paz que buscabas: un porche polvoroso y algo de autodestrucción. Ah, lo llevamos en la sangre. —Déjame, no quiero hablar —solté sin levantar la cabeza. —Tu problema no es con hablar, tu problema es con lo que tienes que decir —corrigió. No respondí—. Bueno, veamos a los Martelli cenar, sumidos en nuestro tipo predilecto de paz. Luego de eso, ninguno dijo nada. El tiempo pasaba entre los dos y me di cuenta transcurridos unos minutos que mi cabeza ya no se hundía por completo en el autodesprecio; había una pequeña parte de mí que intentaba buscar la mejor manera para hablar sobre los eventos sin ser juzgado duramente. Cuando creí tener una idea, ladeé la cabeza, viéndolo observar seriamente hacía el otro lado de la calle. Carraspeé, llamando su atención. —Yo...tuve una pelea con Clay recientemente —admití. Sus ojos, del mismo color que los de mamá, me enfocaron. Y entonces supe por qué se lo había dicho al final. Aunque Bobby era mi hermano mayor con una personalidad extraña y nos habíamos pasado la vida peleando, gritándonos o acusándonos con nuestros padres, en estos casos él tenía esa mirada que te hacía sentir plenamente escuchado. Te ablandaba las palabras. Seguro es porque el maldito es satánico. —Debió ser algo muy importante para que acabaran distanciados —respondió. Bajé la mirada hacía mis zapatos y suspiré por centésima vez. —Ya ni siquiera sé si fue tan importante —confesé—. Es solo que no sé cómo sentirme al respecto. Fue por algo...subjetivo. Volví a mirarle, intentando adivinar si iba a volver a convertirse en ese excéntrico tipo a favor de la ruptura de los estereotipos cuando oyera la razón de nuestra pelea. Él siempre perdía la cabeza con esos temas. Bobby alzó su ceja, una clara señal de: "Habla". Solté un gruñido de frustración y metí nuevamente la cabeza entre los brazos. —Unos tipos en la escuela dijeron que Clay se comportaba como una chica —solté, ateniéndome a las consecuencias—. Yo...me sentí incómodo con eso porque dijeron que yo era su novio. Hablé con él y no se lo tomó bien. Hice una pausa, pero cediendo a lo que la punzada en mi pecho significaba me sinceré. —Puede que haya sido duro con él porque me hizo sentir...avergonzado que dijeran que era femenino —las palabras, aunque honestas, me supieron agrías en la boca—. Le dije niñita. Ya está. Asomé un ojo desde mi escondite para ver a mi hermano, esperando la segura paliza que podría darme, pero solo me encontré su rostro mirándome desde arriba con una expresión indescifrable. Entonces, volvió la vista al frente y suspiró, recargándose en sus manos apoyadas hacia atrás. —Sé que soy un idiota —me adelanté. Me miró de reojo y, contra todo pronóstico, sonrió un poco. —¿Lo sabes? Asentí a regañadientes, despeinándome el cabello. —Me siento como uno. Creo que llevo una semana sintiéndome así. Soltó una risa y fruncí el ceño. No le veía nada de gracioso a la situación. Él pareció leer mi mente. —Descuida, a tu edad es normal sentirse como un idiota todo el tiempo. Incluso tú, con tu cerebrito, vas a sentirte muchas veces como un completo idiota —quise defenderme, pero se adelantó—. Todos pasamos por eso, es parte de crecer. Y por mucho que quieras tener todas las respuestas y trucos de la vida, no podrás. Déjalo ir ahora. Fruncí el ceño. —¿Entonces dices que lo que hice estuvo bien? —cuestioné. Él se lo pensó. —Yo no soy quién para determinar lo bueno y lo malo, pero creo que es normal que hayas intentado protegerte de las críticas. El ser humano vive en sociedad, es instinto querer encajar con los demás —empezó—. Yo también viví una crisis similar a tu edad, pero me tocó estar del otro lado. Levanté una ceja, inquisitivo. —Sabes muy bien que yo nunca he sido el modelo de hombre que a la sociedad le gustaría. Los aretes y el maquillaje no están en la lista de cosas masculinas, ¿verdad? Y cuando decidí que era lo mío, todos tuvieron una opinión al respecto, incluso personas que consideraba amigos. Pero yo sabía quién era —me miró con cierto aire de orgullo—. Dime, ¿acaso parezco menos hombre para ti por cómo me veo? Negué, apartando la mirada. —Pero lo tuyo es algo más externo —traté de explicar, haciendo ademanes sin sentido—. En cambio, Clay... no. Tiene que ver con su personalidad, con lo que hace. Con él mismo. —Déjame entender. ¿Su argumento es que no se comporta como ustedes? —preguntó, con una sonrisa sarcástica. —El argumento es que se comporta como las chicas. Mi hermano resopló. —Tu mejor amigo es diferente, actúa diferente y piensa diferente, ¿no es eso lo que lo volvió tu mejor amigo durante años? ¿No pensaste que lo que Clay es, es justo aquello que le hace ser la persona que tanto aprecias? ¿Por qué tiene que ser diferente? ¿Tú lo harías en su lugar solo porque un par de tipos que ni siquiera te agradan te lo dicen? —¡No se lo dicen tipos que no le agradan, se lo dije yo! —Y eso solo lo hace más cruel, porque se supone que tú eras la persona que jamás debió juzgarlo —recriminó. Me quedé callado ante sus duras palabras. Me calaron como el mismo frío de la noche. Bobby relajó su expresión con un suspiro y su mirada se llenó de compresión, como cuando rompía algo pero sabía que no podía golpearme hasta la muerte porque él también lo habría roto. Puso su mano sobre mi hombro. —Derek, Clay es un chico y tú y todo el mundo pueden intentar decirle lo contrario, pero eso no cambiará porque no depende de ustedes. Lo único que vas a conseguir es hacerlo sentir triste. Él no merece que le hagan pasar por esto. Aparté la mirada cuando sentí mi pecho oprimirse. El recuerdo de sus ojos heridos cuando le grité en la escuela me apretaba la garganta de forma dolorosa. Quería arrancármelo de la cabeza. ¿Por qué le dije eso? ¿Por qué creí que complacer a los demás era suficiente para herirlo? Yo era su mejor amigo. Lo era. La nariz me picó y sentí a Bobby palmearme el hombro. —Podrás ser un idiota, Derek, pero no seas ese tipo de idiota. Eres mi hermano y sé que eres mejor que eso. Habiendo soltado esas palabras, se levantó sacudiéndose la ropa monocromática para volver hacía la puerta, pero a medio camino se detuvo. —Ah, y ya que terminó la terapia: tienes media hora —le miré curioso y él sonrió con desprecio—. Desde mañana, estás muuuy castigado. No hay indulto para los bullies, Rita te habría meado encima si estuviera viva. Su dedo medio adornado con un anillo y esmalte para uñas fue lo último que vi antes de que se diera la vuelta. Para cuando cerró la puerta, yo ya había saltado de las gradas para ir a recoger mi bicicleta. Me subí en ella casi tropezando y pedaleé con rapidez por debajo de las farolas que bordeaban la calle, iluminándome intermitentemente. Ni siquiera me pregunté cómo supo que desde sus golpes en los hombros ya había decidido escaparme, pero me alegró que retrasara el castigo lo suficiente como para aprovechar mis últimos momentos de libertad en algo que debí haber hecho hace una semana. Había cometido un error bastante grande. Ni siquiera entendía por qué me había tomado tanto tiempo darme cuenta de que Clay siempre ha sido Clay para mí, que cada rasgo suyo lo distingue como la persona por la que siento un cariño real y que no lo cambiaría por nada del mundo. Mucho menos por encajar con un grupo de payasos. Jadee con dificultad, soportando el viento frío penetrando desde mi garganta hasta mis pulmones. Nada de eso importaba, ya estaba por llegar. ¿Por qué me aterraba tanto pensar que Clay podría ser femenino?, ¿por qué me aterraba que creyeran que yo lo era? Distinguí su casa a la distancia. Justamente, fue cuando lo comprendí. O... ¿será que lo que me aterraba no era nada de eso? Quizá lo que me llevó a este estado de pánico no tuvo que ver con la personalidad de Clay, quizá fue por lo que ellos pensaban que había entre nosotros. Mi cuerpo respondió a eso con una repentina punzada en el pecho que me tomó por sorpresa. La sangre se me subió al cerebro y justo cuando quise ponerle nombre a ese caos, algo salió de la oscuridad y se atravesó en mi camino repentinamente. —¡Mierda! —exclamé. Apreté el freno con fuerza y giré el manubrio para evitarlo, pero eso solo provocó que acabara cayendo de la bici e impactando bruscamente contra el obstáculo en el suelo. Un obstáculo que emitió un quejido. Mis ojos se abrieron con pánico y me quité de encima de inmediato. Había un bulto encogido en la calle. Al principio solo vi una bola de ropa, pero pronto sus brazos dejaron de proteger su cabeza para exponer unos mechones rubios. —¡¿Clay?! Era una pregunta estúpida, por supuesto que era él; pero, aunque no esperaba una respuesta inteligente, tampoco esperaba un llanto de la nada. Me tragué otra maldición. Me acerqué a él, cayendo nuevamente a su lado para evaluar su condición. —¿Estas bien? ¿Te golpeaste en algún lado? Su llanto empeoró, poniéndome cada vez más nervioso. ¿Le había alcanzado a dar? —Clay, hay que llevarte a una clínica para que te examinen, ¿te puedes mover? Levanté su cabeza y aparté el cabello de su rostro hundido en lágrimas para ver si estaba herido. Pero cuando sus ojos verdes titilantes me encontraron a través de las lágrimas, me perforaron hasta el pecho. La culpa me llegó más fuerte que nunca. Yo había causado esto. No solo hoy, yo lo venía hiriendo desde hace una semana. —Perdóname —lloró, con la voz fina y temblorosa—. Perdóname, Derek. Trataré de ser más masculino, pero por favor no me abandones más. Y eso fue todo. Todo lo que pude haber dicho y todo lo que dije durante esta semana perdió sentido ahí, bajo la profunda noche de septiembre cayendo sobre la farola. Solo lo abracé, lo abracé muy fuerte, y solo lo solté varios minutos después para llevarlo a casa en mi espalda; a la mía, como cada domingo. Como siempre debió ser. Horas después, por fin pude enviarle la respuesta que había estado aplazando a Nidia. "Terminamos".
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