Punto de vista de Clay
El lápiz atravesó el papel con un sonido áspero mientras yo estaba silencioso, expuesto la caricia de la suave brisa de la tarde que entró por la ventana y el tono dorado del caer de la tarde. Me encontraba sentado en la mesa de la cocina, limitado a un pequeño espacio entre los platos sucios del almuerzo en donde continué escribiendo en mi cuaderno; tachando, pensando y tragando grueso de vez en cuando. Era inútil, la sensación amarga no se iba con la saliva; no podía sacudirme el sentimiento de no querer estar aquí, pero de vez en cuando pensaba que si me movía menos, que si hablaba menos, quizá podría desparecer un poquito.
—Clay —llamó un susurro.
Levanté la vista del cuaderno y vi una mano blanca y delgada hasta los huesos levantarse por encima del respaldo del sofá.
—Clay, mi cachorrito, ¿eres tú? —sonó su voz rasposa y tierna.
Recogí mi lápiz dentro del cuaderno y salté del taburete para caminar hacia el sofá, cuidando de no pisar en el camino las latas de cerveza arrojadas sobre la alfombra. Sabía que cuando despertaba no debía escuchar ruidos fuertes o su dolor de cabeza empeoraría.
—Aquí estoy —susurré, estirando mi mano para peinar su cabello rubio lejos de su frente sudorosa.
Sus ojos verdes, similares a los míos, se estrecharon en una sonrisa que provoco que las bolsas en sus parpados se arrugaran.
—Te oí escribir —pronunció, alzando sus temblorosos dedos como si quisiera rozar mi brazo, pero sin llegar a hacerlo—. Eres mi cachorrito estudioso.
Negué, apretando más el cuaderno a mi lado. No estaba estudiando. Entonces vi que sobre la mesa seguía el plato con sopa justo donde lo había dejado hace unas horas.
—¿Quieres que la vuelva a calentar por ti? —pregunté.
Su expresión se arrugó y negó. En su lugar, me estiró la mano hacia la mesa en un gesto que conocía bien. Tomé su caja de cigarrillos junto al encendedor y se lo pasé. Mamá se incorporó con dificultad y con un característico chasqueo encendió uno antes de palmear el espacio a su lado.
Me senté obedientemente, sintiendo a través de la ropa el húmedo calor residual que su cuerpo había dejado después de estar tendido aquí desde ayer, cuando los demás se fueron.
—Es raro ver a mi bebé aquí a esta hora, ¿ya te vas? —preguntó.
Miré hacia abajo, intentando no pensar demasiado en lo que había pasado en la tienda ayer.
—No...creo que no saldré a jugar hoy.
Mamá exhaló una nube de humo amargo y, alargando un silencio, me peinó el cabello hacia atrás con la punta de sus afilados dedos.
—¿Derek no te invitó a cenar hoy? ¿Por qué no vas a verlo? Es domingo, dijiste que los domingos siempre hacen comida rica. Ve a que te den de comer.
Mi respiración se volvió más pesada y la incomodidad que venía sintiendo desde hace días se volvió más difícil de ocultar.
—No, creo que hoy no puede —solté bajito.
Otro pesado silencio entre nosotros, solo podía escuchar el roce de sus dedos en mi pelo, las ocasionales caladas y mi respiración agitada. Entonces, cuando le miré de reojo, la mirada que había estado en mí se apartó al mismo tiempo que su mano.
—Sabes que hoy vienen los amigos de mami y p**i, Clay. Es domingo.
Su tono fue suave, dulce y lleno de comprensión. Pero había algo implícito en esa frase, la que siempre usaba cada fin de semana como para que las palabras sobraran a esta altura. Sabía lo que no se había dicho. Lo mejor era que no estuviera en casa, pero ahora tampoco tenía un lugar a donde ir.
Ya no tengo con quién ir.
Tragué grueso, pero eso esta vez no impidió que las lágrimas se acumularan en mis ojos.
—Lo siento, me quedaré en la habitación. No haré ruido —me disculpé.
Ella no hizo sonido alguno, la casa estaba en un completo silencio, pero por dentro yo oía estallar el caos en mí.
Me di cuenta de que no estaba bien. Había querido convencerme de que todo esto no me afectaba, pero lo hacía. Mi mejor amigo me odiaba. Y aunque todo me decía que yo debería hacer lo mismo, y aunque había intentado todos estos días odiarlo de la misma forma, solo terminé dándome cuenta que se siente horrible. Yo no quiero odiar a Derek, yo quiero a mi mejor amigo de vuelta.
—Mamá... —musité, rindiéndome en mi intento de tragarme los sollozos—, en la escuela dicen que parezco niña. Y-Y yo no me siento así.
No pude contener por más tiempo el llanto. Lloré de forma incontrolable con lágrimas que salen del pecho, de esas que duelen hasta en los dedos y hacen creer que la cabeza puede explotar en lágrimas. Lo había contenido tanto que cada gota quemaba más que nunca, ardía sobre mi rostro como el recuerdo de cuando era feliz. Cuando tenía una casa a la que poder ir en las tardes como hoy, cuando alguien me cuidaba.
—¿Qué hago, mami? —balbuceé, respirando con dificultad—. No sé qué debo hacer, no puedo usar otra ropa, tampoco puedo ser más alto. No sé qué ven de mí que sea diferente a ellos, pero ya no quiero hacerlo.
Sollocé con más fuerza, deseando encogerme en una pequeña bolita y desaparecer para siempre.
—¿Por qué tuve que ser así? —musité.
Volteé a verla entre la cortina de lágrimas y di con su cabeza colgando hacia un lado por encima de su delgado hombro, con su rostro oculto bajo los enredados mechones rubios y una respiración cada vez más sonora.
Dormía profundamente.
La miré en silencio, reprimiendo mis sollozos para no despertarla, y extendí mi mano para apartar el cabello que le caía sobre la cara. Un rastro de pequeñas pecas sobre su nariz me brindó un poco de calidez entre tanta frialdad. Había alguien igual a mí en el mundo.
Sorbí mi nariz, me limpié los ojos y tomé un profundo y tembloroso suspiro antes de quitarle el cigarrillo aun consumiéndose en su mano y ponerlo en el plato junto a los demás en la mesa. Luego dejé caer mi cuaderno en el suelo, pero al contacto este se abrió en la página donde había guardado el lápiz.
"Cosas para cambiar" leí inconscientemente el título de aquello en que había estado trabajando por días. Aparté la mirada y lo cerré.
Entonces miré a mamá, calmando con un suspiro profundo mis espasmos.
Al menos ella me amaba sin importar lo que los demás dijeran de mí.
Con aquel consuelo, me acurruqué a su lado, rodeando su fina cintura con mis brazos y cerré los ojos, dejándome arrullar por aquel olor a humo de cigarrillo y cerveza que desprendía su ropa. Sintiendo que allí, en su vientre, donde me cuidó con tanto amor hace años, podía sanar tanto dolor y ser quien en verdad soy.
Yo soy su Clay. Soy su cachorrito.
Nada más importa.
Una lágrima nueva se impregnó en el vestido.