Acciones y reacciones

2070 Words
Punto de vista de Derek En la vida, cada acción tiene su reacción. Aún a mi corta edad ya entendí este principio perfectamente, pero cada nuevo día se encarga de que lo experimente una y otra vez hasta que alguna de mis acciones termine conmigo arrojándome por algún acantilado. Esta vez no fue algo tan drástico, pero fue igual que una dolorosa muerte prematura. En primer lugar, estaba suspendido de la escuela durante una semana por haber golpeado a Henry en la cara. Podía con ello, tengo notas excelentes y ponerme al corriente no sería un obstáculo; es más, disfrutaría del descanso. El problema fue que Bobby sabía eso muy bien y me castigó con una semana sin aparatos electrónicos ni salir de casa; no estaba feliz de haberse perdido el nuevo capítulo de su novela por ir a la escuela debido a su "hermanito problemático". El segundo problema era mucho más complejo y tenía que ver más con mi paz mental. Sucede que después de la discusión de ese día, Clay no me dirigía la palabra. Había tratado de hablar con él y explicarle que no lo había dicho con mala intención, que solamente pretendía aconsejarlo, pero me ignoró por completo y ahora se limita a hablar con los demás como si no existiera. Como siempre: acción-reacción. Me miré en el espejo de mi habitación y me acomodé la gorra. Otro ejemplo de ese principio sería Bobby, quien me confinó en casa aun sabiendo que compartimos el mismo gusto por saltarnos los castigos. Karma, le llamarían en algunas religiones. Abrí la ventana de mi habitación a tope y pasé mis piernas por el alféizar, pisando suavemente el tejado con los pies descalzos. Me ajusté mejor los tenis que llevaba colgados del cuello y rodeé sigiloso la planta superior hasta dar con el roble de nuestra propiedad. Cuando mi mano se afirmó a una rama, mi cuerpo actuó por pura memoria muscular para trepar por la copa y bajar hasta el tronco. Caí de cuclillas sobre el pasto sin emitir un solo sonido. Era libre. La sonrisa de autosuficiencia ni siquiera había llegado a formarse cuando una gallina de color n***o saltó despavorida sobre mi cabeza con un cacaraqueo. Era Ramona, la mascota de Bobby. Soplé la pluma que había caído sobre mi gorra con actitud aburrida. No hay tiempo que perder. Tomé mi bicicleta y la saqué con cuidado hasta que oí un grito que me paralizó. —¡No lo hagas, Marina, sabes que Sandro no estaría dispuesto a cruzar ese océano por ti! —exclamó Bobby desde el interior de la casa, seguido de un golpe— ¡Maldito sistema retrógrado capitalista que instruye a las mujeres a sacrificar sus metas en un intento de nutrir una relación de poder disfrazada de amor hegemónico heterosexual! Me quedé de pie unos segundos, pensando seriamente en nuestra herencia genética, hasta que decidí mejor irme. En la acera, me puse los zapatos a toda prisa y subí a mi bicicleta para empezar un recorrido por el vecindario con la esperanza de encontrar rastros de mis amigos. Era casi un ritual salir en busca de aventuras cada tarde. Con las manos apretadas en los manubrios levanté mi torso, entregándome a la agradable brisa de verano. Había llegado a Sunshine Valley cuando tenía cuatro años. Era un lugar apartado entre la naturaleza, clásico, conservador y lo suficientemente tranquilo como para que mis padres pudieran irse durante semanas sin temor a que alguien pudiera s********r a sus hijos; algo relativamente común en la ciudad de donde venimos, al parecer. Yo no recuerdo mi primera casa mas allá de algún difuso flashback ocasional, pero Bobby sí y se aseguró de expresar su descontento por la mudanza durante varios años hasta que su rebelión culminó en el irremediable abandono de la escuela. Mis padres no pudieron impedirlo y dudo que hayan tenido el tiempo suficiente para hacerlo. Lo que sucedió en respuesta es que se acabaron las niñeras y los viajes de trabajo se volvieron cada vez más largos. A veces pienso que soy lo único que ata a mi hermano a este lugar. Y que, de alguna forma, mis padres están muy conscientes de eso. Esquivo hábilmente a un grupo de niños que jugaban pelota en la calle antes de retomar el ritmo. Habiendo atravesado ya varias calles, divisé a lo lejos los coloridos rótulos de la tienda del tío Sam y sonreí al ver aparcadas en su rejado blanco las tres bicicletas de mis amigos. Fue una búsqueda demasiado fácil, he decir. Frené derrapando un poco mis tenis y dejé mi bicicleta junto a las demás para luego entrar al jardín. La pequeña casa había sido adecuada para dar la impresión de una tienda con un mostrador que una vez fue una ventana y varias sillas de diferentes modelos dispersas en el viejo porche para que los compradores se relajaran. Allí estaban los tres. Mi sonrisa creció y mi cerebro ya ideaba alguna broma que funcionara como saludo, pero justo en ese momento el primer par de ojos que me vio llegar fueron los de Clay. Mis pasos casi titubearon. Vi su expresión perder cualquier rastro de amabilidad y el verde de su mirada llenarse de desagrado. Luego se rodaron y volvieron a Timm, quien pareció notar la extraña reacción y girar para encontrarme. —¡Hey, Derek! Tragándome el malestar, fingí que no pasaba nada y devolví el saludo, que fue secundado por otros dos más. —¿De nuevo aprovechando que te pidieron sacar la basura para escaparte? —se burló Romina. —Mi deber es complacer —me burlé, haciendo una exagerada inclinación con el brazo. Con maldad, me pegó el vidrio de su frío refresco en el cuello. Tuve un escalofrío por todo el cuerpo. —Mira de lo que te perdiste —se mofa Sofía, pasándole un refresco a Timm y el otro a Clay—. Fuimos a limpiar el ático de la señora Pam. Me reí, estirando la mano para quitarle una telaraña del cabello. Ella se estremeció con asco al verla. —Lo deduje por su ropa. Se ven asquerosos. —Pero con dinero —señaló Sofía. —Y no castigados —secundó Romina. —Y tampoco suspendidos —se unió Timm. —Y menos idiotas —finalizó Clay en un murmullo. La boca de los tres restantes formó un dramático círculo antes de que fingieran beber ruidosamente de su pajita. Por mi parte, miré a Clay con seriedad y los ojos agudos, deseando que me devolviera la mirada así fuera por solo un segundo. —¿Estás hablando conm- —¡Oigan, este refresco es increíble, casi puedo oír el molesto sonido de una quinta persona en mis oídos! —interrumpió, viendo con falsa atención la botella. Los demás se rieron entre dientes con aparente tensión, pero sus ojos brillaban con la expectativa de ver una verdadera pelea entre ambos. No los juzgaba, tenía su atractivo. Clay y yo jamás habíamos peleado, no puedo negar que he mostrado un trato preferencial hacia él durante estos años. Lo hice. Pero ahora mismo tenía unas ganas terribles de sacudirlo hasta que perdiera por completo esa expresión de suficiencia de su rostro. Se sentaba ahí como si tuviera la batalla ganada. Con sus ojos altivos negándose a ponerse en los míos y sus labios fruncidos alrededor de la pajita. Tenía la cara sonrojada por el trabajo, el cabello rubio desaliñado y polvo por encima de su camiseta de baloncesto roja. Me molestaba. Pero me molestaba más que aún con todo eso encima era innegable que su apariencia sobresalía. A diferencia de Timm, también hombre y en su misma condición, Clay se veía... lindo. Recordé por qué no habíamos peleado en años. Soy demasiado parcial con él. De repente, sus ojos afilados me miraron. —¿Que? —espetó en mi dirección, tomándome por sorpresa—, ¿no bebo lo suficientemente masculino para ti? La sensación extraña que había experimentado hace segundo se apagó para traer de vuelta las ganas de hacerlo rodar por todo el jardín. —Solo te señalé algo que los demás dijeron, y con esta actitud de niñita que estás tomando solo les estás dando la razón —respondí. Sus ojos centellaron con ira. —¿Un consejo? Entonces déjame aconsejarte a ti —soltó entre dientes, poniéndose en pie y encarándome—. Deja de ser un imbécil y un cobarde. —¡Clay! —jadeó Romina. Me hizo a un lado para pasar al jardín, y yo solo tuve dos segundos de perplejidad por su vocabulario antes de que el enojo me hiciera seguirle hasta donde tomaba su bicicleta. —¡A dónde vas! Oí a mis amigos seguirnos, mitad sorprendidos y mitad confundidos. Debían estarlo a este punto, estaba seguro de que Clay no les había contado sobre el motivo de nuestra pelea y yo tampoco lo había hecho. Pero ya no me importaba si se enteraban. —¡Vuelve aquí y dímelo de nuevo! —exigí, pero me ignoró, montó su bicicleta y empezó a pedalear. No me demoré en hacer lo mismo. Por el camino que tomó supe que pretendía ir al gran claro. Una de mis cejas se alzó, reconociendo su valor. Desde esta ruta, el camino era bastante difícil de atravesar, siempre que teníamos que hacerlo lloriqueaba y se trepaba a mi espalda para que fuera yo quien lo llevara, ¿y ahora pretende hacerlo solo? Estar enojado no significa ser un tonto. Hoy lo aprenderá a la mala. Nos embaucamos en esa carrera, y sí que lo era, por demostrar ser mejor que el otro. Durante los primeros minutos tuve la vista de su vieja bicicleta tapizada en calcomanías y con neumáticos forrados en parches, pero rápidamente le igualé. Tenía dos años de experiencia por encima de él y una ventaja física que no dan los años. Él era pequeño, débil y, francamente, delicado. "Él es tan femenino" resonó la voz de Nidia en mi cabeza, mientras maniobraba en el camino cada vez más rocoso. Los árboles aparecían con más frecuencia, no nos tomó demasiado adentrarnos en la bóveda de copas altas y follaje frondoso que colaba el sol hasta volverlo pequeñas salpicaduras que rompíamos a gran velocidad. Cada pedaleo incrementaba la agitación en los pulmones que se hinchaban dolorosamente con el aire fresco del bosque. Podía llegar, estábamos cerca. Iba a necesitar mucha agua después de esto, pero valdría la pena con tal de ver su rostro avergonzado. Si es que llega. Una repentina punzada dolió en mi pecho. No, él no va a llegar. ¿Y si se lleva a sí mismo al límite? ¿Y si se lastima por mi culpa? No, no deberíamos llegar a eso solo por su terquedad. ¿Era tan difícil aceptar el comentario sobre su comportamiento y mejorar? ¿Qué tiene de bueno ser tan delicado? En ese preciso momento, mi rostro que había estado al frente de desvió con un movimiento ágil hacia su dirección. Solo quería comprobar que estuviera respirando todavía y obligarlo a detenerse, pero lo que vi, esa sola imagen, me tocó hasta la médula. Cabello rubio barrido hacía atrás por la fiereza del viento, rostro duro como una roca y un par de ojos afilados clavados en el frente, rebosando determinación. Ni siquiera jadeaba. Aquel niño juguetón y risueño ahora tenía el semblante de un guerrero. No pude apartar la mirada de él. ¿Qué diablos? Cuando volví la mirada al frente, aun en un alto nivel de consternación, recordé por qué no se debe quitar la mirada del camino. Acciones, reacciones. La raíz que sobresalía del suelo fue la que me enseñó nuevamente esa lección, y yo la aprendí mientras caía de mi bicicleta, rodaba por el terreno irregular y aterrizaba entre unos arbustos, viendo cómo el manto tejido de hojas daba vueltas sobre mi cabeza. Auch. Me quedé ahí tendido, sumergido en una rarísima contemplación existencial hasta que el aturdimiento dio paso al sonido de gritos de preocupación a lo lejos y unos pasos acercándose. Ni siquiera tuve que buscar el origen de la sombra, el rostro de Clay se plantó desde su altura en mi campo de visión. Sereno, sin ningún ápice de burla, pero con los ojos chispeando superioridad. —Al parecer, la niñita te pateó el culo, perdedor. Sí, hubiera preferido lo de saltar por un acantilado.
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