+ Los diez minutos que pasé oculta tras aquella palmera sintética fueron una tortura de goteo lento. El aire acondicionado del lobby parecía haberse ensañado conmigo, transformando cada fibra húmeda de mi uniforme en una aguja de hielo que me pinchaba la piel. Tenía la mirada perdida en mis manos, que temblaban ligeramente, no sabía si por el frío, por la resaca que me martilleaba las sienes o por la humillación de saber que Alistair Sinclair podría estar viendo este patético espectáculo a través de alguna lente oculta. De pronto, una sombra alargada se proyectó sobre la mesa. Levanté la vista y ahí estaba Lorenzo, con esa sonrisa que parecía inmune a la burocracia y al estrés, sosteniendo una bolsa de plástico gris con el logotipo desgastado de la empresa. —Corre al tocador, pequeña ef

