Salimos al pasillo, y de nuevo, el muro de cristal de las secretarias nos recibió. Pero esta vez, Alistair no me rodeó el hombro con el brazo; caminaba un paso por delante de mí, obligándome a casi trotar para seguir sus zancadas de gigante, recordándole a todo el edificio quién era el amo y quién la seguidora. Llegamos al ascensor privado en silencio. Mi mente volaba. Mañana empezaría el trabajo, la universidad, la nueva vida. Pero antes de eso, estaba ese "lugar especial" al que me llevaba. El miedo volvió a instalarse en mi pecho como un huésped no deseado. —¿Alistair? —pregunté cuando las puertas de acero se cerraron, dejándonos solos en el cubículo de lujo. —Dime. —¿Por qué yo? Había tantas mujeres en ese catálogo... mujeres más altas, más preparadas, más... de tu mundo. ¿Por qué

