La pregunta me golpeó como un balde de agua helada. Me quedé callada, con la boca ligeramente abierta, mientras mi mente corría hacia atrás, hacia la imagen de Alistair en su despacho, hacia el contrato que me ataba a él como si fuera una propiedad privada. No podía decirle la verdad. No podía decirle: "En realidad, tengo un dueño, un magnate implacable que me ha comprado para que sea su adorno y su inversión". Bajé la mirada hacia mis manos, sintiendo el peso invisible del anillo que no llevaba puesto, pero que sentía quemándome la piel. —Sí... algo así —murmuré finalmente, tratando de que mi voz no temblara—. Es... complicado. Un compromiso de esos que te cambian la vida, quieras o no. ¿Y tú? No me digas que un chico tan atento está disponible. Lorenzo soltó una carcajada seca, cargad

