++++++++ El trayecto de vuelta fue un borrón de luces urbanas y el ronroneo del motor del auto. Al llegar frente a la imponente torre de cristal que ahora llamaba hogar, el coche se detuvo con una suavidad insultante. Julián, el chofer de mirada impasible y manos firmes sobre el volante, no se movió hasta que el motor se apagó por completo. —Hemos llegado, señorita Clara —dijo, su voz era un eco neutro en el habitáculo de lujo. —Gracias, Julián. Hasta mañana —respondí, tratando de infundir una pizca de humanidad en esa interacción tan mecánica. Él solo asintió con un gesto seco de la cabeza. Bajé del coche sintiendo el peso de mis propios pasos. Mis tacones, aunque sensatos para la oficina, ahora me parecían grilletes de plomo sobre el pavimento. Caminé hacia el vestíbulo, crucé el umb

