—Con que aquí es donde planeas cómo destruir mundos, ¿eh, Alistair? —susurré, mi voz sonando pequeña, casi un sacrilegio en aquel silencio. Me moví con sigilo, mis pasos amortiguados por una alfombra persa que costaba más que la casa de mis padres. Lo que me llamó la atención no fueron los libros encuadernados en piel ni los monitores de última generación, sino el mueble bar que ocupaba un rincón lateral. Era una vitrina de cristal y metal, iluminada por una luz led suave que hacía brillar las botellas como trofeos de guerra. Había decenas de ellas. Etiquetas en idiomas que no comprendía, tipografías elegantes que gritaban "caro" y líquidos de colores que iban desde el ámbar más puro hasta un rubí profundo. Era una colección de venenos sofisticados para un hombre que no admitía la debili

