El murmullo de las voces se mezclaba con el pitido incesante en mis oídos. Julián me sostenía con una firmeza que me hacía sentir como un gorrión herido, pero la burbuja de relativo silencio se rompió cuando Dania apareció en el umbral del despacho. Su rostro, habitualmente sereno, estaba pálido, desencajado por una mezcla de horror y lástima. —¡Por Dios, señorita! —exclamó, llevándose las manos a las mejillas. Sus ojos saltaron de mis pies descalzos a la botella que yacía como una prueba incriminatoria sobre el escritorio—. Julián, por favor, prepárame el coche ahora mismo. Yo me encargaré de que salga a tiempo, pero muévete. Julián asintió, su mandíbula apretada. Sentí el cambio de presión cuando me entregó a Dania; los brazos de ella eran más cortos, menos hercúleos, pero me rodearon

