La presencia de la guerrilla, para los colonos era algo habitual, y estaban familiarizados plenamente con ella, puesto que, las FARC habían estado “acompañando” de alguna forma, la ocupación de los territorios al Sur del país; sin embargo, el fin mismo de ésta “simbiosis” (sí se le podía llamar así), no era el de sembrar coca en aquellos territorios, para luego usufructuarse de aquella actividad; lo que el grupo rebelde quería, era tener una suerte de “retaguardia” y un lugar para formar sus ejércitos para la revolución que querían hacer; eran personas que tenían una ideología, pero que creían ciegamente, en que, la única forma de llegar al poder, era mediante las armas. El tema de la “coca”, fue algo que surgió de manera circunstancial, por el auge de la droga desde Medellín, con Pablo Escobar, descendiendo hasta llegar al Valle del Cauca, Cauca, Nariño, y deslizándose como una peste, a los territorios más bajos del país como Caquetá y Putumayo, que fueron los fuertes, de aquellos grupos rebeldes.
Los colonizadores, en especial, entendían que todos aquellos grupos disidentes, eran “la ley” y era lo más cercano a un “Gobierno” que podían pretender tener, por eso, convivían de una u otra manera con ellos; de cualquier forma, eran los que en aquellas apartadas zonas tenían el monopolio de las armas e imponían su ley. El negocio de la coca, vino mucho después.
En aquel entonces, los principales narcotraficantes, estaban ávidos por obtener pasta de coca, de donde fuese necesario, sin importar cómo, tuvieran qué obtenerla; Colombia, al ser un país con diferentes altitudes, y distintas condiciones climáticas, era un terreno fértil para que plantas como la coca y la marihuana se dieran, casi qué al solo dejar caer la semilla al suelo; sin embargo en territorios Amazónicos, era necesario llevar a cabo todo el proceso que Eustaquio y José Amario, venían realizando, quemando la flora autóctona del lugar, para dar paso, a esa nueva forma de “maleza”.
Aquella semana, José Amario partió, nuevamente a San Vicente del Caguán, y fue en búsqueda de su anónimo contacto, que en ocasiones, le había suministrado las semillas de marihuana.
Amigo José Amario, quiero que sepa que se está usted metiendo en camisa de once varas - Afirmó el contacto, rascándose la cabeza – Va a necesitar mucho más que buena voluntad. Sí tiene usted la opción de obviarse eso, hágalo, porque sí no conoce acerca de química, puede salir hasta lastimado - Afirmó el hombre.
No, no tengo opción, necesito que me explique lo que sepa. Ya lo demás lo iré aprendiendo por el camino - Afirmó José Amario, con su acostumbrado tono recio.
Bueno, voy a intentar explicarle más o menos de qué va ese proceso. Primero, una vez ha obtenido la hoja de coca, debe triturarla, y mezclarla con Queroseno, y ácido Sulfúrico o Carbonato Sódico; lo más próximo que podría conseguir a esto, sería la gasolina, y ahí obtiene usted la “pasta” ...le va a salir una especie de masa oscura; no sé sí es eso lo que exactamente quiere usted extraer - Comentó el contacto
Bueno, pudiera ser eso lo que necesite. Ni si quiera estoy; voy a intentarlo - Afirmó Jose Amario.
El recio hombre, procedió a llevarse a la vereda, unos galones de gasolina, y un poco de ácido sulfúrico, que no fuese demasiado, para hacer la prueba, con las primeras hojas de coca, en lo que Eustaquio, continuaba, preparando el cultivo - Sé que no le va a gustar ni poquito, que nos pongamos a experimentar con estas cosas...Se va a enojar aún más - Pensaba José Amario, en lo que organizaba en su cabeza, como le presentaría la idea a Eustaquio, de que ahora no serían dos simples campesinos colonos, sino que serían “alquimistas”.
Al día siguiente, Eustaquio se reunió con su padre, quién le expuso todo el conocimiento que obtuvo, en su última visita a San Vicente:
Ni siquiera tenemos a alguien de referencia para que nos diga, cómo es el paso a paso, de semejante maniobra – Dijo Eustaquio
Pero ¿Teníamos alguna otra opción? - Dijo José Amario en tono condescendiente
Gracias a usted, no, no teníamos ninguna otra – Dijo Eustaquio – Hagamos la parte de la siembra y la cosecha, guardemos esa gasolina, y luego cuando tengamos un remanente de hoja de coca, nos disponemos a jugar a “Los Alquimistas” - Prosiguió Eustaquio, con tono sarcástico.
José Amario se sintió aludido por las mil sátiras lanzadas por Eustaquio, pero en aquel momento, entendió esa frustración, básicamente, porque fue él mismo, quien lo puso en esa situación, qué probablemente él, con sus nulos conocimientos, iba a poder llevar a cabo; sin embargo, tras las amenazas de “El Caleño” era eso, o ver como su familia, podía morir fusilada completamente.
José Amario, no pudo esperar los cuatro meses de maduración de las plantas de coca, y decidió ir arrancando algunas que ya veía más o menos en condiciones, para empezar a triturarlas y juntarlas con la gasolina que había comprado. En el primer intento, no logró nada, porque el olor de la gasolina, le produjo un malestar incontenible, acompañado de migrañas y náuseas. El segundo intento, pudo, al menos, mezclar las dos cosas, aunque sabía que no sería lo mismo, hablando de equivalencias, porque su contacto, le había explicado con plena claridad, que para obtener un kilo de pasta base, debía obtener 125 kilos de hojas de coca, como mínimo; desde luego que su “experimento” no contaba con las cantidades, ni la concentración que “El Caleño” requería, pero, José Amario era curioso, y quería ver cómo era qué funcionaba. Poco a poco, y tras una tarde de mareos, logró separar la hoja triturada, del Queroseno, adicionarle ácido sulfúrico y al día siguiente, obtuvo los primeros trozos de una base ennegrecida, como aquella selva en la que vivía. Fue el “primer producto” que obtuvo, tras la ardua tarea, que, a las malas, El Caleño, les había endilgado.
Me parece muy bien, que vaya usted buscando la manera de solucionar, los problemas en los que nos mete a todos – Dijo Eustaquio en tono de reproche, al enterarse de la proeza de su padre.
Ya sabe que estamos en esto mijo, y es preciso continuar. Vea, para obtener un kilo de la pasta, necesitamos cultivar 125 kilos de la hoja - Describió José Amario.
Es usted consciente de que, físicamente, para esa tarea, los dos, ya no damos abasto, ¿Verdad? - Comentó Eustaquio.
Sí, si lo sé, pero para eso dispondremos de las mujeres de la familia, porque es importante, que mantengamos todo este asunto, como un secreto – Dijo José Amario.
Aminta es optimista y pragmática para todo, no creo que se niegue, pero dudo que mi mamá y mi suegra, se presten para estas alcahueterías - Dijo Eustaquio, cada vez con más rabia, por tener que inmiscuir al resto de su familia, en este asunto, que le robaba el sueño.
Entonces, buscaré la forma de que su madre me haga caso, y su suegra también - Afirmó José Amario.
Ya que usted asumió la responsabilidad de todo, hágase cargo también de eso – Cerro Eustaquio.
La realidad era que la relación entre Eustaquio y José Amario, iba cada vez más en decadencia. Eustaquio sentía que ya no podía hablarle sin reprocharle por todo lo que ocurría.
Al llegar al rancho, tras otra ardua jornada de siembra, Eustaquio se acercó a su compañera:
Creo que vas a tener que ayudarnos. Vamos a necesitar manos para empezar a sacar de a 125 kilogramos de hojas, y va a ser algo con lo que mi papá y yo, no vamos a poder - Sentenció Eustaquio.
Sabes que estoy incondicionalmente para ti. Es una tarea que jamás he hecho, pero sí he aprendido a curar huesos rotos, seguro aprenderé a recoger coca, dijo Aminta, abrazándolo.
La “Tarea” encomendada por “El caleño” iba probablemente a crecer con el paso de los días, hasta que fuese casi imposible, ocultarla, porque se iba a requerir mano de obra adicional, para llevar a cabo, la complicada empresa, y, conforme se necesitara más gente, la información sería cada vez más, de dominio público. Jose Amario y Eustaquio, estarían obligados irremediablemente, a decirle a la gente de la vereda, pero debían buscar la manera de asegurar la “lealtad” de desconocidos - Quizá tengamos que amenazarlos de muerte, de ser necesario – Pensaba Eustaquio, auto incriminándose, por pensar ahora, como delincuente, como si fuera tan sencillo, tomar la vida de otras personas – Me desconozco, ya ni siquiera sé quién soy – Se reprochaba.
Al día siguiente, Aminta se dispuso a madrugar para ir con Eustaquio a revisar las tareas que hubiese que llevar a cabo en el cultivo; intentó hacer la tarea con la mejor disposición posible, para contrarrestar en algo, la mala energía que Eustaquio imprimía al asunto; cómo lo amaba, lo conocía, y sabía perfectamente, que estaba frustrado, molesto, y principalmente, obligado desarrollar ese negocio. No obstante, Aminta, manejaba un punto de vista muy diferente, y era el de ver todo el tema, como una oportunidad, para construir una casa:
Aún cuándo tuviéramos que salir huyendo, lo construido, queda, y podríamos recuperarlo en cualquier momento, cuando la marea baje – Pensaba Aminta, para sí misma. En aquel momento, pensaba en mil maneras de conservar un patrimonio de aquella desgracia, y de ahorrar, no por ella o por Eustaquio, sino por Amaranto, que era un niño que continuaba creciendo día a día.
Aquella jornada, Aminta cantaba, mientras realizaba las labores de campo que Eustaquio le indicaba; esto en parte, tranquilizó a Eustaquio, y aquella tarde, estando lejos de la toxicidad de José Amario, se le olvidó que lo que estaba sembrando era una planta maldita, y recordó aquellos tiempos, en los que estaba tranquilo, sembrando cacao y caña. Se sintió afortunado de tener a alguien con el talante de Aminta a su lado: - Quizás, en el fondo, no sea tan malo todo esto que está ocurriendo, y de repente, pueda extraer algo bueno - Reflexionó Eustaquio, para sí mismo.
Mientras tanto, desde lejos, el pequeño Amaranto, observaba con atención, todo cuanto sus padres hacían; su curiosidad de niño, hacía que se imaginara que estaban jugando al escondite entre los tupidos arbustos. Sin embargo, él tomaba atenta nota de todo cuánto hacían, así como cuando su mamá le explicaba cosas sobre los árboles, o sobre las ranas venenosas de mil colores que habitaban aquella densa selva colombiana. Amaranto, era inocente de todo lo que estaba sucediendo, sin embargo, se sintió acompañado, y de alguna manera feliz, mientras veía a sus padres, labrar la tierra.
Las circunstancias, y la vida, harían que Amaranto, muchos años después, parado frente a un río cuyas aguas eran rojas, recordara esa vívida imagen de sus padres jugando entre los arbustos, lanzándose semillas y piedritas, mientras sembraban aquella tierra que empezó a quedar maldita, en el momento en que aquella semilla del mal, cayó, y germinó para desgracia de todos.