Capítulo 6

1951 Words
Capítulo 6 El lunes siguiente amaneció despejado, con un cielo azul brillante que se reflejaba de par en par en los ventanales del piso cuarenta y dos. El ambiente en la oficina principal era radicalmente distinto al de la semana anterior. La tensión sofocante, la sombra de la traición y la desconfianza que antes envenenaban el aire se habían disipado tras la captura de Julián y la destitución de la Sra. Gutiérrez. Llegué a la Torre Ferrer a las siete y media de la mañana. Al cruzar las puertas giratorias de mármol, el guardia de la entrada me saludó con una inclinación de cabeza respetuosa y una sonrisa amable, un contraste abismal con las miradas de sospecha con las que me recibieron el primer día. Subí en el ascensor sintiendo una calma inédita. Llevaba un vestido de vestir en tono gris perla, discreto y elegante, y mis baletas planas de cuero. La cicatriz de la rodilla apenas era una línea rosada bajo la piel que me recordaba todo lo que había cambiado en cuestión de siete días. Cuando las puertas se abrieron en el piso cuarenta y dos, me encontré con un equipo de operarios de mantenimiento trabajando en el espacio adyacente al despacho principal. La antigua sala de archivo contable, un espacio amplio con vista directa a la avenida, había sido completamente remodelada durante el fin de semana. Tras las paredes de cristal esmerilado se alcanzaba a ver un escritorio de madera clara, un sillón ergonómico de cuero blanco, estanterías organizadas y un equipo de cómputo de última generación. —Buenos días, Valeria —resonó una voz grave y cálida a mi espalda. Me giré de inmediato. Mateo estaba de pie cerca de la entrada privada. Vena sin la chaqueta del traje, con las mangas de su camisa blanca arremangadas de forma impecable y una taza de café en la mano. La sombra de cansancio en sus ojos grises había desaparecido por completo, sustituida por una energía serena y segura. —Buenos días, Mateo —respondí, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago al pronunciar su nombre de pila como habíamos acordado. —¿Qué te parece? —preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia la oficina de cristal. —¿Es... para mí? —pregunté, acercándome un par de pasos para observar el interior. —A partir de hoy es la Oficina de la Dirección de Auditoría Interna —afirmó Mateo con orgullo—. El contrato oficial de tu nuevo cargo ya está listo sobre tu escritorio, junto con la aprobación de tu nuevo sueldo y el paquete de beneficios ejecutivos. Recursos Humanos procesó todo el viernes por la tarde. Me acerqué a la mesa de cristal y tomé la carpeta de cuero n***o que contenía el contrato. Al leer la cifra del salario mensual, el aliento se me cortó en la garganta. Era cuatro veces mayor que lo que ganaba como asistente provisional; una cantidad que no solo garantizaba el tratamiento médico completo de mi madre para los próximos años, sino que me permitía alquilar un apartamento cómodo en una zona segura de la ciudad. Las lágrimas se me agolparon en los ojos antes de que pudiera contenerlas. —Mateo... esto es demasiado. No sé cómo agradecerte esto —dije en un murmullo, ajustándome el marco de las gafas con dedos temblorosos. Mateo dio un paso hacia el interior de la oficina, reduciendo la distancia entre los dos. Extendió la mano y, con la misma delicadeza del viernes, rozó la comisura de mi mejilla para limpiar una gota de lágrima que se me había escapado. —No tienes nada que agradecer, Valeria —dijo con voz suave y profunda—. Te ganaste cada centavo de ese contrato con tu trabajo, tu capacidad analítica y tu lealtad. En esta empresa he pagado millones a ejecutivos con títulos internacionales que no tuvieron ni la mitad de tu valor para defender lo correcto. Esto no es un regalo; es mérito puro. La cercanía de su cuerpo, el aroma a madera de cedro que lo rodeaba y el calor de su toque me hicieron dar un vuelco en el corazón. Lo miré a los ojos y vi reflejada en ellos una admiración genuina que iba mucho más allá del ámbito laboral. —Prometo que no te vas a arrepentir de haberme dado esta oportunidad —aseguré con firmeza. —Sé que no lo haré —sonrió él, retirando la mano con lentitud—. Ahora, firma ese papel para que podamos ponernos a trabajar. La transición no va a ser sencilla. Durante las siguientes horas, la rutina en el piso cuarenta y dos tomó un ritmo nuevo y eficiente. Una nueva secretaria administrativa, una mujer mayor y respetuosa llamada Elena, llegó para hacerse cargo de las llamadas generales y la recepción de documentos en el pasillo exterior. Eso me permitió concentrarme por completo en la estructuración del nuevo departamento de auditoría. Mateo me transfirió el acceso directo a los servidores centrales de la compañía. Mi primera tarea consistía en revisar todos los contratos de proveedores que la Sra. Gutiérrez y el equipo de Julián habían aprobado en los últimos seis meses. La meta era simple: limpiar la empresa de cualquier otra irregularidad o firma fantasma antes de la presentación de los resultados trimestrales ante el Consejo Superior. A eso de las doce y media del mediodía, Elena tocó suavemente el cristal de mi oficina. —Directora Valeria, el señor Ferrer solicita su presencia en el despacho principal —anunció con cortesía. —Muchas gracias, Elena. Ya voy. Recogí mi libreta de notas y crucé la puerta doble de nogal. Mateo estaba sentado frente a su escritorio, pero no estaba revisando pantallas ni firmando documentos. Sobre la mesa redonda de juntas había un juego de manteles individuales, dos platos gourmet servidos con salmón a las finas hierbas, ensalada fresca y dos copas de agua con hielo. —Llegó la hora del almuerzo —anunció Mateo poniéndose de pie—. Y esta vez no hay hielos para la pierna ni discusiones sobre la junta directiva. Sonreí, dejando la libreta en una silla auxiliar. —¿Una pausa oficial en la jornada laboral? —Una orden directa de la presidencia —corregió él, indicándome la silla frente a la suya—. Necesitamos comer algo antes de la reunión de las tres con los nuevos contadores. Nos sentamos a almorzar. La conversación fluyó con una frescura y una comodidad increíbles. Hablamos de temas alejados de la contabilidad y los balances: me contó sobre sus años de universidad en el extranjero, el peso de haber tenido que asumir la presidencia tras la muerte de su padre y la soledad que a menudo rodeaba a un cargo de esa magnitud. Por mi parte, le hablé de mi infancia en el pueblo, de las caminatas con mi madre y de lo mucho que me gustaba la tranquilidad de la lectura. —Tu madre debe estar muy orgullosa de ti —comentó Mateo, observándome con atención por encima de su copa. —Le hablé anoche por teléfono —confesé con una Sonrisa cálida—. Lloró cuando le conté del ascenso. No podía creer que en solo una semana las cosas hubieran cambiado tanto. Me dijo que te diera las gracias por haber visto más allá de mi caída en la acera. Mateo dejó escapar una risa baja y rasposa que llenó la habitación. —Tu madre es una mujer sabia. Pero la verdad es que la caída fue lo mejor que le pudo pasar a esta empresa. Si no hubieras roto ese tacón en la alcantarilla, jamás habrías llegado a mi oficina a tiempo para ver la carpeta azul. —Fue el tropiezo más afortunado de mi vida —admití en un susurro, sintiendo que un rubor suave me cubría las mejillas. A las tres de la tarde, la reunión con el nuevo equipo de auditores externos se llevó a cabo en la sala principal. Esta vez, yo no estaba sentada detrás de Mateo en una silla auxiliar; ocupaba un lugar oficial en la mesa de decisiones a su derecha. Durante las dos horas que duró la sesión, los contadores presentaron sus propuestas de reestructuración y escucharon con atención mis observaciones sobre el control de sellos digitales. Se notaba el respeto con el que trataban mi criterio, respaldado plenamente por la confianza implícita que Mateo me otorgaba con cada gesto. Al terminar la reunión, los contadores se retiraron con instrucciones claras. Mateo y yo regresamos al piso cuarenta y dos mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse tras los cristales. Eran pasadas las seis de la tarde cuando terminé de organizar el primer informe semanal de mi departamento. Guardé los archivos en el servidor seguro, apagué la computadora de mi oficina y tomé mi bolso. Caminé hacia el despacho de Mateo para avisarle que ya me retiraba. Toqué la puerta y entré. Mateo estaba de pie junto al ventanal, observando el tráfico de la avenida principal. Llevaba las manos en los bolsillos y parecía sumergido en sus pensamientos. —Mateo... ya terminé el esquema inicial para la revisión de contratos —dije con voz suave—. Dejé el archivo en el servidor. Me retiro por hoy. Mateo se giró despacio y caminó hacia mí. No traía prisa. Se detuvo a medio metro de distancia y me miró a los ojos con una intensidad serena pero profunda. —Valeria... antes de que te vayas, quiero pedirte algo —dijo con voz pausada. —Dime. —Sé que tu trabajo como Directora de Auditoría exige muchas horas y que la responsabilidad es enorme —comenzó, dando un paso más hacia mí—. Pero no quiero que nuestra relación se limite únicamente a carpetas, balances y reuniones de junta. Mi corazón dio un vuelco repentino. Sentí que la respiración se me aceleraba ligeramente. —¿A qué te refieres? —pregunté en un hilo de voz. Mateo extendió la mano y tomó la mía con delicadeza. Sus dedos largos se entrelazaron con los míos, enviando una ola de calor directo a mi pecho. —A que me gustaría invitarte a cenar esta noche. Pero no como una excepción por una herida en la pierna, ni como una reunión de trabajo —explicó, mirándome directo a los ojos sin pestañear—. Quiero invitarte a cenar como dos personas que quieren conocerse fuera de estas cuatro paredes de cristal. Sin jefes, sin asistentes, sin la presión de la empresa. El silencio en la oficina se volvió dulce y expectante. La chica tímida que se sentía invisible en medio de la gran ciudad no podía creer la transformación de su vida. El hombre más codiciado y respetado del sector financiero, el mismo que infundía temor en las salas de juntas, me miraba con una vulnerabilidad y un afecto absolutamente sinceros. Acomodé mis gafas con la mano libre y le dediqué una sonrisa llena de ilusión. —Acepto la invitación, Mateo. Me encantaría. Una sonrisa hermosa iluminó el rostro de Mateo. Me apretó la mano con suave firmeza y caminó hacia el perchero para tomar su saco oscuro. —Entonces vamos —dijo con un tono alegre—. Esta noche la ciudad es nuestra. Salimos juntos del despacho. Elena nos despidió con un saludo amable desde la recepción. Caminamos hacia el ascensor privado y las puertas de metal se cerraron tras de nosotros. Mientras la cabina descendía suavemente hacia el sótano, miré nuestro reflejo en el espejo de la pared: Mateo a mi lado, sosteniendo mi mano con orgullo, y yo, recta y segura, lista para empezar el capítulo más hermoso de mi nueva vida.
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