Capítulo 5

2470 Words
Capítulo 5 El despertador sonó a las cinco de la mañana, pero yo ya llevaba casi una hora despierta mirando las sombras que se proyectaban en el techo. Hoy era el día. La reunión de la junta directiva estaba programada para las nueve de la mañana y con ella se definiría el destino de Mateo, de la empresa y, en gran medida, el mío. Me levanté con el corazón latiéndome a un ritmo acelerado. Me duché con agua fría para despejar la mente y elegí con cuidado la ropa para el día más importante de mi vida laboral: un traje sastre azul marino de falda por debajo de la rodilla, una blusa impecable y los zapatos planos de cuero que Mateo me había regalado. Me recogí el cabello en un peinado estricto, me puse las gafas y revisé mi reflejo en el espejo. La chica que solía tropezarse en las aceras por pánico escénico debía quedarse en casa; hoy Mateo necesitaba a alguien con la cabeza fría. Llegué a la Torre Ferrer a las seis y cuarenta y cinco de la mañana. El sol apenas comenzaba a despuntar entre las nubes grises, tiñendo el cristal del rascacielos con tonos dorados y cobrizos. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso cuarenta y dos, el silencio era casi sepulcral. Caminé hacia el despacho principal y toqué suavemente la puerta. —Pasa, Valeria —dijo la voz de Mateo. Entré y lo encontré de pie junto al escritorio. A diferencia de otros días, no llevaba el saco puesto; sus mangas estaban arremangadas con firmeza y se servía una taza de café n***o. Tenía los ojos fijos en una carpeta roja que el Dr. Salazar le había dejado la noche anterior. —Buenos días, señor Ferrer —dije, dejando mis cosas en la mesa auxiliar—. ¿Alguna novedad del juzgado? Mateo alzó la vista y, por primera vez en toda la semana, vi una chispa de triunfo contenida en sus ojos grises. —El juez firmó la orden de protección y la medida cautelar a las dos de la mañana, Valeria —dijo con una voz tranquila pero llena de autoridad—. El auditor externo fue notificado formalmente hace una hora y tiene una orden de citación preventiva. Si intenta presentar ese informe alterado ante la junta, la policía lo arrestará en la misma sala de reuniones por desacato y fraude. Sentí que un peso enorme se me quitaba del pecho. —Eso es una noticia increíble, señor. Entonces... ¿la maniobra de su hermano quedó totalmente desactivada? —La maniobra de la auditoría, sí —asintió Mateo, dando un sorbo a su café—. Pero Julián no sabe que tenemos la orden del juez. Cree que hoy va a coronarse como presidente. La junta directiva ya empezó a llegar y la reunión comenzará en punto a las nueve en la sala principal del piso cuarenta y tres. —¿Qué necesita que prepare para la sesión? —Quiero que subas conmigo —dijo mirándome fijamente—. Vas a llevar la carpeta azul original con los sellos marcados y una copia certificada de la orden del juez. Te sentarás justo detrás de mí. Si intento hablar y la junta duda de las fechas, tú serás quien proyecte las pruebas en la pantalla. —Entendido, señor. Todo estará listo. A las ocho y media de la mañana, la Sra. Gutiérrez llegó a la recepción. Venía impecablemente vestida, pero en su rostro se notaba una inquietud velada. Cada dos minutos miraba el reloj de pared y revisaba su correo con nerviosismo. Yo sabía exactamente lo que le pasaba: estaba esperando que Julián le confirmara que el sobre con las fotos de extorsión había surtido efecto, sin sospechar que los documentos llevaban catorce horas bajo llave en la caja fuerte de Mateo. A las ocho y cincuenta y cinco, Mateo salió de su despacho vistiendo su saco oscuro. Me miró, me hizo un leve gesto con la cabeza y ambos caminamos hacia la escalera privada que conectaba con el piso cuarenta y tres, donde se encontraba la gran sala de juntas. Al cruzar las puertas dobles de cristal esmerilado, el ambiente dentro de la sala se sintió helado. Alrededor de una mesa ovalada de caoba para veinte personas ya estaban sentados los doce miembros principales de la junta directiva y los accionistas mayoritarios. Entre ellos destacaba Julián Ferrer, ubicado en el extremo opuesto a la cabecera. Lucía una Sonrisa de suficiencia pura, ajustándose la corbata de seda y conversando en voz baja con dos inversores a su lado. Al ver entrar a Mateo, el murmullo de la sala cesó de golpe. Julián alzó la barbilla con un gesto de burla desafiante, y su mirada se desvió hacia mí con desprecio cuando me acomodé en la silla auxiliar detrás de Mateo, colocando las carpetas sobre la mesa. El presidente de la junta, un hombre anciano de cabello blanco llamado Don Roberto, golpeó levemente su mazo de madera contra la mesa. —Buenos días a todos —comenzó Don Roberto con voz pausada—. Damos inicio a la sesión extraordinaria del Grupo Ferrer. El punto único del día es la revisión del informe de la auditoría especial y la moción presentada por el vicepresidente, Julián Ferrer, para evaluar la continuidad de Mateo Ferrer en la presidencia ejecutiva. Julián se puso de pie de inmediato, acomodándose el saco con arrogancia. —Gracias, Don Roberto —dijo Julián, paseando la mirada por los miembros de la mesa—. No seré largo en mi intervención. Todos los presentes en esta mesa han recibido las copias preliminares del estado de las cuentas. El informe es contundente: se autorizaron giros de capital a cuentas congeladas durante el mes de noviembre bajo la firma directa de la presidencia. Eso representa una falta grave de ética y un delito financiero que pone en riesgo las acciones de cada uno de ustedes. Varios miembros de la junta comenzaron a murmurar entre sí, asintiendo con preocupación. Julián sonrió con más fuerza, creyendo que tenía la victoria en el bolsillo. —Por lo tanto —continuó Julián alzando la voz—, solicito formalmente que se proceda a la votación inmediata para la destitución de Mateo y la toma de control de la presidencia de emergencia. Don Roberto miró a Mateo. —Mateo... ¿tienes algo que decir antes de proceder a la votación? Mateo no se levantó de su silla. Mantuvo la espalda recta, entrelazó sus dedos sobre la mesa y miró a su hermano con una serenidad pasmosa que comenzó a descolocar a Julián. —Solo un par de cosas, Don Roberto —dijo Mateo con una voz grave y pausada que resonó en toda la sala—. En primer lugar, el informe de la auditoría al que hace referencia mi hermano no solo es inexacto, sino que es un documento adulterado mediante la clonación de sellos digitales. Un murmullo de sorpresa recorrió la mesa. Julián soltó una carcajada forzada. —¡Por favor! ¡Eso es un manotazo de ahogado! —exclamó Julián señalando a Mateo—. Los contadores revisaron ese informe durante días. ¡No intenten confundir a la junta con excusas baratas! —Valeria, proyecta el documento tres —ordenó Mateo sin perder la calma. Me puse de pie de inmediato. Aunque sentía la mirada pesada de los doce ejecutivos sobre mí, no dejé que las manos me temblaran. Conecté la memoria USB al sistema de la sala y presione el botón del proyector. En la enorme pantalla del fondo aparecieron los dos sellos digitales en alta resolución, resaltados con los recuadros rojos que yo misma había marcado dos días atrás. —Como pueden observar en la pantalla —expliqué con voz clara y firme, dirigiéndome a la junta—, los códigos alfanuméricos del margen inferior corresponden al servidor de transacciones del mes de octubre. Las fechas de noviembre fueron sobrepuestas de forma digital para hacer parecer que las firmas se realizaron con la cuenta congelada. El Dr. Salazar, que había entrado discretamente a la sala minutos antes, se acercó a Don Roberto y le entregó un folio con sello oficial. —Señores de la junta —intervino el abogado principal—. Lo que ven en pantalla es la prueba reina de una falsificación de documento mercantil. A las dos de la mañana, el Juzgado Central emitió una orden de protección que anula la validez de esa auditoría y abre una investigación penal contra el auditor externo. La cara de Julián cambió drásticamente. La suficiencia se evaporó de su rostro en un segundo, sustituida por una palidez cadavérica. Dio un paso hacia atrás, apoyándose en el respaldo de su silla. —¡Eso es mentira! ¡Es un montaje de Mateo! —gritó Julián, perdiendo por completo los estribos—. ¡No pueden creerle a esta empleaducha y a un grupo de abogados comprados! —¡Silencio, Julián! —ordenó Don Roberto con un golpe seco de su mazo, leyendo el documento judicial con los ojos muy abiertos—. Esto es una orden oficial emitida por un juez. El informe de la auditoría queda desestimado por completo de esta reunión. La sala se convirtió en un caos de murmullos indignados contra Julián. Los mismos accionistas que antes lo apoyaban comenzaron a alejarse de él con desprecio. Mateo se puso de pie despacio. Se abotonó el saco y miró a su hermano con una frialdad implacable. —Y hay un detalle más, Julián —agregó Mateo, sacando del maletín el sobre de Manila que había llegado por el ascensor de servicio el día anterior—. La persona que intentó extorsionar a los miembros de esta junta utilizando detectives privados cometió el error de enviar los archivos a mi piso. La fiscalía ya tiene las copias de las facturas de la agencia de detectives pagadas con tus tarjetas personales. Al escuchar esto, Julián se quedó completamente helado. Miró a Mateo, luego me miró a mí y finalmente comprendió que su plan había sido destruido pieza por pieza desde el momento en que me entregaron ese paquete a la hora del almuerzo. Dos oficiales de seguridad de la empresa, acompañados por un agente de la policía, entraron a la sala de juntas por la puerta trasera. —Señor Julián Ferrer —dijo el oficial—. Acompañenos, por favor. Hay una orden de presentación en su contra por intento de fraude corporativo y falsificación. Julián no dijo una sola palabra. Estaba en shock. Caminó entre los miembros de la junta con la cabeza baja, flanqueado por los guardias, mientras las puertas de cristal se cerraban tras de sí. El silencio volvió a adueñarse de la sala. Don Roberto se puso de pie, miró a Mateo y luego dirigió una mirada de profundo respeto hacia mí. —Moción de destitución desestimada —declaró el anciano con firmeza—. Mateo Ferrer mantiene la presidencia ejecutiva del Grupo Ferrer de forma indefinida. Felicidades, Mateo. Y felicidades a usted, señorita... demostró ser una profesional brillante. —Gracias, Don Roberto —dijo Mateo con una inclinación de cabeza. Salimos de la sala de juntas unos minutos después, dejando atrás a los ejecutivos que buscaban estrechar la mano de Mateo para disculparse. Descendimos por las escaleras hacia el piso cuarenta y dos. Cuando llegamos a la recepción, nos encontramos a la Sra. Gutiérrez recogiendo sus pertenencias en una caja de cartón. Dos empleados de Recursos Humanos estaban a su lado. Al ver a Mateo, la mujer bajó la mirada, avergonzada y sin atreverse a decir una sola palabra. Subió al ascensor y desapareció para siempre del piso. Caminamos hacia el despacho principal. Mateo cerró la puerta de nogal tras de nosotros, se quitó el saco y lo tiró sobre el sofá. Luego, se giró hacia mí. Por primera vez en toda la semana, la tensión que llevaba sobre los hombros se esfumó por completo. Sus ojos grises brillaban con una mezcla de alivio, triunfo y una calidez profunda que hizo que mi corazón diera un vuelco. —Se terminó, Valeria —dijo con voz suave, dando dos pasos hacia mí. —Se terminó, señor Ferrer —respondí, sonriendo de verdad por primera vez desde que llegué a este trabajo—. Lo logró. Salvó su empresa. —No —corregió él, deteniéndose a solo un palmo de distancia y mirándome directo a los ojos—. Nosotros la salvamos. Si tú no hubieras llegado tarde el lunes, si no te hubieras caído en la acera, si no te hubieras fijado en esos números que todos los demás pasaron por alto... hoy esta empresa estaría en manos de mi hermano. —Solo hice mi trabajo, señor... —Hiciste mucho más que eso —interrumpió él con firmeza pero con una delicadeza extrema. Extendió su mano y, con la yema de sus dedos, me rozó la mejilla con suavidad para acomodarme un mechón de cabello detrás de la oreja—. Me diste tu lealtad cuando todo el mundo me estaba dando la espalda. Y eso es algo que no voy a olvidar nunca. El contacto de su mano sobre mi piel envió una corriente cálida por todo mi cuerpo. Sentí que me faltaba el aire, pero no por el dolor de una caída, sino por la intensidad de su mirada. —A partir de hoy —continuó Mateo en un murmulo cercano—, tu puesto de asistente provisional se acaba. Quiero que seas la Directora de Auditoría Interna de la presidencia. Tendrás tu propia oficina junto a la mía, el sueldo que te mereces y la seguridad de que tu madre no tendrá que preocuparse por nada nunca más. Abrí los ojos como platos, impresionada por sus palabras. —¿S-señor Ferrer? ¿Habla en serio? —Hablo muy en serio, Valeria —dijo él, dejándome ver una sonrisa sincera y hermosa que transformó su rostro por completo—. Y por favor... cuando estemos a solas en esta oficina, deja de llamarme señor Ferrer. Dime Mateo. Le devolví la sonrisa, sintiendo una felicidad enorme adueñarse de mi pecho. La chica que había llegado llorando y con la pierna sangrando el primer día de semana había encontrado finalmente su lugar en el mundo, no solo como una profesional valiosa, sino como la persona en quien el hombre más poderoso de la ciudad había decidido entregar toda su confianza. —Está bien... Mateo —respondí con la voz firme y llena de ilusión. Él asintió con la cabeza, tomó mi mano entre las suyas con delicadeza y supimos, sin necesidad de decir una palabra más, que este no era el final de una batalla, sino el comienzo de una historia mucho más grande entre los dos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD