Capítulo 4
El aroma a café recién pasado inundó la pequeña cocina auxiliar del piso cuarenta y dos. Mientras el líquido oscuro caía lentamente en la taza de porcelana, me tomé un par de segundos para apoyar las manos sobre el borde del mostrador y respirar hondo. El corazón todavía me latía con fuerza en el pecho. La discusión de esa mañana entre Mateo y su hermano me había dejado una sensación amarga en la garganta, ese ambiente pesado que se respira cuando el odio familiar se disfraza de negocios.
Acomodé la taza sobre una bandeja plateada junto a un vaso de agua y regresé a la oficina principal. La Sra. Gutiérrez estaba sentada en su puesto con la espalda rígida, tecleando con una furia silenciosa sobre su teclado. Al pasar a su lado ni siquiera me miró, pero la tensión entre las dos era algo que casi se podía palpar en el aire. Sabía que a ella no le gustaba que una recién llegada, y para colmo una que había empezado con tan mala pata, estuviera ganando la confianza del jefe tan rápido.
Toqué la puerta con dos golpes suaves y entré. Mateo estaba de pie frente al enorme ventanal de cristal que ofrecía una vista panorámica de toda la ciudad. Tenía una mano metida en el bolsillo del pantalón y en la otra sostenía su teléfono móvil, observando la pantalla con el ceño fruncido.
—Su café, señor Ferrer —dije con voz baja, acercándome al escritorio para dejar la bandeja en una esquina.
Mateo se giró despacio, guardó el teléfono y me dedicó una mirada en la que se notaba el peso del agotamiento acumulado.
—Gracias, Valeria —respondió, acercándose para tomar la taza. Le dio un sorbo corto y suspiró—. Julián no va a quedarse de brazos cruzados. Lo conozco desde que éramos niños. Cuando se siente acorralado, no piensa con claridad y suele cometer tonterías desastrosas.
—¿Cree que intente algo antes de la reunión de mañana con los accionistas? —pregunté, juntando mis manos al frente con cierta preocupación.
—Es lo más probable —contestó él, apoyándose contra el borde del escritorio—. Por eso necesito que estés muy atenta a todo lo que llegue. Si recibe algún paquete, una carta o incluso si alguien del equipo de contabilidad intenta hablar conmigo sin cita, quiero que me lo informes a mí primero. Sin intermediarios.
—Entendido, señor. Así lo haré.
Durante las siguientes tres horas, el piso cuarenta y me pareció convertirse en el centro de una tormenta silenciosa. El teléfono de mi escritorio no paraba de sonar ni un solo segundo. Llamaban directores de banco, ejecutivos de otras sedes, asesores de prensa y miembros de la junta directiva pidiendo hablar de manera urgente con el señor Ferrer. Siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Mateo, tomé nota de cada nombre, número y mensaje en una libreta, filtrando las llamadas con amabilidad pero con absoluta firmeza.
A eso de la una de la tarde, la Sra. Gutiérrez se levantó de su asiento, tomó su bolso y se me acercó con paso lento. Me miró por encima de sus lentes con esa expresión fría que ya se me hacía conocida.
—Voy a salir a almorzar, Valeria —dijo con un tono seco—. Me tomo exactamente una hora. No quiero que dejes el puesto solo bajo ninguna circunstancia. Si llega correspondencia, la dejas sobre mi mesa, no en la del señor Ferrer. Yo soy la encargada de clasificar el correo oficial.
—Está bien, Sra. Gutiérrez. No se preocupe, aquí me quedo —respondí intentando ser amable.
La mujer no dijo nada más, me dio la espalda y caminó hacia los ascensores. En cuanto se cerraron las puertas metálicas, la enorme recepción quedó sumida en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el suave murmullo del aire acondicionado.
Aproveché esos minutos de calma para ponerme de pie y estirar un poco las piernas. Aunque la rodilla ya no me dolía tanto, estar sentada en la misma posición durante horas me dejaba una sensación de rigidez en la articulación. Caminé un par de pasos por el pasillo, acomodándome las gafas sobre la nariz y respirando con tranquilidad.
Fue en ese momento cuando escuché el timbre discreto del ascensor de servicio, el que quedaba oculto cerca de las escaleras de emergencia.
Me extrañó un poco, porque ese ascensor solía usarse solo para el personal de limpieza o para el transporte de cajas de papelería a primera hora de la mañana. Me acerqué con curiosidad y vi a un muchacho joven, de unos veinte años, con un uniforme de mensajería rápido y una gorra calada hasta las cejas. En las manos llevaba un sobre grande de Manila, bastante grueso y cerrado con una tira de cinta adhesiva roja.
—¿Buenas tardes? —dijo el muchacho mirándome con duda—. Busco a la secretaria del señor Mateo Ferrer.
—Buenas tardes —me acerqué a él—. La Sra. Gutiérrez salió a almorzar, pero yo soy la asistente personal del señor Ferrer. ¿En qué le puedo ayudar?
—Tengo este paquete urgente. Me dijeron que debía entregarse directamente en este piso y firmado en recibido antes de la una y media —dijo el joven, revisando la planilla metálica que llevaba en la otra mano.
—Déjeme ver —pedí extendiéndole la mano.
El muchacho me entregó el sobre grueso. El papel se sentía pesado, como si contuviera carpetas enteras en su interior. En el frente no había ningún sello de la empresa ni el logo de alguna entidad bancaria. Solo estaba escrito a máquina el nombre de Mateo Ferrer y la palabra "CONFIDENCIAL" destacada con un sello de tinta roja en la esquina superior.
—¿Quién envía esto? —pregunté, sintiendo un leve cosquilleo de desconfianza en la nuca.
—No sabría decirle, señorita. Solo me entregaron la orden en la oficina central de envíos del centro y me dijeron que era de máxima prioridad para la presidencia.
Firmé la planilla de recibido, el muchacho me dio las gracias, se subió de nuevo al ascensor y desapareció entre los pisos subterráneos.
Me quedé sola en el pasillo sosteniendo el sobre entre las manos. Recordé de inmediato la advertencia que me había hecho Mateo un par de horas atrás: "Si recibe algún paquete o carta, quiero que me lo informes a mí primero. Sin intermediarios". Recordé también la orden estricta de la Sra. Gutiérrez de dejar todo el correo sobre su escritorio para que ella lo revisara al regresar.
Dudé durante un par de segundos, pero la mirada severa de Mateo en la mañana pesó mucho más en mi decisión. No podía arriesgarme a que un documento importante se quedara sobre una mesa vacía durante una hora entera.
Caminé a pasos rápidos hacia la puerta principal de la presidencia, di dos golpes con los nudillos y entré.
Mateo estaba sentado frente a su computadora, revisando un montón de gráficos financieros en la pantalla. Tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y la corbata un poco floja en el cuello. Levantó la mirada al verme entrar con el sobre en la mano.
—Señor Ferrer, disculpe que lo interrumpa —dije acercándome al escritorio—. Acaba de llegar esto por el ascensor de servicio. Un mensajero lo entregó directamente. Dice que es confidencial y urgente.
Mateo frunció el ceño de inmediato. Dejó el ratón de la computadora sobre la mesa y me extendió la mano.
—¿Quién lo mandó?
—No tiene remitente, señor. Solo dice su nombre. La Sra. Gutiérrez no está en su puesto porque salió a almorzar, pero recordé lo que me dijo hace rato y preferí traérselo de inmediato.
—Hiciste muy bien, Valeria —respondió él con un tono serio.
Tomó el sobre, sacó un abrecartas de metal de uno de los cajones y cortó la cinta roja con un movimiento limpio. Yo me quedé de pie al otro lado del escritorio, observando con atención cómo sacaba el contenido. De la cubierta de papel salieron tres carpetas de cartón amarillo llenas de documentos impresos y varias fotografías a color impresas en papel brillante.
Mateo empezó a hojear los papeles con rapidez. A medida que sus ojos leían las líneas, su rostro fue cambiando de manera drástica. La calma que siempre intentaba mantener se esfumó por completo, sustituida por una palidez tensa y una mirada cargada de indignación.
Tomó una de las fotografías y la apretó entre sus dedos con tanta fuerza que el papel se dobló por los bordes.
—No puede ser... —murmuró entre dientes, con una voz tan baja y rasposa que apenas pude escucharlo.
El silencio que se apoderó de la oficina fue sofocante. Mantuve la respiración contenida, temiendo que cualquier movimiento mío pudiera romper la tensión del aire. Se notaba a leguas que lo que sea que contenía ese sobre era un golpe durísimo.
—¿Señor Ferrer? ¿Se encuentra bien? —me atreví a preguntar con la voz más suave que pude conseguir.
Mateo no respondió de inmediato. Cerró la carpeta de golpe, dejando escapar un suspiro pesado que pareció salirle desde lo más profundo del pecho. Se pasó las dos manos por el rostro, despeinándose un poco el cabello n***o, y luego se echó hacia atrás en su sillón de cuero, mirando hacia el techo.
—Ese imbécil cruzó la línea, Valeria —dijo con amargura, sin mirarme—. Cruzó la línea por completo.
—¿Fue su hermano? —pregunté, dando un pequeño paso hacia adelante.
Mateo bajó la mirada y la clavó en mí. Sus ojos grises brillaban con un matiz de rabia y decepción que me partió el corazón.
—Julián contrató a un grupo de detectives privados para seguir a los miembros de la junta directiva durante los últimos dos meses —explicó, golpeando levemente la carpeta con el nudillo de su dedo—. Aquí hay fotos, copias de correos personales, registros de viajes y facturas de hotel. Buscó trapos sucios de cada uno de los accionistas principales para chantajearlos si votan a mi favor en la reunión de mañana.
Abrí la boca por la sorpresa, sintiendo un escalofrío helado por la espalda.
—Eso es... eso es extorsión, señor.
—Es una bajeza —corregió él con rabia—. Es ilegal, es sucio y destruirá la reputación de esta empresa si sale a la luz. Si los accionistas ven esto, no solo se van a asustar, sino que van a culpar a la presidencia por no haber protegido la privacidad de la compañía. Julián quiere usar estos papeles para amenazarlos antes de la votación. Quiere obligarlos a firmar su apoyo antes de que se abra la sesión.
—Pero... ¿por qué mandarlo aquí ahora? —pregunté intentando entender la lógica detrás de semejante maniobra.
Mateo miró el sobre de Manila sobre la mesa y soltó una risa amarga.
—Esto no era para mí. El mensajero cometió un error o alguien en la oficina central se equivocó de destino. Esto debía llegar a las manos de la Sra. Gutiérrez o de algún aliado de Julián para que lo distribuyera en los casilleros privados de los accionistas esta misma tarde.
Al escuchar el nombre de la Sra. Gutiérrez, sentí que la cabeza me daba una vuelta.
—¿Usted cree que la Sra. Gutiérrez sabía de esto?
Mateo me miró fijamente durante unos segundos en silencio.
—Gutiérrez lleva más de diez años en esta empresa. Fue la secretaria de mi padre antes de que yo asumiera la presidencia. Siempre creí que su mal carácter era solo parte de su forma de ser, pero en las últimas semanas ha estado actuando de forma extraña. Si ella estaba esperando este sobre para distribuirlo mientras yo estaba ocupado, significa que mi propia oficina está totalmente infiltrada.
Se me erizó la piel. La idea de estar trabajando a solo unos metros de una persona que estaba conspirando para hundir a Mateo me producía una mezcla de indignación y miedo.
—¿Qué vamos a hacer, señor Ferrer? —pregunté con determinación, sintiendo cómo me nacía una fuerza que ni yo misma sabía que tenía—. No podemos dejar que use esto para hacerle daño a usted o a la empresa.
Mateo se quedó mirándome por un rato largo. La rabia en sus ojos fue cediendo espacio a una expresión de profundo agradecimiento. Se puso de pie, rodeó el escritorio y se detuvo a menos de un metro de mí.
—El 'nosotros' me gusta, Valeria —dijo en voz baja, con un tono cálido que me hizo dar un vuelco en el pecho—. Si tú no hubieras tomado la iniciativa de traerme este sobre directamente en lugar de dejarlo en la entrada, en este momento yo estaría completamente a ciegas esperando una emboscada mañana por la mañana.
—Solo hice lo que me pidió, señor —respondí, sintiendo cómo las mejillas se me ponían rojas de nuevo—. Me dijo que le informara de todo y eso fue lo que hice.
—Y me salvaste el cuello por segunda vez en dos días —agregó él con una leve sonrisa—. La gente de este edificio lleva años trabajando aquí y no tienen ni la mitad de la lealtad y el sentido común que tú has demostrado en menos de cuarenta y ocho horas.
Bajé la mirada por la vergüenza, ajustándome las gafas.
—Solo quiero hacer bien mi trabajo, señor Ferrer. Usted me dio una oportunidad muy grande cuando podría haberme despedido por mi torpeza del primer día.
Mateo puso una mano sobre mi hombro. Su palma era cálida y firme, y el contacto envió un pequeño chispazo por todo mi brazo que me hizo contener el aliento.
—Olvídate de la caída en la acera, Valeria. Eso ya quedó atrás —dijo con firmeza—. Ahora tenemos un problema grave que resolver antes de que regresen todos del almuerzo.
—Dígame qué necesito hacer y lo haré.
Mateo tomó las carpetas amarillas del escritorio y caminó hacia la caja fuerte de la pared. Introdujo la clave, guardó los documentos junto a la carpeta de los sellos falsos y cerró la puerta de metal con un chasquido seco.
—Por ahora, no vamos a decir ni una sola palabra de esto —ordenó Mateo, girándose hacia mí—. Cuando Gutiérrez regrese de almorzar, actuarás exactamente como si nada hubiera pasado. No le menciones el sobre ni la entrega del mensajero. Si alguien pregunta por el paquete, diremos que nunca llegó a este piso.
—Entendido.
—Mientras tanto, voy a llamar al Dr. Salazar para que venga de inmediato por la puerta trasera del edificio. Vamos a usar estas fotos para presentar una medida cautelar de urgencia ante el juez esta misma noche. Si logramos que un juez emita una orden de protección antes de mañana a las ocho de la mañana, la reunión de la junta se suspenderá y Julián quedará completamente bloqueado sin poder usar ese chantaje.
—Es un plan muy bueno, señor —dije, sintiendo alivio al ver que tenía una estrategia clara para defenderse.
En ese preciso momento, el sonido de la puerta principal abriéndose en el pasillo nos indicó que la Sra. Gutiérrez había regresado de su almuerzo.
Mateo me miró a los ojos una última vez, me dio un pequeño apretón en el hombro y retiró su mano.
—A tus puestos, Valeria —me dijo con voz tranquila pero autoritaria—. Vamos a ganar esta batalla.
—Sí, señor Ferrer.
Salí del despacho intentando mantener la postura recta y el rostro completamente neutral. La Sra. Gutiérrez ya estaba acomodando sus cosas en su escritorio. Me miró de reojo cuando pasé a su lado, buscando con la vista si había algo nuevo sobre su mesa. Al no ver nada, frunció el ceño con ligera duda pero no dijo nada.
Me senté en mi lugar, tomé mi bolígrafo y abrí la libreta de llamadas. Me temblaban un poco los dedos por la adrenalina, pero por dentro sentía una convicción enorme: Mateo Ferrer no estaba solo en esa pelea, y yo me iba a asegurar de estar a su lado para defenderlo de cualquier trampa.
El resto de la tarde transcurrió en una tensa calma. Mateo pasó horas encerrado en su oficina con el Dr. Salazar, quienes idearon los últimos detalles de la estrategia judicial. Yo me mantuve en mi escritorio contestando llamadas y organizando los archivos hasta que la luz del sol empezó a desaparecer detrás de las montañas y las luces de la ciudad se encendieron una a una.
A las siete y media de la noche, Mateo salió de su despacho cargando su maletín. Tenía la cara cansada pero la mirada decidida. La Sra. Gutiérrez ya se había marchado a su casa hacía una hora.
—Valeria, junta tus cosas —me dijo con voz serena—. Te voy a llevar a tu casa.
—Señor Ferrer, no es necesario, puedo tomar el metro... —intenté protestar por cortesía.
—No fue una sugerencia, fue una orden —interrumpió él con una pequeña sonrisa—. Hoy hiciste un trabajo increíble y no voy a dejar que te vayas sola a esta hora. Además, mañana necesitamos estar aquí a las siete de la mañana para el desenlace de todo esto.
Acepté sin discutir más. Apagué la computadora, tomé mi bolso y bajamos juntos en el ascensor.
El viaje en el auto fue silencioso pero infinitamente más cómodo que el del día anterior. Ya no había la desconfianza ni la frialdad del principio. Mientras el vehículo avanzaba por las calles iluminadas por la llovizna, sentía que entre los dos se había formado una complicidad única, una lealtad construida en medio del peligro y las traiciones del piso cuarenta y dos.
Cuando el coche se detuvo frente a mi edificio, me giré hacia él para despedirme.
—Muchas gracias por traerme, señor Ferrer. Que descanse.
Mateo me miró a los ojos con esa intensidad gris que siempre me erizaba la piel.
—Descansa tú también, Valeria. Mañana por fin le pondremos fin a esta historia.
—Así será, señor. Buenas noches.
Bajé del auto, subí las escaleras de mi edificio y entré a mi pequeño departamento. Me cambié de ropa, cené algo ligero y me recosté en la cama mirando el techo. Mañana sería el día decisivo, el día en que la junta directiva votaría y en que Mateo se jugaría todo su futuro. Cerré los ojos escuchando la lluvia, rezando en silencio para que todo saliera bien y para que el hombre que había confiado en mí pudiera conservar su lugar en lo más alto de la ciudad.