Capítulo 3
La alarma de mi teléfono sonó a las cinco y media de la mañana. Me desperté de golpe, sintiendo el aire fresco de la madrugada filtrarse por la rendija de la ventana. Mi primer pensamiento fue para la rodilla: la doblé despacio sobre las sábanas y sentí alivio al comprobar que, aunque la piel tiraba un poco sobre la curita, la inflamación había cedido casi por completo. El hielo de la tarde anterior y el descanso habían hecho su trabajo.
Me levanté sin perder un segundo. Me tomé un café rápido en la cocina y me preparé para mi segundo día de trabajo. Esta vez elegí un pantalón de vestir n***o de corte recto, que cubría mi pierna por completo, una blusa blanca sencilla de cuello cerrado y las baletas planas de cuero que Mateo me había comprado. Me peiné con cuidado, recogiéndome el cabello en un moño bajo e impecable, y me ajusté las gafas sobre la nariz.
A las siete y veinte de la mañana ya estaba saliendo de la estación del metro. La ciudad despertaba bajo un cielo gris pero sin lluvia. Caminé hacia la Torre Ferrer a paso firme, asegurándome de no pisar ni una sola rejilla en el camino.
El vestíbulo de mármol estaba tranquilo a esa hora. Pasé por los torniquetes de seguridad, le mostré mi carné provisional al guardia y subí en el ascensor hasta el piso cuarenta y dos.
Cuando las puertas metálicas se abrieron, el silencio del pasillo me recibió de golpe. Sin embargo, para mi sorpresa, la Sra. Gutiérrez no estaba en su escritorio de la entrada. Caminé hacia la zona de recepción y me encontré con las luces de la oficina principal encendidas.
Toqué dos veces la puerta de nogal.
—Adelante —dijo la voz de Mateo desde el interior.
Empujé la puerta despacio. Mateo ya estaba allí. Llevaba un traje gris oscuro de tres piezas impecable, la corbata perfectamente ajustada y el cabello peinado hacia atrás. Sobre su gran escritorio de caoba había tres carpetas gruesas de color n***o y dos tazas de café humeante. Se le veía descansado, aunque la tensión en su postura revelaba que estaba listo para la batalla.
Al verme entrar, levantó la mirada y sus ojos grises me recorrieron rápidamente de la cabeza a los pies.
—Buenos días, señor Ferrer —dije con voz clara y una inclinación respetuosa de cabeza—. Llegué unos minutos antes para preparar los documentos que necesite.
Mateo miró el reloj de su muñeca y luego me dedicó un asentimiento de aprobación casi imperceptible.
—Puntual, sin muletas y sin alfombras ensangrentadas —comentó con un matiz de ironía serena—. Buenos días, Valeria. Veo que la pierna está mejor.
—Mucho mejor, señor. Gracias al hielo de ayer.
—Me alegro —dijo, señalando con un gesto hacia una pequeña mesa redonda de juntas que estaba a un costado del ventanal—. Los abogados llegarán en diez minutos. El equipo legal principal del Grupo Ferrer está compuesto por tres personas: el Dr. Salazar, que es el director del bufete corporativo, y sus dos asistentes sénior. Son hombres meticulosos, desconfiados y no les gusta perder el tiempo.
Me acerqué a la mesa redonda, dejando mi bolso en la silla auxiliar que ocuparía.
—¿Qué necesita que haga durante la reunión, señor?
—Quiero que te sientes a mi izquierda —ordenó Mateo, caminando hacia la mesa con la carpeta azul que habíamos revisado el día anterior y que acababa de sacar de su caja fuerte—. Vas a tomar nota de cada observación que haga Salazar. Y cuando yo te lo pida, vas a presentarles la inconsistencia de los sellos digitales en los pagos de noviembre. Necesito que lo expliques exactamente como me lo explicaste a mí ayer: de forma simple, directa y sin rodeos técnicos.
Sentí un pequeño vuelco en el estómago. La sola idea de hablar frente al equipo legal de una multinacional me ponía los nervios de punta, pero recordé las palabras de Mateo en la cena sobre no permitirme ser una carga.
—Entendido, señor. Así lo haré.
A las siete y cincuenta y ocho de la mañana, la Sra. Gutiérrez abrió la puerta de la oficina. Tenía una postura exageradamente rígida y sus ojos me lanzaron un destello de desagrado al verme instalada en la mesa de juntas junto al presidente.
—Señor Ferrer, el Dr. Salazar y su equipo están aquí —anunció la mujer.
—Que pasen, Gutiérrez. Y por favor, asegúrese de que nadie interrumpa esta reunión bajo ninguna circunstancia. Si mi hermano llama o viene al piso, la seguridad tiene orden directa de no dejarlo pasar.
—Entendido, señor —respondió ella, apretando los labios antes de dar paso a los abogados.
Entraron tres hombres de trajes oscuros y maletines de cuero rígido. El Dr. Salazar, un hombre de unos sesenta años con cabello cano y mirada penetrating, encabezaba el grupo. Saludó a Mateo con un apretón de manos firme pero formal.
—Mateo —dijo Salazar, sentándose frente a nosotros—. La situación es crítica. La junta directiva envió anoche el orden del día para la sesión del viernes. Julián ha estado presionando a los accionistas minoritarios con el informe de la auditoría congelada. Si no tenemos una respuesta sólida para desmontar la acusación de malversación antes de mañana a mediodía, no podré evitar que sometan a votación tu destitución.
Los dos abogados jóvenes abrieron sus computadoras portátiles y desplegaron una serie de documentos sobre la mesa.
—Lo sé —respondió Mateo con voz serena, apoyando los brazos sobre la madera—. Pero el informe de la auditoría está viciado desde la raíz, Salazar. Y no fue un error contable.
El Dr. Salazar frunció el ceño, acomodándose los anteojos.
—Mateo, mis contadores revisaron ese anexo durante tres días. No encontramos ninguna brecha legal que nos permita desestimar el documento sin entrar en un litigio largo que arruinaría la imagen de la empresa en la bolsa.
Mateo inclinó ligeramente la cabeza hacia mi lado.
—Valeria, muéstrales la tercera página de los giros de transportes.
Tragué saliva, sintiendo cuatro pares de ojos fijos sobre mí. Acomodé las gafas sobre la nariz con dedos temblorosos, tomé la carpeta azul y la abrí justo en la sección que había marcado con tinta roja la tarde anterior. Deslicé el documento hacia el centro de la mesa, asegurándome de que el Dr. Salazar pudiera verlo con claridad.
—Doctor Salazar... si observa los registros de giros de noviembre —comencé, esforzándome para que mi voz no temblara—, notará que las cifras cuadraron perfectamente en la contabilidad general. Sin embargo, los códigos de los sellos digitales en el margen inferior no corresponden al servidor central del banco emisor.
El abogado veterano se inclinó hacia adelante, observando el papel con atención.
—¿De qué habla? Esos sellos parecen auténticos.
—Lo parecen a simple vista, señor —continué, tomando un lapicero para señalar la línea numérica—. Pero el patrón alfanumérico de las cuentas congeladas por la superintendencia siempre termina en dos ceros y una letra mayúscula. En esta copia, las fechas fueron alteradas para hacer parecer que los pagos se autorizaron en noviembre, cuando las cuentas aún estaban activas. Alguien sobrepuso los sellos de octubre sobre las transacciones de noviembre para encubrir la fecha real de la congelación.
El silencio que siguió en la habitación fue absoluto. Los dos abogados jóvenes se inclinaron de inmediato sobre el hombro de Salazar para examinar la página. Salazar sacó una pequeña lupa de su bolsillo, comparó los números del margen con un documento que traía en su maletín y, gradualmente, la palidez cubrió su rostro.
—Maldita sea... —murmuró Salazar en un aliento helado—. La fecha del servidor fue clonada. Si se demuestra que la fecha fue alterada, el informe de la auditoría no solo queda anulado, sino que se convierte en un delito de falsificación de documento mercantil.
—Exacto —intervino Mateo, con una voz helada que cortaba el aire—. Y la única forma de que esos sellos hayan sido clonados es que alguien con acceso de alto nivel dentro del departamento financiero le entregara los archivos fuente al auditor externo.
Salazar levantó la mirada hacia Mateo y luego me miró a mí con una mezcla de asombro y profundo respeto.
—¿Quién descubrió esto? —preguntó el abogado.
—Valeria —respondió Mateo sin dudarlo, mirándome de reojo—. Ella revisó el anexo ayer por la mañana.
El Dr. Salazar me dedicó una inclinación de cabeza.
—Señorita... le acaba de dar a esta empresa la bala de plata que necesitábamos para desarmar a la junta. Excelente trabajo.
—G-gracias, doctor —balbuceé, sintiendo un calor intenso en las mejillas mientras bajaba la mirada hacia mi libreta de apuntes.
La reunión continuó durante las dos horas siguientes. Salazar y su equipo trazaron una estrategia legal agresiva basada en el hallazgo: presentarían una demanda penal por falsificación contra el auditor externo a primera hora del jueves, congelando cualquier intento de la junta de usar el informe en la reunión del viernes. Yo me dediqué a anotar meticulosamente cada instrucción, cada plazo y cada documento adicional que los abogados solicitaron.
A las diez y media de la mañana, la reunión concluyó. Los abogados recogieron sus cosas, estrecharon la mano de Mateo con un entusiasmo visiblemente renovado y abandonaron el despacho.
Cuando la puerta se cerró, Mateo se dejó caer en el sillón de la mesa de juntas y soltó una larga exhalación. Se quitó la chaqueta del traje y se aflojó el nudo de la corbata.
—Lo hiciste excelente, Valeria —dijo, mirándome con una expresión genuina de alivio—. Explicaste el punto de forma impecable. Salazar quedó impresionado.
—Solo dije la verdad sobre lo que vi en los papeles, señor Ferrer —respondí, recogiendo los lapiceros de la mesa—. Me alegra mucho que sirva para resolver el problema de la empresa.
—Ha servido para mucho más que eso —comentó él en un murmullo.
En ese preciso instante, un ruido sordo y discusiones acaloradas comenzaron a escucharse desde el pasillo exterior. La voz de la Sra. Gutiérrez resonó elevada, intentando frenar a alguien.
—¡Señor Julián, le dije que el señor Mateo está en una reunión privada! ¡No puede pasar!
—¡Apártese de mi camino, Gutiérrez! —rugió una voz masculina, áspera y llena de arrogancia—. Soy el vicepresidente de esta compañía y no voy a pedirle permiso a una secretaria para hablar con mi hermano.
La puerta doble de nogal se abrió de golpe, estrellándose contra el tope de la pared.
Un hombre alto, de unos treinta y cinco años, irrumpió en la oficina. Tenía los rasgos faciales parecidos a los de Mateo —cabello n***o, mandíbula marcada—, pero sus ojos no eran del gris sereno de Mateo, sino de un tono oscuro, inquieto y cargado de una furia mal disimulada. Vestía un traje de corte italiano ostentoso y llevaba un reloj de oro que relucía bajo la luz.
Detrás de él, la Sra. Gutiérrez entró tropezando, con la cara roja de la impotencia.
—Señor Ferrer... intenté detenerlo, pero...
—Está bien, Gutiérrez —interrumpió Mateo con una calma helada, poniéndose de pie despacio y abotonándose el saco—. Déjanos a solas.
La mujer me lanzó una mirada de soslayo y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.
Julián dio tres pasos largos hacia el centro de la habitación, ignorando mi presencia por completo mientras clavaba su mirada en Mateo.
—¿Qué demonios estás haciendo, Mateo? —espetó Julián, señalándolo con un dedo acusador—. Salazar y sus leguleyos acaban de salir de aquí. ¿Estás intentando bloquear la auditoría interna? La junta ya tiene los informes. Estás acabado y lo sabes. Si tuvieras un poco de dignidad, presentarías tu renuncia hoy mismo antes de que te humillemos públicamente el viernes.
Mateo no se inmutó. Mantuvo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón y caminó a paso lento hacia su escritorio principal.
—Julián —dijo Mateo con una voz tan tranquila que resultaba escalofriante—. Estás cometiendo el peor error de tu vida al confiar en los papeles que te entregó el equipo auditor.
—¿Ah, sí? —se burló Julián, soltando una carcajada seca—. Esos papeles demuestran que autorizaste giros a empresas fantasma mientras las cuentas estaban intervenidas. Es malversación de fondos, hermano. Ni siquiera tu valioso equipo legal podrá salvarte de ir a juicio.
—Esos papeles son una falsificación barata —corregió Mateo, mirándolo directamente a los ojos—. Los sellos digitales fueron clonados de las facturas de octubre. El departamento legal acaba de redactar la demanda penal por fraude. Y déjame decirte algo: la fiscalía va a investigar de qué computadora salieron los archivos fuente.
La risa de Julián se congeló de golpe. Por un segundo imperceptible, vi cómo sus párpados temblaban y cómo traba saliva con dificultad. La seguridad absoluta que traía al entrar pareció agrietarse por completo.
—Eso... eso es una estupidez. Estás desesperado y estás inventando mentiras para ganar tiempo —balbuceó Julián, intentando recuperar el control de su voz, aunque el tono sonó repentinamente defensivo.
—Compruébalo tú mismo el viernes en la junta —respondió Mateo con frialdad—. Ahora, sal de mi oficina. Tengo trabajo que hacer.
Julián apretó los puños con fuerza, respirando agitadamente. De pronto, su mirada se desvió hacia la esquina de la habitación y se posó en mí. Me escudriñó de arriba a abajo, notando las carpetas que yo apretaba contra mi pecho y la libreta de notas sobre la mesa.
—¿Y esta quién es? —preguntó Julián con desprecio—. ¿Tu nueva sirvienta? Es la que me dejó plantado ayer en la recepción.
—Es mi asistente personal, Valeria —dijo Mateo, dando un paso al frente para interponerse ligeramente entre la mirada de su hermano y yo—. Y te sugiero que te dirijas a ella con respeto si no quieres que la seguridad te escolte fuera del edificio.
Julián soltó un bufido de desdén, pero no insistió. Dio media vuelta de manera brusca y caminó hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró a Mateo por encima del hombro.
—Nos vemos el viernes, Mateo. Vamos a ver si tu jueguito de los sellos te sirve de algo frente a los accionistas.
Salió dándole un portazo violento a la puerta que hizo temblar los cristales del ventanal.
El silencio regresó a la oficina. Me quedé de pie en mi sitio, sintiendo cómo el corazón me latía a mil por hora en el pecho a causa de la tensión acumulada.
Mateo cerró los ojos un segundo, soltó un suspiro pesado y se frotó el puente de la nariz. Luego, se giró hacia mí.
—Perdón por el espectáculo, Valeria —dijo con voz cansada—. Mi hermano no suele destacar por sus buenas maneras.
—No se preocupe, señor Ferrer —respondí en un murmullo, acomodándome las gafas—. Me imagino lo difícil que debe ser enfrentar una situación así con un familiar.
Mateo me miró con una expresión indescifrable, caminó hacia su escritorio y tomó la carpeta azul para guardarla nuevamente en la caja fuerte.
—Puse a Julián contra las cuerdas —comentó Mateo mientras cerraba el compartimento de pared—. Sabía que la auditoría estaba manipulada porque él mismo la impulsó. Ahora que sabe que descubrimos los sellos falsos, va a entrar en pánico. Intentará hacer cualquier movimiento desesperado entre hoy y mañana para recuperar la ventaja.
—¿Qué debemos hacer nosotros, señor? —pregunté, lista para anotar cualquier orden.
Mateo me miró y una pequeña sonrisa de determinación apareció en su rostro.
—Nosotros vamos a adelantarnos a sus movimientos. A partir de este momento, vas a filtrar cada llamada, cada correo y cada documento que entre a este piso. Nadie entra a este despacho sin tu autorización previa. Eres la única persona en este edificio en la que puedo confiar ahora mismo.
Sentí una punzada profunda en el pecho ante la sinceridad de sus palabras. La confianza que este hombre poderoso estaba depositando en mí era enorme, y la responsabilidad me pesaba sobre los hombros como una montaña.
—No lo voy a defraudar, señor Ferrer —prometí con absoluta firmeza, mirándolo a los ojos—. Me aseguraré de que nada se le escape.
Mateo asintió con la cabeza, satisfecho con mi respuesta.
—Bien. Ahora, tráeme un café n***o, por favor. Hoy va a ser un día extremadamente largo.
—En seguida, señor.
Me di media vuelta y salí del despacho a paso firme hacia la cocina auxiliar. Mientras preparaba la taza de café, miré mi reflejo en la ventana del pasillo: la chica asustada que se había caído en la acera ayer por la mañana estaba empezando a encontrar su lugar en medio de la tormenta de la Torre Ferrer.