Mi nueva identidad

1769 Words
Quince días después Doy un par de toques a la puerta, pero no me responde. Inhalo profundo, antes de empujarla e ingresar a la habitación. Ella ni siquiera voltea cuando me escucha entrar. La observo sentada a orilla de la cama, mirando hacia la ventana con la mirada perdida. Ha estado sumida en sus pensamientos desde que se enteró de la pérdida de su bebé. Fue un momento muy difícil y doloroso para ella. Recordarlo, me parte el alma en pedazos… ―¡No, eso no es cierto! ―su grito me toma por sorpresa. Giro la cabeza y miro por encima de mi hombro― ¡Ustedes están mintiendo! Salgo corriendo al verla incorporarse sobre la cama y arrancarse las vías del cuerpo. Me siento al borde de la cama y la estrecho contra mi cuerpo para evitar que se haga daño. ―Lo siento mucho, principessa. Suelta un lamento desgarrador e intenta desprenderse del abrazo, pero la aferro con fuerzas. De un momento a otro deja de luchar. Se apoya en mi pecho, tira con sus dedos de mi camisa y sigue llorando sin parar. Escucho que la puerta se abre. Advierto a un equipo de enfermeros a punto de intervenir para volverla a sedar, pero los amenazo con la mirada. Ella necesita drenar su dolor, sacarse la pena del alma de alguna manera. No voy a dejar que sigan manteniéndola drogada y ausente del mundo. Conozco muy bien el dolor de la pérdida, las marcas que dejan en tu alma, lo difícil que es escapar de sus garras macabras cuando ha hundido sus pesuñas en tu corazón… El infierno que significa perderlo todo cuando menos te lo esperas. Le hago una seña a Antonio para que se encargue del asunto. No necesito decirle con palabras lo que quiero que haga. Él y yo nos entendemos perfectamente. Se acerca al doctor y le pide en voz baja que nos dejen a solas. Al principio, se ve renuente con la idea, pero termina aceptándolo con un asentimiento. Mientras ellos se marchan, mantengo mis brazos envueltos alrededor de su cuerpo tembloroso. Permanecemos ceñidos el uno al otro, por lo que parece una eternidad. Varios minutos después, el llanto cesa, así como también las convulsiones de su cuerpo. Reacio, me desprendo del abrazo y me inclino con lentitud para recostarla sobre la cama. Ella gira su cabeza hacia un lado y me ignora por completo. Se encierra en sí misma y permanece en silencio. De repente, lleva la mano hacia su vientre y cierra los ojos. Suelta un sollozo y algunas lágrimas, pero logra recomponerse. ―Gracias, por lo que ha hecho por mí ―me indica con voz compungida―, pero necesito un momento de privacidad, por favor. Vacilo. No sé de lo que sea capa después de haberse enterado de una noticia tan devastadora como esta, sobre todo, con todos los acontecimientos recientes por los que acaba de atravesar. Ni siquiera me atrevo a decirle que su madre ha muerto y que su padre está desaparecido. Decido reservármelo hasta que sea el momento preciso para comunicárselo. No quiero arrojar más sal sobre su herida. ―¿Me prometes que vas a estar bien? Maldigo por lo bajo al darme cuenta de lo inseguras que se han escuchado mis palabras. ―Si estás pensando que voy a atentar de alguna manera contra mi vida, no va a ser necesario ―me indica con la voz carente de emoción―. Ya estoy muerta en vida. Mi corazón da un vuelco. ―Estaré afuera por si me necesitas No responde. Así que me doy la vuelta y, en contra de mi voluntad, salgo de la habitación para ofrecerle un instante a solas consigo misma. Al salir al pasillo, encuentro a Antonio apostado frente a la puerta como un centinela. Me observa con la misma preocupación que debo reflejar en mi propia cara. ―¿Cree que sea seguro dejarla sola, señor? No termina de hacer la pregunta cuando se escucha un nuevo grito desgarrador que me eriza todos los poros de la piel. Me doy la vuelta y coloco la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a abrirla para correr de vuelta al interior y ofrecerle mi apoyo incondicional. Consolarla cuando más lo necesita, hacerle saber que puede contar conmigo, porque desde que la vi indefensa en aquel callejón, al borde de la muerte y tan indefensa, me convertí en su protector. Sin embargo, resisto mis impulsos. Pego la frente contra la madera y la escucho sollozar durante largos minutos. Me siento impotente, porque no puedo hacer nada al respecto. Inhalo profundo, antes de darme la vuelta. ―Sí, ella necesita hacer esto sola. Le indico, resignado. Camino, derrotado, hacia las sillas dispuestas para los acompañantes de los pacientes hospitalizados. Dejo caer mi cuerpo como peso muerto en una de ellas. Elevo la mano y, en señal de impotencia, la deslizo desde mi frente hasta detrás de mi cuello. ―Esa pobre chica ha pasado por demasiadas cosas ―expreso, angustiado―. No sé cómo ha soportado tanto ―niego con la cabeza y suelto un suspiro―. Ni siquiera tiene un hogar o una familia a la cual regresar ―descanso los antebrazos sobre mis muslos y entrelazo los dedos de mis manos―. ¿A dónde irá después de que salga de aquí? De repente, obtengo una respuesta para mi pregunta. ―Podemos llevarla a casa, señor. Elevo la mirada y me le quedo mirando con sorpresa. Los latidos de mi corazón se precipitan desbocados. Trago, grueso, la idea me llena de inquietud, pero también de mucha emoción. Me levanto de la silla, con una nueva determinación. ―Haz todos los preparativos para que, en cuanto la den de alta, se mude as su nuevo hogar. Abandono mis pensamientos y me acerco a la cama. ―¿Cómo te sientes, Rachel? Solo la llamo por su verdadero nombre cuando estamos a solas. Para el resto del mundo, sigue siendo Isabella De Luca. Gira su cara y me observa por encima de su hombro. Todavía conserva algunos moretones y una que otra cicatriz en su rostro, pero las que más me preocupan son aquellas que lleva en su interior. Esos son las más difíciles de borrar. ―Mucho mejor de lo que estaba cuando llegué aquí. Indica, sin ningún atisbo de emoción. Me preocupa su estado emocional. Siempre está deprimida, nostálgica y pensativa. Vive como una ostra, encerrada en su concha, aislada del resto del mundo. ―Estuve hablando con el doctor, Fleming ―tomo la única silla que hay en la habitación, rodeo la cama y la ubico frente a ella―. Es posible, que en pocos días te den de alta. No dice nada al respecto. Mantiene su mirada fija en el mismo lugar en el que ha estado durante las últimas dos semanas. Me siento y tomo sus manos entre las mías, porque necesito que salga de su encierro autoimpuesto y me preste atención, sin embargo, tan pronto como siente mi toque, las aparta con un tirón brusco. ―No me toques, por favor. Indica jadeante y se aleja asustada. ¡Mierda! No era mi intención atemorizarla de esta manera. A veces olvido que no soporta que la toquen. ―Lo siento, no era mi intención incomodarte. Asiente en acuerdo, pero se mantiene atenta y precavida a cada uno de mis movimientos. ―¿Puedo…? ―respira profundo para controlar su agitación―. ¿Puedo hacerte algunas preguntas? ―asiento en acuerdo. Se relame el labio inferior y baja su mirada hacia sus manos inquietas. Luego, vuelve a mirarme a los ojos con esa intensidad que me hace sentir vulnerable y expuesto―. ¿Quién eres y por qué razón arriesgaste tu vida para salvar la mía? ―no me toma por sorpresa su pregunta, todo lo contrario, la esperaba en algún momento―. No soy tu esposa, así que dime ―hace una pausa, antes de continuar―. ¿Por qué les hiciste creer que estábamos casados? Pienso muy bien en su pregunta, pero mucho más en la respuesta que voy a darle. Siento que con ella camino sobre arenas movedizas, así que ando con precaución. ―Primero que nada, déjame presentarme, principessa ―indico, como una disculpa―. Con todo lo que ha sucedido, olvidé hacerlo con propiedad ―le tiendo la mano para estrechar la suya, pero al recordar que no ha querido tocarme, la aparto de inmediato―. Mi nombre es Massimo De Luca ―se queda callada, esperando a que continúe con mi explicación―. Y si dije que eras mi esposa es porque me vi obligado a hacerlo en ese momento tan apremiante, de otra manera, no me habrían dejado permanecer a tu lado. No parece muy convencida, pero me satisface cuando responde con un asentimiento. ―Pudiste irte y dejarme aquí cuando me entregaste en las manos de los doctores ―entrecierra los ojos y me mira con desconfianza―. ¿Por qué decidiste quedarte? Soy una completa desconocida para ti, así que no entiendo por qué sigues aquí cuando pudiste haberte librado de todo este lío ―argumenta, frustrada―. No estabas obligado a hacerlo, me salvaste la vida y eso fue más que suficiente ―se toca la frente y cierra los ojos―. No estabas al cabo de saber si era una drogadicta o, peor aún, una delincuente. Sus palabras me causan mucha gracia, así que suelto una carcajada que me hace sentir más relajado, no obstante, dejo de reírme en cuanto noto su confusión. ―Lo siento, no me fue mi intención ―me disculpo―. Para ser sincero, estoy un poco nervioso ―abre sus ojos con sorpresa al oír mi confesión―. Con respecto a tus preguntas, pasaba cerca de aquel lugar y al escuchar tus gritos no dudé ni un solo segundo para acudir en tu auxilio ―encojo mis hombros para restarle importancia al asunto, cuando en realidad la tiene toda, al menos para mí―. Y con relación a tu última pregunta, dudo mucho que lo seas. Sus mejillas se encienden con un color encantador que la hace ver más hermosa de lo que es. Me observa impresionada, has que dice sus últimas palabras. ―Entonces, a partir de ahora, ese será mi nueva identidad, porque la chica que rescataste en aquel callejón ―hace una pausa, antes de terminar―, esa misma noche, dejó de existir para siempre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD