Hacia lo profundo del abismo

1669 Words
Mis orificios nasales se expanden como las de un toro furioso. Tengo la visión borrosa y la respiración acelerada. Mis pies están en desacuerdo. Insisten en caminar hacia direcciones opuestas. Me tambaleo y tropiezo con todo lo que se atraviesa en mi camino. ―¡Joder! Aprieto el agarre de mis dedos alrededor del cuello de la botella vacía. Bajo la mirada y la observo, antes de dejarla sobre mi escritorio. Inhalo profundo y miro en dirección hacia la barra del bar. Abro un ojo y mantengo el otro cerrado para tratar de enfocar la visión, pero todo sigue completamente desdibujado. Levanto las manos y froto las palmas sobre mi cara. No sé si estoy en la capacidad de recorrer los pocos metros que me separan de él, pero no lo sabré hasta intentarlo. Muevo un pie y luego el otro. Sonrío divertido. Me siento como el niño que empieza a dar sus primeros pasos. Avanzo un poco más, pero esta vez pierdo el balance, así que me estrello contra el piso. ―¡Maldición! Me quejo cuando una de mis rodillas recibe el mayor castigo. Ruedo mi cuerpo y me ubico de espalda sobre el piso de madera. Cierro los ojos y planto las manos sobre mi barriga. Me quedo allí por largo tiempo, pensando en el fatídico día en el que decidí arruinar mi vida. Un par de lágrimas ruedan desde las esquinas de mis ojos. A casi un mes de su desaparición física, no he podido superar la muerte de Rachel. ―Si no la hubiera echado de mi lado… Ni siquiera me atrevo a completar la frase. No dejo de echarme la culpa por lo que sucedió. Si hubiera optado por aceptar mis sentimientos por ella en lugar de actuar como un maldito cobarde, Rachel aún estaría con vida. Me incorporo y me quedo sentado en el piso con las manos aferradas a ambos lados de mi cabeza. No puedo arrancarme la pena y el dolor del corazón. Meso mi cabello con desesperación. Tengo el pecho tan oprimido que me cuesta respirar. No he dejado de extrañarla ni un solo segundo. Bajo una de mis manos y la llevo hasta la cadena que cuelga de mi cuello. Deslizo mis dedos por el tejido intrincado y atrapo la medalla con mis dedos. ―Te prometo que no me voy a detener hasta que atrape al culpable. Las investigaciones llevadas a cabo por el departamento de policía confirmaron mis sospechas. Había claros indicios de que el incendio fue provocado. Mis dientes crujen bajo la presión que ejerzo sobre ellos con la mandíbula. La misma noche en que alguien intentó asesinarnos a mí y a Jacob, arremetieron contra la familia Ward. Tiemblo de pies a cabeza. El cuerpo de la madre fue identificado, tenía serias quemaduras en la cara y en el cuerpo, sin embargo, la causa de muerte fue inhalación por humo. Murió antes de que las llamas la alcanzaran. Hasta ahora, nadie comprende cómo es posible que después de la explosión no haya recibido ni un rasguño y que su cuerpo apareciera cerca de la casa. Es posible que alguien la haya sacado de la vivienda antes de que volara en pedazos, pero nadie puede garantizarlo. Por otro lado, no hay señales de su padre y muchos menos de los restos de Rachel. Quizás la explosión y el incendio se confabularon para no dejar ningún rastro de ellos. Elevo la medalla y la acerco a mis labios para darle un beso. ―Te amo y te amaré hasta el último día de mi vida. Suelto la medalla y me seco las lágrimas. Nunca me permití llorar por nadie, ni siquiera por mi madre, sin embargo, no he dejado de hacerlo por la única mujer de la que me enamoré. «¿De qué vale ya, que llores por ella y aceptes por fin que la amabas? ¿No crees que es tarde para eso?» Asiento en acuerdo. Qué importan mis sentimientos ahora que ella se ha ido. Resignado, me arrastro gatas por el suelo y me acerco al bar. Necesito adormecer este dolor que me carcome el alma y alimenta mi remordimiento. Trastabillo al ponerme de pie, pero logro, a duras penas, mantener el equilibrio. Destapo una nueva botella de licor y bebo directo del pico. Lo hago hasta que ya no tengo consciencia y pierdo los sentidos. De un momento a otro, la botella cae al suelo y se hace pedazos. «Huiste como un maldito cobarde, porque no pudiste soportar las extrañas e inquietantes sensaciones que se dispararon dentro de tu pecho e hicieron palpitar tu corazón con desenfreno. Rachel provocó en ti lo que ninguna otra mujer había logrado. No obstante, preferiste romperle el corazón y alejarla de ti» ―¡Tú me aconsejaste que lo hiciera, maldita hija de puta! ―espeto enfurecido en contra de mi consciencia y con la lengua entumecida por el alcohol―. ¡Martillaste y atosigaste mi mente con tus putas advertencias! ―me tambaleo de un lado al otro mientras siento que las astillas de vidrio atraviesan las plantas de mis pies―. ¡Me advertiste una y otra vez que ella era nociva para mí! ―grito a todo pulmón―. ¡Que debía alejarla de mi vida! Mi voz se desvanece con aquellas últimas palabras. Voy dejando un charco de sangre y destrucción detrás de mí, al dirigirme hacia mi cuarto privado. Objetos van cayendo a mi alrededor y suenan con estridencia al chocar contra el piso. Tropiezo con la cama y caigo sobre ella como peso muerto. ―¿Quién es este hombre, Rachel? ―Es el hombre del que estoy enamorada, mamá. Amo a Lud con toda mi alma. Extiendo mi brazo y tomo su almohada, pero su olor se está esfumando por completo. Gimo de pena y dolor. ―Yo también te amo, Rachel, aunque no tuve el valor para confesártelo en aquel momento. Susurro con palabras ininteligibles. Apenas puedo conjugar frases coherentes. Mi cabeza da vueltas y mi cuerpo flota como la pluma en el aire. Tengo la sensación de estar cayendo al vacío, pero en mi descenso no logro tocar fondo. Poco a poco mi mente se va oscureciendo, a tal punto, que no puedo recordar nada. Pero se siente bien, porque el dolor también ha desaparecido. ―No puedo ofrecerte lo que estás buscando, Rachel. Lo siento, pero es hora de que nos separemos. No puedo ser el hombre que esperas que sea. ―¿Por qué te niegas a verte tal como eres? ―Me veo cada maldito día en el puto espejo, Rachel ―. Te puedo asegurar que sigo viendo al mismo tipo de siempre. ―Yo solo veo a un hombre maravilloso, gentil, dulce y atento. Es por esa y muchas razones más, por las que me enamoré de ti. ―¿Te das cuenta de que acabas de describir a un desconocido? Si conocieras las verdaderas razones por las que me acerqué a ti no me tendrías en lo alto de ese pedestal. ―¿A…? ¿A qué te refieres? ―Me acerqué a ti con un único propósito. Y ahora que lo he conseguido, no necesito nada más de ti. ―No, no, Rachel ―mis pulmones comienzan a quedarse sin aire―. Todo lo que dije fue mentira ―comienzo a sentir pánico―. Tengo que aclararte muchas cosas. Extiendo mi brazo para alcanzarla cuando la veo alejarse, pero solo cojo el vacío. Su imagen desaparece en medio de la densa niebla que nos envuelve. Me desespero, pero no puedo moverme. Me quedo allí, sin poder hacer nada para evitar que se vaya. «No me culpes de tus fracasos, Lud. Era tu elección y decidiste echarla de tu vida que enfrentar tus miedos» Amo a Rachel y la necesito de regreso en mi vida. ―Lud, ¿estás bien? Giro mi cuerpo lentamente e intento identificar la voz. ―¿Quién…? ―mi lengua está dormida y tampoco puedo enfocar la mirada―. ¿Quién está allí? ¡Maldición! Me quedo tumbado en la cama. Estoy hecho mierda. Elevo mis manos y las restriego en mi rostro, pensando que con aquello voy a mejorar mi situación. Levanto la cabeza y entrecierro los ojos, pero solo veo bultos y sombras frente a mí. Me rindo y vuelvo a dejar caer mi cabeza sobre la almohada. Me estoy quedando sin fuerzas y, para ser sincero, tengo tantas noches sin dormir, que el sueño es mi mejor aliado en este momento. Mis párpados comienzan a cerrarse poco a poco. Estoy demasiado agotado para permanecer despierto por más tiempo. ―¡Por Dios, Lud, te has hecho daño! ―me quedo paralizado, completamente en shock―. Déjame ocuparme de ti. ¿Rachel? ―¿Eres tú, Rachel? Mi corazón palpita como loco ante la posibilidad de que sea ella. No me muevo, espero paciente por su respuesta. Sin embargo, no recibo respuesta inmediata, lo que me hace sentir nervioso e inquieto. De repente, el silencio llena la habitación y solo se escucha la respiración de las dos únicas personas que ocupan este lugar. ―Sí, Lud, soy yo, Rachel. Suelto el aire que estaba reteniendo dentro de mis pulmones. Intento moverme, pero no tengo fuerzas para hacerlo. Necesito explicárselo todo, decirle la razón por la que me comporté como un maldito cobarde, hablarle de mis sentimientos, confesarle mi amor por ella. ―Lo siento, Rachel, yo no… Pone la palma de su mano sobre mi boca para cortar mis palabras. ―No te preocupes, amor, estoy aquí para consolarte y amarte. Sus palabras me consuelan, pero hay algo en ellas que me hacen dudar. Funde sus labios con los míos, pero siento asco y rechazo al contacto. Así que me alejo. ¿Qué demonios me está pasando? ―Rachel… Ni siquiera puedo completar la frase, porque la oscuridad me arrastra junto a ella hacia lo profundo del abismo.
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