Gimo y me muevo sobre la cama cuando la luz del sol se mete a raudales a través de los vidrios de las ventanas. Las sienes me palpitan y el dolor de cabeza me recuerda que anoche bebí hasta la inconsciencia. No hay nada en mi memoria de lo que sucedió, ni la razón por la que me quedé a pasar la noche en la oficina del club. Pocas veces duermo en este lugar, a menos que algo importante lo requiera. Elevo la mano y me agarro la cabeza. El dolor es insoportable. Saco las piernas de la cama y me siento al borde del colchón.
De repente, veo piezas de ropa interior dispersas en el suelo. Mi corazón da un vuelco violento y cada músculo de mi cuerpo se tensa. No me he acostado con ninguna mujer desde que perdí a Rachel. No quiero que otra manche los recuerdos que ella dejó marcados sobre mi piel. Inhalo profundo y cierro los ojos. ¿Quién carajos se atrevió a entrar a esta habitación? Estoy completamente seguro que, a pesar de mi borrachera, lo último que haría es revolcarme con ninguna otra mujer.
Una furia infernal se desata en mi interior y se propaga con rapidez a cada rincón de mi cuerpo. Giro la cara y observo por encima de mi hombro hacia el otro lado de la cama. Las sábanas están revueltas y manchadas de sangre. Sobre la mesita de noche hay material médico, tijeras, antiséptico y cajas vacías de gasa. Un efímero recuerdo se dispara dentro de mi mente del momento en que rompí la botella y caminé descalzo sobre los trozos de vidrio. Miro hacia mis pies y noto que están envueltos con el vendaje. ¿Quién demonios hizo esto?
De un momento a otro, la puerta del baño se abre. Mis ojos se mueven directo hacia la mujer de cabellera rubia y ojos verdes que me mira insegura. Aprieta sus dedos sobre la toalla de baño que lleva puesta y esboza una sonrisa que me hace hervir la sangre.
«No has aprendido, Lud. El licor es un mal consejero»
―Hola, cariño ―comenta como si tal y se acerca como si esto fuera lo más común del mundo―. Estaba esperando a que despertaras para pedir desayuno para los dos
¿Qué se está creyendo esta…? Salgo de la cama como si hubiera sido eyectado por un resorte. Mis pies duelen como la mierda, pero poco me importa. Me abalanzo sobre ella y la sujeto de uno de sus brazos.
―¿Qué mierda haces aquí, Perla? ¿Quién te dio permiso para que entraras a mi habitación? ―espeto, furioso ―jadea nerviosa y me observa como si hubiera perdido la cordura―. Ahora mismo quiero una jodida explicación o te juro…
Tengo la sensación de que la cabeza me va a estallar. Me aprieto el puente de la nariz e inhalo profundo antes de perder el control y hacer algo de lo que pueda arrepentirme. No soy un maldito golpeador de mujeres y hoy tampoco será mi primera vez, pero tengo todas las intenciones de estrangularla hasta que vomite toda la verdad.
―Yo, yo…
Me exaspera su estupidez. Supe que esta zorra sería un maldito problema desde el mismo instante en el que la vi en mis instalaciones. Debí echarla cuando tuve la oportunidad de hacerlo.
―¡Habla de una puta vez!
Le grito enardecido, porque comienzo a perder la paciencia. Estoy seguro de que se inventará otra historia para enredarme con sus malditas manipulaciones. No confío en esta maldita mujer, conozco bien la clase de arpía que es.
―Es… Estabas bebiendo y me invitaste a entrar ―explica con palabras temblorosas mientras la presión de mis dedos se incrementa alrededor de su brazo―. Luego pasó lo que pasó… ―¿está diciendo que me acosté con ella?―. Pensé que habíamos aclarado nuestras diferencias y nos estábamos dando una oportunidad, que tú y yo…
¡¡¿Qué mierda?!! No la dejo terminar.
―En serio pensaste que un nosotros ¿era posible? ―río y niego con la cabeza―. Nunca me interesaste como mujer y, si alguna vez cometí la equivocación de acostarme contigo, no fue por atracción o deseo ―vocifero sobre su rostro―. Simplemente, estuviste en el momento oportuno y te usé porque eras la única opción disponible ―mis palabras la dejan impactada―. ¡Rachel es la única mujer a la que amé y amaré hasta el final de mis días!
Se suelta de mi agarre y me mira con incredulidad mientras retrocede.
―Siempre te he amado, Ludwig ―sus ojos se anegan de lágrimas―. Nunca escondí mis sentimientos por ti ―se acerca e intenta tocarme, pero la esquivo―. Lo que compartimos anoche es una prueba de lo bien que funcionamos juntos, de lo perfecto que somos ―sonríe, ilusionada―. Nadie podrá amarte tanto como yo lo hago.
¡Qué ilusa!
―¿Crees que por el simple hecho de que haya estado borracho hasta la médula, podría olvidar que me acosté contigo? ―sonrío con sarcasmo―. Soy un zorro viejo, Perla, y si te imaginaste por un absurdo momento que tus truquitos de arpía iban a funcionar conmigo, te aclaro que estás muy equivocada ―le doy un empujón que la hace trastabillar. Comienzo a recoger su ropa del suelo y luego se la aviento encima―. ¡Ve a joder a otro con tus malditas maquinaciones, porque no me harás caer en el viejo truco de la mujer embarazada!
La expresión de su rostro se desdibuja por la furia.
―¡Si la hubieras amado, no la habrías echado de tu lado como a una perra! ―grita, enfurecida―. ¡Ni siquiera te importó que fuera virgen! ―sus palabras me dejan en shock―. ¡No tuviste reparos para deshacerte de esa maldita puta que vino a interponerse entre nosotros!
¿Cómo se enteró de lo que sucedió entre Rachel y yo? Un grupo muy reducido conocía la historia y confío plenamente en cada uno de ellos. Esta vez pierdo el control. Sin pensarlo, llevo las manos hasta su garganta y comienzo a apretar hasta que el oxígeno comienza a faltarle.
―¿Quién te lo dijo? ―sus ojos se explayan desorbitados hasta que parece que ambos van a salirse de sus cavidades orbitales. Suelta la toalla y su ropa para tratar de apartar mis manos de ella, pero no puede librarse de un destino fatal e inminente, a pesar de que sus uñas se llevan parte de mi piel―. ¡Habla o te juro que no vas a salir viva de esta habitación!
Suelta un jadeo en cuanto me oye gritarlo con un poderoso rugido que hace temblar las paredes de esta habitación. Estoy más que furioso, las sienes me palpitan y hay un intenso zumbido dentro de mi cabeza que me está volviendo loco. Aflojo la presión y la dejo aspirar un poco de aire. Jadea desesperada y llena sus pulmones en cuanto siete que sus vías respiratorias están libres. Me mira asustada y nerviosa.
―Te… ―tose y se acaricia la garganta―, te escuché hablar con Robert cuando estabas hospitalizado ―su pecho sube y baja frenéticamente―. Oí todo lo que le dijiste la misma noche en que te deshiciste de ella.
¡Maldigo en voz baja! Aparto las manos y me alejo lo suficiente para no estar tentado a terminar con su vida.
―¡Sal de mi maldito club y nunca más regreses!
Mezo mi cabello con impotencia.
―Ca… cariño, yo te… te juro, que ―balbucea con torpeza―, puedo hacer que la olvides, yo… yo te amo y sé que, si me lo permites, podré hacer que también me ames ―suplica, con su patético llanto―. Te prometo que…
¿Cómo diablos se atreve a llamarme de esa manera? ¿Es que acaso no lo ha entendido?
―¡Tú ni nadie más podrá lograr que lo haga! ―vuelvo a gritar exasperado―. Esa chica es la única mujer a la que he amado jamás ―le aclaro determinado―. Amo a Rachel con mi puta alma, Perla, ¡entiéndelo de una jodida vez! ―mi corazón late a toda velocidad y mi pecho sube y baja de manera acelerada, en tanto mi cuerpo tiembla por la ira―. Te hiciste pasar por ella para engañarme mientras me encontraba borracho hasta el culo ―no es una pregunta, sino una confirmación que me ha quedado bastante clara. Retrocede para alejarse de la bestia enfurecida que amenaza con embestirla―. Aprovechaste la oportunidad para colarte en mi cama, ya que, de otra manera, jamás habría ocurrido y eso es algo que no estoy dispuesto a perdonarte ―escupo furioso mientras me aproximo a ella―. No eres ni te pareces en nada a mi precioso ángel ―expreso con tono despectivo mientras la fulmino con la mirada―, ella es inocencia y pureza, la luz de mi maldita oscuridad, lo único que me importa en esta vida y tú ―la recorro de pies a cabeza con asco―, no eres absolutamente nada.
Sujeto su brazo una vez más y la saco a empujones de la habitación. Ni siquiera me importa el que esté desnuda. Atravieso la oficina y abro la puerta, decidido a echarla para siempre de mi vida. No quiero volver a ver a esta mujer o juro por Dios que la próxima vez no respondo.
―¡Lud, por favor, suéltame! ―suplica desesperada―. No puedes hacerme esto.
¿Qué no puedo? Si no es porque ahora mismo estoy hirviendo de la furia, me reiría a carcajadas en su cara.
―Puedo y lo estoy haciendo, maldita zorra.
La arrastro bajo la mirada atónita de los pocos empleados que permanecen en este lugar.
―Señor, permítame encargarme de este asunto ―me indica Jacob en cuanto nos ve salir del área privada―. Intentó colarse en su oficina más temprano, pero la eché antes de que lo hiciera y amonesté al idiota que le permitió su acceso al área ―explica mientras la fulmina con la mirada―, por lo visto, volvió a hacerlo y esta vez se salió con la suya.
Malditos traidores hijos de puta.
―¿Quién es el imbécil que lo hizo?
Pregunto con enfado, determinado a limpiar mi negocio de toda la escoria que lo contaminan.
―Gerald ―responde al acercarse a nosotros―, él estuvo en el segundo turno.
Maldigo por lo bajo.
―Deshazte de ella ―la empujo contra su pecho de manera brusca―, échalos a ambos de este club y nunca más los dejen entrar a este lugar o yo mismo me encargaré de arreglar el asunto en persona.
La amenazo para que nunca más se le ocurra poner un pie en ninguna de mis instalaciones.
―No se preocupe, señor, le aseguro que nunca más volverá a verlos.
Me alejo de allí para volver a mi oficina. Necesito tomar una ducha para deshacerme de cualquier rastro de olor que esa atrevida haya dejado impregnado en mi cuerpo. Una hora después, tras tomar una larga ducha y vestirme, tocan a la puerta.
―Adelante, Jacob.
Meto dentro de mi boca una pastilla para el dolor de cabeza.
―Hay alguien buscándolo, señor.
Ruedo los ojos.
―Deja de tutearme, Jacob, somos amigos ―me bebo toda el agua y dejo el vaso sobre mi escritorio―. ¿Quién pregunta por mí?
Ajusto mi corbata mientras espero su respuesta.
―El fiscal Massimo De Luca.