I. In the sun
Era una tarde calurosa. El sol brillaba y no había una sola nube en el cielo.
Un perfecto día de verano.
Qué ironía, pensó Raen mirándose al espejo. La nariz enrojecida resaltaba sobre su tez clara, y el azul de sus ojos se escondían entre la maraña de venitas que inundaban alrededor de la pupila.
El traje n***o le quedaba impecable. Por supuesto, si era hecho a medida. Los zapatos perfectamente lustrados, y ninguna arruga estropeaba su vestimenta.
Se veía perfecto.
-Señorito, ya es hora. Su padre lo llama -dijo suavemente una de las mucamas que había llegado silenciosamente a su habitación.
-Muchas gracias -respondió él. Se miró por última vez en el espejo y salió al largo pasillo, al final del cual estaba su padre.
El hombre lo miró con los ojos apagados.
-Vamos -indicó.
Ambos caminaron sin hablar hasta llegar a la puerta. Cuando la abrieron, había decenas de fotógrafos esperando afuera, y los flashes empezaron a cegarlo en el momento. Por suerte, los periodistas parecían tener un leve respeto por el momento que estaban atravesando.
Se subieron al auto, que los llevó con lentitud a la gran iglesia que estaba a unas pocas cuadras, justo en el centro de la ciudad.
Raen miró por la ventana. Sentía que estaba en un sueño, como si su mente flotara muy lejos de lo que estaba pasando mientras el auto avanzaba lentamente.
Por fin, llegaron a las puertas de la iglesia. A loa costados de la misma había rejas que impedían que el resto de la gente pudiera entrar, mientras que los soldados estaban en posición, con sus armas al hombro y las miradas fijas hacia adelante.
Pasaron frente a ellos, caminando parsimoniosamente, con lentitud y la espalda muy recta.
Dentro del templo, todas las bancas estaban llenas. Todos vestían de riguroso n***o. Raen sabía que venían de varias ciudades y países vecinos. Eventos lamentables como este también afianzaban los lazos políticos.
Cuando llegaron a sus puestos, unas cómodas sillas frente a todos, el joven miró el ataud que estaba frente al altar.
Aún no podía creer que ahí dentro estuviera su hermano, con quien había bromeado hacía un par de días nada más. A pesar de que había más de cien personas en el lugar, había un silencio sepulcral, roto cada cierto tiempo por algún sollozo.
El féretro estaba abierto, pero él se negaba a mirar. No quería recordar a Kiran acostado, sin color ni vida. Así no era él. Siempre fue alguien inquieto, ávido por aprender de todo y conversar con la gente, a diferencia de él mismo, que era más introvertido.
Tal como su nombre, el primogénito de la familia era como un rayo de sol. Siempre iluminaba cada lugar donde iba y todos parecían querer estar cerca de él. No le importaba el rango o clase social de su interlocutor, todos eran iguales para él.
Y por eso era el heredero perfecto.
El obispo comenzó la ceremonia, mientras que el coro de la iglesia cantaba la misa de requiem de Mozart.
Raen estaba familiarizado con esa melodía. Era de uno de los cientos de vinilos que tenía en el palacio. Por supuesto, la música clásica era la que más se le inculcó, aunque también había aprovechado de buscar otro tipo de sonidos.
En realidad, fue su hermano quien lo adentró a los diferentes estilos de música. El rock, el pop, el reggae, la música disco y algunos otros.
-Oye nerd, ¿ya estás tocando esas ñoñerías de nuevo? -le había dicho en una ocasión, hace varios años, mientras Raen estaba aprendiendo alguna melodía de Bach en el piano.
El niño lo miró con el ceño fruncido.
-No soy nerd.
-Ten. Pero que papá no te oiga. Puedes usar el tocadiscos que está en mi dormitorio.
Kiran le entregó un vinilo que decía Meet The Beatles! y Raen lo recibió con ilusión. Inmediatamente le regaló la mejor de sus sonrisas a su hermano y fue a la habitación.
Así comenzó este pequeño secreto entre ambos y cuando cumplió 15 años, Kiran le regaló una guitarra.
A veces pasaban varias horas en la habitación del mayor, escuchando canciones de diferentes discos y comparando las melodías o analizando las letras. Por supuesto, todo desde la completa ignorancia musical, pero pasaban buenos momentos juntos.
A pesar de que tenían seis años de diferencia, y de que Kiran pasaba gran parte de su tiempo en eventos y otras actividades reales, tenían una bonita relación.
Una relación que se rompió de golpe el día en que el mayor sufrió el accidente.
Uno de los monaguillos tomó un frasco dorado lleno de agua bendita y se dirigió, junto al obispo, al féretro. El sacerdote asperjó el líquido diciendo algunas oraciones por el descanso eterno del joven príncipe.
Los asistentes respondían Rogad por nosotros a cada petición a los ángeles y santos. Raen también lo hacía, más que nada por las apariencias. No creía en una vida eterna ni nada de eso.
Como había dicho Kiran en alguna ocasión, solo mueren los que son olvidados.
Mentira, pensó Raen. Su hermano estaba irremediablemente muerto y ningún recuerdo cambiaría dicha situación.
Y eso le dolía terriblemente.
Su padre le tocó el hombro. Al ver al hombre a la cara, se dio cuenta de lo demacrado que parecía. No lo había notado antes. A pesar de que siempre se veía estóico, incluso en un momento como este, parecía que había envejecido 20 años en un par de días.
Ya era hora.
Raen caminó algunos pasos, sintiendo como si sus pues fueran de plomo e hiciera su mayor esfuerzo para poner uno delante del otro.
Cuando llegó junto al féretro, tomó una de las manihas que se encontraban a los costados. Otros cinco sujetos hicieron lo mismo, quedando tres a cada lado del ataúd que ya estaba cerrado.
Poco a poco, comenzaron a avanzar. El chico había pensado que el cuerpo de su hermano dentro de esa caja pesaría más, pero no. Era inusualmente liviano. De hecho, hasta le parecía que no estaba ahí, que era un féretro vacío y en cualquier momento Kiran aparecería por alguna esquina, riéndose y diciendo que todo era una mala broma.
Por supuesto, eso no pasó.
Ni siquiera era una posibilidad, porque al príncipe no le gustaban ese tipo de bromas, en las que hería o hacía algún daño a otra persona.
El trayecto fue corto. El cementerio real estaba detrás del templo, y el mausoleo ya estaba preparado.
Había varias placas, indicando diferentes familiares que habían fallecido en años anteriores.
El más nuevo, hasta ahora, era el de la madre de Raen y Kiran, que había muerto cuando el menor tenía tres años.
Junto a ella, estaba el espacio dedicado a su primogénito, que abandonó este mundo demasiado pronto.
Los encargados del panteón tomaron el féretro y lo pusieron dentro del agujero de casi dos metros de profundidad.
El coro de niños, que Raen no se había dado cuenta de que estaba allí, cantó otra canción religiosa, mientras lanzaban la tierra sobre el ataúd.
Los ojos azules del joven se llenaron de lágrimas. Pero no quería llorar. Había periodistas y cámaras cerca, y su padre siempre les había enseñado que no podían mostrar debilidad en ningún momento.
Así que miró al suelo e intentó concentrarse en las hormigas que pasaban sin enterarse de nada, casi deseando ser una de ellas.
Finalmente, todo terminó. Padre e hijo recibieron abrazos y palabras de aliento de la mayor parte de los invitados. Algunos parecían sentirlo de verdad, mientras que otros solo lo hacían por compromiso.
Cuando ya no hubo nadie en el lugar, ambos se subieron al auto y se fueron al castillo.
Raen se bajó rápidamente y fue al dormitorio de su hermano.
Todo estaba tal como él lo había dejado. La cama hecha, algunos libros sobre el escritorio y cassette en la radio.
El joven se acercó y puso play, sin saber qué escucharía.
In the sun, i waiting for the day, having fun in warm far away.
La voz de Debbie Harry llenó la habitación. La canción tan alegre parecía fuera de lugar en un momento así, pero de alguna forma lo calmó.
La puerta se abrió de golpe y su padre entró hecho una furia.
-¡Cómo te atreves a escuchar eso! ¡Estamos de luto!
Sin que Raen pudiera detenerlo, el hombre fue directamente al reproductor de música y sacó brúscamente el cassette de Blondie, sin preocuparse de dañarlo o no.
-¡Eso es de Kiran! -exclamó, pero su padre le dio un manotazo al artefacto hasta botarlo.
-No se escuchará música en esta casa, ¿me oíste?
Raen lo miró furioso y salió corriendo, pero antes, tomó el cassette y se lo llevó con él, abrazándolo en su pecho.
No sabía dónde ir. Ya estaba oscuro y no lo iban a dejar salir, así que solamente subió escaleras y corrió por pasillos hasta que llegó, sin saber bien cómo, a una puerta casi escondida que lo llevó a la parte superior zel castillo.
Hacía algo de frío, pero eso no lo detuvo. Caminó hacia una especie de balcón que había allí y miró hacia abajo.
Le dieron unas ganas irrefrenables de saltar y acompañar a su hermano.
-No dejes que la rabia te ciegue, amigo.
La frase lo tomó por sorpresa. A su derecha, no muy lejos, había otro chico. No lo veía muy bien, pero notó que era pelirrojo.
Sin decir otra palabra, el misterioso joven se fue sin hacer el menor ruido.