El rey se encontraba en su escritorio, revisando algunos documentos que le habían llegado esa mañana, cuando tocaron a su puerta.
-Adelante -dijo.
Al abrirse la puerta, vio a su hijo con un aspecto terrible. Tenía los ojos hinchados y estaba despeinado.
-Padre, tengo que hablar de algo muy importante -dijo Raen, acercándose al escritorio.
-Claro, toma asiento.
-Prefiero seguir de pie -replicó el joven- ¿De qué murió mi madre?
De todas las preguntas, esa era la última que esperaba escuchar el rey.
-Enfermó. De leucemia.
-¿Estás seguro?
-Por supuesto.
Raen puso el cuaderno sobre el escritorio, abierto en la última página.
-Esto lo escribió ella. ¿Qué quiso decir con que no te culpemos? ¿Qué le hiciste?
Su padre leyó las últimas frases y palideció, pero inmediatamente se repuso.
-No le hice nada.
-¡Eso no es lo que dice aquí! ¿De verdad murió? ¿O acaso se mató? -preguntó Raen sin poder aguantar lo que tenía dentro.
-Te digo la verdad, Raen. Ella enfermó. Pero sí, probablemente se dejó morir. Nunca fue feliz conmigo y no me enorgullezco de eso. Pero en esos años no imaginé que se sentía tan desdichada. Con ustedes siempre sonreía, con la gente siempre sonreía. Cómo iba a saber que era infeliz.
-¿La amabas?
-La quería, debía hacerlo, era mi obligación.
-¿La amabas, padre?
-No. No la amaba -reconoció el rey- fue un matrimonio por conveniencia. Pero nunca le faltó nada.
Raen se sentó en la silla frente al escritorio.
-Quizás le faltó amor -murmuró el joven.
-No podía darle algo que no tenía, Raen. Para ser rey, necesitaba casarme y ella era la mejor candidata. A veces tenemos que hacer sacrificios.
-¿Y yo también me tendré que casar con alguien a quien no quiera?
El rey se quedó en silencio algunos segundos. Hacía algunos años, su hijo mayor llegó a esa misma oficina, con el mismo cuaderno y la misma pregunta.
-Eres la viva imagen de tu madre. Te pareces hasta en su personalidad tranquila, no eres como tu hermano y yo.
-Contéstame.
-Me gusta ver que, aún con tu forma de ser, eres capaz de enfrentarme de esta forma.
-¡Deja de darte vueltas! ¿También tendré que casarme por conveniencia? ¿Tendré que hacer sufrir a una mujer tal como mi madre?
-No. Una de las últimas cosas que hizo tu madre fue hacerme cambiar esa regla. Ya no hay más matrimonios arreglados.
Raen dio un gran suspiro. Aun así, estaba triste por su madre y se sentía culpable por no haberse preocupado de cómo era ella, hasta ahora.
-Bien. Te dejo seguir tu trabajo -dijo el joven y se retiró.
Mientras iba camino a su dormitorio, se encontró a Aidan y, en voz baja, le pidió que se encontraran a medianoche.
Ya en su habitación, empezó a leer con más calma el cuaderno de su madre, sintiendo que la estaba conociendo por primera vez.
A la medianoche, tal y como habían acordado, Raen esperó a Aidan en la entrada de la cocina, y lo guió, con mucho cuidado y silencio, hasta su dormitorio.
-Qué bueno que no quisiste ir al tejado, hace un frío que pela -dijo Aidan sentándose en la cama.
-No podía dejar que el delicado pelirrojo pescara un resfriado -bromeó Raen, sentándose a su lado.
-¡Hey! El delicado príncipe eres tú -replicó Aidan dándole un leve empujón, para luego reír junto al otro chico.
Cuando se compusieron, Raen le contó lo del cuaderno de su madre.
-Siento que la estoy conociendo por primera vez. Casi no la recuerdo, ¿sabes? Solo sabía de ella por las pocas cosas que me contaba mi hermano, pero nada más.
-Oh. ¿Y cómo te sientes?
-Es extraño. Es como... no puedo extrañar algo que nunca tuve, a alguien que nunca conocí. Antes mi mamá era como una fábula, como el personaje de algún cuento, pero ahora siento que es una persona real, no sé cómo explicarlo.
-Te entiendo. Yo nunca conocí a mi padre. Solo sé que después de que mi mamá se embarazó, desapareció. Así que tampoco puedo extrañarlo ni siento que me haga falta. Aunque una mamá es diferente, y por lo que escribía, ella los amaba mucho.
-Sí...
-Gracias por confiar en mí -dijo Aidan.
-Gracias a ti por escucharme. Eres mi único amigo.
-Qué honor, mi príncipe. ¡Cómo te has dignado a revelar tus secretos a tu humilde súbdito!
Aidan fingió que se desmayaba y cayó a la cama boca arriba, con la mano en la frente.
Raen se dejó caer junto a él, mientras reía la tonta broma.
-Oh, fiel servidor, has apaciguado el alma del. heredero a la Corona, ¿qué quieres de recompensa?
El pelirrojo se sacó la mano de la cara y se puso de costado, para ver mejor a Raen, quien lo imitó, y quedaron frente a frente.
-El verlo sonreír es mi mayor paga -dijo Aidan, dándole una suave caricia en la mejilla.
Raen sintió que su corazón se aceleraba y siguió mirando a Aidan, sus ojos verdes, sus pecas, su desordenado pelo rojo.
-Encontré un vinilo de Kansas, ¿quieres escucharlo? -dijo el príncipe poniéndose de pie rápidamente. Sentía su cara arder y no quería que el otro chico viera que se había sonrojado.
-Claro -respondió Aidan sentándose nuevamente, viendo que las orejas de su amigo se ponían coloradas y riendo internamente.
No sabía que podía poner así de nervioso a Raen y, mientras tarareaba Dust in the Wind, que ya sonaba desde el tocadiscos, se acercó a él y le pasó un brazo por los hombros.
-¿Qué tienes pensado regalarme para mi cumpleaños? -le preguntó inocentemente.
-Tiene que ser una sorpresa, no te la voy a arruinar.
Aunque, la verdad sea dicha, no había pensado en eso. Ni siquiera se le había ocurrido regalarle algo. Pero era su amigo, por supuesto que debía tener un gesto hacia él.
-Sea lo que sea, si viene de ti, me va a encantar.
Raen se sonrrojó nuevamente y miró para otro lado, mientras Aidan sonrió con satisfacción.