XI. Heroes

1017 Words
-Lo siento, hijo, pero no podré estar contigo en tu cumpleaños -dijo Alma. -¿Por qué? -dijo él, sintiendo una punzada de tristeza. -Es la celebración del cumpleaños del príncipe. El rey quiso adelantar el festejo y será el sabado. Y tengo que estar en la cocina -explicó ella. -Oh. Vaya. Está bien. No te preocupes -replicó el chico, fingiendo que no le importaba. -Podrías ayudarnos, pero es tu cumpleaños, entenderé si no quieres trabajar. Aidan se quedó pensativo unos segundos antes de responder. -Está bien. No me molesta ganar algo de dinero, y así no estaría solo. -Lo siento, mi niño. Te lo recompensaré -repitió su madre y lo abrazó. Pero el pelirrojo quedó con una espina en el corazón, y su rabia se dirigió a Raen. Sabía que no era su culpa, pero aun así sentía que había arruinado el único día donde él era el centro de atención. Es por eso que durante esos días lo evitó, acusando que tenía mucho trabajo debido a los preparativos de la fiesta, que tenía que ser, literalmente, digna de un rey. Aunque Raen extrañaba conversar con su amigo, también debía aplicarse en sus estudios y hacerse el tiempo para que el sastre le hiciera un nuevo traje para el festejo. Lo ponía ansioso la fiesta porque no le gustaba compartir con mucha gente y menos si no la conocía, y sabía que esta vez estaban invitados duques y príncipes de naciones amigas, además de políticos y otra "gente importante", aunque odiaba llamarlos así. Pero cada año, tanto su cumpleaños como el de Kiran, eran con este tipo de reuniones, aunque nunca le gustaron. De hecho, hacía poco se le había ocurrido que podría hacer algo abierto para la gente de la ciudad. Nunca antes se lo había cuestionado, pero había tanto de comer y beber que gastarlo en estúpidos millonarios que no les faltaba nada, ahora le parecía un despropósito. No se atrevió a decirle la idea a su padre, así que solo acató y esperó. Además, le molestaba que su fiesta fuera el mismo día que el cumpleaños de Aidan. Tendría que compensarlo de alguna forma. La semana pasó rápido y antes de darse cuenta, ya se estaba poniendo el traje azul marino que le habían hecho para la ocasión. A las 19.00 horas en punto comenzaron a llegar los primeros invitados. Aidan estaba trabajando llevando platos y copas al gran salón del Palacio, viendo cómo este se llenaba de jóvenes y adultos de la alta alcurnia. Dios, cómo los odiaba. Cuando ya casi todos hubieron llegado, apareció Raen, que fue recibido entre educados aplausos. Él respondió con una leve sonrisa falsa y saludaba a quien lo saludara y recibía los regalos que le ofrecían. Conversaba sobre cosas superfluas con gente que no parecía preocuparle nada más que sus lujosas vidas. Cada cierto tiempo veía la pelirroja cabellera de Aidan paseandose entre la gente, pero no podía acercarse. Tuvo que seguir fingiendo y hablando con desconocidos hasta que por fin tuvo un respiro y logró escabullirse hasta la entrada de la cocina. Esperó a que Aidan volviera de su ronda y lo tomó del brazo. -Salgamos de aquí -le pidió. -Estoy trabajando. -Diles que me encuentro mal, que necesito tomar aire fresco o algo. Por favor. El pelirrojo suspiró y entró a la cocina a dejar la bandeja. Le dijo a su madre que necesitaba descansar y ella, por supuesto, le dijo que sí. -Vamos -le dijo al príncipe al salir. Caminaron por los pasillos y el príncipe lo guió hasta una sala vacía que tenía un bonito balcón techado, donde se pusieron para mirar hacia el río y la ciudad. -Cómo lo estás pasando -preguntó Aidan, a lo que Raen solo levantó los hombros- no te quejes, vi que tenías una cantidad de regalos... -No entiendo para qué me dan cosas, si yo no las necesito. -Pues devuelvelas. -Eso sería tomado tan mal, que hasta podría generar un conflicto internacional. Esta gente es demasiado sensible. -Los odio -comentó Aidan. -Estoy de acuerdo. El pelirrojo lo miró con asombro. A pesar de estar molesto por tener que pasar su cumpleaños sirviendo a gente idiota, le gustaba que Raen dijera algo así. -Y esta fiesta... sé que es con fines políticos, pero me hubiera gustado celebrar con la gente de la ciudad, no lo sé, de otra forma, en otro lugar. Todo esto es tan estúpido. -Hey, principito, cuidado que estás a medio paso de hacerte punki -rió Aidan. Raen le dio un leve empujón mientras reía. -Lo hubiera pasado mejor en uno de tus conciertos. -Claro, yo soy mucho mejor que esa sarta de peleles. Raen volvió a reír, esta vez con más ganas. -Feliz cumpleaños, Aidan -dijo el príncipe cuando se compuso- siento haberlo arruinado con esta tonta fiesta. -No te preocupes, no fue tu culpa -aseguró el chico, abrazándolo por los hombros. -Y... te tengo un regalo. Aidan abrió la boca, sorprendido, y se soltó del príncipe. -Cierra los ojos -le pidió, y Aidan le hizo caso. Raen sacó de su bolsillo una cadena de plata que colocó en el cuello de su amigo, la cual tenía un dije con forma de candado. -Ya. Puedes mirar. El pelirrojo miró su regalo y sonrió emocionado. -Es como una versión mini de la de Sid Vicious -comentó-. Gracias, Raen. Me encanta. Abrazó al príncipe y este le devolvió el abrazo. Estuvieron así varios segundos. Se sentían felices y seguros en los brazos del otro. -Deberíamos volver -susurró Raen. -¿Y si nos escapamos? We can be us, just for one day -tarareó Aidan. -Me encantaría, pero ya sabes... deberes de un príncipe -replicó Raen con tono abatido. Entonces, se soltaron, pero Aidan le tomó suavemente la mano. -Lo que diga, su alteza. Sus deseos son órdenes-dijo, y le dio un beso en el dorso de la mano. Raen sintió sus mejillas encenderse y su corazón latir a mil por hora. Qué bueno que estaba semioscuro para que su amigo no lo notara. -Ya vamos -replicó él, y regresaron como si nada hubiera pasado.
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