Capítulo 7

2556 Words
Hola a todos!!! Pese a la demora he logrado terminar el capitulo. Tuve problemas con mi computador, pero hoy terminé de solucionarlos. Agradezco los votos y comentarios, para mí son una gran motivación, así que no sean tímidas. Me alegra saber que les gusta el rumbo que esto está tomando. Bueno, ya no jodo más, disfruten de la lectura. Capítulo 7.- Con un plumón de color rojo rayoneaba el calendario destartalado que colgaba de la puerta de su habitación. Llevaba veintiséis días sin hablar con Martín, luego del incidente en el departamento del argentino no volvieron a cruzar palabras. Manuel lo había intentado todo por acercarse, sin embargo el rubio le ignoraba rotundamente. ¿Qué debía hacer? Realmente se sentía desorientado y temía que todo hubiese acabado. Suspiró pesadamente mientras dejaba el plumón sobre el pequeño escritorio que se hallaba junto a la ventana, se encaminó a la cocina con Cholito paseándose entre sus piernas mientras maullaba agudamente exigiendo comida. De la alacena sacó una lata de alimento húmedo, vaciando el contenido en un platito de aluminio —es hora de comer—. Masculló entre dientes mientras dejaba el platito sobre la mesa. El gato de un brinco trepó comenzando a degustar la deliciosa comida —. Ahora debo irme, regreso por la tarde. No hagas más destrozos en el sillón—. Dejó un fugaz beso en el n***o y brillante lomo del animal para luego tomar su mochila y las llaves guardando estas últimas en el bolsillo trasero de su pantalón, encaminándose posteriormente a la universidad. Martín se encontraba en la terraza de la universidad, platicando amenamente con una joven que conoció en su clase de teoría del color. Era una chica de estatura promedio, cabello largo, liso y brillante, de un hermoso color cobrizo. Pero lo que más le agradaba al argentino eran sus ojos, le recordaban tanto a los de Manuel. La joven era sencilla, aunque su sencillez no le restaba hermosura. El único problema que existía es que ella, no era Manuel. Debía asumirlo, lo extrañaba, lo extrañaba demasiado. No había transcurrido un solo día en que no se arrepintiera de sus acciones en aquel fatídico día. A pesar de todo, no se sentía preparado para enfrentarlo. Las clases de Manuel finalizaron, estaba agotado, le dolía la cabeza y su humor deprimente contaminaba todo a su alrededor. Con pasos lentos subió las escaleras, la terraza era el mejor sitio para fumarse un cigarrillo y relajarse un instante, realmente necesitaba despejar su cabeza de tanto pensamiento insano. Todo su mundo se desmoronó al divisar a Martín besando a una chica, no supo que hacer, se quedó estático a unos metros de distancia mientras les observaba. ¿Acaso él se merecía eso? Si, sabía que lo merecía. Había cambiado todo lo hermoso que Martín construyó para él por algo incierto, lo lastimó y ahora debía asumir las consecuencias de sus actos. Aun así, no podía evitar sentirse herido, decepcionado y por sobre todo, celoso. Sentía la necesidad de plantarse frente a ellos y gritarle a esa chica que Martin era su pololo, que se buscara uno sin compromisos. Cuando el argentino se separa de la joven alzó la mirada encontrándose con los ojos tristes de Manuel. Inmediatamente su sonrisa se esfumó y su semblante relajado se tornó tenso. — ¿Pasa algo, Martín? —La chica masculló débilmente la pregunta, la acción del rubio la dejó desconcertada. —Discúlpame—. Se separó de ella y avanzó con paso firme hacia donde se encontraba Manuel. Una vez frente a frente se miraron a los ojos, rápidamente Manuel giró el rostro, no deseaba verlo, no le daba la cara para reclamar absolutamente nada, ni mucho menos acabaría llorando frente a los demás. En ese preciso momento el argentino deseaba estrecharlo entre sus brazos, olvidarlo todo y empezar de nuevo. Su mamá siempre decía, "el amor te vuelve ciego", ahora entendía cuánta razón tenía. —Eu, Manu— con voz trémula le llamó—. Me parece que vos y yo tenemos bastante de que hablar. —Supongo que si—, sus puños se aferraron a las correas de su mochila—. Ya terminaron mis clases—. Mantiene su mirada fija en el piso, no se atreve a mirar sus ojos. —También las mías. ¿Te parece si hablamos ahora? — Volteó en dirección a la chica haciéndole una seña de que luego la llamaría. —No deberías dejar sola a tu nueva conquista—. Arrojó aquello de manera hostil. —Cállate pelotudo—. Esbozó una sonrisa forzada—. Mejor cerrá la geta y caminá—. A pesar de las palabras empleadas su voz salió suave. —A mí no me hagas callar conchetumare—. Le apuntó con su índice al momento que afiló su mirada, alzando finalmente el rostro. Martín se quedó mirándolo detenidamente, le recorrió de pies a cabeza. Adoraba lo explosivo que podía llegar a ser Manuel en algunas ocasiones y la lucha interna que se desataba en su interior, con el propósito de disimularlo frente a los demás. No pudo retrucarle nada, todo rastro de enojo se evaporó al verle la cara. Manuel, mostraba un semblante serio, rígido, sin embargo sus ojos no mentían, ellos le gritaban el dolor que guardaba en lo más profundo de su interior. Martín, cortó la distancia entre ambos rodeándole con sus brazos. Manuel, intentó apartarse, aunque sus débiles pataletas fueron inútiles, el argentino no lo soltó. —Perdóname... Perdóname, por lo que te hice en mi departamento—. Recargó su barbilla sobre el hombro del chileno—. No tuve que reaccionar así, vos fuiste sincero y yo alto pelotudo—. Le estrecha con mayor fuerza entre sus brazos. —Lo sé, siempre eres tan aweonao— murmuró contra su cuello, para luego sonreír—. Mejor vamos a hablar para otro lado, se me hace incómodo hacerlo frente a la chica con la cual te besaste hace unos minutos. Martín, le tomó la mano enredando sus dedos con los ajenos. Le importaba un carajo que Nicole le observará desde un rincón de la terraza, realmente le importaba una mierda todo a su alrededor, estaba feliz y una vez más volvía a sentirse completo. Absolutamente nada les arruinaría el momento. Caminaron en silencio, tomados de la mano y con una gran sonrisa en sus rostros. Manuel, jugueteaba con los dedos del rubio arrancándole unas cuantas sonrisas. Ver su sonrisa le provocaba un intenso cosquilleo en el estómago, nunca se cansaría de contemplarla, no entendía cómo demonios aguantó tantos días sin verla. Sé sentaron bajo un frondoso árbol, ambos tenían tanto que decir, mas, ninguno se atrevía a dar el primer paso. Manuel, fijó su mirada en Martín, él inmediatamente correspondió el gesto. Volvieron a tomar sus manos para luego sonreírse con auténtica felicidad. Después de tantos días separados necesitaban estar cerca, sentirse, fundirse en el calor del otro. Más que un caprichoso deseo, era una intensa necesidad. —Eu, Manu— le llamó con voz suave—. ¿Ahora estamos bien, verdad? —Si. Martín, yo de verdad te amo—. Mordió su labio inferior en señal de nerviosismo—. Mi error fue quedarme en el pasado, es hora de dejar mis miedos de lado. Estoy dispuesto a todo contigo—. Un intenso sonrojo se instaló en sus mejillas. —Yo también te amo, Manuel—. Repartió distraídas caricias en las delgadas manos del chileno—. Pensé que podría olvidarte, seguir mi vida tal cual era antes de conocerte, pero no pude. La puta madre, ¿qué me hiciste, Manuel? —Nada po, ser yo solamente—. Mencionó con aire presumido. Ante el comentario, ambos rieron. —Supongo que tenés razón, me enamoré de vos, así tal cual sos—. De pronto su semblante se tornó serio—. Decime una cosa. ¿Aún lo querés? —Tuviste que cagarla con esa pregunta weón—. Su corazón comenzó a latir con violencia, pensar en sus sentimientos por Miguel lograba alterarlo al máximo—. Aún lo quiero, y creo que lo voy a querer hasta el día en que muera. Pero no te confundas, Martín—. Buscó insistentemente la mirada del rubio—. Él fue mi primer amor, lo que nosotros vivimos fue demasiado especial, al menos para mí. Dicen que el primer amor suele ser intenso, al parecer tienen razón—, se acurrucó a un costado del argentino—. Nos conocimos cuando éramos cabros chicos, mi mamá trabajaba en la casa de veraneo de sus padres. Los primeros veranos nos llevamos muy mal, nos hicimos la vida imposible—. Cerró sus ojos con suavidad—. Literalmente nos odiábamos, más de una vez terminamos a los golpes. — ¿Cómo llegaste a tener algo con él? Por lo que me contás se llevaban para el orto—. Conteniendo sus celos esbozó una sonrisa, posteriormente comenzó a acariciarle el cabello, jugando con sus finas y suaves hebras. —Pero la última vez que peleamos teníamos diez años. Recuerdo que el día en que hicimos las pases su padre lo había golpeado. El tipo ese era prepotente y muy violento, tenía problemas de control de ira—. Frunció el ceño al recordarlo, lo odiaba y siempre lo haría. En cierto modo culpaba al hombre por su fracaso con Miguel—. Escuché un ruido extraño en el jardín trasero, la curiosidad le ganó a mis miedos y me encaminé en dirección al sitio de dónde provenía el sonido. Entre unos matorrales divisé una cabellera negra, obvio que supe inmediatamente que era él, pensaba burlarme, pero al verlo llorar no pude. Me senté a su lado y lo abracé, pensé que me rechazaría, sin embargo correspondió y lloró en mi pecho hasta quedarse dormido. Desde ese día nos volvimos los mejores amigos. Sufríamos tanto cuando el verano se acababa y él debía partir... — ¿Cuándo pasó de amistad a algo más? —Cerró sus ojos con amargura, en ese momento agradeció que Manuel no estuviese mirándolo a la cara. —Desde que nos volvimos cercanos fue especial, jamás fuimos la clase de amigos que comparten cosas de amigos, ¿me doy a entender verdad?—. Sé encogió ligeramente de hombros—. Éramos el tipo de amigos que se aman pero no sé atreven a afrontar la magnitud de tales sentimientos. A los doce años nos dimos nuestro primer beso, fue mágico, simplemente hermoso. A los trece iniciamos una relación a escondidas, si su padre se enteraba nos hubiese corrido, a mi madre, a mi hermana y a mí. El último año que estuvimos juntos fue genial, su madre se instaló en la casa de veraneo ya que estaba en medio de un proceso legal para divorciarse. Estábamos tan felices de vernos a diario, y un día todo se fue a la mierda. Ellos se habían ido, su madre decidió detener los trámites y continuar con ese hijo de puta. Desde ese entonces no volví a verlo ni a tener noticias de él. Me cansé de enviarle mensajes, de tratar de comunicarme, necesitaba saber si estaba bien, si aún me quería como yo a él. Un día subió una fotografía a su i********:, salía besándose con un muchacho, ese fue el día que terminó de romper mi corazón. En conclusión, no supe nada de él hasta hace veintisiete días atrás. —Por lo que me contás, es tremendo boludo, pudo haberse ido pero, al menos se hubiese despedido y haber mantenido el contacto con vos. Al parecer él no te amaba con la misma intensidad—. Luego de decir aquello se arrepintió, quizás sonó demasiado brusco, pero Manuel necesitaba a alguien que le hablara con la verdad. —Supongo que tienes razón—. Curvó apenas sus labios formando una imperceptible sonrisa para luego desviar la mirada. Aquellas palabras le dolieron, le frustraba que aún todo lo relacionado con Miguel le lastimara de esa manera. —Obvio que la tengo, yo ni en pedo te dejaría. ¿Sabés por qué? Por qué yo si te amo—. Sentenció de pronto con seguridad. — ¿Te tinca que empecemos de nuevo, rucio? — Se pone de pie sacudiendo un poco sus desgastados jeans. Realmente no deseaba seguir hablando de Miguel, ni mucho menos que Martín le retrucara indirectamente lo estúpido que fue. —Dale, me parece bárbaro—. De igual modo se pone de pie. —Hola, soy Manuel González—. Extendió su mano y mordió sus labios tratando de contener la risa. Desde su punto de vista era una simpática forma de comenzar. —Martín Hernández, un gusto flaco—. Le tomó la mano con firmeza para luego atraerlo contra su cuerpo plantándole un desesperado beso en los labios. Manuel sin dudarlo correspondió, enredó sus brazos en el cuello del rubio pegando su pecho contra el de él. La lengua de Martín recorrió cada centímetro de la húmeda cavidad de Manuel, hasta encontrarse con su lengua y formar una danza desenfrenada—. Te amo—. Susurraron al unísono entre el beso, para luego profundizarlo aún más. En ese momento todo desapareció, no existía nadie más que ellos dos, solo ellos y la avalancha de sentimientos que les embargaba. De pronto el mundo se tornó un lugar más cálido y agradable. Pasaron la tarde juntos, pasearon por el centro de la ciudad y ya caída la noche cada quien volvió a su casa. Martín llegó con pizzas y cervezas, les dio la buena noticia a sus primos y festejaron hasta altas horas de la madrugada. Manuel, por el contrario, llegó a su departamento y se desplomó sobre el viejo sillón que adornaba su claustrofóbica sala. Cholito, su única compañía se encargó de consentirle con suaves caricias y sonoros ronroneos, arrancándole unas cuantas risas a su amo. Deslizaba Perezosamente sus delgados dedos por el suave y brillante pelaje del animal, quién luego de tanto jugar yacía dormido sobre su pecho. La única luz que iluminaba el lúgubre departamento era la que provenía de la calle. A Manuel, le gustaba, le gustaba el aroma a soledad que se aspiraba en su casa, de entre todos era su sitio predilecto. Ahí dentro se sentía libre, libre de pensar, reflexionar con respecto a todo, libre de poder romperse en mil pedazos y luego remendar sus trozos. Se esforzó por evadir sus pensamientos, sin embargo fue inútil, todo le llevaba a pensar en Miguel. Una risa amarga escapó de sus labios al comprender que sería inútil borrar su pasado, simplemente debía aprender a convivir con él. Cerró sus ojos un instante mientras se removía ligeramente en el sillón buscando una mejor postura. Por un momento creyó oler el perfume de Miguel, aquella fina fragancia cítrica que usaba en su adolescencia y que tanto les gustaba a ambos. En ese momento le invadió una gran nostalgia, pese a eso tenía muy en claro que era hora de volver a empezar, de entregarse completamente y de superar. El tiempo de ambos había pasado, lamentablemente no funcionó, pese a seguir sintiendo el mismo cariño cada quien eligió su propio camino. Quizás, solo quizás en otra vida se podrían amar.
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