Capítulo 8 – El ataque inesperado El entierro de Ramiro fue rápido y silencioso. Nadie del personal se atrevió a decir palabra, pero el miedo era palpable en el aire. Alejandro permaneció de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en la tumba recién cerrada. No lloraba, pero la rabia se le notaba en cada músculo tenso. Valeria lo observaba a unos pasos, sintiendo cómo ese silencio se transformaba en un muro que la alejaba de él. Desde que Alarcón había mostrado su rostro, Alejandro parecía un hombre distinto: más frío, más calculador, como si cada gesto suyo fuera parte de una estrategia invisible. —No podés cargar con esto solo —le dijo cuando estuvieron de regreso en la mansión. —No tengo otra opción —respondió él, sin mirarla—. Si bajo la guardia un solo segundo, nos destruye.

