Esa noche, otra visita apareció en mi deprimente habitación. Esta vez, el chico que se encontraba de pie en el umbral de la puerta, era irreconocible.
—Loren..
Inmediatamente, reconocí su voz.
Era Marcus.
Era un chico delgado, apuesto, poseedor de dos hermosos ojos verdes, que destacaban en su terso rostro. Tenía el cabello de un café castaño, que lucía unos rizos, un tanto despeinados. No era tan alto, como lo había observado por el resquicio de la pared. Su altura, era similar a la de Tony.
—¿Marcus?, ¿eres tú?, ¿qué haces aquí?
Imagine lo depauperada apariencia que seguramente tenía, y una ola de vergüenza, recorrió mi cuerpo.
—Cumplí los días establecidos en detención federal. Y al salir, supe lo que te ocurrió, así que decidí visitarte.
—¡No sabes cuánto me alegro de que estés aquí! —exclamé.
Se acercó más hacia dónde me hallaba, posando su liviano cuerpo en un lugar fijo, donde ahí, el imponente sol se asomaba por la ventana, reflejando sus rayos de luz, sobre los rizos de Marcus.
—Loren, ¿trataste de matarte?
—¡No!, pero tuve que hacerlo. Era la única salida de escapar— repuse en voz baja. Su rostro cambio.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Marcus, debes prometer que no le dirás a nadie lo que estoy a punto de contarte, ¿entendido?
Marcus asintió.
Respire profundamente y escupí mis palabras sin pensarlo dos veces.
—Encontré otra nota mientras lavaba los uniformes.
Extendí mi mano, enseñándole la nota que había encontrado.
El rostro de Marcus se distorsionó. Me miro, titubeando:
—Loren, debes de tener mucho cuidado. ¿Qué tal si este sujeto quiere hacerte daño?
—Lo sé. Es un riesgo..
—Escucha Loren, sé que puede sonar algo raro, pero prometo cuidarte. Quiero estar cerca de ti.
Por unos instantes, pude sentirme protegida. Marcus parecía ser alguien increíble. Era extraño. No llevábamos mucho de conocernos, mas sin saber el porqué, intuía su importancia y cariño hacia mí. Era tan transparente. Sin filtros. Sin fingimientos. Tan real. Así de real, como el color glauco intenso de su mirada; así de real, como la sonrisa contagiosa que dibujaba sobre su delgado rostro. Sin embargo, a pesar de sus aparentes buenas intenciones, no sabía su designio tras ayudarme, su designio tras todo esto. ¿Qué ganaba él? No sabía su pasado. Su presente. No tenía el conocimiento de lo que pensaba de mí. De lo que pensaba de mi verdadera situación. De mi verdadera y turbia situación. Una pregunta nació dentro de mí.
¿Quién es Marcus, realmente?
---------
Esa noche en SeaTac, la luna brillaba en lo alto. Un fuerte aire provocaba un constate chirrido que silbaba entre el resquicio de las ventanas. Pensé en mi madre. Y en toda esa gente a la cual amaba. Pensé en toda esa gente, la cual me habían abandonado así sin más.
Y ahora, ¿qué sigue?, pensé sabiendo la respuesta en el interior.
Lo que seguía era escapar.
Esa noche. Bajo la luna, y el feroz viento, iría tras mi libertad, alejándome del futuro injusto que me esperaba.
Me levante de un salto de la camilla, dirigiéndome hacia afuera, tratando de disimular mi nerviosismo, como si no ocurriese nada. Sin embargo, un oficial, tras divisarme, comenzó a acelerar el paso. Escuche como exclamaba, con una voz intimidante.
—¡Alto ahí! ¡Detengan a esa chica!
Corrí precipitadamente. Mis piernas estallarían del dolor y miedo que retumbaba en mis entrañas. La gente se abría paso, confundida, provocando escándalo. Divisé un armario. A continuación, me adentré a él. Cogí un abrigo y me recogí el cabello; salí del armario, descalza, mientras trotaba, deseando que no me reconocieran. Seguí mi camino, sintiendo el frío del suelo, bajo mis pies. Sintiendo el olor a anestesia que rondaba por las extensas instalaciones. Sintiendo a mi corazón palpitar a mil por hora. Trataba de no tener contacto visual con la gente;
sin embargo, podía sentir sus miradas, atravesándome, inundadas de sospecha. A continuación, mi cuerpo impacto contra un oficial.
Respire profundamente, tratando de no fulminarlo con la mirada. E hice lo que tenía que hacer, lo empuje con todas mis fuerzas, para así dejarlo atrás, y salir disparada de ahí, con el objetivo de escapar. Divisé el cuarto de conserjería. Me dirigí ahí, escondiéndome entre oscuridad, trampeadores, y escobas. Espere unos minutos. Trate de no ahuyentar la poca esperanza que me quedaba, repitiéndome a mí misma:
Tú puedes Loren. Estas tan cerca..
Mi cuerpo se estremecía, sintiéndome incapaz de dar un paso hacia la libertad.
Nada era seguro, pues sabía que podían encontrarme, y que con certeza volvería a aquella horrible celda.
Tú puedes Loren, estás tan cerca..
Podía escuchar los latidos de mi corazón, latiendo, con fuerza, atormentando mi ser.
Por favor, necesito un milagro.
Percibí unos estruendosos pasos que se acercaban a mi improvisado escondite. Los latidos de mi corazón se intensificaron; suspire, cerrando mis ojos con firmeza.
Ese era el fin.
Me habían encontrado; sin embargo, el destino quiso un final diferente. Un apabullamiento paralizó a la gente. La luz del hospital, se había ido. Envolviendo todo el entorno en penumbras. Escuche los tañidos y cuchicheos de la gente.
Este es el momento, pensé tomando el valor imprescindible.
Pelee con mi vista, tratando de localizar los entes embalados en la lobreguez. Caminaba lenta y silenciosamente, cuidando que no chocase contra un individuo. Algunas personas, prendieron la lámpara de sus celulares, otras solo se aferraban a ver en la oscuridad. Finalmente, divisé una puerta de evacuación. Salí, percibiendo por mis venas una desmesurada libertad.
La noche jamás había sido tan espléndida. La luna iluminaba en lo alto; respire el relente viento, extendiendo mis brazos hacia el cielo, tratando de tocar las constelaciones de estrellas.
¿A dónde voy?, mi madre ya no se encontraba en casa, mas la palabra 'hogar' todavía se encontraba presente en mi mente. Decidí ir a mi casa. A mi hogar.
Cuando llegue, todo se encontraba diferente. Por fuera, las ventanas se encontraban cubiertas con periódicos. La pintura se encontraba desgastada, y el jardín estaba seco, en muy mal estado.
Me dirigí hacia la puerta, abriéndola fácilmente; entonces, la nostalgia me invadió. El olor era putrefacto. Algunos insectos rondaban por el lugar. Hacía frío. Había unos cuantos objetos, como los viejos sillones, y algunas cajas de cartón. Subí a mi habitación, y al entrar todo se encontraba tal y como lo había dejado. La ropa en el suelo. Mi cama desatendida. Las fotografías que tenía con Tony, todavía permanecían. Sonreí, intentando no llorar. Me di cuenta de cómo había cambiado mi vida en tan corto tiempo.
Antes de marcharme de ahí, me cambie de ropa, tome algunas cosas, y finalmente me marché del lugar de donde solía pertenecer.
Al salir, me aseguré de que no hubiese monos en la costa.
Seguí mi camino sin saber a dónde ir.