Siete

2288 Words
 Cuando Jay dijo que me levantara temprano, no pensé que fuera tan en serio. Los golpes afuera de mi puerta me despertaron, asustada, salté de la cama. Mi mente aún no se acostumbraba al hecho de que estaba a kilómetros de mi exmarido, de que ya no podía lastimarme como antes, así que cada ruido me ponía nerviosa y al límite. Sacudí mi cabeza y miré el reloj, eran apenas las cinco de la mañana, ¿qué acoso ese hombre no descansaba? Anoche había llegados después de la medianoche, debía estar cansado y adolorido.    Me levanté, porque seguía golpeando como si no hubiese mañana. Cuando abrí la puerta, lo encontré comiendo una manzana, vestido con un mono de deporte y una camiseta debajo de un suéter. No pude evitar comérmelo con la vista, porque ¿quién en su sano juicio no lo haría? El hombre estaba buenísimo, con músculos donde debería tenerlos y un rostro hecho por los Dioses.   —Te dije que estuvieras lista temprano —dijo, sin detenerse a saludar.    Me miró de arriba abajando, seguía en pijama y mi cabello debía ser un lio, sin contar que ni siquiera me había cepillado los dientes.   —Pensé que te referías a las ocho de la mañana —me excusé, sintiéndome como una niña cuando la regañan. — ¡Son las cinco de la mañana!    No pareció afectado por mi reclamo, estaba inmaculado. Su labio inferior aún conservaba la curita, pero por lo demás, era como si nunca hubiese estado en una pelea. Mi cuerpo aún se recuperaba de la paliza que Devon me había dado hacía más de dos semanas, ¿cómo era posible que estuviera tan bien? Suspiré, ya lo veríamos.   —Es la hora perfecta para que el cuerpo se despierte, ve y cámbiate, en cinco minutos te espero afuera —ordenó. Abrí la boca para reclamar, pero se dio la vuelta y se alejó de nuevo, dejándome parada como una tonta, mirando su musculosa espalda.    Gruñí una maldición por su mala educación y fui hacia el baño, donde me lavé la cara y me cepillé los dientes. Mi cabello en efecto era un lio enredado, por lo que pasé los dedos tratando de desenredarlo, pero no quería colaborar. Rindiéndome, me hice una cola, recordando que ahora que estaba sola, nadie iba a quejarse si lucia desaliñada o algo menos que perfecta. Ya no tenía un novio machista que pensaba que su novia tenía que lucir impecable así fuera al supermercado. Ahora estaba sola, o bueno, más bien con un enorme hombre que le importaba un culo mi apariencia.    Salí de nuevo y me vestí con unos pantalones de deporte y un sostén deportivo, agradeciendo que mi mejor amiga lo metió para mí. Tomé mis zapatillas de deportes viejas, tenía que comprarme unas nuevas, pero hacia bastante tiempo que no hacía deporte. Cuando terminé, sonreí en emoción, estaba haciendo algo por mí después de mucho tiempo.    Jay estaba esperándome afuera como había dicho, ya no tenía la manzana, se estaba estirando los brazos y las piernas. Evité mirarlo demasiado, no quería comérmelo con la mirada como una acosadora. Él debía estar consciente de que me atraía muchísimo, pero era tan frio, que no podía asegurarlo. En cambio, comencé a imitar lo que hacía, esperando que mis músculos se adaptaran bien, después de pasar tanto tiempo en reposo luego de la paliza.   —El gimnasio está a unas cuadras de aquí, vamos a ir trotando para que entres en calor —ordenó, así que asentí.    El sol aun no salía por completo, aunque ya se podía ver un poco de claridad sobre la calle. Si no hubiese sido porque estaba al lado de un enorme hombre, que además estuvo en el ejército y parecía ser un genio en el boxeo, me hubiese dado pavor estar en la calle a estas horas. Por eso quería aprender a defenderme, para no tener más miedo, ni de Devon ni de nadie más.    Comenzamos a trotar, aunque más bien correr, sobre la acera. Jay parecía estar en su mundo, mientras corría a paso rápido como si no le costara nada. En cambio, yo estaba luchando por mantener el ritmo, no habíamos pasado ni siquiera una cuadra cuando ya estaba jadeando por aire. ¿En qué momento me había vuelto tan debilucha? Ya ni siquiera podía correr, parecía una vieja decrepita.   —Respira por la nariz, no por la boca —dijo Jay, notando que parecía una foca pidiendo auxilio.    Dios, no podía ser más vergonzoso, aparte de ser un idiota, también era un debilucha. Seguramente él estaba costumbrado a tratar con mujeres igual de fuertes y ejercitadas que él. Hice lo que me pidió, respiré por la nariz, metiendo todo el aire que podía y soltándolo poco a poco por la boza. De inmediato noté que era mucho mejor que respirar por la boca.    Corrimos durante unos veinte minutos, mi cuerpo ya estaba derramando litros de sudor, era asqueroso. Finalmente, nos detuvimos frente a un gimnasio, estaba cerrado, por supuesto, por la hora, pero Jay sacó unas llaves del bolsillo de su mono y comenzó a abrir una de las puertas. No dije nada, más porque no podía, estaba luchando por respirar. Ma incliné y coloqué mis manos sobre mis rodillas, una manera de recibir más aire en mis pulmones sentía que se estaban quemando.    Jay apenas y respiraba con irregularidad, ni siquiera tenía sudor sobre su cuerpo. Terminó de abrir la puerta y me hizo señas para que pasara. Lo hice, y me impresionó que el lugar luciera tan bien. Era como un lugar de entrenamiento para los boxeadores. Había un ring de boxeo enorme, muchos sacos para golpear en una esquina, algunas cintas para correr y piezas. Lo que no podía ver eran máquinas para hacer ejercicios, así que no debía ser un gimnasio convencional.   —¿Estás encargado de este sitio? —pregunté, mirando alrededor. Los techos eran altos, pero tenían ventanas casi llegando arriba que daban la entrada al sol.   —Soy el dueño —dijo sencillamente, como si nada.    Bueno, eso sí que me sorprendió. Mi hermano no me había contado nada de Jay, simplemente que habían estado juntos en el ejército, ni siquiera sabía las razones de porqué había desertado, pero tuvieron que haber sido muy buenas para terminar siendo el dueño de un gimnasio. Al igual que mi hermano, los hombres que iban a la guerra, tenían un fuerte sentimiento de patriotismo, así que para ellos no debía ser fácil desertar. Jett no había querido hacerlo, sabía que era todo su mundo y se sentía feliz y útil allí.   —Al fondo están los vestuarios, hay duchas y casilleros para cambiarse, pero tomando en cuenta que vivimos a poca distancia, no creo necesario que quieras ducharte aquí —dijo, quitándose la chaqueta como si nada.    Sus brazos fuertes y musculosos me dijeron hola, por lo que dirigí mi mirada al ring de boxeo.   —¿Qué haremos? ¿pelear? —pregunté, un poco demasiado excitada con la idea.    Pero él mató mis ilusiones cuando negó con la cabeza.   —Aun no, primero vas a ir al saco de boxeo, hay que enseñarte como dar un buen puñetazo.    Lo seguí hasta donde los sacos estaban, mientras que él sacaba uno de ellos y los colocaba frente a mí, yo me estaba quitando la chaqueta para que no me estorbara. Para mi sorpresa, noté cómo Jay miraba mi cuerpo, desde mi abdomen plano, hasta mis pechos, que resaltaban un poco porque el sostén se pegaba a ellos como una segunda piel. Me sentí bien, saber que un hombre tan hermoso estaba echándome una mirada, pero no dije nada, fingí que no me había dado cuenta.    Jay comenzó a indicarme la posición perfecta para pelear, me enseñó a cerrar mis puños, inclusive a protegerme de los golpes. Luego, me indicó que golpeara el saco con fuerza. Apenas mi puño conectó, sentí mi mano arder. Joder, había pensado que sería suave, pero estaba duro, no lo suficiente como para hacerme daño, pero si se sentía el golpe.    Comencé a darle golpes, pero se sentían débiles, mis pobres brazos no podían dar más fuerza.   —Golpeas como una niña de cinco años —dijo Jay, burlándose de mí lo fulminé con la mirada, y golpeé más fuerte, pero no hizo casi la diferencia. — Golpe fuerte ¡vamos!    Gruñí y golpeé de nuevo, aunque no hice mucho. Sin embargo, comencé a imaginarme que era la cara de Devon en vez de un saco de boxeo, y allí fue cuando mi furia se desató. El gimnasio desapareció a mi alrededor, inclusive la fría cara de Jay, todo murió y lo único que podía ver era la cara del hombre que me había hecho la mujer más miserable del mundo durante años. El hombre que me golpeó, me ultrajó y me maltrató durante tanto tiempo.    Comencé a golpear con fuerza, una que no sabía que tenía, pero no podía detenerme, lo hice muchas veces, con rapidez. Escuché lejano la voz de Jay diciéndome que me detuviera, pero no estaba prestando atención. Durante años contuve la ira, la rabia, la indignación porque sabía que no podía, no delante de Devon. Ahora todo ese dolor y rabia estaba saliendo y qué mejor manera que golpeando un saco, acabando con ello.    Me sentía viva, llena de poder, a pesar de que no estaba golpeándolo a él en realidad. Que más quería yo, que acabar con ese hijo de puta, terminarlo de una vez por todas. Ahora mismo debía estar en mi casa, disfrutando de mi espacio mientras yo luchaba por sobrevivir, por comenzar de nuevo sin nadie a mi lado.    Sentí unas manos en miz brazos, me alejaron del saco por lo que me detuve, pero me sentía fatal. No sabía que había estado gritando y llorando hasta que sentí el sabor de mis propias lágrimas y me escuché a mí misma. Unos brazos me envolvieron y me acurruqué contra su fuerte pecho, apreciando el calor y la calidez que me proporcionaba. Lloré en su pecho, mojando su camisa, pero derramando allí todo el dolor y la rabia que no había podido hacer antes.    Hasta ahora me di cuenta de que nunca pude llorar, sentirme mal, sentirme acabada, porque tenía que mantener fuerte, porque tenía que huir. Tenía metida en la cabeza que, si aguanté años con Devon, podía aguantar lo que viniera, pero la verdad era que todos necesitábamos un momento para sentirnos mal, para desahogarnos. Y mira que ironía, terminé haciéndolo sobre el pecho del hombre más frio del planeta.    Lo sentí acariciar mi cabello, y poco a poco el llanto fue calmando. Me sentí nuevamente como yo, simplemente había necesitado un momento para caer. Me separé con lentitud de Jay, que no había dicho nada, pero su simple presencia me había hecho sentir bien, acompañada, y tal vez un poco comprendida. A veces era todo lo que necesitábamos, que alguien estuviera allí en silencio, ofreciéndonos su sincero apoyo, sin tratar de entendernos o empatizar con nosotros, sin sentir lastima, simplemente allí.   —Lo siento —dije, limpiando mis ojos aun mojados. — No sé qué me pasó.   —Tuve una crisis —respondió, había algo diferente en sus ojos, aunque no sabía decir qué con seguridad.— Pasa más de lo que crees, a veces es necesario, derrumbarse para luego volver a levantarse.    Me hizo sentir mejor saber que no estaba enojado ni incomodo conmigo llorándole, debía pensar que era patética, una pobre mujer que se había dejado joder la vida. Pero no podía cambiar lo que era, ya había hecho bastante alejándome de mi agresor, me había liberados y aquello era lo más valiente que había hecho en mi vida.   —Gracias —dije, mirándolo a los ojos. Mis labios estaban hinchados, así que sus ojos fueron hasta allí. Podía sentir un aire envolviéndonos, podía sentir sus ganas de atraparlos con sus propios labios, era lo mismo que sentía yo.   —No importa, vamos a seguir —pidió, alejándose de mí y volviendo a su máscara de frialdad. — Estabas golpeando fuerte, pero no eran puñetazos precisos. Es lo mismo que nada —explicó, como si fuera su alumna. — Cuando vas a pelear, tienes que hacerlo con la cabeza fría, porque las emociones como la rabia, el dolor o la importancia te ciegan, no te dejan pensar bien, por lo tanto, no asumes ni atacas debidamente. No estoy enseñando cómo darle una paliza a tu ex marido, o a cualquier persona que odies, estoy enseñándote a protegerte.    Asentí, tenía razón, esto era para que pudiera cuidarme a mí misma, no para ir a buscarle pelea a mi exmarido y atacarlo. No se trataba de eso, la justicia divina, ya que la policial estaba de su lado, se encargaría de él y de todas las cosas que me había hecho pasar. Sin embargo, si se acercaba de nuevo a mí, necesitaba estar preparada para defenderme.   —Vamos de nuevo —ordenó, volviendo a ser el entrenador.    Respiré profundo y volví a golpear, mientras Jay me iba dando indicaciones. Me decía qué hacer y cómo hacerlo, me indicaba todo con facilidad y poco a poco, iba golpeando con más fuerza y más precisión. Cuando me vine a dar cuenta, ya otras personas estaban llegando, y el sol estaba radiante en su punto.    Jay determinó que entrenamiento había terminado, seguramente porque tenía que darles clases a otras personas. Me despidió, y cuando llegué a casa, me di una ducha y me tiré en la cama, mis músculos dolían, mis ojos estaban hinchados, pero había una sonrisa de suficiencia en mi rostro. Porque por primera vez, estaba haciendo las cosas bien. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD