El fuego ardía igual que siempre, brillante y crepitante. Un ligero olor a humo y hierbas secas rondaba en la casa, escapándose por las aberturas que encontraba en cada rincón descuidado. Afuera, el cielo nocturno era extrañamente silencioso; no se escuchaba el sacudirse de los árboles ni el vuelo o el canto de los animales. Dejando de lado su cuaderno, Aris alzó la mirada, extrañado ante semejante mutismo. —Cassy... —murmuró, girándose. Cassian estaba de pie frente a él. No en su forma lobuna o incompleta, sino completamente humana. Su largo cabello ondulado caía en mechones sueltos a los lados de su rostro, deslizándose casi hasta la cintura. El fuego hacía brillar su piel bronceada, marcando cada línea de su cuerpo grande y musculoso. Las cicatrices que cruzaban su torso parecían cont

