Afortunadamente para Aris, el mundo por primera vez parecía estar de su lado. La laguna apareció ante él como un espejo de obsidiana oscura entre los árboles, recortada sin mayores desvíos en el corazón del espeso bosque. Deteniéndose en la orilla, donde la densa vegetación cedía el paso a la piedra, apagó la linterna y la dejó sobre una roca alta, aprovechando la luz natural y azulada que vertía la luna llena. Se despojó de la ropa con torpeza, excesivamente consciente de su propio cuerpo, de su pulso acelerado y de un calor interno que se negaba a reconocer. Tras dejar sus prendas junto a la muda limpia, se metió al agua de un salto, hundiéndose hasta la cabeza para ahogar sus pensamientos. Al emerger con una exclamación de sorpresa, respiró hondo y contempló el reflejo de su silueta t

