Capítulo 6

2011 Words
Aris había estado enfermo en el pasado. Como todo ser humano, más de una vez tuvo un resfriado, sufrió un mal estomacal y un par de veces se rompió o lastimó un hueso. Aun así, en ninguna de esas ocasiones, se sintió tan mal como en ese momento. Al ser mordido por una serpiente, Aris asumió que moriría en cosa de segundos. El dolor no ofreció ni un solo segundo para prepararse. Rápido e implacable, le abordó filtrándose en su torrente sanguíneo. Si tuviera que describirlo de alguna forma, sería lava recorriendo su sangre, esparciéndose lentamente por todo su sistema, quemando a su paso. Respirar dolía y estar despierto era un infierno. Todo se sentía como una horrible pesadilla. Y fue precisamente por esa razón, que su mente, queriendo darle un descanso del dolor, lo sumergió en un mundo de oscuridad. Mientras su cuerpo sufría de un daño posiblemente irreparable, su consciencia lo mantenía protegido en un mundo de sueños. A momento, Aris era capaz de sentir cómo su cuerpo se estremecía de frío, y en otros, ardía como si estuviera en el mismo infierno. Su mente vagaba entre el dolor, entrando y saliendo de la consciencia. A veces, lograba levantar sus pesados párpados y observar. Por supuesto, no era realmente capaz de distinguir lo que sucedía a su alrededor. Todo le daba vueltas. En algunos días, la lluvia caía como si estuvieran en plena tormenta. En otro, no era más que una suave llovizna. Pero lo que reinaba siempre era un absoluto silencio que era interrumpido solamente por el violento golpeteo de su corazón. En los días más difíciles, en los cuales Aris quería rendirse ante el dolor, algo grande lo sostenía. Sus manos eran ásperas y demasiado grandes para ser humanas. Estas se movían con torpeza, pero a la vez con extremo cuidado, como si temiera lastimarlo aún más en su delicado estado. El calor que le proporcionaba era cálido y reconfortante, calmaba su miedo, a pesar de que no podía hacer mucho con su dolor. A veces, lograba sentir el contacto frío, como el de una tela húmeda presionando en su frente, brindándole alivio. En otras, nada lograba ayudarle con el dolor, en especial cuando aquella sensación de colmillos clavándose en su piel le atacaba otra vez. En esos momentos, Aris se quejaba en voz baja, murmurando pequeños "no" y "me duele" con un tono débil. Lastimosamente, a pesar de sus ruegos, su tormento no se detenía. A lo lejos, un gruñido profundo le respondía, pero no de amenaza, sino de frustración pura. Era un sonido que, de alguna forma, parecía haberse grabado en las profundidades de su mente, y que lo ligaba inmediatamente a la única figura que, hasta el momento, le hacía sentir seguro y protegido en aquella isla. Cassy... Dicho sonido se repitió más de una vez, logrando traer y guiar a Aris al mundo de la consciencia. Por supuesto, estar en sus cinco sentidos significaba sentir dolor. Y aun así, ante esos gruñidos llenos de desesperación, el joven humano se esforzó por luchar con la oscuridad, queriendo despertar. Con su débil estado, la mayoría de las veces que lo intentó, la oscuridad ganaba y terminaba desmayado. Aris no supo cuánto tiempo estuvo así, yendo y viniendo entre el dolor y la oscuridad, intentando permanecer despierto más de cinco segundos. En un momento, el calor aumentó y su cuerpo empapado en sudor se retorció en las mantas improvisadas, jadeando. Al abrir sus ojos, el techo se ondulaba sobre él y las sombras se estiraban como figuras largas. A lo lejos, escuchó pasos, respiraciones, y sintió el roce de una tela en su piel. Inclinando brevemente su rostro, distinguió cierta figura extraña moviéndose en la oscuridad, acercándose. De pronto, una especie de hombre estaba inclinado sobre él. Alto y de hombros anchos, parecía cubrir todo su cuerpo. Su cabello oscuro y largo caía ondulado como una cascada, ocultando parcialmente su rostro. Como si sintiera que lo observaban, la figura le observó y Aris contempló unos ojos azul-verde que brillaban con preocupación genuina. —¿Quién...? —susurró sin aliento, extendiendo la mano. Temblorosa, esta cayó y sus ojos se cerraron. Sintiéndose demasiado cansado para volver a abrirlos, Aris los mantuvo abajo. Su cuerpo se estremeció al sentir cómo tocaban su mano y luchó por levantar sus párpados, queriendo ver quién producía esa silenciosa sensación cálida y protectora. Pero este se apartó y el pánico surgió. —No... quédate... —pidió Aris, con voz quebrada—. No m-me dejes solo... Su mano volvió a ser apretada, esta vez más firme. Entreabriendo sus ojos, la figura del hombre se desdibujó y estiró. De pronto, no era un humano, sino una bestia incompleta atrapada entre dos seres quien estaba a su lado, sosteniéndole. Y en un parpadeo, Aris volvió a caer, pero a diferencia de las otras veces, un extraño alivio le acompañaba. Cuando Aris finalmente logró despertar, se mantuvo tan inmóvil como una estatua, casi esperando que ese agonizante dolor le cubriera. Sorprendentemente, no hubo nada de ello, y poco a poco, varios de sus sentidos fueron presentándose. Aun así, fue un proceso lento, el cual tomó más tiempo de lo que pensó el siquiera poder mover un dedo. Al sentirse preparado, lentamente, levantó sus párpados. Lo primero que observó, fue la luz gris del amanecer que se filtraba por unas grietas del techo. No había lluvia, ni viento, solo una tranquilidad interrumpida solamente por el canto de algunos animales lejanos. Aris parpadeó varias veces, confundido; su cuerpo estaba débil, pero estable. El dolor seguía ahí... podía sentirlo, pero a la vez era muy lejano, como si solo quedaran unos rastros de este. No temblaba de frío, pero tampoco ardía en fiebre; él se encontraba... bien. Aun así, girar su cabeza tomó más esfuerzo de lo que esperó, y al lograrlo, no se encontró con su gran lobo peludo esperándole. En cambio, esa extraña forma semi humana, en la cual parecía estar atrapado entre dos seres, estaba ahí, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Sus ojos, aquellos grandes orbes que no habían mostrado emoción o comprensión alguna, esta vez resplandecían con cierta... preocupación. Había ojeras oscuras bajo su mirada salvaje, y manchas secas de sangre y hierbas cubrían sus brazos. —Fuiste tú... —lamió sus labios, su voz sonando dolorosamente débil—. C-cuidaste de mí, ¿cierto? Cassy no respondió, pero tampoco se apartó, solo siguió contemplándole en silencio. —Gracias... —pronunció con esfuerzo y enseguida tosió débil. Su garganta tan seca como su boca, provocó que el sonido se escuchara más doloroso de lo que era, lo suficiente para preocupar a su amigo peludo. Grandes manos tomaron el delicado cuerpo de Aris y le ayudaron a enderezarse. Semi sentado y apoyado en ese gran torso, el joven humano observó con sorpresa cómo un cuenco con agua era empujado torpemente a sus labios. El agua escurrió por su mentón, pero aun así Aris logró beber un par de sorbos que le refrescaron. —Gracias —pronunció, con su voz sonando un poco más fluido. Mirando al semi humano, Aris juntó brevemente sus cejas al sentir que algo era diferente. Alzando su mano, tocó su rostro y la bestia solo se dejó, completamente inmóvil. —Creí... Tu hocico parece más pequeño. ¿O siempre fue así? —indagó con curiosidad. La bestia resopló suave y le depositó con cuidado en la cama improvisada. Al alejarse, Aris contempló su amplia espalda encorvada dirigirse hacia una esquina de la habitación. Con más esfuerzo del que creyó necesario, el joven humano se incorporó en sus codos, y luego se impulsó para sentarse. Al mirar a su alrededor, no encontró rastros de que alguien más estuviera ahí, de... ese hombre que le ayudó en sus sueños. —Solo... ¿Estamos nosotros? —preguntó. Hubo un pequeño gruñido en respuesta, el cual Aris tomó como una confirmación. Al volver a su lado, la bestia semi humana dejó el cajón de una cómoda, la cual había llenado con frutas y verduras. Mostrándole sus afilados dientes, tomó una manzana y la trituró en tan solo un mordisco, sin siquiera mostrar la necesidad de masticar. Luego, aquellos ojos azul verdosos le observaron fijamente, como si esperara. —Supongo que quieres que coma algo... —reconoció. Bajando la mirada hacia el cajón, Aris encontró una variedad de frutas tropicales comunes, como aquellas que solo podían comprar aquellos humanos que poseían mucho dinero. Algunas eran fáciles de ingerir, otras necesitaban lavarse o pelar. Lo mismo sucedía con las verduras. —No sé si pueda ingerir esto... —murmuró admirando sus opciones—. ¿Sería mucho pedir cocinar un caldo? —preguntó observándolo—. No estoy pidiendo que lo cocines tú; con todo lo que me has ayudado, sería mucho pedirte algo más... —aclaró—. Pero... si me ayudas un poquito, tal vez podría cocinarlo. No hay mucha ciencia realmente, solo se necesita agua, verduras y tal vez algo de condimentos. Ambos se observaron un largo momento en silencio; rindiéndose, Aris bajó la mirada hacia el cajón y tomó un plátano. Quitándole la cáscara, mordió un pequeño bocado e, inesperadamente, le resultó mucho más fácil de lo que esperó. Aun así, a pesar de su apetito abriéndose, solo pudo darle unos pequeños mordiscos más antes de que su estómago se cerrara. —Gracias, pero no creo que pueda comer más por hoy —pronunció, bajando la fruta. No muy satisfecho con que se detuviera, Cassy tomó otro plátano y se lo comió, como queriendo decirle que tenía que terminarlo todo. —No puedo, si sigo, es probable que vomite lo poco que he comido —explicó. Sus palabras parecieron no ser comprensibles para la bestia, porque este volvió a comer otra fruta, para seguido observarle en silencio. Tomando su ejemplo, Aris fingió comer otra fruta y luego fingió vomitar, arrojándola. Negando, tocó su vientre e hizo una "x" con sus manos. —No puedo. Vomitar —insistió. Este emitió un resoplido como si no estuviera muy feliz, pero no siguió insistiendo. Por el contrario, retiró el cajón y se alejó por la habitación. Intentando seguirlo, Aris se quejó bajito ante la punzada de dolor que le provocó dicho movimiento. Dirigiendo la mirada hacia su brazo, contempló con sorpresa la nueva herida. Justo allí, donde dos círculos pequeños y perfectos resaltaban ante su tono rojo, pequeñas pintas de un tono rosado más oscuro la bordeaban, como si otra cosa le hubiera mordido además de la serpiente. Apareciendo a su lado, Cassy tomó su brazo con cuidado. Hubo un claro contraste entre su gran mano con peligrosas garras, y el antebrazo de Aris, que parecía una delgada ramita lastimada. Aun así, el joven humano no sintió miedo, y solo contempló en silencio como este vertía una sustancia verde espesa, y con un olor un tanto desagradable que le hizo arrugar completamente su nariz. —¿Qué es eso? ¿Por qué huele tan mal? —preguntó con un tono un tanto quisquilloso, y a pesar del desagradable aspecto y aroma, no hizo intento alguno de quitársela. Gruñendo, la bestia semi humana tomó una tira de tela limpia y cubrió sus heridas. Al terminar, empujó suavemente a Aris hasta que este estuvo recostado en la cama otra vez y le gruñó. —¿Grr... qué? —preguntó, sin entender. Cassy volvió a gruñir y esta vez se recostó a su lado. Girando su cabeza, Aris lo observó unos largos minutos, en los cuales el cansancio tomó su lugar en su cuerpo y comenzó a arrastrarlo al país de los sueños, aun si ese no era su deseo. Tenía muchas preguntas por hacer; la curiosidad le carcomía por dentro, sin entender qué es lo que había cambiado para que le comprendiera mejor. Y, aun así, con tantos días enfermo y luchando contra la fiebre producto de un veneno, solo cayó dormido junto a la bestia. Pero esta vez, no sintió dolor, solo una paz dulce por la cual se dejó arrastrar.
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