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(LAS CHICAS KAPPA 1) ENAMORADA DEL DEALER

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Blurb

Luego de años de relación, Abby Lines decide terminar con su novio Kendrick, ¿la razón? Siente que la costumbre ha sustituido a la pasión. Por desgracia para ella, Kendrick no lo toma demasiado bien, y totalmente convencido de que ella aún lo ama, y de que pueden recuperar lo que tenían, comienza a perseguirla y hostigarla. Cansada, Abby decide fingir una relación con un chico guapo y peligroso que grita pasión por todos lados, quien no sólo logra espantar a su molesto ex novio, sino que también parece capaz de ofrecerle todo lo que ella siempre quiso: Aventura, adrenalina y sexo... buen sexo.

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CAPÍTULO UNO
Con la fuerza y la pasión que siempre lo ha caracterizado, Kendrick entra en mí de una sola estocada, enterrándose hasta el fondo y arrancándome un quejido involuntario al que él responde con uno igual de fuerte que el mío. Si dijera que mi cuerpo no siente nada cuando tiene al suyo tan cerca, estaría mintiendo...aunque no del todo. A un nivel físico más bien superficial, el sexo entre nosotros sigue siendo bueno. Tal vez porque llevamos más de tres años de relación, Kendrick conoce mi cuerpo tan bien como yo, por lo que sabe dónde y cómo tocarme, qué lugares estimular y dónde depositar sus besos...¿el único problema? Que él mismo parece haberlo olvidado. Mientras entra y sale de mi cuerpo con un ritmo más bien predeterminado, no puedo evitar que mi mente empiece a divagar, dividida entre el mínimo placer que siento ahora mismo, y lo que he estado pensando en estos últimos días. La verdad es que llevo pensando en esto desde hace ya mucho tiempo, bastante, solo que fue hace poco que me permití a mí misma elucubrar sobre ello de forma consciente, aceptar de forma cruda y sincera que estoy pensando seriamente terminar con mi novio. —¿Te gusta, cariño?—me pregunta Kendrick, aferrándose al espaldar de la cama para tener más estabilidad a la hora de impulsarse—. ¿Te gusta? —Oh sí, claro que me gusta. —Lo sé nena, sé que te gusta. Sé que te encanta. El que tenga la sensibilidad y la empatía de una roca fosilisada, y que no haya sido capaz de darse cuenta de mi falta de emoción, de mi aburrimiento al responder a su pregunta cargada de excitación y calentura, no hace sino confirmarme que hago bien en plantearme lo que me estoy planteando, y que no debo, bajo ningún concepto, sentirme culpable. No puedo culparme por estar considerando seriamente dejar a alguien que, si bien es cierto tiene todavía un espacio en mi vida, ha dejado de preocuparse por mi placer y disfrute. Sí, acaba de preguntarme si me gusta, pero solo lo ha hecho como un mero intercambio, solo buscando que yo le diga que sí para aumentar su lívido, su hombría, y no porque realmente le interese si estoy o no disfrutando del sexo entre nosotros. La verdad no sé por qué, pero me siento en la urgente necesidad de aclarar que no siempre fue así. Tal vez se deba a que, si lo pienso mejor, termino por darme cuenta de que me avergüenza salir todavía con un tipo que se ha convertido en un patán integral, por lo que busco justificar mi elección dejando muy en claro que ese mismo idiota que solo se coge a sí mismo, en algún punto de nuestra historia fue, por muy sorprendente que pueda parecer, un partidazo, un caballero y un hombre en todo el amplio y basto sentido de toda la palabra. Nos conocimos casi terminando el penúltimo año de secundaria, aunque yo ya sabía de su existencia desde hacía ya bastante tiempo. Cuando llegó a la ciudad, Kendrick fue la sensación. Un chico guapo, nuevo y desconocido irremediablemente se convirtió en el objeto de todos los deseos, al menos para las chicas solteras, e incluso para una que otra que ya tenían su pareja. Divertido, amable y educado, sin demasiado esfuerzo pronto se ganó un lugar en el círculo de chicos populares, quienes lo aceptaron como uno más de los suyos, aumentando aún más la popularidad que este ya gozaba. Durante mucho tiempo me contenté con mirarlo solo de lejos, ansiando que me notara pero sin atreverme a acercarme o mucho menos a hablarle. Eso, claro, hasta que por cosas del destino nos topamos en una fiesta, hablamos...y surgió entre nosotros una química impresionante. Si bien no comenzamos a salir de inmediato, pronto quedó más que claro que terminaríamos de esa forma; todos a nuestro alrededor podían verlo, menos nosotros. Nos empeñamos en ver al otro como solo un amigo por mucho tiempo, hasta que Kendrick tomó la iniciativa y se me declaró de la forma más caballerosa, romántica y linda posible. Nuestra relación fue escalando rápidamente, y cuando por fin dimos el paso y decidimos tener sexo...fue increíble. Yo ya había tenido una que otra experiencia casual...pero nada como eso. Nos entendíamos super bien, y no solo en la cama, sino en cada aspecto de la vida cotidiana también. Al salir de la secundaria aplicamos para la misma universidad, y cuando ambos entramos, nos sentimos felices y realizados...o al menos hasta que Kendrick comenzó a cambiar, la pasión se apagó y, básicamente, llegamos a dónde estamos ahora mismo. —Cambiemos de posición—me dice, saliendo de mi y acostándose boca arriba—. Ven, quiero ver cómo me cabalgas, nena. Como siempre, ni siquiera me da la oportunidad de elegir en qué posición quiero seguir. Un poco cansada ya con esto, y solo queriendo que termine de una buena vez, le hago caso. Me siento a horcajadas sobre su m*****o, y aunque siento un poco de esperanza cuando veo que extiende las manos hacia mis senos, ésta termina muriendo cuando noto que solo los toquetea un poco antes de mudarlas a mis caderas para marcar el ritmo de mis movimientos, porque sí, el idiota que me está penetrando ahora mismo ni siquiera tiene la decencia de dejarme decidir a mí a qué velocidad me quiero mover cuando estoy encima. —Vamos, nena, muevete mas—me dice, apretando con fuerza ahí donde sus manos se han posado—. Muevete con fuerza. Haz que me corra. —Kendrick yo...yo quiero hablar contigo. Aunque no podría haber un momento más inoportuno que este para hablar de nuestros problemas, de pronto nace en mi cabeza la maravillosa idea de sacar a colación el tema justo aquí, y justo ahora. No tengo ni idea de cómo empezar, o de qué decirle, pero él me demuestra una vez más lo imbécil que se ha vuelto cuando me interrumpe: —Amor, ahora mismo no quiero hablar, no seas pesada. Cuando estoy dentro de ti, así como estamos ahora mismo, lo único que quiero es ver cómo te mueves sobre mí. Vamos, compláceme. Sí, sí, sé que ahora mismo, después de semejante burrada que acaba de salir de su boca, lo que yo debería hacer es, como mínimo, darle una bofetada y lanzarle toda sus verdades en la cara, para después cortarle de la forma más tajante posible y luego marcharme de aquí con algo de mi dignidad intacta, ¿por qué no lo hago así? Ni siquiera yo misma lo sé con certeza, aunque supongo que la costumbre que me hace sentir unida a él tiene un poco que ver en eso. ¿Por qué hago lo que me dice y me esfuerzo por poner en práctica algo que solo le producirá placer a él? Porque a veces soy bastante más estúpida de lo que debería. —Oh, sí nena, sí...así, muévelo así. Ya casi...ya casi estoy. Ansiosa por terminar cuánto antes con esta maldita tortura, comienzo a moverme sobre él de una forma más frenética, casi salvaje, con la esperanza de agilizar el proceso, hacer que se corra por fin y obtener mi tan ansiada libertad. Sin sospechar ni medio de lo que tramo, Kendrick me toma con más fuerza todavía y al poco rato empieza a moverse también, acompasando sus embestidas de cadera con mis movimientos en círculos. La cosa va escalando más y más, hasta que, llegado el momento, siento con espeluznante claridad cómo se corre a chorros dentro de mí. —¡Oh, sí! ¡Mierda, sí! ¡Maldita sea! Siempre me ha parecido demasiado desagradable esa costumbre de Kendrick de soltar mil groserías cada vez que se corre, y aunque se lo he dicho, aunque le he pedido encarecidamente que trate de no hacerlo, nunca me ha hecho caso. Vaya sorpresa. Lo importante ahora es que, luego de poner los ojos en blanco, dejarse llevar por sus espasmos involuntarios y decir mil y un obscenidades más, Kendrick termina de correrse y me deja a mí el camino libre para escapar de mi tortura. Ansiosa, me bajo de él, y mientras contemplo cómo se quita el condón y lo tira a la papelera luego de hacerle un nudo, hago un nuevo intento de poner en palabras la idea que me ha estado rondando la cabeza. —¿Kendrick?—nunca he podido ser de esas que sueltan de golpe lo que tienen en la mente, por lo que siempre encuentro la forma de aplanar y preparar primero el terreno. —¿Sí?—me pregunta él, concentrado, como siempre después del sexo, en su celular. —Necesito que hablemos de algo. Un tema...un tema realmente importante. —Claro amor, lo que tú digas... Asombrada con su receptividad, estoy a punto de empezar a soltarle la sopa completa cuando, de golpe, veo que se levanta de la cama, pone su teléfono en la mesilla de noche y se encamina hacia el cuarto de baño. —Pero primero dame un chance para que pueda darme una ducha rápida, ¿sí? Y aunque lo pregunta, se mete en el baño antes siquiera de que yo tenga tiempo a responderle. Me ha dejado con la palabra en la boca de la forma más cruda e insensible que jamás se ha inventado, y aunque ésta no es, ni de lejos, la primera vez que algo como esto sucede, al tener pendiente un tema tan importante como el que tenemos me molesto. Me molesto de verdad, verdad. Puede que me haya dejado pasar un poco el tiempo, pero ésta si es la gota que colma el vaso. Dispuesta a marcharme sin decirle una sola palabra, me levanto de la cama, me visto y comienzo a recoger todas mis cosas. Mientras lo hago, se me ocurre que también puedo aplicarle la ley del hielo durante un par de días, nada más que para torturarlo, antes de terminarlo de frente y decirle todo lo que me he estado callando durante este tiempo. Mientras termino de recoger mi desorden, se me ocurre que no es muy buena idea salir del dormitorio a esta hora, pues los guardianes del campus podrían pillarme y hacer un tremendo alboroto, pero lo cierto es que ahora mismo estoy tan molesta, que incluso algo tan terrible como eso me parece poca cosa. Por desgracia para mí, tardo mucho más tiempo del previsto en alistarme, por lo que doy pie a que Kendrick salga del baño con el pelo húmedo, la toalla alrededor de la cintura, y me vea ahí, justo en medio de la que debía de ser mi huida silenciosa y magistral, pero que ahora que me ha visto, claro, ha quedado irremediablemente arruinada. —Amor, ¿qué pasa?—me pregunta, mirándome con recelo mientras cruza el dormitorio y se acerca a la mesa de noche donde ha dejado tirado antes su celular—. ¿Qué haces? —Recogiendo mis cosas, Kendrick—le respondo, asegurándome de que note la dureza en mi voz—. Y antes de que lo preguntes, las estoy recogiendo porque me largo. Me voy de aquí ahora mismo. —¿Irte? ¿Cómo así que te vas? —Pues así como lo escuchas: me voy. Yo...yo intenté de todo corazón hacer que esto funcionara, intenté hablarlo y arreglarlo de mil y un formas, pero tú no cooperaste, y yo sinceramente ya estoy cansada. Estoy más que harta, de hecho. Sé que hace poco dije que no soy de las que lo suelta todo de golpe, y es por eso mismo que estoy sorprendida. Kendrick, claro, está más que anonadado. Con cara de espanto y terriblemente pálido, se acerca hasta mí, y dudoso extiende su mano como queriendo tocar la mía, pero yo me aparto antes de que pueda hacerlo. —Cariño, yo... Pero lo interrumpo de golpe: —Quiero que terminemos, Kendrick.

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