Si la situación ahora mismo no fuera tan terriblemente tensa, juro que pensaría que la cara que pone Kendrick al escuchar mis palabras es de lo más gracioso de la vida. Los ojos abiertos como platos, la boca congelada en una mueca estúpida, y las cejas arqueadas hasta el punto en que casi tocan la raíz de su cabello. De hecho, creo que si lo pienso mejor su cara no resulta graciosa sino... vergonzosa. Da un poco de pena verlo tan desencajado, tan sorprendido, pero en cuanto recuerdo todo lo que me ha hecho sentir a mí en la última hora, y peor aún, durante los últimos meses, se me pasa la compasión de un solo golpe.
Probablemente, para este punto en el que estamos ahora mismo yo debería decir algo más, agregar algún detalle o simplemente marcharme para hacer que todo esto de la ruptura sea aún más contundente e irreversible. Sin embargo, no alcanzo a entender qué es eso que me falta por probar, así que me quedo, muda y estática, enfrente de Kendrick, quien después de mirarme con terror durante lo que bien podrían ser horas enteras, traga duro antes de recuperar su voz y preguntar:
—¿Terminar? Como...¿te refieres a darnos un tiempo para pensar las cosas y así?
—No, Kendrick, no me refiero a darnos un tiempo—contesto, asegurándome de repetir y hablar con claridad para que no quede estorbando ningún tipo de mal entendido—. Cuando hablo de terminar, me refiero a terminar enserio, de verdad. De forma definitiva y sin derecho a réplica.
De todos los caminos que habría podido elegir luego de mi respuesta, Kendrick decide creer que, pese a lo seria y segura que me estoy mostrando ahora mismo, todo esto no es sino una broma de mal gusto que me ha salido vaya a saber Dios de dónde.
—Estás bromeando, ¿no es cierto?—me pregunta, con la voz un poco rota y los ojos brillantes por las lágrimas que se acercan—. No puedes...no puedes terminar conmigo, Abby.
A ver, tampoco es que yo me haya convertido en una perra sin corazón de un momento a otro. Por supuesto que me duele un poco el ver tan afectado al chico con el que compartí tantos años de mi vida, pero tampoco puedo negar que todo lo que ha pasado entre nosotros es ya demasiado fuerte como para ignorarlo. Con cada segundo que pasa, con cada palabra que intercambiamos, no hago sino darme cuenta de que, gracias a su descuido y su egoísmo, ya no lo quiero. Al menos no de la forma en la que lo hacía antes.
—No Kendrick, no estoy bromeando—le respondo—. Y claro que puedo terminar contigo. De hecho, eso es lo que acabo de hacer.
Ansiosa por salir de este lugar cuánto antes, me dirijo hacia la puerta con todas las cosas que recogí entre las manos. Sin embargo, antes de que pueda siquiera llegar a tocar el picaporte, Kendrick se atraviesa en mi camino, y con los brazos extendidos hacia ambos lados, me cierra el camino.
—Kendrick, hazte a un lado, por favor—le pido.
—No puedes terminar conmigo—repite él, ignorando de forma descarada mi petición—. Somos...llevamos años juntos. No se puede acabar, no así como así.
—Sí, llevamos años juntos, pero eso debiste pensarlo antes de descuidar nuestra relación.
—¿De qué hablas?—me lanza la pregunta a la cara con tanta ligereza, con tanta inocencia fingida, que de inmediato siento cómo una rabia poderosa y efervescente me llena de pies a cabeza en cuestión de segundos—. Yo no...yo no descuidé nuestra relación.
Harta de su cinismo, y harta de él en general, le grito:
—¡Claro que lo hiciste! ¡Nos descuidaste a ambos, y el que no te des cuenta lo hace todavía peor, Kendrick!
—¡Eso no es cierto!—replica él, dándole por fin rienda suelta a sus lágrimas, plateadas y brillantes—¡¿Cómo puedes decir eso cuando hace tan solo unos pocos segundos acabamos de hacer el amor?!
¿Han abierto alguna vez una botella de champán? ¿Saben ese momento en que la presión es liberada y el corcho sale volando por los aires, haciendo que la espuma y gran parte del contenido de la botella se derrame a borbotones? Pues bien, algo así sucede en mí cuando el comentario de Kendrick cala por completo en mi interior. Siento que exploto de la peor forma, y como una botella de champán recién abierta, empiezo a derramar sin pausa y sin remedio todo lo que llevo dentro.
—¡No acabamos de hacer el amor, Kendrick! ¡Tenemos meses enteros en los que no hacemos el amor! Diría que solo cogimos, pero es que ni eso se le acerca, ¿y sabes por qué? ¿Realmente quieres saber por qué? Porque odio en lo que nosotros, en lo que nuestra relación se ha convertido. Te has vuelto egoísta, mezquino, descuidado y demasiado narcisista como para siquiera darte cuenta de lo que haces mal.
Señalo la cama, todavía sin tender, y luego prosigo:
—¿Lo que acabamos de hacer ahí? Es exactamente lo que hemos venido haciendo durante todos estos meses: nada. Una puta mierda es lo que hemos hecho. O bueno, no,no, para ti tal vez no, porque de un momento a otro solo te has convertido en un p**o andante, al que solo le interesa su propio placer. Quieres que me mueva como te gusta, que haga lo que te gusta y que diga las palabras sucias que te excitan, ¿y dónde quedo yo? ¿Donde queda mi placer y disfrute? Apuesto que ni siquiera te lo habías preguntado hasta ahora, porque claro, estabas tan concentrado en tu propio mundo machista y egoísta, que ni siquiera se te pasó por la cabeza que yo podía no estar disfrutando del sexo contigo.
Creo que ni siquiera yo, con la creatividad para las palabras que de pronto ha surgido en mí, sería capaz de describir el nivel de tensión que se respira en el aire luego de semejante discurso tan aplastante. Seguro que, visto desde afuera y sin saber el contexto completo, casi parecería yo la villana de la historia, la malvada y la insensible, pero lo bueno de tener el dormitorio para nosotros solos, es que no me tengo que preocupar por la presencia de sus compañeros de habitación, quienes seguramente correrían, llamados por el escándalo, a ponerse de parte de él. Puede que, por los gritos, algunos de los dormitorios vecinos me hayan escuchado, pero ahora mismo eso es lo que menos me importa de todo este asunto.
—Ahora, ¿podrías quitarte de en medio y dejarme salir? Es tarde, y tengo que irme ahora mismo.
Uno pensaría que, luego de semejante revelación tirada a la cara así como así, lo único que le quedaría a Kendrick por hacer sería apartarse y dejar que me vaya por fin. Sería lo más sensato, claro, pero como ya para este momento no queda nada sentado en él, hace todo lo contrario, y en lugar de dejarme salir, se queda obstruyéndome la salida.
—¿Por qué no me lo dijiste?—me pregunta, todavía sin molestarse en limpiar las lágrimas que no han parado de correr libremente por sus mejillas.
—¿Cómo dices?
—¿Por qué no me contaste antes cómo te sentías? ¿Por qué no hablaste conmigo?
La verdad, ahora mismo lo que me apetece es darle otra buena zarandeada verbal para ver si así logro hacer que me deje ir de una buena vez y para siempre. Sin embargo, como último (y totalmente inmerecido) acto de cariño hacia él, me armo de paciencia y decido hablar un poco más, de forma más calmada, a ver si así logramos cortar por lo sano y de forma pacífica.
—Kendrick, no se supone que yo tendría que decirte ese tipo de cosas. Antes, cuando todo estaba bien, tu sabías leerme muy bien, me conocías y así mismo sabías qué me gustaba y qué no, o qué me molestaba y qué no.
—Pero...
—Y sin embargo, yo traté de ayudarte. De ayudarnos—lo interrumpo—. Te lancé las indirectas más directas del mundo, y tú nunca las viste. Te di señales, traté de hablar contigo, pero siempre había algo más que hacer, alguien más con quién hablar o algún otro lugar al que ir. Últimamente le dabas más prioridad a cualquier cosa que a nuestra relación...y ya ves cómo resultó eso.
Ni siquiera yo misma me he dado cuenta de en qué momento he empezado a llorar, pero lo cierto es que lo estoy haciendo, y en cuanto me doy plena cuenta de ello, mi corazón se derrite de golpe y deja salir de una vez todos los sentimientos que, a fuerza, había estado reteniendo para ser fuerte y terminar con esto de una buena vez. Y me duele, por supuesto que me duele, porque en algún momento llegué a pensar que Kendrick era el amor de mi vida, y aunque en mi interior aún queda un poco de ese cariño, ya no puedo seguir con esto. Nuestra relación se ha vuelto demasiado insostenible, y tratar de seguir con ella a la fuerza solo porque sí, solo serviría para hacernos más daño a ambos.
—Abby yo...yo no sé qué decir.
—Ya no hace falta que digas nada—le respondo—. El momento en que tenías que haber dicho algo, en el que habría sido util que dijeras algo, ya pasó. De nada sirve lamentarse.
Él sigue llorando sin parar, y como de pronto necesito demostrarle que soy fuerte y que no me ha afectado esta ruptura (aunque claro que me ha afectado, y bastante), me limpio las lágrimas casi con rabia y pongo mi mejor cara de poker. Por alguna extraña razón él interpreta eso como una invitación, como una especie de esperanza, y se lanza hacia mí intentando atraparme en un abrazo. Yo me aparto, claro, y además aprovecho la oportunidad para hacerlo a un lado, abrir la puerta y salir literalmente corriendo del dormitorio con todas mis cosas.
—¡Abby, no te vayas, por favor! ¡Abby, regresa, necesitamos hablar, aún podemos arreglarlo!
Por suerte para mí, Kendrick está en paños menores y no puede seguirme, pero eso no evita que se ponga a gritar como loco cuando ve que me escapo de su lado y corro, desesperada, pasillo abajo. A medida que voy corriendo, las puertas de algunos dormitorios se abren, y, alertados por el griterío, uno que otro chico se asoma a ver qué es lo que pasa. Sí que me da un poco de vergüenza que me vean en éstas movidas a las dos y media de la mañana, pero ahora mismo eso es lo que menos me importa, pues lo único que tengo en mente es salir de este lugar antes de que los patrulleros me pillen, regresar al ala de las chicas y de ahí al dormitorio Kappa, dónde mis amigas seguro que podrán hacer algo para ayudarme con semejante rollo.
Voy tan concentrada en asegurarme de que Kendrick no ha decidido perseguirme después de todo, que me distraigo y choco contra alguien. Casi caigo al suelo del impacto, pero cuando me estabilizo y miro mejor, termino por darme cuenta que se trata de Mike, un chico al que no he tratado nunca, pero que siempre veo por el campus de la universidad.
—Hola Mike—lo saludo—. Disculpa, es que estaba distraída.
El chico frente a mi, sin embargo, no contesta ni hace nada más que quedarse mirando al vacío. Creo que ni siquiera me reconoce, y se me hace tan rara y espeluznante su expresión, que me aparto de él y sigo corriendo.