CAPÍTULO TRES

2000 Words
La imagen y la vibra tan extraña de Mike hace un momento, me acompaña durante todo el camino de vuelta al edificio de los dormitorios femeninos. Nunca he sido especialmente temerosa de la noche o de los escenarios desolados, pero por alguna extraña razón su imagen se me hace tan perturbadora que empiezo a sentir miedo de verdad, porque de golpe se ha quedado conmigo la sensación de que me observan muy de cerca. O aún peor, de que me siguen para hacerme daño. Desesperada por llegar cuánto antes al dormitorio y poder sentirme a salvo, aprieto el paso lo más que puedo, y en el último tramo incluso me atrevo a correr para así llegar un poco más rápido. Cuando llego por fin ante la puerta del dormitorio Kappa, me tomo un momento para recuperar el aliento que he perdido en esta pequeña carrera de hace un momento. Doblada sobre mí misma, estoy esforzándome en respirar cuando, desde dentro, comienzan a llegarme todo tipo de ruidos como música, conversaciones o incluso ese característico crujir de alguna bolsa de papitas fritas. Intrigada, me enderezo y toco la puerta. Al instante, todo allá dentro cesa con asombrosa rapidez, y como nadie contesta ni se digna a abrir, doy tres golpes más fuertes que el anterior. —¿Hola?—pregunta, desde el interior, la voz de Beck Mitchell, una de mis compañeras de habitación—. ¿Quien llama? ¿Qué desea? Siempre me ha parecido graciosa esa forma tan peculiar que tiene Beck de hablar, porque sin ir muy lejos suena como esas niñas fresas, esas mean girls, que tanto salen en las películas de adolescentes. Sin embargo, ahora mismo no estoy de humor, así que sigo tocando con más y más fuerza hasta que la voz de Beck es sustituida por la de Caroline, quien al contrario habla como toda una chica ruda y temeraria. —¡¿Quien coño está tocando a esta hora?! Si no dice quién es y qué quiere con nosotras, vamos a llamar a la seguridad del campus. Ahora mismo no estoy muy segura de poder hablar con normalidad, pero también me doy cuenta de que es bastante extraño que alguien llegue a tocar a un dormitorio a estas horas de la madrugada, por lo que el susto y recelo de las chicas es más que justificado. Tras armarme de valor, respiro profundo, me aclaro la garganta y respondo: —Soy yo, Abby. No pasa ni medio segundo para que la puerta se abra de golpe hacia dentro, regalándome una primera plana de mis amigas vestidas con pijamas y con cara de no saber qué está pasando. Beck, con su cabello rubio y largo a lo Barbie recogido en una trenza, Caroline con su cabello oscuro y corto al estilo Pixie, y sus cientos de piercings y tatuajes. Detrás de ellas dos, la última en asomarse es Danielle, una morena hermosa con cabello rizado a lo Mérida, que ahora mismo está oculto bajo esa media protectora que siempre se pone para dormir. Todas ellas son muy diferentes, pero ahora mismo tienen una cosa en común que las une: la cara de sorpresa que ponen al verme aquí plantada, en medio de la madrugada cuando se supone que iba a pasar, como tantas otras veces, la noche en el dormitorio de mi novio. —¿Abby?—de todas, la primera en recuperarse de la sorpresa y hablar es Beck—. Querida, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Qué pasó? Inmediatamente después de eso, las demás se activan de golpe. —¿No se supone que ibas a quedarte con Kendrick?—pregunta Caroline. —¡No me digas que se pusieron a discutir...!—exclama Danielle a lo último. Todas permanecen atentas a mi respuesta, y aunque en un principio mi intención es contarles de la forma más normal lo que en realidad ha pasado con Kendrick, tal parece que ahora mismo soy incapaz hasta de eso. Apenas abro la boca, las lágrimas que todavía no habían logrado salir de mi encuentran su camino, por lo que empiezo a llorar de la forma más desconsolada y puede que hasta vergonzosa del mundo. —Ay mi vida...—suspira Beck, antes de atraerme hacia ella para envolverme en un fuerte abrazo que, de cierta forma, logra estremecerme aún más. No sé en qué momento pasa, pero cuando alcanzo a darme cuenta, ya me han hecho pasar, y ya no estoy más parada en el umbral de la puerta de entrada, sino sentada en mi cama de siempre, con un brazo de Beck entorno a mis hombros, y los rostros apenados y hasta un tanto llorosos de Caroline y Danielle enfrente de mí. Yo sigo llorando por un poco más de tiempo, aprovechando que ya he comenzado para desahogarme como es. Cuando me empieza a doler la cabeza, hago un esfuerzo y paro. —¿Quieres hablar de lo que pasó?—me pregunta Danielle, como siempre, con todo el tacto y la sensibilidad del mundo entero—. Porque no tienes que hablar de nada de eso si es que no quieres, ¿cierto chicas? —Claro, claro—asiente Beck, sin dejar de consolarme. Cuando noto que el silencio de pronto se ha hecho quizá más largo de lo normal, me fijo mejor y termino por darme cuenta de que ellas dos están mirando de forma bastante directa a Caroline. Cuando ésta se percata también de ello, aunque un poco tarde, reacciona. —¡Ah! Sí, sí, claro—dice, y luego, cuando uno creería que no va a decir nada más, agrega—: Aunque...bueno, si decidieras contarnos lo que pasó, tampoco estaría tan mal. Al instante, las otras dos se lanzan a su yugular: —¡Caroline, por Dios!—exclama Beck —Ten un poco de tacto, idiota—le reclama Danielle. —¿Qué? Es la verdad—se defiende ella, alzando ambas manos en una señal de rendición—. ¿O me van a decir que a ustedes no se les hace raro que se haya presentado aquí a éstas horas? Antes de que las demás tengan oportunidad de despedazarla por esa costumbre suya de hablar y no pensar antes lo que dirá, decido que después de todo no tengo razón para ocultarles la verdad a ellas, porque no solo son mis compañeras de habitación, sino mis amigas, quienes siempre me han apoyado y me han dado su confianza total. —Lo que pasa es que yo...yo terminé con Kendrick hoy. Las tres voltean a verme al mismo tiempo, en un despliegue de coordinación tan asombroso que casi me distrae de todo lo que está pasando dentro de mí ahora mismo. Incluso Beck, de la sorpresa, deja caer su brazo de mis hombros. —Vaya, Abby, eso es...es terrible—la primera de las tres en hablar es, para sorpresa de nadie, Caroline—. Yo...yo no tenía ni idea de que fuera algo tan serio. Lo siento mucho amiga. —¿Estás segura de que no es, no lo sé, algo pasajero?—pregunta Danielle, asegurándose de pronunciar cada palabra con mucho cuidado y respeto, algo característico de ella—. Quiero decir, que hay algunas parejas que...ya sabes, pelean y parecen que terminan, pero en realidad solo les basta con hablar para arreglar las cosas. —¡Exacto, sí!—exclama Caroline, señalando a Danielle para aprobar lo que acaba de decir—. Estoy segura de que cuando ese imbécil se dé cuenta de lo que ha hecho, vendrá a ti de rodillas rogándote que regreses, o sea...¡Mírate! Estás hecha toda una muñeca. Como me doy cuenta de que se están desviando del tema, mal interpretando lo que acabo de decir, hago un pequeño esfuerzo extra y les aclaro: —No ha sido Kendrick quien me terminó. Fui yo quien lo hizo, y por eso mismo sé que es definitivo. Esta vez si puedo decir que las he dejado a todas mudas, porque solo alcanzan a mirarse entre ellas antes de quedarse con idénticas muecas de sorpresa plantadas en el rostro. Y como no es necesario que digan nada, decido que puedo aprovechar la oportunidad para contarles todo el contexto completo y así exorcizar ese mal que ahora mismo me pesa y me duele tanto en el pecho. Comienzo contándoles toda la historia al completo, desde lo maravilloso que era Kendrick al principio de nuestra relación (aunque ellas ya lo saben, por supuesto), hasta lo imbécil que se ha vuelto últimamente. Les hablo de sus descuido, de lo egoísta que se ha vuelto y de lo terrible que se ha vuelto el sexo entre los dos. Al final, y solo para no aburrirlas más de lo que ya deben estar a este punto de la conversación, les hago un resumen más bien escueto de lo que nos pasó hoy, de la gota que colmó el vaso y me hizo por fin cantarle todas sus verdades a la cara antes de dejarlo para siempre. —Abby, cariño, no sabía que... —¡Pues bien por ti, amiga! ¡Muy bien hecho!—exclama Caroline de pronto, interrumpiendo a Beck—. Si ese imbécil se estaba comportando de esa forma tan mezquina, pues mejor que lo hayas sacado de tu vida para siempre. Y si lo piensas bien, ahora que estás libre tienes la oportunidad de buscarte uno mejor, ¿no es cierto? —¡Caroline, cállate ya!—le grita Danielle, lanzándole, al mismo tiempo, dagas con los ojos—. ¿Es que no puedes tener un poco de recato por una vez en tu vida? —Bueno...si lo pensamos bien, creo que podría Caroline podría tener algo de razón. Todas, yo incluida, volteamos a ver a Beck en el mismo instante, pues de todas nosotras, ella es la que menos suele estar de acuerdo con las locuras de Caroline, mucho menos una como la que acaba de soltar ahora mismo. Cuando se da cuenta que todos las estamos mirando, se encoge de hombros y luego explica: —Bueno, es que en realidad no me parece una idea tan descabellada. Quiero decir, no es que vaya a buscar novio nuevo ahorita mismo, pero bien podría, con el tiempo, estar abierta a conocer a alguien más que sí valga la pena, ¿no creen? —La verdad es que ahora mismo no tengo cabeza para pensar en eso, y creo que pasará mucho tiempo antes de que la tenga—les digo, y como ya ha sido demasiada tensión y demasiado llanto para una misma noche, me fijo en el reguero que tienen en la habitación, y decido centrarme en eso para cambiar de tema—. Más bien díganme, ¿qué estaban haciendo cuando llegué? Extrañamente, ante mi pregunta a las tres se les graba en el rostro una sonrisa de lo más pícara, algo que no me da muy buena espina. —¿Qué pasa?—les pregunto—. ¿Por qué se ríen así? De todas, la primera en hablar es Danielle: —Es que...bueno, ¿recuerdas lo que dijimos cuando descubrimos que Caroline iba a peleas de boxeo clandestinas y apostaba? —Sí, claro—les respondo—. Le dijimos que era una locura, y que estaba muy mal hacer eso. —Pues...lo que pasa es que anoche nos convenció de ir a una y apostar todas por un mismo peleador—dice Beck, con lo que a mí se me queda la cara cuadrada de la sorpresa—. ¡Y ganamos Abby, ganamos! —¿Cuánto ganaron? De nuevo, todas sonrien de esa forma pícara que grita peligro por todos lados. Se quedan calladas durante un momento, se miran unas a otras, y luego exclaman: —¡Ganamos dos millones! Formando un griterío y un alboroto tremendamente alegre, todas se lanzan encima de mí y me abrazan, haciéndome reír y olvidar todo lo malo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD