CAPÍTULO DIEZ

2000 Words
Si tuviera que describir más a detalle este momento, diría que, de alguna forma, estoy como poseída por una fuerza extraña venida de sabrá Dios dónde, una fuerza que parece haber borrado de un solo zarpazo todos mis miedos, dejándome como una chica valiente capaz de enfrentarse a todo y a todos sin ningún tipo de remilgo o reticencia. Algo así como una Katniss, o una Tris, más o menos. Lo cierto es que vernos solas, a Caroline y a mí, en semejante situación, me ha hecho ver que, o hacemos algo para salir de aquí, o simplemente no podremos contarla. Así de fácil. Mientras Caroline sigue escondida debajo de la mesa, y el Dealer desmayado por el tremendo golpe que se ha dado, me acerco a la ventana con el agujero en el cristal y apenas doy un vistazo al exterior, solo uno muy pequeño y corto, solo para poder ver quienes está allá afuera, en qué posición y cómo puedo atacarlos. Sé todo esto porque cierta vez mi padre, en sus extraños arranques de amor y cariño, decidió compartir conmigo viendo todas su películas bélicas favoritas; la verdad es que me aburrieron tanto que ni siquiera me acuerdo de sus nombres, de sus actores o mucho menos de qué iban. Sin embargo, algo que por alguna extraña razón sí que se me quedó grabado a fuego en la memoria, fueron estos pequeños tips para situaciones de enfrentamientos fuera de lo común. Ahora mismo, lo agradezco como nadie. Los tipos en cuestión, los cobradores, son tres. Uno alto y moreno con rastas, otro trigueño un poco más bajo pero muy fortachón, y un tercero rubio con cara de rata que extrañamente es el que me da más mala espina de los tres. Puede que sea el jefe de la pequeña pandilla, pero ahora mismo eso es lo que menos me importa. Los tres, con sus armas en ristre, miran atentamente hacia nosotros, hacia la casa, como esperando un poco antes de seguir con su tanda de disparos y amenazas dictadas a gritos. —¿Se han ido?—pregunta Caroline, al notar el extraño silencio que de pronto se ha instalado en todo el lugar—. Por favor, por lo que más quieras Abby, dime que ya se fueron. Tras hacerle una seña rápida para que hable un poco más bajo, devuelvo mi atención al frente y respondo: —No, no se han ido. Todavía siguen ahí. —¿Y por qué están tan callados?—me pregunta ella—. Digo, no es que me agrade que estén gritando y disparando, pero se me hace raro. —Sí, la verdad a mí también—le digo, y luego, cuando veo que ya está un poco más calmada, le pido—. ¿Podrías ayudar al Dealer? A ver si se despierta y nos saca de esto. —¿Y cómo se supone que lo ayude? —No lo sé...busca un cojín o algo cómodo y ponle ahí la cabeza. También puedes revisar su herida y limpiarla un poco para que no se infecte. Aunque bien podría replicar contra lo que le he dicho de mil y un formas, por suerte Caroline decide callar y hacer todo en un silencio diligente y apresurado. Mientras tanto, yo permanezco atenta a los delincuentes apostados fuera de la casa, quienes todavía siguen, para mí entera intranquilidad, demasiado calmados. Pero tal parece que estaban esperando que yo me confiara, porque justo después de que pienso en eso, empiezan de nuevo a disparar mientras gritan: —¡Sal de una vez, que no tenemos todo el día! —¡El jefe solo quiere su dinero amigo! ¡Más nada! —¡Última advertencia antes de entrar y dejarte como un colador! Yo, claro, me agacho, y desde donde estoy miro a Caroline y veo que toda la tranquilidad de antes ha vuelto a desaparecer. Por suerte, sí alcanzó a poner en una manera más cómoda la cabeza del Dealer antes de correr a refugiarse de nuevo bajo la mesa. Desde ahí me grita: —¡Abby! ¡¿Qué hacemos?! —¡No sé!—le respondo yo, nerviosa pero todavía extrañamente muy centrada, todavía con esa valentía inusitada ardiendo en mi interior. —Si esos tipos entran y ven que solo somos dos chicas, nos van a tratar como unos trapos. Ella no lo sabe, pero son justo esas palabras las que me hacen reaccionar definitivamente. Harta de los gritos de esos hombres de allá afuera, de sus disparos y amenazas, decido tomar parte activa en todo esto para que por fin mi amiga y yo podamos salir de este micro infierno. Con mucho cuidado me vuelvo a levantar, y tras colocar la pistola en el libro exacto, comienzo a disparar a diestra y siniestra, vaciando las balas sin siquiera ver hacia dónde apunto, teniendo como única guía la ciega esperanza de poder darle al menos a uno de ellos, y con eso lograr espantarlos. Pero resulta que, para mi enorme sorpresa, termino haciendo bastante más de lo que esperaba, porque cuando la pistola se queda sin balas, me asomo apenas por la ventana y veo que los tres tipos van huyendo hacia su auto, uno cojeando, el otro sosteniéndose el brazo y el tercero saltando en una sola pierna, vaya a saber Dios si es porque le he dado en un pie. Pero no importa. Los he espantado, lo he logrado. Y aunque me siento alegre y aliviada, el terror que me invade al darme cuenta de lo que he hecho, me deja en blanco, tan chocada que apenas y puedo escuchar cuando Caroline me pregunta: —¡¿Qué pasó?! ¡¿Le diste a alguno?! Con un esfuerzo descomunal, parpadeo un par de veces, trago saliva con fuerza, y luego de aclararme la garganta, le contesto: —Le...le di a los tres. Acaban de huir, acaban de irse. Cuando Caroline comienza a chillar y a aplaudir de la emoción, veo que, en el suelo, el Dealer comienza a removerse como recuperando la consciencia.Ella se da cuenta de eso mismo poco después, y cuando corre a revisarlo, impide que él se levante. —¡No, no, tu quédate así!—le dice, poniéndole las manos en el pecho para obligarlo a acostarse de nuevo—. Nunca he recibido un balazo, pero debe ser algo bien fuerte. Con la voz medio gangosa por haber despertado recién, el Dealer le contesta: —No recibí una balazo. Solo fue un roce en el brazo, nada más. —¿Ah, sí?—responde Caroline, quien a todas luces no se lo cree—. A ver, don valiente, ¿entonces por qué te desmayaste? —Perdí el equilibrio, y supongo que fue por el golpe que me dí al caer—contesta él, y luego, al verme a mí con su pistola, se altera y exclama—: ¿Qué hace ella con la pistola? ¿Qué pasó con los cobradores? ¿Qué les hicieron? Como ahora mismo yo me encuentro físicamente incapaz de responder a ninguna pregunta, Caroline es la que se encarga de contarle a detalle todo lo que pasó, incluído, claro, el momento en el que me armé de valor y saqué corriendo a base de balazos a esos idiotas de los cobradores. El Dealer escucha atentamente el relato de mi amiga, y cuando ésta termina de ponerlo al tanto, sonríe en mi dirección y dice: —Te felicito, fuiste muy valiente—luego, como ve que no contesto ni reacciono de ninguna manera visible, se preocupa y me pregunta—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? De nuevo, es Caroline quien termina contestando una pregunta que iba dirigida hacia mí: —Parece estar en shock desde que los cobradores salieron huyendo. —Debemos llevarla de vuelta a los dormitorios para que pueda descansar y recuperarse—afirma él, terminando de levantarse pese a las protestas de Caroline: —¡Sigues estando herido! No...no puedes estar de aquí para allá. —Solo fue un roce, nada más. Con un poco de alcohol y una gasa estaré bien, no te preocupes. Mientras Caroline mira, el Dealer desaparece por la misma puerta de antes, para volver poco después con lo que parece ser un botiquín de primero auxilios. Deja todo en la mesa, y con la ayuda de mi amiga comienza a curar la herida en su hombro, que por suerte no se trata de nada grave. Desde donde estoy, mirando esto, quiero ayudar, quiero moverme, gritar o decir algo, pero la verdad no puedo. Ni siquiera he alcanzado a soltar la pistola, y justo por eso, cuando ya tiene el hombro vendado, es que el Dealer se acerca hasta mí y con toda la delicadeza del mundo, abre mis dedos y me quita la pistola. —Voy a guardar esto en un lugar seguro y secreto, ¿te parece?—me pregunta, pese a que ya está más que comprobado que, al menos por el momento, no le puedo contestar—. Y luego vamos a llevarte tu amiga y yo, de vuelta a los dormitorios, a la universidad, para que puedas descansar y reponerte de la sorpresa. Como sabe que no va a obtener ningún tipo de respuesta de mi parte, nos deja por un momento para ir a guardar el arma, y desde la habitación contigua, grita: —¡Denme un momento! ¡Me cambio y nos vamos! —¡De acuerdo, pero date prisa!—le responde Carolie—. Queremos irnos antes de que a esos tipos se les ocurra volver. Mientras espera a que el Dealer vuelva con nosotras, Caroline se acerca hasta mí y me pasa un brazo por los hombros. Me aprieta junto a su cuerpo y entonces me dice: —Estás consciente de que salvaste nuestras vidas, ¿No es cierto? Yo la miro, y con una gran dificultad, logro asentir mecánicamente para decirle que sí. —Bueno, bien por ti—me dice, y luego, con una sonrisa, agrega—. Y es por eso mismo que tenemos que contarles a las demás tu tremenda hazaña del día de hoy. Discúlpame, pero yo debo presumir la valentía de mi amiga. Extrañamente, esa posibilidad es la que me hace reaccionar de golpe, y tras agarrar a Caroline del brazo y apretarla con fuerza, le digo: —¡No, ni se te ocurra! No podemos contarles nada de esto a las chicas. Nada de nada. —¿Qué? ¿Y por qué?—me pregunta ella, confundida—. ¿Tienes idea del tremendo chisme que le estaríamos negando? Eso sería un pecado, un sacrilegio. —No podemos contarles a las chicas nada de lo que pasó aquí—le repito, haciendo énfasis en cada una de las palabras—. No podemos porque, si no estaban de acuerdo con que viniéramos, mucho menos verán con buenos ojos lo que hice yo. Nos van a sacar los ojos con sus críticas, así que mejor no. Caroline intenta replicar, pero al final decide quedarse pensando en lo que le he dicho, y si tengo razón o no. Por suerte para mí, parece que esa pensadita exprés la ayuda a entrar en razón, porque luego me dice: —Bueno, sí, creo que tienes razón. Es mejor no contarles nada. —Obvio. —¿Entonces qué les vamos a decir? —Pues nada. —¡Obvio no!—exclama Caroline—. Nos van a preguntar cómo nos fue, y por qué nos tardamos tanto. Tenemos que coordinar la mentira que les vamos a decir, o van a terminar pillándonos. Mientras Caroline y yo conversamos sobre qué excusa podemos dar a las demás chicas, miro hacia el fondo de la habitación y veo cuando aparece el Dealer vestido con un jean n***o y una chaqueta de cuero que, debo admitirlo, se le ve tan bien que hace que algo se remueva con fuerza dentro de mi.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD