CAPÍTULO NUEVE

2000 Words
Esperanzada en que solo haya sido mi imaginación, no digo nada durante un rato, medio esperando también que la conversación siga de lo más normal y me confirme que esos disparos fuera de la casa no estuvieron ahí en realidad. No obstante, cuando noto que no soy la única que permanece en silencio, miro a los demás y veo reflejada en sus rostros la misma expresión de pánico puro y duro que ahora mismo yo debo tener. De los tres, la primera en sobreponerse a la sorpresa y hablar, no es otra que Caroline. —¿Qué demonios ha sido ese ruido tan feo?—pregunta, dirigiendo sus palabras al chico, cuyo nombre, acabo de darme cuenta, no sabemos todavía—. Yo nunca he oído un disparo, pero algo me dice que suena justo así. Viéndose un poco nervioso, aunque no demasiado, el Dealer responde: —No...no, seguro que no fue nada. Tal vez algún auto con el tubo de escape descompuesto o algo parecido. Este lugar siempre ha sido muy tranquilo. —¿Estás seguro?—le pregunto yo, ansiosa porque me diga que sí, porque me demuestre de alguna forma que puedo estar tranquila, que podemos estar tranquilas—. Porque no pareces estarlo. —Sí, claro que sí... Pero como si el destino quisiera burlarse de él, inmediatamente después de que dice eso, fuera de la casa se escuchan dos estruendo más, dos disparos, que no dejan ya ningún lugar para las dudas. Aterradas y con el mismo grifo de espanto, Caroline y yo nos lanzamos de nuestros para caer debajo de la mesa; sé que esto no es un terremoto, pero ahora mismo es lo único que se nos ocurre. Desde donde estamos, podemos ver que el Dealer se ha quedado sentado en su lugar, por lo que Caroline no duda ni un segundo en reprenderlo: —¡Has algo! ¿Por qué hay personas lanzando disparos al aire fuera de tu casa? —No sé...no sé—responde él, con la vista fija en una de las ventanas. Sus ojos, calculadores. Justo en ese momento, de nuevo, sus palabras se ven seguidas muy de cerca por una revelación. Esta vez no son más disparos, sino un par de voces que, desde fuera de la casa pero aún así muy cerca, le gritan: —¡Sal de una vez, maldito Cobarde! Y luego otra que le sigue a la primera y añade: —¡Sal y arregla las cosas como un hombre! ¡Nuestro jefe no se va a quedar tranquilo hasta que pagues lo que debes! —¿Qué es eso?—le pregunta Caroline al Dealer, cada vez más alterada con toda la situación en la que, debo admitirlo, nos vimos metidas por su culpa y por la de nadie más—¿Qué le debes a esos tipos? ¿Y por qué han venido a cobrarte justo ahora, cuando estábamos nosotras? Durante un momento, creo que el Dealer le va a contestar que eso no es asunto suyo, y que no tiene por qué darle ningún tipo de explicaciones sobre su vida, sus movimientos o sus enemigos. No obstante, el chico me sorprende una vez más cuando le responde: —Les debo una vacuna, pero están locos si creen que se las voy a pagar. —¡¿Y todo este lío por una estúpida vacuna?!—le grito, ahora molesta por semejante estupidez—¡¿Cómo se te ocurrió comprarles una vacuna a ese tipo de personas?! ¿No podías simplemente, no sé, ir hasta una farmacia como las personas normales? Pese a lo molesta que me escucho, y pese a la situación tan tensa en la que estamos metidos ahora mismo, el chico alcanza a conseguir un espacio para reírse de lo que acabo de decir, vaya a saber Dios por qué. Por suerte para mí, Caroline tiene la suficiente entereza como para no burlarse, y en su lugar, explicarme todo: —No es ese tipo de vacunas a las que se refiere, Abby—me dice—. En la jerga de los pandilleros y así, una vacuna es un precio que los dueños de un territorio le cobran a otros para dejarlos moverse o trabajar tranquilamente. Todavía no termino de entender muy bien qué es lo que me está diciendo, por lo que es una suerte que mi amiga mire a Dealer y le pida su relevo. —Cuando llegué aquí, ya habían unos tipos que se encargaban de vender marihuana y otro tipo de drogas a todo aquel que quisiera comprar—me dice el Dealer, todavía con un resto de su risa enredada entre los labios—. Este era su territorio, y básicamente lo que yo hice fue desafiarlos al ponerme a vender mi mercancía sin pedirles permiso o pagar su vacuna. Ahora un poco más iluminada sobre todo este tema, le pregunto: —¿Y por qué no lo hiciste? ¿No era mejor pagarles y ya? Negando con la cabeza, el responde: —No, en realidad no. Si les pago, estaría demostrándoles sumisión, y así nunca me dejarán en paz. En cambio si resisto lo suficiente, terminaran por cansarse y me dejarán de molestar. Pero los tipos que están fuera de su casa en este justo momento, no parecen pensar igual que él. Han permanecido estos últimos minutos en silencio, pero de pronto deciden romperlo y lanzar al aire una nueva tanda de disparos para luego gritar: —¡Sal ya y paga tu deuda, idiota! Tomándonos por sorpresa a Caroline y a mí, el Dealer hincha el pecho, se yergue en su asiento y grita desde donde está: —¡Pueden gastar todas sus balas cortando el viento, pero no les voy a pagar un solo centavo! Ya pueden ir regresando donde está su jefe para contarle. —¡Paga ahora mismo o vamos a entrar para obligarte! Y como para demostrar lo que dicen, desvían uno de sus disparos, y en lugar de apuntar hacia el cielo, lo dirigen hacia una de las ventanas, haciendo que el vidrio vuele en mil pedazos, con lo que bala va a dar contra una de las estanterías de la pared, derribándola y con ella todo lo que tenía encima. Caroline y yo gritamos como locas, y cuando veo que el Dealer cae a mi lado en el suelo, creo que le han dado. Sin embargo, pronto veo que solo lo ha hecho como una medida de precaución, para evitar ser atrapado por algún otro disparo que los de afuera desvíen a propósito. —Mil disculpas por toda ésta situación tan lamentable—nos dice a Caroline y a mí, de una forma que, debo admitir, se me hace extraña de tan galante y caballerosa que es—. Normalmente esto no pasa con ningún cliente, así que espero y esto pueda recompensarlas de alguna forma. Al principio no entiendo exactamente qué es a lo que se refiere, pero entiendo todo cuando veo que tiende hacía mi un puñado de billetes, el mismo que entre Caroline y yo juntamos para pagar la marihuana, el supuesto curso exprés y todo lo demás. Yo lo acepto, y aunque no le digo nada, la verdad me parece una muy buena decisión de su parte devolvernos el dinero, pues dado el enredo en el que nos hemos visto envueltas, es lo mínimo que puede hacer para resarcir el daño. —¿Y qué pasa con los tipos de allá afuera?—le pregunta Caroline—. ¿Qué vas a hacer con ellos? —Tranquilo, de eso me encargo yo. Solo cúbranse, no se muevan y, de ser posible, tápense los oídos. Cuando veo que saca frente a mí nada menos que una pistola del cinto de su pantalón, siento que se me hiela la sangre en las venas del miedo. Y es que sí, aunque llevamos rato ya escuchando disparos, ver una pistola tan de cerca es mucho peor, da mucho más miedo que simplemente escuchar los disparos. Aunque no lo conozco, y aunque es su culpa que estemos en este enredo, me siento tentada de decirle que no lo haga, que se quede tranquilo y que desde aquí llame a la policía para que sean ellos quienes arreglen la situación. Sin embargo, sé que sería una petición muy tonta, así que decido reservármela, y es por eso mismo que me sorprendo bastante cuando Caroline termina diciendo eso mismo que yo estaba pensando. —¡¿Estás loco?!—le grita—. ¿Es que piensas armar un lío peor con esos tipos de allá afuera? Como si fuera la cosa más obvia del mundo, el Dealer mueve su pistola y luego le responde a Caroline. —Pues...sí, eso iba a hacer. —¡No, no! No hagas eso. —¿Y entonces qué se supone que haga para sacarnos de esta?—le pregunta él, luego sonríe y añade—. ¿Llamar a la policía? —Pues... sí—contesta Caroline—. Eso estaría... estaría bien. Seguro que ellos se encargan de todo. Con una sonrisa de medio lado, igual de hermosa e hipnótica que todas las anteriores, el Dealer vuelve a sacudir la pistola una vez más antes de responder: —¿Llamar a la policía teniendo toda la casa llena de marihuana y arma? No gracias. Prefiero ocuparme yo mismo de estos idiotas. Antes de que Caroline tenga tiempo de decirle nada más, se levanta y se acerca hasta una de las ventanas, aquella que no sufrió el disparo. Desde donde estamos, mi amiga y yo vemos cómo apunta y se prepara para disparar. Justo antes de que lo haga, nos tapamos los oídos, aunque el estruendo es tan grande que una medida tan infantil como ésta queda pequeña. Cada vez más aterradas, vemos y escuchamos como el Dealer intenta espantar a los cobradores abriendo fuego hacia ellos, sin embargo, nada es para mí tan espantoso como el momento en el que el chico recibe un disparo en el hombro, y del impacto, termina cayendo hacia atrás, golpeándose la cabeza con el duro suelo, de tal forma que queda inconsciente, con un charco de sangre expandiéndose a partir de su hombro, y dos chicas solas e indefensas. —¡¿Lo mataron?! ¡Ay, Dios mío, lo mataron!—exclama Caroline, quien, a diferencia de mí, no vió exactamente cómo sucedían las cosas, por lo que al ver al chico en el suelo, tiende a imaginarse lo peor—. ¿Ahora que vamos a hacer? Esos tipos de allá afuera pueden entrar en cualquier momento, y como el está muerto van a querer matarnos a nosotras ¡Y la policía! ¿Si lleva la policía y nos llevan a la cárcel? ¡Yo no quiero ir a la cárcel! ¡Yo no...! Esa última frase no logra terminar, pues en un arranque, le doy una poderosa bofetada que no sólo logra callarla, sino que también la centra y espanta al menos por un momento sus nervios y su histeria. Una vez así, miro a uno y otro lado tratando de decidir qué hacer, y aunque mi intención es buscar una forma racional de salir de semejante problema, al ver la pistola de Dealer tirada en el suelo, me decido de golpear a terminar el trabajo que él empezó, cuidando, claro, de no terminar igual. —¡Abby, suelta esa pistola ya mismo, suéltala!—me grita Caroline, en cuanto ve que abandono mi lugar para ir por el arma—¡¿Te has vuelto loca o qué te pasa?! ¡Tu no sabes usar eso! ¡Ni siquiera antes de hoy habías visto una de verdad! No puedo negar que tiene toda la razón, pero, por extraño que parezca, mi ignorancia no me detiene. Solo me basta con saber que debo apretar el gatillo para tomar la pistola y acercarme a la ventana, dispuesta a denfendernos hasta el final.
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