Nunca he sido muy dada para las exageraciones, porque la verdad es que me parecen una forma muy específica de mentir, y si hay algo que yo detesto, son las mentiras. Por eso, siempre evito cuanto puedo exagerar cualquier cosa. Sin embargo, y pese a lo que cualquiera pudiera llegar a pensar sobre lo que acabo de decir de este chico, estoy totalmente segura de que en su caso no se trata de ninguna exageración. Sí, he visto chicos guapísimos, así como otros que están lindos y unos cuantos que solo están más o menos, pero este que tengo junto en frente...vaya, es una cosa completamente diferente.
Una pregunta rápida antes de seguir. Estando en mi situación, sabiendo que se va a comprar nada menos que marihuana a un Dealer que bien podría ser también un adicto de primera, quien encima vive en una casa digna de la mejor película de terror de la historia ¿qué imagen se podría evocar? Definitivamente no la de un chico guapo, o siquiera uno atractivo. En lo personal, si alguien me lo hubiera preguntado hace tan solo unos segundos atrás, diría que en un lugar como este solo puede vivir alguien que se le corresponda a la perfección. Entiéndase un chico flacucho, con ojeras, cabello muerto y sin vida y una expresión que anuncie a los cuatro vientos que fuma regularmente de aquello que también vende. Es por eso, justamente, que me quedo completamente sorprendida (además de embobada, debo admitirlo) con el chico que acaba de abrir la puerta.
El chico en cuestión es alto, mucho más alto que yo, tal vez un metro ochenta, o puede que más. Corpulento pero no demasiado, y con una piel lisa y perfectamente blanca que contrasta a la perfección con su cabello n***o como el carbón y los tatuajes que le cubren el cuello, las manos y parte de los antebrazos. No obstante, nada se compara a su ojos. Brillosos, llenos de misterio y de un color verde que me deja babeando. En sentido figurado. Afortunadamente.
—¿Sí?—nos dice, y es entonces cuando encuentro algo que bien podría rivalizar con su aspecto. Su voz, ronca y profunda, sacude algo en mi interior que quizá llevaba demasiado tiempo en calma.
Es una suerte que haya venido justo con Caroline, quien habla siempre hasta por los codos, porque ahora mismo estoy tan ocupada comiéndome con los ojos al chico que tengo enfrente, que no puedo ni juntar dos oraciones.
—¡Hola!—lo saluda ella, con una voz ligeramente temblorosa que me hace pensar que, al igual que yo, se ha quedado sorprendida—. Hemos...hemos venido para...
—¿Cómo llegaron hasta aquí?—la interrumpe el chico, repentinamente muy serio—. ¿Quien les dió mi dirección?
Un tanto más nerviosa que antes, Caroline responde:
—Yo eh...yo estudio en la H.S, al igual que tú. Un chico que conozco me dijo que te había comprado marihuana, y me pasó tu contacto.
Con una ceja perfectamente arqueada, el chico frente a nosotras nos mira de arriba hacia abajo sin ningún disimulo, antes de preguntar:
—¿Ustedes van a comprar marihuana?
—Sí, claro—contesta Caroline de inmediato.
—¿Y para quién?
—Pues...para nosotras—dice Caroline, ligeramente ofendida por la pregunta del chico—. Es la primera vez, pero hemos decidido hacer cosas nuevas, probar cosas nuevas.
En el momento en el que el chico sonríe, ni siquiera alcanzo a darme cuenta de que se está burlando de mi amiga, pues su sonrisa es tan blanca, tan brillante y perfecta, que me roba lo último que me quedaba de mi atención. Caroline, no obstante, sí que parece percatarse de ello, pues cruza los brazos sobre el pecho, y en actitud desafiante le pregunta:
—¿Por qué? ¿Algún problema con eso?
Tras alzar las manos en un gesto universal de rendición, el chico sonríe un poco más y contesta:
—No, no, para nada. Es solo que no suelen venir a comprarme mercancía muchas principiantes.
—Pues siéntete orgulloso de que te hayamos elegido a ti como nuestro primer proveedor—le dice Caroline, cada vez más en su salsa, más confiada como siempre—. Y ni se te ocurra querer jugarnos sucio, porque podremos ser principiantes, pero no estupidas.
—Nunca lo haría—le asegura el chico sin parar de sonreír, luego se hace a un lado, y con un gesto teatral nos invita a pasar a su casa—. Adelante. Solo por ser ustedes les daré lo mejor que tengo.
Es justo ese momento en el que por fin reacciono, pues me toca voltear a mirar a Caroline, con la esperanza de que ella sepa qué hacer a continuación. Es evidente que, aunque nunca lo mencionamos, las dos pensábamos que la transacción sería más bien rápida, y que no tendríamos necesidad de interactuar con el Dealer más de lo necesario. El chico parece darse cuenta de nuestra indecisión, porque se pone un poco más serio y nos dice:
—No voy a hacer la transacción aquí afuera, dónde cualquiera que pase nos puede ver, ¿De acuerdo? Pueden pasar con confianza.
Puede que sea muy guapo y todo, pero bastantes casos se han visto en los que una linda fachada oculta un verdadero monstruo. No obstante, Caroline parece decidirse por confiar en su palabra, pues da un paso adelante y entra en la casa. Cuando yo hago lo mismo, me sorprendo al descubrir algo muy diferente a lo que me hubiera esperado. Casi parece como si el exterior y el interior de esta casa fuesen dos lugares completamente distintos. Aquí, todo está en extremo limpio y ordenado. El suelo es de baldosas brillantes, con estanterías llenas de libros en las paredes y lámparas de bonito diseño. En la sala hay una mesa redonda con un mantel muy bonito, y desde aquí se ve lo que parece ser una cocina pequeña pero muy bien equipada. Justo del otro lado, una puerta conduce a lo que, supongo, deben ser las habitaciones y los baños.
—Señoritas, sientanse como en su propia casa—nos dice el chico, señalando las sillas que rodean la mesa en la que antes me he fijado—. Si me permiten un segundo, voy a buscar aquello por lo que vinieron.
Luego de dejarnos sentadas en el lugar que nos ha indicado, el chico se da media vuelta y desaparecer al cruzar la puerta en la que me he fijado antes. Una vez se ha ido, me volteo hacia Caroline y le pregunto:
—¿Crees que todavía podamos salir corriendo sin que nos vea?
—No seas tonta, Abby—me dice ella, sonriendo—. Ya estamos aquí, ¿qué más da? Terminemos de hacer la compra, que fue a lo que vinimos.
—Sí, pero no se suponía que íbamos a estar en su casa. Puede ser peligroso.
—Nadie con esa cara y ese físico puede ser realmente malo—suspira ella, haciendo unos gestos no aptos para menores de dieciocho años.
—¿O sea que solo te quieres quedar porque es guapo?—le pregunto, enfurruñada.
Sonriendo de esa forma suya tan pícara y peligrosa, ella contesta:
—En parte, sí. Además no me digas que no se te hace guapo. Yo misma me di cuenta cómo te le quedaste mirando. Y creo que él también lo notó.
Ni siquiera me da tiempo de replicar ni contestar nada, pues cuando veo que el chico vuelve, cierro la boca y trato de actuar normal para que él no se de cuenta de que precisamente estábamos hablando suyo. Aunque, si lo que dice Caroline es cierto, puede que yo no sea muy buena disimulando. No obstante, él no dice nada, y en total silencio se sienta en una de las sillas desocupadas.
—Si son nuevas en esto, debo asumir que no sabrán ni siquiera liar un porro de marihuana, ¿no es cierto?—nos pregunta.
Caroline y yo nos miramos, ambas con la misma expresión en blanco, signo inequívoco de que no hemos entendido ni pío de lo que nos acaba de decir. Como yo sigo demasiado embobada para decir nada, dejo que sea Caroline quien hable, una vez más, en nombre de las dos:
—No es que no sepamos, claro que no, pero solo por curiosidad, ¿exactamente qué es eso de liar?
Riendo, el chico coloca sobre la mesa un par de cosas en las que ahora mismo no puedo reparar. Se acomoda en su asiento y luego responde:
—Cuando digo liar, me refiero a armar el porro, el cigarro de marihuana. Claro que podrían simplemente conseguirse una pipa, pero en lo personal siempre he preferido liar yo mismo mis propios porros.
—Ahhh no, no sabemos—responde Caroline, con toda sinceridad—. Pero no te preocupes, seguro que con un tutorial en tik tok o algo así podremos arreglárnoslas.
—Creeme, nunca aprenderán a armar un buen porro con uno de esos tutoriales tan malos—replica él—. Pero no se preocupen, que, por ser nuevas, les daré un precio especial. Un gramo de mi mejor mercancía, junto con un papel de liar sabor chocolate y mi curso exprés por tan solo ocho billetes.
Envuelto en un trozo de plástico transparente, nuestra mercancía parece ser un montón de hojitas diminutas y secas hechas una bola, algo así como el romero. En mi parecer es muy poca cantidad por el precio que pide, pero tampoco es como que yo pueda opinar mucho sobre el tema cuando ni siquiera he visto nada de esto antes.
—¿Mitad y mitad?—me pregunta Caroline, hurgando en sus bolsillos hasta sacar dos billetes de un dólar—. ¿Qué dices, Abby?
La verdad, siendo ella la idea, y habiendo insistido tanto para yo aceptara acompañarla en esta locura, me parece que yo no tendría por qué pagar nada de esto. Sin embargo, al sentirme bajo la profunda mirada del Dealer, evito decir nada de eso para no pasar más vergüenza.
—Claro—digo, y saco dos billetes—. Aquí tienes.
Tras tomar los billetes con una sonrisa un tanto lobuna, y guardárselos en el bolsillo delantero de su pantalón, se truena los dedos con fuerza y entonces dice:
—Ha sido un placer hacer negocios con ustedes. Ahora, si son tan amables de regalarme su atención, les voy a dar los mejores tips para hacer un porro perfecto.
Yo lo intento, la verdad que sí. Trato con todas mis fuerzas de poner atención a lo que dice y hace, de aprender las cosas que nos está enseñando, pero al final me distraigo y no puedo seguirle el ritmo. No sé por qué, pero me resulta mucho más interesante la forma en la que sus dedos largos y hábiles se mueven, o la cara de concentración tan bonita que pone, con el ceño fruncido y la boca convertida en un divertido pico que solo se abre para explicar uno y otro paso. Sé que debería estar prestando atención, pero dentro de mí ruego para que Caroline sí lo haga y no se deje llevar como yo, o de lo contrario estaremos las dos perdidas.
—Muy bien, señoritas, y eso ha sido todo el curso exprés—anuncia el chico mientras muestra el porro que acaba de armar frente a nosotras.
—Vaya, pero qué habilidad—lo halaga Caroline—. Has hecho que parezca lo más fácil del mundo.
—En realidad sí lo es—afirma él—. ¿Has entendido?
—Sí, claro.
—¿Y tú, lindura?
Yo estoy a punto de contestar, pese a lo anonadada que me deja su voz dirigiéndose hacia mí. Sin embargo, antes de que pueda hacerlo, unos estruendos fuera de la casa me quitan la oportunidad. Unos estruendos muy parecidos a...disparos.