CAPÍTULO SIETE

2000 Words
Por la cara que ponen todas, es más que evidente que las he sorprendido con mi cambio de postura tan repentino. Incluso Caroline, por cómo me mira, parece que ya había perdido las esperanzas de convencerme para que la siga en su locura. Debo admitir que, pese a lo convencida que me siento ahora mismo de ello, hay una parte de mi que todavía duda si hacerlo o no. La curiosidad por probar eso siempre ha estado ahí, no voy a negarlo, pero yo he sabido resistir muy bien, ¿qué ha cambiado ahora? Que, tal y como lo ha dicho Caroline antes, últimamente estoy pasando por mucho más estrés de lo normal. Las clases...mis problemas con Kendrick, y todo lo que pasó hoy son demasiadas cosas juntas, y si fumar esa cosa hará que pueda relajarme aunque sea por un momento, la verdad es que estoy dispuesta a probarlo. No es que esté usando mis problemas como una excusa para justificar mi decisión, pero la verdad es que, si se ve de la forma correcta, sí que se entiende un poco, ¿no es cierto? —¿Y bien?—les pregunto a las demás, un poco cansada ya de la forma en la que me están mirando—¿Se van a quedar mirándome sin decir nada? —Bueno, Abby, un poco de compresión chica, ¿quieres?—me pide Beck, tomándole la delantera a las demás que todavía no reaccionan—. Hace tan solo unos minutos estabas negada, negadísima, y ahora vienes y sueltas esa bomba así, sin más...por supuesto que nos dejas patidifusas. —¿Y qué tiene que haya cambiado de parecer?—pregunto, un tanto molesta. En esta ocasión es Danielle la que me contesta: —No es el hecho de que hayas cambiado de parecer—me dice—. Es más bien la forma tan...abrupta, en la que lo has hecho. —Debo admitir que incluso a mí me has sorprendido—añade Caroline, muy seria y formal, aunque de pronto sonríe como una niña pequeña y muy traviesa y agrega—: ¡Aunque tampoco puedo decir que me moleste! ¡De hecho me encanta! ¡Me encanta! Apenas ha empezado Caroline a celebrar cuando Danielle sale a replicar: —¿Es en serio, Caroline? ¿De verdad vas a dejar que compre y fume esa cosa? —Eh...sí—responde la inyerpelada, con cara de no saber exactamente la razón de la pregunta—. ¿Es que acaso no te quedó claro antes cuando, justamente, estaba tratando de convencerlo para que lo hiciera? Al ver que Danielle va a replicar, de una forma que seguramente hará que Caroline inicie la que bien podría ser la tercera guerra mundial en nuestro dormitorio, Beck se levanta y se planta en medio de las dos. Normalmente, pese a ser la mejor de las cuatro, es Danielle la que siempre adopta el papel maternal y responsable, pero en ésta ocasión le ha tocado el turno hasta ella. —Ya basta de pelear—dice Beck, mucho más seria de lo normal—. Si Beatrice decidió que quería probar y comprar...eso, lo hizo por ella misma. Es bastante grande ya como para tomar sus propias decisiones. —¡Gracias...!—exclama Caroline —No te emociones, que tampoco es como que yo te esté defendiendo—le dice Beck, apuntandola con un dedo admonitorio que, siendo sincera, sí que da un poco de miedo—. Tampoco se nos puede olvidar que sí tu no hubieras traído la idea a la conversación, Beatrice no lo habría elegido en primer lugar. —¡Pienso exactamente lo mismo!—dice Danielle. Ésta vez, cuando veo que Caroline se prepara para rebatir el sólido argumento de Beck, soy yo quien interviene de golpe para contarle las alas: —¡Bueno, sea como sea lo importante es que ya elegí lo que quiero hacer!—les digo, dejando claro por mi tono de voz que ya de nada valer seguir peleando por eso—. Ahora bien, sigue habiendo una pregunta que todavía no me han respondido. —¿Cuál es?—inquiere Caroline. —¿Quiénes de ustedes me acompañaran a hacerlo? Y con solo esa pregunta me basta para hacer que la pequeña y frágil tranquilidad que se había instalado en la habitación, se haga pedazos en cuestión de pocos segundos. —¡Ah no, conmigo no cuentes querida! Lo siento pero no—me contesta Beck—. Soy demasiado linda, y tengo una reputación muy importante como para arriesgarla metiéndome en esos...lugares. Las amo y las adoro, pero esta vez paso. Aunque sé desde ya la respuesta que obtendré por su parte, miro a Danielle preguntándole con los ojos si es que casi ella me va a acompañar. Desde donde está, me lanza una mirada que deja todo más que claro, pero aún así dice: —Yo no voy, perdón. La verdad es que, aunque me decepciona que ninguna de ellas dos quiera animarse a esta nueva aventura conmigo, de cierta forma también las comprendo. Es evidente que cualquiera, en nuestra posición, se lo pensaría dos veces antes de hacer lo que yo estoy a punto de hacer. Estamos en una de las mejores universidades del mundo, un lugar de lujo donde no solo no aceptan a cualquiera, sino que también se jactan de poseer los valores y las reglas más fuertes de todas, para así forjar el carácter de los nuevos líderes del mañana. Y eso sin contar que, si nos llegan a atrapar, no pasarían ni cinco minutos antes de que nuestros padres se enteren de lo que hemos hecho. Así mismo, también sé que, una vez dicho esto, cualquiera con al menos dos dedos de frente se preguntaría por qué rayos se me ha metido a mí el gusanillo de arriesgar tanto por tan poco, ¿la respuesta? Es que ya estoy demasiado cansada de todo como para poder pensar con claridad. Miro a Caroline con la intención de decirle que hemos quedado solas en esto, pero ella me interpreta de forma errónea, porque se lanza hacia mí, y luego de envolverme los hombros con un brazo dice: —Yo por supuesto que te acompaño Abby, eso no tienes ni que preguntarlo. Deja a estas aburridas de lado, que ellas se lo pierden. Caroline se ve tan emocionada, que decido que no quiero señalarle el error, así que sonrío y es entonces cuando le pregunto: —¿Y a quién le vamos a comprar? —En realidad...no lo sé—responde. Yo, de la sorpresa, no alcanzo a decirle nada de inemdiato. Sin embargo, tal parece que las demás sí que lo van a hacer, por lo que Caroline levanta una mano hacia ellas y les toma la delantera: —¡Y antes de que digan nada y me ataquen, déjenme explicarme! ¿De acuerdo? No sé muy bien a quién es que vamos a comprarle, pero sí sé dónde conseguirlo. —¿Quisieras explicar eso?—le pido, ahora un poco menos segura que antes sobre lo que decidí—. Lo siento, pero no te entendí ni medio. —Bueno, a ver, yo nunca lo he hecho, pero conozco a un par de personas que sí—comienza diciendo Caroline—. Cuando les pregunté, me dieron la dirección de un chico, del que les vende. Estudia aquí, pero vive fuera del campus. Antes de que yo pueda decir nada, Danielle interviene: —¡Abby, no vayas! ¿No te das cuenta de lo peligroso que es? No solo te pueden pillar escapándote del campus poco antes del toque de queda, sino que tampoco sabes que es lo que te puede hacer ese tipo ahí fuera, ¿y lo peor? Que no tendrías la seguridad del campus para apoyarte. Con el ceño profundamente fruncido y los brazos en jarras, Caroline las mira a ambas antes de decir: —¿Y es que nadie se acuerda que yo también podría correr peligro? Quiero decir, todo es Abby esto, Abby lo otro, ¿y yo dónde quedo?—pregunta a modo de broma. —¿Celosa?—le pregunto, solamente para picarla. —Disculpa que te lo diga, pero no estaría del todo mal que te llevases un buen susto un día de estos—le dice Danielle, de la forma franca y directa en la que solo ella sabe hablarnos a las demás del grupo—. Tal vez así aprendes a pensar un poco más las cosas y no actuar solo por impulso. Decidida a terminar esta infructifera aquí y ahora, le pregunto a Caroline: —¿Queda muy lejos de aquí? —Como a diez minutos—me responde. —Perfecto, dame cinco minutos y estaré lista. Mientras me arreglo, percibo por el rabillo del ojo como Danielle y Beck le hacen a Caroline todo tipo de señas y gestos, tal parece que tratando, una última vez, de convencerla para que no vaya a comprar eso ni me lleve a mí con ella. Como no quiero que logren convencerla, me arreglo lo más rápido que puedo, aunque es un tanto difícil porque, si lo pienso bien, ¿qué se supone que deba ponerme cuando voy a ir con mi amiga a comprar nada menos que marihuana? Con eso en mente, me esfuerzo por ir bonita aunque no demasiado. —¡Estoy lista!—anuncio, cerrando mi estuche de maquillaje y desconectando mi celular del cargador—. Caroline, andando. Cuando vamos hacia la puerta de salida, con la mirada de las otras dos sobre nuestros cuellos, Caroline se voltea hacia mí y, en un susurro, me pregunta: —¿Crees que podamos ir en tu auto? —¿Qué pasa con el tuyo?—le pregunto yo a su vez. —Se me olvidó surtir gasolina, y la verdad no creo que con la que le queda podamos ir y volver. — De acuerdo, vamos en el mío. —¡Perfecto! Pese a que todavía no se ha levantado el toque de queda, decidimos andarnos con cuidado, porque no queremos que alguno de los guardias nos descubran intentando salir a un lugar del que, lo más probable, es que no volveremos a tiempo. Sé que visto desde fuera parece raro que implementen esto en una universidad, sea de elite o no, dónde se supone que todos sus estudiantes son adultos responsables de su propia seguridad y bienestar, pero la respuesta es, de hecho, mucho más simple de lo que se pueda uno imaginar: Nuestros padres. Resulta que todos aquí somos hijos de políticos, o de famosos o simplemente de gente con mucho, muchísimo dinero, por lo que debemos cuidarnos de cualquier atentado o secuestro exprés. Ha pasado poco, pero ha pasado, y eso ya es suficiente para tomar precauciones. Cuando llegamos al estacionamiento del campus, aprovechamos que, afortunadamente, no hay ningún guardia cerca para montarnos, encender el motor y arrancar de inmediato. Cuando Caroline me da la dirección, la meto en el gps y comienzo a seguirlo. Al principio el escenario no luce tan malo en mi cabeza, pero cuando detengo el auto y veo la casa a la que hemos llegado, eso cambia por completo. La vivienda en cuestión es pequeña, con ventanas torcidas, paredes manchadas de suciedad y mucha, pero mucha mala hierba creciendo en su interior. Molesta, volteo hacia Caroline y le pregunto: —Sí estás viendo esto ¿verdad? Avergonzada, ella se encoge de hombros antes de contestar: —¿Y qué esperabas? ¿Una mansión? —Pues no, pero al menos sí un lugar decente. —Es la casa de un Dealer Abby, no de un millonario. Andando. Cuando ella sale repentinamente del auto, no me queda más opción que seguirla. Avanza hasta la puerta, toca el timbre, y cuando nos abren, aparece frente a nosotras el que bien podría ser el chico más guapo que he visto en mi vida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD