—Abby, ¿será que puedes prestar atención? O si la clase es demasiado aburrida para ti, bien puedes irte. La puerta está abierta.
Cuando escucho la voz de la señora Winter, mi profesora de estadística avanzada, salgo de mi propia cabeza y de golpe vuelvo al mundo real. Es entonces cuando me doy cuenta de que debo llevar un buen rato ida, como tonta, mirando sin ver por la ventana del salón. ¿Cómo me doy cuenta de eso? Fácil, porque todos mis compañeros me miran atentamente, e incluso hay algunos que ni siquiera tienen la decencia de tratar de ocultar su sonrisa burlona. Pero como siempre que me pasa algo similar a esto (que por suerte osea mí no es muy seguido), paso de ello sin más. Me acomodo en mi asiento, y con mi mejor sonrisa de comercial de dentífrico, miro a la profesora y le digo.
—Disculpe profesora, no va a volver a pasar. Es solo que estaba...
—A ninguno de nosotros nos interesa lo que pasaba por tu mente, niña—me interrumpe la profesora, soltando todo su veneno hacia mí—. Solo quería saber si ibas a prestar atención o no, porque pocas cosas odio más que ver un asiento en el aula ocupado por un estudiante que simplemente no quiere aprovecharlo.
Por suerte, eso marca el final de nuestra pequeña disputa. Ella se da la vuelta de nuevo hacia el pizarrón digital, mis compañeros apartan sus ojos de mí, y entonces yo puedo volver a perderme en mis propios y enredados pensamientos. Sí, sí, sé que acabo de prometer que no iba a volver a pasar, pero en realidad lo que quería prometer era que no iba a dejar que me descubrieran desvariando una segunda vez. Es por eso que me aseguro de mirar hacia el frente, hacia el pizarrón, antes de desconectar de nuevo.
Me conozco muy bien, y conozco así mismo muy bien a la profesora Winter como para saber que, tarde o temprano, terminaré lamentando el no haber prestado atención en esta clase. Pero les juro con toda la sinceridad del mundo que no lo hago aposta. No es como si de un momento a otro hubiera decidido que simplemente no iba a prestar atención a una de mis materias más importantes, claro que no. Lo que pasa es que, aunque lo he intentado con todas mis fuerzas, todavía no he podido sacarme de la cabeza la propuesta que me hizo el Dealer, Oliver.
En ese momento se me hizo una completa locura, claro que sí, y aunque todavía me lo sigue pareciendo...bueno, no puedo negar que también me he permitido verla desde otra perspectiva. A ver, tampoco es como que quiera cobrarme el favor que le hice a Oliver al espantar a esos cobradores de mala muerte, pero ya que es él quien me presenta la oportunidad, tampoco quedaría yo tan mal parada. El caso es que sí, no puedo negarme ni a mí misma que el Dealer, con ese porte, ese aire de Bad Boy, bien podría ahuyentar por fin al pesado de Kendrick. Pero aquí la verdadera pregunta es, ¿realmente estoy dispuesta yo a meterme en el embrollo de fingir una relación solo para librarme de un tipo que no me deja en paz?
La respuesta corta: no lo sé.
Sí, no hace falta que nadie me diga que Kendrick, a quien alguna vez amé de verdad, ya ha cruzado muchas líneas en estos últimos días. Sin embargo, una parte de mi no puede evitar pensar que eventualmente él terminará cansándose de mi rechazo y me dejará en paz, en cuyo caso no necesitaría la ayuda que me ofrece Oliver. La cuestión es que eso, como puede que se dé mañana mismo, también puede que se retrase un buen tiempo, y la verdad es que no creo tener la fuerza y la paciencia suficiente para aguantarme a Kendrick hasta que decida cansarse y pasar a su siguiente víctima. De hecho, por irónico que pueda parecer, lo único que tengo en claro ahora mismo es el hecho de que, precisamente, no tengo nada en claro ahora mismo, y por como pintan las cosas, pasará un buen tiempo antes de que las tenga.
—Muy bien chicos, eso ha sido todo por la clase de hoy...
Para mi enorme fortuna, mi cerebro decide reactivarse de forma normal justo cuando la profesora está despidiendo las clases, por lo que puedo tomar mis cosas y aparentar normalidad, como si estuviera saliendo de una clase a la que le preste toda mi atención como correspondía. Sin embargo, cuando estoy a punto de cruzar la puerta de salida, siento que alguien me toca el hombro suavemente. Al voltear, me quedo más que sorprendida al darme cuenta de que se trata de la misma profesora Winter.
—Abby, ¿puedo hablar contigo un segundo, por favor?
Cómo no encuentro la forma de decirle que no, me veo obligada a esperar que todos los demás estudiantes se alejen antes de poder acercarme a la profesora. Esperando que me regañe por no haber prestado nada de atención en su clase, me quedo realmente sorprendida cuando, en su lugar, me pregunta:
—¿Todo bien contigo, Abby? ¿Te pasa algo?
Tardo un poco más de lo normal en procesar esas palabras. No obstante, cuando por fin lo hago, me sacudo la sorpresa y respondo a su pregunta con otra pregunta:
—Sí, claro que sí, todo bien profesora, ¿por qué lo pregunta?
—Es que no pareces tú últimamente—me dice—. Eres por mucho la mejor de mi clase, pero ya ni siquiera le prestas atención. Muchos de tus otros profesores han notado lo mismo que yo. Es como si...como si algo te preocupara tanto que simplemente no puedes pensar en nada más.
Y es entonces cuando comprendo realmente todo el daño que Kendrick me ha hecho, y que me sigue haciendo ahora, incluso después de haber terminado con él. Porque sí, aunque me deshago en excusas y mentiras para la profesora, asegurándole que no pasa nada antes de salir por fin del aula, la verdad es que ella no podría estar más acertada en lo que dijo. Todo el problema con Kendrick y lo tóxico y acosador que se ha vuelto me tiene muy preocupada, pues temo que llegue un punto en el que se desconozca a sí mismo y empiece a hacer cosas mucho peores. Además, como si no tuviera ya suficiente, tengo que aguantar a esa parte de mi que cree que aceptar la propuesta del Dealer sería una solución perfecta para mis problemas.
El caso es que, cuando por fin llegó al dormitorio de las Kappa, mi única intención es tirarme sobre mi cama y dormir por lo menos diez horas seguidas, con la esperanza de, al despertar, darme cuenta de que todo esto no ha sido sino una terrible pesadilla, y que en realidad mi vida no se ha convertido en un culebrón de telenovela de la noche a la mañana. No obstante, las demás chicas parecen tener unos planes muy diferentes a los míos, porque en cuanto abro la puerta, las encuentro a todas afanadas, corriendo de aquí para allá mientras se maquillan, se peinan o se visten.
—¡Abby, hasta que por fin llegas!—me dice Danielle, afanada frente al espejo por lograr que su delineado salga perfecto como siempre—. Anda, cámbiate, todavía hay un poco de tiempo.
—¿Qué? No—respondo de inmediato. Luego, cuando me doy cuenta de lo grosero que ha sonado, decido rectificar un poco—. Quiero decir, gracias por la invitación chicas, pero de verdad no quiero salir. No tengo ánimos, solo quiero...no sé, quedarme en mi cama durmiendo.
Cuando Caroline se echa a reír, las demás la miramos con la pregunta claramente escrita en el rostro. Ella, como siempre, no se corta ni un poco, por lo que sigue riendo sin parar hasta que, por fin, se detiene. Es entonces cuando dice:
—Lamento que no lo hayas entendido a la primera, Abby, pero esto no es una invitación. Es una orden.
Cruzando los brazos sobre el pecho para aparentar un poco más de fuerza, de autoridad, miro a mi amiga de arriba hacia abajo antes de replicar:
—¿Y desde cuándo yo sigo ordenes tuyas?
—En realidad no es de ella, sino de todas nosotras. De las tres—interviene Beck, sonriendo como si tal cosa—. Como buenas amigas que somos, estuvimos hablando de ti a tus espaldas. Fue así como llegamos a la conclusión de que tienes demasiado estrés últimamente, y que te sentaría bien una salida.
—¿Es que acaso se les olvidó lo que pasó la última vez que quise hacer algo para liberar estrés?—les pregunto, con toda la intención de hacerlas entrar por fin en razón—. Porque si es así, yo no tendría ningún problema en volver a contar la historia.
—¿Y a ti se te olvidó que yo estuve ahí también?—me pregunta Caroline—. Y sí, admito que fue un poco traumático, pero, ¿qué con eso? Es pasado, y el pasado ya pasó.
Riendo, Beck la señala y dice:
—Soltar frases poderosas no es lo tuyo, cariño.
Las dos se echan a reír, y aunque a mí me da bastante gracia todo el asunto, permanezco lo más seria que puedo, pues sé que si me río seguirán insistiendo para que salga con ellas. Y no es que no quiera, es solo que...no sé, no se siente del todo correcto salir a una fiesta cuando todavía tengo tantas cosas en las que pensar, tantos problemas por resolver.
—Por primera vez en mucho tiempo, debo decir que estoy de acuerdo con Caroline—dice Danielle, tomándonos a todas por sorpresa—. ¿Qué tiene de malo que salgas un rato a distraerte? Es viernes, el toque de queda prácticamente no existe...¡Anímate, Abby!
Como unas niñas pequeñas, las tres se ponen a corear la frase, poniendo a prueba mi paciencia. Al principio lo llevo muy bien, pero cuando noto que ellas siguen con eso sin muestras de querer cansarse poco, hago lo que todos sabíamos que haría desde un principio: termino aceptando su invitación.
—De acuerdo, iré.
De nuevo en ese papel extrañamente infantil que han decidido adoptar, las tres comienzan a chillar como enloquecidas. Cómo no me queda de otra más que aguantarlas, porque son mis amigas y las amo, espero a que terminen con eso para decir:
—Pero si de verdad quieren que vaya tienen que ayudarme. No tengo ni idea de qué ponerme, y ni hablemos de mi cabello o mi maquillaje.
Decir eso, termina siendo el equivalente contemporáneo a abrir la caja de Pandora. Las tres se lanzan a mi como una jauría de perros hambrientos, y en un tiempo récord que la verdad resulta hasta impresionante, ya me han convertido en su propio maniquí humano personalizado. Me peinan, me maquillan y hasta me obligan a hacerme un cambio tras otro de ropa, y aunque yo intento protestar de vez en cuando o al menos dar mi opinión, me silencian al instante. Al final, cuando parece que se han divertido lo suficiente conmigo, solo me queda rezar para que el resultado no sea tan catastrófico.
—Muy bien, creo que estás lista—dice Caroline.
Asintiendo con la cabeza para mostrar su aprobación, Danielle responde:
—Sí, totalmente de acuerdo.
—¡Bueno, ya basta!—les digo—. ¿Me van a mostrar como quedé o no?
Cuando Beck me toma de los hombros y finalmente me planta frente al espejo, comprendo que la pequeña tortura valió la pena. Han hecho maravillas con mi maquillaje, al igual que con mi cabello y ropa. De pronto, me siento mucho más animada ante la perspectiva de salir de fiesta.