Cierta vez, hace ya algún tiempo, como parte de una materia optativa en la preparatoria que podía darme muchos créditos extras, decidí tomar un mini curso de defensa personal que por desgracia resultó ser una mierda. Tal vez porque yo tenía las expectativas demasiado estimuladas gracias a las series y películas que había visto para ese entonces, me sentí realmente decepcionada al ver que aquello de defensa personal no tenía prácticamente nada. Yo pensaba, y podrías querer burlarte de mi en este punto, que nos enseñarían cómo defendernos de forma más física; tal vez a dar unas cuantas patadas o cuando menos aprender cómo dar un puñetazo sin terminar con la mano fracturada. Pero no, ni siquiera eso. Solo fueron horas interminables de charla inservible de la que solo se me quedó grabado el único detalle de mínima utilidad:
Si te encuentras en una situación de peligro de la que no puedes escapar fácilmente, lo mejor que puedes hacer es tratar de entretener al agresor para hacer tiempo mientras buscas una forma de salir ilesa.
—Hola—lo saludo, tratando de que la voz no me tiemble demasiado. Otro detalle que nos enseñaron, es que no podemos demostrar miedo, por más que nos estemos cagando encima—. Disculpa, pero creo que te has equivocado. Este...este no es el baño de hombres. Es el de mujeres.
Durante un momento, él no reacciona de ninguna forma ni hace otra cosa que no sea mirarme fijamente, al parecer sin verme de verdad ni dimensionar dónde ha entrado. Luego, cuando por fin parece reaccionar como Dios manda, sacude la cabeza como para quitarse el embotamiento de encima y mira a su alrededor con más atención.
—Vaya mierda, parece que sí me he equivocado de baño. Menudo idiota estoy hecho—Es lo que dice. Su voz, rasposa, entrecortada e irregular, de alguna forma se corresponde perfectamente con su apariencia errática.
Dentro del miedo que ha comenzado a atenazarme el pecho, comienza a crecer poco a poco una esperanza. La esperanza de que recapacitará de su error, se disculpará o simplemente dará media vuelta para irse sin siquiera molestarse en decir nada. La verdad no me importa, con tal de que se largue y me deje en paz. No obstante, cuando el tiempo pasa y veo que sigue parado frente a mí como si tal cosa, mirándome de una forma que me eriza la piel de miedo y repugnancia, comprendo que no lo hará.
Trato de calmarme y respirar profundo, y una vez consigo controlarme, decido que lo único que puedo hacer ahora mismo es continuar con el mismo plan de antes.
—El...el baño de los hombres está aquí, justo al lado.
—¿De verdad?—me pregunta él, con un extraño tono burlón en la voz.
—Sí, sí...de verdad. Yo puedo...yo puedo llevarte hasta ahí si gustas.
La verdad no sé por qué he dicho ese último, ya que ni en un millón de años iría yo ni a la esquina con este tipo. Sin embargo, empiezo a creer que tal vez ha sido una buena idea cuando veo que el tipo por fin se separa un poco de la salida. Creo, dentro de mi propia ingenuidad que tal vez es alentada por el miedo, que me dirá que sí, que acepta que lo lleve hasta el baño de los hombres. No obstante, comprendo que no es así cuando veo que, para mí enorme desgracia, empieza a acercarse hasta mí.
—¿Y qué pasa si en realidad no quiero ir a ese lugar?—me pregunta, mirándome de una forma tan descaradamente lasciva que ya me dice más o menos por qué caminos están tirando sus pensamientos ahora mismo—. ¿Qué pasa si te digo que no quiero ir a ningún sitio, dulzura?
Cada vez más asustada con la posibilidad de que este idiota borracho ( aunque en realidad parece más drogado hasta las narices), me quiera hacer daño, intento responderle con algo de seguridad. Una seguridad que, por supuesto y como es obvio, no siento ahora.
—¿Y por qué no ibas a querer ir al baño de los hombres?—le pregunto, con la voz titubeante—. Quiero decir, no es que te esté echando de aquí, es solo que me parece raro que no quieras ir cuando es allá que tendrías que estar. Este es el baño de las chicas, de las mujeres.
—Hombre sí, tienes razón y todo dulzura, pero resulta que no me quiero ir de este lugar porque tú estás aquí, ¿cómo la vez? Venía con la única intención de darme un pase antes de seguir con la fiesta allá afuera, pero creo que contigo puedo divertirme mucho más, ¿no lo crees?
Con un poco más de firmeza, salida de sabrá Dios qué lugar, me planto frente a él, e intentando intimidarlo con mi postura y mi voz, le digo:
—Pues no, no lo creo. Tengo novio, y seguramente no le gustará nada que me esté...divirtiendo con otro tipo en el baño.
—Pues qué idiota egoísta tu noviecito que no te comparte—bufa el tipo, sin dejar de mirarme de arriba hasta abajo y lamerse los labios como una especie de hiena hambrienta—. Además, yo no pienso decirle nada de lo que hagamos aquí dentro. Y si tú tampoco le dices...seguro que no se entera nunca.
Ni siquiera me da tiempo a reaccionar. Tomándome por completo desprevenida, se lanza hacia mí con las manos extendidas como garras, casi como un personaje malvado y de caricatura. Sin embargo, y pese al shock inicial del momento, debo recordarme a mí misma que no se trata de ninguna caricatura, que esto es la vida real y que así mismo de real es el peligro que corro ahora mismo con este tipo. Con un grito salido de lo más profundo, logro reaccionar justo a tiempo y me lanzo hacia un lado, con lo que el tipo se estampa contra la pared y me da tiempo de correr hacia la puerta del baño.
—¡Tu no vas a ningún lado!
Apenas y he logrado rozar la manija de la puerta cuando el muy imbécil me toma del brazo y me da un jalón realmente fuerte. Tan fuerte, de hecho, que termina lanzándome al suelo como una muñeca de trapo. Me doy un buen golpe, pero ahora mismo no siquiera puedo pensar en eso, pues lo único que tengo en mente es la meta de salir de aquí antes de que este mal nacido me hago algo aún peor de lo que ya me ha hecho en tan poco tiempo.
—Ahora sí vas a saber lo que es bueno, dulzura...
Después de eso, el tipo solo alcanza a dar un par de pasos más, pues una figura mucho más grande y más rápida que él, sale directamente de la nada y se le lanza encima. Frente a mí, los dos caen al suelo enzarzados en una maraña de golpes, de puños y patadas. En un momento dado, mi atacante queda justo debajo de su propio agresor, quien no para de darle un puñetazo tras otro mientras me grita que me deje en paz, que es un asqueroso y que debe aprender a respetar a las mujeres y a las personas en general. Es entonces cuando descubro que el recién llegado no es otro que Oliver, el Dealer.
—¡Para, lo vas a matar!
Ni siquiera me doy cuenta al principio de que ese grito ha salido de mí. De hecho, solo reacciono por completo cuando veo que la sangre de mi agresor comienza a manar en grandes cantidades, derramándose sobre él y manchando el suelo del baño. El Dealer sigue golpeándolo sin hacer caso de mi advertencia, por lo que me veo en la obligación de acercarme hasta él, sostenerlo de los hombros y hacer lo posible para evitar que siga golpeando al otro.
—¡Para! ¡Para, por favor! ¡Lo vas a matar!
—¡Este idiota se metió contigo!—me grita él como respuesta, dándome una breve mirada en la que me deja ver que sus ojos parecen estar llenos de una ira poderosa—. ¡Tengo que hacer que pague para que entienda que debe respetar!
—¡Míralo! ¡Mira cómo lo has dejado! Ya...ya tuvo suficiente. No te metas más en problemas por un inútil como este.
Es entonces cuando por fin Oliver parece darse cuenta de que quizá se ha excedido un poco. Mira hacia abajo, hacia el hombre al que ha golpeado hasta dejarlo casi desmayado, y al ver la sangre y los moretones que le ha causado, se aparta de él de forma brusca y se levanta. Una vez así, se da la vuelta hacia mí y me pregunta:
—¿Cómo te sientes? ¿Te hizo daño?
—No, por suerte no—respondo, un poco más aliviada ahora que parece que ha vuelto en sí—. Solo...solo fue el susto y un par de tirones. Nada más.
—Vamonos de aquí antes de que a este idiota se le ocurra hacer alguna otra de sus gracias.
Luego de lavarse las manos para quitarse un poco de la sangre de mi agresor que se le ha quedado adherida, el me abre la puerta del baño y la sostiene para mí mientras yo salgo. Una vez fuera, puedo respirar con normalidad, al saber que he escapado bien librada de una situación francamente terrorífica. Y todo gracias a Oliver, por supuesto.
—Muchas gracias por eso—le digo, sonriendo—. Yo...yo no sabía qué hubiera sido de mí si no llegas a tiempo para quitármelo de encima.
—A mi no tienes por qué agradecerme nada, Abby—me asegura él, sonriendo, justo antes de extender hacia mi una de sus manos para rescatar un rebelde mechón de cabello. Su tacto me produce escalofríos de una forma secretamente exquisita, pero trato de no pensar en eso ahora—. Cualquier en mi lugar habría hecho lo mismo. Aunque yo francamente detesto a cualquiera que pretenda hacerle daño a alguien más solo porque sí.
Eso ya me ha quedado más que comprobado, pero como ahora mismo los ánimos no están para ningún tipo de bromas o chistes, me reservo el derecho de opinar. Sin decir más nada, los dos empezamos a caminar para alejarnos de los baños y volver a sumergirnos en la fiesta como tal. A lo lejos y con mucha dificultad, ubico a las chicas, a mis amigas, y estoy a punto de caminar hacia ellas cuando de pronto me asalta una duda tan grande que simplemente no la puedo dejar pasar sin más.
Me volteo hacia él, hacia el Dealer, y le pregunto:
—¿Cómo has sabido que corría peligro? ¿Cómo supiste el lugar y el momento indicado para aparecer?
Tal parece que Oliver ya se estaba esperando justamente esta pregunta, pues me ofrece una respuesta directa y contundente en un tiempo récord:
—Te estaba mirando cuando ví que entrabas al baño, y que al poco tiempo el tipo te seguía. Inmediatamente supe que era un peligro. Si tardé en llegar, fue porque la multitud me retrasó.
Es curioso, porque mientras pienso en lo que acaba de decir, me asaltan dos preguntas importantes. La primera, tiene que ver con el tipo drogado, y si acaso él se sintió responsable porque fue su droga, la que él vende, lo que lo puso así. La segunda es un poco más personal, pues no puedo evitar preguntarme de qué forma estaba mirándome. Pero al final no hago ninguna de las preguntas en voz alta, no porque no quiera, sino porque de pronto suena una canción que a él parece gustarle mucho, pues me invita a bailar ahí mismo, pegando su cuerpo al mío de forma que siento cada una de sus curvas y ejes contra mí.