Cuando tocan la puerta de la habitación, de alguna forma sé de quién se trata sin necesidad de abrir o mucho menos preguntar. Y no es que lo sepa porque me haya puesto sobre aviso con respecto a su llegada, sino porque mi cuerpo de cierta manera, y sin que yo pueda hacer nada para evitarlo o al menos controlarlo, ha aprendido en estas ultimas dos semanas a responder a su presencia de una forma demasiado cercana, demasiado poderosa, incluso antes de que yo misma me de cuenta de de que ha llegado. Podría tratarse de cualquier otra persona llamando a la puerta de la habitación de las Kappa, pero el acelerado latido de mi corazón, lo sudoroso de mis manos y las contracciones de mi estómago me dicen a gritos que es él, y solo él. —Dame un minuto. Ya te abro. Mientras termino de arreglarme el

