3
El pánico apareció para el momento en el que faltaban solo tres pasillos para salir del edificio y un grupo de chicos pasó cerca de nosotros sin notar absolutamente nada.
El rubio solo ocultó su rostro en mi cuello como si estuviese haciéndome algún tipo de cariño cuando realmente solo estaba clavando con más fuerza el arma en mi espalda.
En cuanto el grupo dobló en la esquina, toda mi esperanza se desvaneció.
Mi papá había quedado en venir a recogerme y la idea de lo que tendría que vivir destrozaba mi corazón. Él llegaría, vería que no estaba en la puerta esperándole, llamaría a mi celular y yo no podría contestar, luego de un par de llamadas se daría cuenta de lo que ha sucedido y temía de cómo se fuese a sentir habiendo intentado mantenerme a salvo y no lográndolo al final.
Las lágrimas amenazaron con más fuerza cuando doblamos en la esquina que nos dejaba a tan solo dos pasillos de la salida.
Sabía que no tenía oportunidad de escapar realmente, intentaría, pero estaba comenzando a dudar si conseguiría hacerlo.
Un golpe en seco se escuchó a nuestras espaldas.
—¿Qué rayos...? —El rubio se detuvo— ¡Grey! —exclamó al girarse.
El moreno estaba tendido en el suelo.
—No puede ser, corre— ordenó.
Sin embargo, al momento de hacerlo, todo agarre que tenía sobre mí, se perdió. Giré inmediatamente.
Me congelé.
Azarías lo había agarrado y ahora comenzaba a golpearle. La pistola había caído a unos cuantos metros de mí.
—No podías dejarla ir, ¿no es así? —preguntó el rubio esquivando un golpe.
—Ella es mía —fue todo lo que dijo Azarías antes de patearle la rodilla y mandarlo al suelo.
Mis emociones no entendían la gravedad de la situación pues una extraña alegría apareció en ese momento.
Es mía.
Azarías se movía ágilmente, sus golpes eran precisos y esquivaba mejor de lo que lo hacía el rubio. Sin embargo, este había logrado devolverle un par de golpes.
De un parpadeo a otro, Azarías tenía sus piernas alrededor del cuello del rubio e inmediatamente lo mandó contra el suelo. El impacto dejó al atacante desorientado.
Inmediatamente, Aza aprovechó la oportunidad para colocarse sobre él y golpearle en el rostro. En su rostro había enojo, rabia.
—Aléjate... —un golpe —de... —otro golpe —…ella.
Reaccioné inmediatamente al momento en el que había sangre en los nudillos de mi defensor.
—Ya es suficiente —dije acelerada —, ¡detente, ya basta!
Me acerqué hasta él unos cuantos pasos, parecía no querer detenerse.
—¡Vas a matarlo! —exclamé— ¡Azarías! ¡Ya basta!
Aquello pareció funcionar, se detuvo e inmediatamente me miró.
Sus ojos parecían desenfocados y su respiración agitada. Su mirada me recorrió de pies a cabeza y deseé haber estado usando algo mejor que el suéter azul rey cuyas mangas cubrían mis manos, el jean n***o y los skechers del mismo color del suéter.
—¿Estás bien? —me atreví a preguntar.
Sin responder, se colocó de pie, corrió hasta mí y sus manos alcanzaron mi rostro, parecía estar luchando por calmarse y mantener la cordura.
—¿Te hicieron algo? —preguntó desesperado— ¿Estás bien? ¿Te golpearon? ¿Estás lastimada? ¿Estás bien? —sus manos recorrían mi cabeza y mi rostro.
No podía creer nada de lo que estaba ocurriendo. En su rostro era notorio que había recibido un par de golpes, pero no estaba ni de cerca igual de herido que el otro.
—Estoy bien —respondí mirando sus ojos—, estoy bien. ¿Tú estás bien? Tu ceja está rota, hay sangre en tu labio. ¿Cómo has hecho todo eso? Tú los derribaste a los dos. ¿Cómo has aparecido de esa forma? ¿Qué quieren esos tipos?
Él sonrió. Hacía mucho que no veía esa sonrisa.
—No hay tiempo —respondió alejándose un poco—, voy a explicártelo todo, pero debes confiar en mi —tomó la pistola entre sus manos —, hay muchos más hombres, estoy seguro —se acercó nuevo —, tienes que venir conmigo, solo ven conmigo. ¿Podrías confiar en mí?
Me miraba de alguna manera desesperado, como asustado de que me negase.
—Sí —susurré—, lo haré.
Él asintió, inmediatamente unió mi mano a la suya. Alzó su mirada hasta mis ojos, parecían haberse iluminado, al menos eso me pareció a mí.
Fue cuando unos murmullos se escucharon que comenzó a correr llevándome a rastras.
Puede que estuviésemos en una situación peligrosa, pero eso no inhibía mis sentimientos.
Sus dedos entrelazados con los míos era una sensación única, encajaban a la perfección. Me di cuenta que me había sentido completamente congelada hasta ese tacto. Era como si el calor que emanaba de su mano a la mía calentara todo mi cuerpo.
Lo inquietante era la sensación de familiaridad de esa acción, quizás se debía a estarle viendo otra vez.
Abrió la puerta y siguió corriendo por el estacionamiento. Me di cuenta de que su mano derecha era la que estaba llena de sangre, su mano izquierda sujetaba la mía.
—Esos de allá —dijo señalando con su cabeza a nuestra izquierda.
Me aferré a su mano, con más fuerza de la que quizás debería, en cuanto vi a un grupo de hombres alrededor de una camioneta negra. Por alguna razón, no nos habían visto.
—Por aquí— me guío en la dirección contraria.
Nos manteníamos cerca de la pared, solté un suspiro en cuanto cruzamos la esquina.
Él siguió corriendo y yo debía esforzarme el doble por seguirle el paso, sus piernas eran mucho más largas que las mías.
Llegamos hasta un auto deportivo, casi no me sentí extrañada cuando resultó ser n***o. No era completamente lujoso, parecía más un auto para pasar desapercibido.
—Sube —animó abriendo la puerta para mí.
No dudé, no pregunté, solo me lancé en el asiento.
Azarías cerró la puerta y seguido, lo vi técnicamente saltar sobre la parte delantera del auto y en menos de lo que pude contar, se encontraba subiendo al asiento del conductor.
Azarías destilaba seguridad.
Encendió el auto, miró a través de todos los espejos, en todas direcciones y hacia todos lados. Luego, fijó su mirada en mí.
—¿Estás segura que confías en mí? —preguntó dudoso, la inseguridad en su voz me preocupaba y entristecía de una manera extrañaba.
No tenía que pensarlo demasiado, de alguna manera yo tenía la respuesta como una certeza.
—En este punto creí que ya no lo dudabas.
Las comisuras de sus labios se alzaron un poco.
—En ese caso —dijo y llevó su mano hasta la palanca—, no te coloques el cinturón.
No tuve mucho tiempo para preguntarle el motivo así que simplemente no lo hice. Él entonces retrocedió y luego aceleró hacia adelante.
Creí que esos hombres no se darían cuenta de que estábamos huyendo, pero me equivoqué. Nos vieron en el momento exacto cuando íbamos saliendo del estacionamiento.
De todos modos, no había ayudado el hecho de que Azarías condujese a ciento veinte kilómetros para salir de un estacionamiento.
Así como era peleando, era conduciendo, parecía un maestro de estas artes. Y yo que al estacionarme correctamente en un solo intento me creía Letty Ortiz.
Azarías tomaba las curvas con precisión, esquivaba los autos como si anticipara dónde iban a estar.
—Habían tardado —habló mirando por el retrovisor.
Miré hacia atrás, efectivamente estaban allí. Azarías aceleró notablemente empujándome contra el asiento.
—No van a atraparte.
La universidad se encontraba relativamente alejada de todo, por lo que rápidamente nos encontramos con calles menos transitadas.
Ruidos secos, parecían piedras.
—¡Idiotas! — exclamó.
—¿Son disparos? —pregunté colocando una mano contra el tablero.
—El auto posee blindado nivel tres— respondió dándome una mirada fugaz.
Eso era un sí, no estaba completamente segura de lo que significaba, pero decidí no preguntar.
Seguían disparando y mis nervios estaban acabando conmigo.
—¿Por qué tanto afán? — pregunté temblorosa intentando mantenerme en mi lugar por una pronunciada curva.
—Debes manejar tu —anunció mirando por el retrovisor.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué?
—Dijiste que confiabas en mi —asentí —, siéntate en mis piernas.
Algo revoloteó en la boca de estómago.
Tomé aire, coloqué una mano en el tablero y otra en el espaldar, subí mis piernas al asiento e intenté avanzar, pero era más difícil de lo que parecía, la velocidad me hacía tambalear por lo que la acción no fue tan fácil de realizar.
—No tengo equilibrio —dije nerviosa.
—Tú puedes —me miró —, pierna derecha primero.
Dicho esto, sentí una de sus manos tomar mi cintura. Direccionándome y halándome hacia él, logré sentarme en su regazo o más bien, él me sentó.
Mis piernas caían en medio de las suyas, yo estaba de frente al volante. Me era difícil concentrarme cuando su mano no había dejado mi cintura y cuando su aliento chocaba en mi oído.
—Toma el volante —susurró.
Lo hice.
—A la cuenta de tres, pisas el acelerador —indicó.
—Tengo miedo —afirmé asombrada de no estar temblando.
—Uno, dos...
—Tres —pisé el acelerador en cuanto él lo soltó.
La velocidad casi me dispara hacia atrás, tuve que sostenerme fuertemente del volante para quedarme allí, indudablemente necesitaba reajustar el asiento, pero no podía hacerlo.
—Eres increíble —halagó—, es que podías hacerlo.
Sin decir nada más, sacó sus piernas del lugar y en un momento se halló sentado a mi lado.
¿Cuánta agilidad portaba este hombre?
—Ahora, por favor, sé muy cuidadosa — su tono preocupado produjo una punzada en mi pecho—. Por favor, sé cuidadosa, solo concéntrate en conducir, yo me encargo de lo demás ¿está bien?
—Sí.
—No te detengas hasta que te lo diga.
—Ok.
Tuve que pegarme técnicamente al volante, estaba en la orilla del asiento para poder alcanzar el acelerador.
Tres disparos.
Aza estaba disparando con el arma que había tomado.
Intentaron repasarnos, así que me interpuse una y otra vez en su camino. Manejé en zic zac con naturalidad y no tenía idea de cómo.
—¡No puede ser!
—¿Qué? ¿Qué? ¿Estás bien?
—¡Solo tenían tres balas! —negó con la cabeza y soltó el arma— La buena noticia —comenzó estirando su brazo por detrás de mi asiento—, es que su auto no está blindado.
Intentaba idear una ruta de escape convincente cuando noté que Azarías sacó un arma relativamente grande del piso trasero.
—¿Qué es eso? —Le miré mientras hacía movimientos sobre ella —¿Quién rayos eres? —exploté de nervios.
—Tu ángel guardián— dijo completamente seguro de sí mismo.
Déjà vu. Eso lo había escuchado antes.
Azarías disparó no sé cuántas veces hasta que finalmente lo logró.
El auto detrás de nosotros perdió el control hasta que se detuvo a un lado de la vía.
—¡Sí! —exclamó entrando al auto.
No dejé de conducir.
Tenía claro donde quería llegar esta vez. Mis manos estaban blancas por la fuerza con la que apretaba el volante.
Entre nosotros había silencio, pero yo aún escuchaba los disparos en mi cabeza. Me sentía aturdida.
Seguí manejando como si nuestra vida dependiera de ello. Tenía miedo de que regresaran.
—Detente —pidió, no le hice caso—. Por favor, para —repitió —. ¡Isobell, detente aquí!
Estacioné abruptamente a un lado de la vía.
Estaba impactada por múltiples razones: Azarías había aparecido de nuevo, sabía mi nombre, me habían intentado secuestrar y él lo había impedido, él sabía mi nombre, nos habían perseguido y disparado, pero sacó un arma y los derribó. Y además de ello, y más importante: Azarías sabía mi nombre.
Me había quedado estática y no lo había notado hasta que la puerta de mi lado se abrió y él me sacó del auto con urgencia.
—Esto es más divertido en las películas —afirmé.
Me abrazó.
Sus manos estaban alrededor de mi cintura aferrándome a él con tanta fuerza que me costaba respirar, sin embargo, no me importaba.
Pasé mis brazos sobre sus hombros e inmediatamente él ocultó su rostro en mi cuello.
Mi corazón latía desenfrenado, mi respiración estaba agitada, quería llorar y a la vez reír. Quería quedarme así.
Estar en sus brazos se sentía tan correcto, me sentía como en casa, como si hubiese perdido algo y lo había encontrado.
Y era mejor de lo que había podido imaginar.
Me alejó un poco para tomar mi rostro entre sus manos.
—Tenía tanto miedo de que algo te pasara, estaba aterrado, no podía perderte.
No podía perderte. Retumbó en mi cabeza.
Sus palabras se adentraron en mi corazón con fuerza. No podía creer que mi amor platónico estuviese hablándome de aquella manera.
Es mía. Había dicho.
De pronto, sentí sus labios reposar en mi frente.
¡Me había dado un beso en la frente! Eso bastó para que todos mis sentidos se nublasen.
Volvió a abrazarme. Su olor se impregnó en mi nariz. Un olor extrañamente familiar.
La cabeza comenzó a dolerme como un destello de algo que no podía alcanzar.
Había soñado dormida y despierta, varias veces con algo así, con un abrazo suyo.
—¿Cómo sabes... mi nombre?
—Por la misma razón por la que tú sabes el mío —respondió sin soltarme —, lo escuché un par de veces.
Reí. En este momento, solo una energía me recorrió. Estaba eufórica, lo malo había pasado y él estaba allí.
—No imaginé conocerte de esta manera.
No quiero que esto sea un sueño.
—No lo es —dijo él.
Me sentí avergonzada dándome cuenta que lo último lo había dicho en voz alta.
—¿Bell? —me llamó.
—Así me llamaban antes.
Acarició mi cabello. Este era de color miel y apenas llegaba más debajo de mis hombros.
—Tengo un irrevocable sentimiento de pertenencia con respecto a ti.
Mi mundo se detuvo por completo. Azarías acabaría conmigo. Estaba calcinando mis emociones y sentimientos.
Grité.
Alguien había jalado mi cabello hacia atrás con una fuerza que me tiró al suelo.