Capitulo 2

2382 Words
2   El inicio del fin.   Una vez. Solo una vez habíamos cruzado palabras. El gimnasio no era tan grande, yo estaba haciendo sentadillas en una de las máquinas. Había terminado mi tercera repetición, reposé la pesa en su lugar, tomé un poco de agua dándole la espalda y coloqué otra canción en mi IPod. Cantando mentalmente No Plan B de Manafest, me giré para posicionarme debajo de la pesa, pero en cuanto lo hice, casi me dio un infarto. Azarías estaba parado justo frente a mí, mirándome mientras movía sus labios. Inmediatamente y tratando de contener mis impulsos, me quité uno de los audífonos. —Disculpa, ¿qué? —fue todo lo que pude decir. Él sonrió. Casi colapso. —Que si estás usando esas mancuernas —dijo suavemente, sin dejar de sonreír y señalando con su mentón al suelo. Seguí la dirección que señaló y efectivamente estaban allí dos mancuernas, una de quince kilogramos y una de veinte. —No, no las estoy usando —respondí mirándole de vuelta, ninguno dijo nada durante unos segundos. Él dejó salir una pequeña risa y negó un poco con la cabeza. Sentía que en cualquier momento mi corazón fallaría. —¿Podrías pasármelas? — preguntó ladeando su cabeza. —¡Oh! — exclamé entendiendo — Claro, claro. Inmediatamente, tomé una pesa en cada mano y extendí una por una para que él las tomara. No sé si fue una ilusión, pero sus ojos no se despegaron de los míos en ningún momento. —Muchas gracias —su voz era tan masculina, tan potente, tan hermosa. Él no había dejado de sonreír y me di cuenta que yo no lograba hacer lo mismo, por más que lo intentara, estaba paralizada. Dale tu mejor sonrisa, la mejor, sonríe. Me obligué a mí misma. —No hay de que —respondí y sonreí como pude. No supe cuánto tiempo fue, pero se quedó allí parado frente a mí sonriéndome y yo sonriéndole a él. Realmente era muy alto, quizás un metro noventa. El momento tuvo que acabar en cuanto me dio la espalda y se fue. Fue la única vez que tuvimos una conversación.  Me vi tentada a saludarle con la mano cuando lo veía en la universidad, pero de alguna manera esperaba que él lo hiciera cuando nuestras miradas se encontraban y no sucedía, por lo que podía analizar que él no se sentía de la misma manera que yo. Azarías estaba matándome en aquel entonces. Ya había pasado una semana desde que creí verle y no había vuelto a hacerlo aun cuando lo estuve buscando por todos lados con la mirada. Me sentía patética y ridícula porque aún tenía la sensación de que estaba cerca. Mis padres habían notado mi falta de apetito, pero lo atribuyeron al hecho de que estaba en clases y quizás tenía preocupaciones. La semana transcurrió tranquilamente, un tanto tormentosa, pero todo iba bien. Mi padre ya no ejercía como juez, pero hacía algunas consultas. Mi madre ahora era la dueña de una muy bonita cafetería que poseía una parte en remodelación. —¡Siena! —Escuché a lo lejos — ¡Siena! Alcé mi vista del libro que portaba en mis manos y que no leía. —Hola, Margot —saludé a la chica pelirroja que se acercaba a mí —. ¿Qué sucede? ¿Estás bien? La chica apoyó las manos sobre las rodillas intentando recuperar el aliento. —Te he... estado... —intentó decir. —¿Qué? ¿Qué sucede? —volví a preguntar tocando su hombro. —Te solicita la profesora Cachemir —mis ojos se abrieron —, al parecer quiere ofrecerte como su asistente en el hospital, este año. La emoción pareció recorrerme. —¡No puede ser! —abrí mis manos — ¡Eso es increíble! ¡Ella solo selecciona a los mejores estudiantes, los más brillantes! —¡Así es! ¡Y al parecer te quiere a ti! —sonrió contenta— ¡Ahora muévete! ¡Tienes que levantarte y buscarla justo ahora! — me levantó por los brazos y un tanto seria. —¿Por qué tanta prisa? —la miré, había venido corriendo y ahora me apuraba. —¡Porque Denise Coleman ha escuchado! —El tiempo se detuvo — ¡Y cuando yo salí del salón, ella entró! —¡No, no puede ser! —guardé el libro en mi bolso— ¡Ella siempre quiere quitarme lo que me corresponde! Lamentaba haber sacado mis cuadernos, lápices y libros. —¡Ya deja eso! — regañó — Yo lo recojo, corre rápido a su salón. ¡Muévete! —Muchas gracias por ser mi amiga —le di una sonrisa. —No te pongas melancólica, tonta —se rio —. ¡Muévete ya! Con una sonrisa en el rostro, casi corrí por los pasillos. Estaba emocionada, aún no había avanzado demasiado en la carrera y esta profesora me ofrecía ser su asistente en el hospital donde trabajaba. Según lo que sé, solo debemos estar allí para ayudarle con algunos papeles y en pocas cosas debido a que no tenemos los conocimientos necesarios, pero como ella misma dice, es una buena introducción a este mundo. Denise era una gran estudiante también, aunque siempre quería llevarme la ventaja y ahora, quería quitarme esto. No soportaba cuando quien tenía la ventaja era yo. En pocos minutos, ya me encontraba a tan solo unos pasos de su salón. Sentí de pronto un escalofrío recorrer mi espalda, quizás solo era la euforia. Temblorosa, tomé la manija de la puerta. Respiré hondo y como si me hubiesen hecho girar, miré al salón del frente el cual tenía la puerta abierta. Ahora sí que mi corazón se había detenido por completo. Sus ojos oscuros me miraban fijamente y con el mismo aire despreocupado y la chispa de algo que no lograba descifrar, como antes lo hacía. Azarías estaba allí, sentado en la primera fila con sus largas piernas estiradas debajo de la mesa. No era una ilusión. No creí haberlo visto antes, era un hecho. Yo sabía que él estaba aquí. No dejó de mirarme ni yo a él. Todo era tan irreal y real al mismo tiempo que temía despertarme en cualquier momento. Estaba sinceramente esperando que él me saludara. Di un brinco asustada. La puerta frente a mí se había abierto de golpe. —King —dijo Denise con esa sonrisa hipócrita y forzada de siempre. —Coleman —respondí más cansada que otra cosa. —Felicidades —animó —, la profesora te ha otorgado el puesto de este año, solo ha querido dártelo a ti — seguido, salió golpeando mi hombro con su brazo. Me quedé allí estática, en parte por el puesto, en gran parte por el joven a mis espaldas. —Señorita King —la profesora captó mi atención —, pasa adelante —seguí sin moverme—, no te preocupes por nada, dicen por allí que lo que verdaderamente es tuyo, nadie puede arrebatarlo de tu destino. —Sí, es cierto — respondí entrando y cerrando la puerta detrás de mí. —Ahora, Coleman ya te ha contado lo que estoy por ofrecerte. —Sí. —Igual, déjame explicarte de qué va todo esto. Estaba tan aturdida que no conseguí ser plenamente consciente de lo que ella estaba diciendo, sabía que la profesora me hablaba y daba indicaciones, sin embargo, no conseguía enfocarme en ella, tenía varios de los sueños que había tenido en esos meses dando vueltas en mi cabeza. Tenía la imagen de Azarías sentado en el salón del frente y los miles de recuerdos de cuando vivía en Inglaterra, apareciendo y produciéndome un fuerte dolor de cabeza. Era como si estuviese dejando pasar algo, como si estuviese de pie en una habitación oscura y me alumbraran los ojos con una luz cegadora, igual incapaz de ver algo. —¿Cuento con su disponibilidad para este papel, Señorita King? —Insistió moviendo una mano frente a mis ojos. Intenté concentrarme. —Claro que sí — respondí con menos emoción de la que planee—, estaba anhelando esta oportunidad, solo no creí que ocurriese tan rápido. Ella sonrió. —Bueno, espero no me decepciones. —No lo haré —respondí estrechando su mano. —Te veré el lunes a las siete de la mañana en la sección de pediatría — recordó colocándose de pie—. Yo me encargo del papeleo, no tienes que preocuparte por ello. Hacer trabajo en el área de pediatría era algo que me emocionaba. —Esto es un honor para mí —dije encaminándome a la puerta —, allí estaré sin falta —tomé una fuerte respiración antes de abrir—, que tenga buenas tardes. Sin oír nada más que un "buenas tardes", abrí la puerta. Para mi decepción, ya no había nadie en el salón del frente, en cambio, Margot estaba sentada en el suelo. —¡Al fin! —exclamó colocándose de pie — ¿Es tuyo? —No —fingí. —¡Denise ya ha colmado mi paciencia! —exclamó enojada— No te preocupes Siena, ella va a pagarlo, esta vez va a oírme. ¡Ese puesto era tuyo! No pude aguantar más y comencé a reír. —¡Tonta! — ofendió golpeando mi hombro— ¡Me asustaste! ¡Felicidades corazón de vainilla! —me abrazó sacudiéndome. —Comienzo el lunes —dije emocionada—, gracias por avisarme. —Soy tu única amiga, es mi responsabilidad —me soltó—, ahora debes traerme de la torta de coco de la cafetería de tu madre, me lo debes. —No te aproveches de ello —reí tomando mi bolso. —Bueno, entonces no te diré otra buena noticia —caminó más rápido. —¿Qué? ¿Qué sucede? — intenté alcanzarla. —No. —¿No se supone que estabas a dieta? —pregunté. A mi parecer, Margot no era gorda, solo era un poco gruesa y eso le quedaba muy bien, lucía increíble. —La dieta y yo nos dejamos —se encogió de hombros —, quería que dejase mis hábitos alimenticios y sabes que odio que se metan con mi comida. —Te traeré una torta entera solo para ti —me rendí— ¿Qué sucede? —Sabía que cederías a mi poder —entrecerró sus ojos —, el profesor de biología no viene hoy, acaba de mandar un mensaje al grupo, por tal motivo, estamos libres desde ahora. Me sentí aliviada. —Perfecto —suspiré — ¿Quieres ir a la cafetería a reclamar tu premio? Ya nos encontrábamos cruzado las puertas que nos dejaban en el jardín delantero. —Lo siento —hizo una mueca arrepentida—, Elijah quiere que vayamos a cenar con sus padres y ha dicho que me pasará buscando para dejarme en casa y que pueda arreglarme con comodidad. — Tu novio a veces no me agrada en lo absoluto —giré mis ojos—, nos vemos mañana entonces. —Así será— dicho esto miró al frente y sonrió. —Y el cien por ciento de las veces me parece escalofriante esta relación suya — fruncí el ceño viendo que Elijah estaba esperándola apoyado en su auto. —Envidiosa —me sacó la lengua—, necesito tu ayuda para escoger el vestido, te llamare por video en cuanto llegue. —Dalo por hecho —me despedí — ¡Cuídala, Elijah! —Cuídate tú, enana —sonrió alzando una mano. Seguido, Margot lo besó y se subieron al auto. La escena me produjo un sentimiento de añoranza que empujé hacia un lado rápidamente. Rendida y sola, le escribí a mi padre. "¿Podrías rescatar a tu pequeña?" Dos minutos después, respondió. "Voy en media hora" Suspiré mirando a todos lados. Eso significaba una hora. "Está bien" Aun no me sentía completamente bien, me sentía aturdida y el hecho de que mi auto estuviese en el taller por una falla que salió de la nada el día anterior, me dejaba sin más opción que esperar por él. Mis padres se habían vuelto el doble de sobreprotectores luego del accidente. Decidí dirigirme a la biblioteca, quería sacar algunos libros y quizás eso despejaría mi mente. Los pasillos estaban solitarios, para ser martes, todo estaba en completa calma, quizás por la hora todos estaban en clases. Azarías vino a mi mente. ¿Cómo podía ser que estuviese aquí? No tenía una explicación lógica. Él estudiaba arquitectura, aquí efectivamente no daban arquitectura, además de ello, él estaba sentado en uno de los salones que pertenece a medicina. Sería demasiada casualidad el hecho de que sencillamente haya querido un cambio de ambiente y escogiese precisamente este país, esta ciudad, específicamente esta universidad y esta carrera. ¿Debería hablarle? ¿Debería acercarme a él y preguntarle? Tampoco éramos completos desconocidos, nos habíamos chocado muchas veces. No, no podía. Dudaba que me reconociera o recordase, estaba segura que yo no signifiqué más que una insistente casualidad. —¡Oye! —alguien llamó— ¡Hey! —repitió y me di cuenta de que era conmigo porque no había nadie más en el pasillo. Me giré y vi a un chico rubio intentando alcanzarme. —Disculpa —sonrió—, es solo que estoy un poco perdido, ¿podrías decirme cómo llegar al salón trescientos dieciocho? Era muy lindo, a decir verdad. Sostenía un papel en su mano y tenía este estilo Skater que le quedaba muy bien, sus hombros eran bastantes anchos para dejar en claro que hacía ejercicio. Era bastante musculoso. —Claro —sonreí y me acerqué un poco—, debes subir al tercer piso por esas escaleras de allí, los salones aquí están ordenados de cien en cien en cada piso, de allí, encontrarás fácilmente el número ubicado sobre la puerta. —Eres muy amable —respondió —, y muy ingenua también. Su sonrisa tierna cambió por una un tanto malévola. —¿Disculpa? —Es nuestro turno de guiarte… Isobell. Una voz a mis espaldas me sobresaltó, pero no más que el nombre que acababa de pronunciar. Un hombre fortachón de piel morena se encontraba a unos pocos pasos de mí. Me había aterrado, no se suponía que nadie conociera mi nombre real. —Creo que te equivocaste de persona —comencé a temblar—, me llamo Siena. —No te hagas la tonta con nosotros —el rubio caminó hasta mi —, te conocemos perfectamente. Mi visión amenazaba con nublarse. No podía ser que hayan regresado por mí. —Ahora, vas a caminar tranquilamente hasta el estacionamiento, te subirás al auto con nosotros y nos iremos de aquí —dijo ahora el Moreno, caminando hacia mí —, quizás seamos un poco más condescendientes contigo, Isobell. Me habían acorralado, uno a cada lado de mi cuerpo. No podía estar sucediendo esto. Miré a todos lados, había unos cuantos salones a mí alrededor. —¡Ayuden...! —el rubio cubrió mi boca y golpeó mi cabeza contra la pared. Sentí sangre en el interior de mi boca. Me había aturdido. —Mala elección —espetó —, creí que nos llevábamos bien. Clavó algo en mi abdomen, estaba segura de que era un arma. —Vas a ir con nosotros al menos que quieras una masacre —amenazó el otro. —Tranquilamente, saldremos de aquí —repitió el que me sujetaba— porque sé que no quieres que algo le pase a tu querida Margot, que justo ahora está llegando a casa con su novio, Elijah. No iba a llorar frente a ellos por más asustada que estuviese, por más que mi cabeza doliese. Solo asentí. —¿Segura? —preguntó el rubio. Volví a asentir. —Perfecto —sonrió alejándose un poco—, vamos al estacionamiento trasero. Seguido, el rubio me colocó a su lado izquierdo, pasó su mano por mi cintura y enredó mis dedos con los suyos. Colocó el arma contra mi espalda, la posición en la que nos encontrábamos daría entender a cualquiera que éramos una pareja más. —Me escapé una vez — musité con enojo mientras caminábamos —, volveré a hacerlo, no se van a salir con la suya. Ambos rieron. —Pareces un chihuahua —se burló el moreno—, sintiéndote capaz de vencerme, siendo una chica de veinte años que mide solo un metro sesenta y uno. Pero si intentas escapar, trata de no partirte la cabeza esta vez. Temblé, eran los mismos que intentaron llevarme la primera vez.  
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