1
Reino Unido.
Lisburn, Irlanda del norte.
Una semana antes del Inicio del fin.
Tengo frío, siempre lo tengo.
Es como si, de alguna manera, formase parte de mí, en todo momento sentía frío y me había acostumbrado tanto que en ocasiones no era capaz de notarlo sino hasta que recibía calor de alguna fuente.
Ya no me parecía extraño.
Podría decirse que tiene que ver con el hecho de que el clima sele ser frío, pero lo que suelo sentir es diferente.
Mi madre me ha dicho que seguro se debe al accidente y que, de alguna manera, el golpe que recibí en la cabeza había afectado algo que ahora yo creía que siempre tenía frío y no era así. Eso sí que me parecía algo sin sentido alguno, sin embargo, creo que es solo su manera de bromear conmigo.
Ya había pasado poco más de un año desde el fatídico acontecimiento que nos obligó a mudarnos del país, tuve que dejar mi vida entera atrás, yéndome de la noche a la mañana sin dejar una sola explicación a mis amigos, los pocos que tenía.
Me había costado adaptarme, no tanto por mí misma, sino por la culpa que sentía ante la idea de que fue por mí que mis padres tuvieron que cambiar todo su mundo y por los espacios vacíos que dejamos en casa, el hueco que sé que dejé en los corazones de mis amigos porque a pesar de que eran pocos, sé que eran verdaderos.
Newcastle no era tan malo después de todo. Logré entrar a una universidad bajo la falsa de identidad de Siena King, estaba en la facultad de Medicina, una carrera completamente diferente a la que estudiaba antes. Esto fue posible gracias a los contactos de mi padre.
Las vacaciones habían acabado una semana atrás por lo que me encontraba caminando hacia mi primera clase del día, ni siquiera estaba pendiente de cual materia era, no era como si me gustase la carrera realmente.
Llevaba unos cinco minutos de retraso, aún me estaba adaptando a que se habían acabado las vacaciones y si, aún tenía sueño.
Como si me hubiesen llamado, miré inmediatamente hacia mi derecha y el aire abandonó por completo mis pulmones.
Una camisa gris, un brazo tonificado.
Fue todo lo que vi antes que terminara de cruzar la puerta al final del pasillo, pero todo dentro de mí me indicaba que era él.
¿Habré visto bien?
¿Mi mente jugaba conmigo?
Es que no podía ser posible.
Estoy loca, estoy terriblemente paranoica. No podría ser él…
Pero era la misma sensación de reconocimiento de años atrás, de alguna manera yo sentía que sí, que era él, algo dentro de mi tenía la plena certeza de que era él.
¿O quizás era una manifestación visual de lo que llevaba sintiendo por meses?
Era extraño, pero uno que otro día, tenía el mismo presentimiento en el pecho que ya me preocupaba, era muy parecido al que experimentaba tiempo atrás cuando él estaba en el mismo lugar que yo.
Me quedé de pie durante un tiempo completamente estática con muchos recuerdos viniendo a mi mente.
Alto, muy alto para ser sinceros, tanto que mi cabeza llegaba hasta su pecho. Piel no tan clara ni tan oscura, el equilibrio perfecto para mí, cabello marrón oscuro, ojos marrones, espalda ancha y tonificada. Un joven hermoso ante mis ojos, cuyo nombre era Azarías; yo siempre me referí a él como Aza.
Lo vi por primera vez cuando entré al gimnasio a los diecisiete años, alrededor de tres años atrás. Lo recuerdo de espaldas a mí, sentado mientras alzaba una pesa con su brazo derecho.
Ese día no supe lo que llegaría a ocasionar en mí.
Se volvió mi amor platónico en poco tiempo, ¿cómo no, si él era increíblemente llamativo? Nunca sonreía, al menos pocas veces yo lo había visto y las veces que lo hacía era un momento memorable.
Creo que lo que hizo que se metiera tanto en mi mente era el hecho de que, casi todo el tiempo, chocaba con él. Era algo muy loco a mi parecer.
Si yo entraba al gimnasio, entonces él justamente venía cruzando el pasillo por donde yo pasaría y en dirección contraria. Si yo iba a bajar las escaleras, entonces él las venía subiendo.
Una vez me encontré llenando mi termo y en cuanto giré, todo lo que vi fue su abdomen, por lo cerca que estaba y por lo bajita que era yo con respecto a él. Sin decir nada, él me dio permiso para caminar y yo me fui de allí.
Cada día, yo tenía un nuevo momento al que aferrarme antes de dormir.
Cada vez que le veía, yo me sentía enérgica, él llamaba mi atención.
Así fue pasando el tiempo, hasta que mirarlo comenzó a doler, hasta que ver cuando se iba dolía, pero ver que se quedaba era peor, porque estaba siempre tan cerca de mí y a la vez tan lejos que no podía con ello, lo veía casi todos los días y aun así no lo conocía.
No sabía de él más que su nombre, era mayor que yo y le gustaba hacer ejercicio.
Cuando lo veía sonreír, se me acababa el aire y cuando escuchaba su voz, el tiempo parecía detenerse.
Sin embargo, no fue hasta mi primer día en la universidad un año después cuando todo pareció una extraña broma del universo. Yo esperaba para entrar a mi primera clase cuando él cruzó el pasillo; estábamos en la misma facultad, estudiábamos Arquitectura, pero según lo que llegué a descubrir, él me llevaba un año académico y eso, yo no me lo esperaba.
Fue entonces cuando comencé a verlo aún más. En las mañanas lo veía en la universidad, en las tardes lo veía en el gimnasio lunes, miércoles y jueves. Martes y viernes por alguna razón no lo veía en todo el día.
Como era de esperarse, todo el tiempo me topaba con él. Si yo tenía clase en un salón, él tenía clase en el que estaba justo al lado o al frente, y llegábamos a toparnos en las entradas o salidas, si me dirigía a la biblioteca, él ya estaba allí.
Lo que más me impactaba era que, cada vez que nos encontrábamos, nuestras miradas también lo hacían, era algo fijo.
Una vez, yo crucé un pasillo y él iba saliendo de él, me miró y por primera vez, giró sus ojos como si estuviese pensando "otra vez tú". Eso rompió mi corazón.
No obstante, seguíamos encontrándonos y para empeorar el asunto, solíamos sentarnos en el mismo sector a esperar para la siguiente clase o cualquier otra cosa, por alguna razón, o se sentaba en diagonal a mi o al frente, siempre cerca.
Se convirtió en mi amor imposible cuando mis manos comenzaron a temblar al tenerle cerca y cuando yo sabía perfectamente que estábamos en el mismo lugar porque sencillamente, lo sentía y no podía explicarlo.
Todo aquello hasta que intentaron secuestrarme cuando estaba a punto de cumplir los diecinueve años en diciembre.
No me acuerdo de ello, pero según lo que explican mis padres, yo estaba sola en casa cuando unos hombres llegaron y me sacaron a la fuerza, me llevaban en una camioneta y yo, como toda una chica valiente que no sabía que era, me lancé del vehículo en movimiento. La hazaña provocó que, al caer, golpeara mi cabeza contra la acera con demasiada fuerza.
Duré dos meses en coma y para cuando desperté, poco más de un año de mi vida se borró por completo de mi memoria.
Fue entonces cuando abandonamos el país sin dejar rastro. Cuando lo dejé todo atrás menos él.
Menos él porque de vez en cuando no lo podía sacar de mi mente, soñaba con él, sueños tan vívidos que a veces despertaba llorando con un dolor fuerte en el pecho que no tenía sentido. A veces incluso tenía ese mismo presentimiento de que estaba cerca y me sentía completamente ridícula cuando lo buscaba con la mirada inútilmente.
Me preocupaba incluso seguir cuerda, solo fue un crush épico que debía haber superado ya, al no hacerlo mi preocupación era que tuviese una obsesión con él.
Es por ello que todo en mi me indica que es él, sé que es él. No podría explicarlo, pero Azarías cruzó esa puerta, lo sé, aunque no haya visto nada más que un brazo.
O quizás ya había cruzado la línea y me había vuelto loca.
Reaccioné, miré mi reloj y ya llevaba diez minutos de retraso por ver esos años cruzar por mi mente. Aún con el escalofrió recorriendo mi espalda, me encaminé a mi salón de clases.
La vida tenía que estarse vengado de mi si aún, en otro país, en una facultad completamente diferente, luego de poco más de un año, tuviese que toparme con Aza cuando se suponía que tenía que olvidarlo todo, incluido él.
Aunque no es como si tuviese una verdadera historia con él que olvidar.