O5

1949 Words
Alex. Qué bien se sentía estar en casa otra vez, con la diferencia de qué ahora no sólo seríamos mis hijos y yo, sino que tendríamos a nuestro lado a la mujer más extraordinaria que existía sobre la faz de la tierra. Me resultaba muy extraño que mi familia todavía no hubiese bajado a saludarnos, nos entretuvimos saludando a la pequeña Rossi y a la amiga de mi mujer, pero me moría de ganas por abrazar a mis hijos, los había extrañado a horrores y sólo quería apretarlos contra mi pecho y decirle lo mucho que me habían hecho falta todos estos días, no quería perder más tiempo, así que le pedí a Peter, nuestro fiel y querido mayordomo que les avisara inmediatamente para que por fin estuviésemos todos juntos como la gran familia que seríamos a partir de ese momento. —Peter, ¿Por qué no están aquí mis hijos para recibirme? ¿Tan rápido se olvidaron de su padre?— Pregunté con cierto recelo. —No entiendo porque todavía no han bajado, joven Alex. Hace rato les avisé que usted ya había llegado con la señora Aurora, se lo dije a la señora Margaret y ella me comentó que le diría a la niña Amelia— Confirmó el mayordomo. Me preocupé un poco, no era algo usual que Amelia no quisiera bajar a recibirme, siempre que regresaba de mis largos viajes, era la primera en presentarse para darme un gran abrazo, seguida de los gemelos que saltaban hacia donde yo estaba para que los llenara de mimos. —¿Está pasando algo, mi cielo?— Interrogó Aurora con evidente preocupación. —No te preocupes mi vida, seguro los niños están planeando darnos una sorpresa, pero les voy a ganar y los sorprendidos serán ellos, déjame ir a buscarlos y enseguida regreso, ¿Rossi, quieres acompañarme?— Le pedía a la niña . —Preferiría que Rossi, se quedara aquí conmigo, mi amor. La extrañado mucho y me gustaría que me contara todo lo que ha estado haciendo todos estos días, siento que será mejor que llegues tú solo, pueda que los niños se sientan incómodos—. Ésto último me lo dijo en secreto para que nadie pudiera escuchar. Moví la cabeza en señal de asentimiento y me dispuse a subir a la habitación de Amelia. No sabía por qué, pero una extraña sensación se había instalado dentro de mí, era como si algo me dijera que las cosas no estaban bien con mis hijos, y era lo que menos me gustaría puesto que no quería comenzar con el pie izquierdo el primer día de esta nueva etapa. Margaret estaba con los tres, al parecer tenían una plática cerrada, así que me detuve un momento en la puerta para escuchar de qué se trataba. —Entonces, abuelita, ¿Tú crees que Rossi vaya a robarme a mi papá?— Preguntaba mi hija con voz triste. Me quedé de piedra cuando escuché las palabras de Amelia, ahora entendí el comportamiento de los niños, se sentían amenazados por la presencia de Rossi y Aurora en la casa, por lo que de inmediato tenía que aclarar esa situación para evitar que pudiesen desencadenarse malos entendidos, además, Rossi y Amelia siempre habían sido muy buenas amigas, las mejores desde el preescolar, y no era justo que aquel sentimiento tan bonito pudiese terminar a causa de unos celos infantiles,. —Sorpresa— Les dije mientras abría la puerta intempestivamente. Todos se me quedaron mirando, y los únicos que saltaron a abrazarme, fueron mis pequeños gemelos, los cuales no entendían mucho de lo que Amelia y Margaret estaban hablando, y en cuanto me vieron ese amor genuino y espontáneo apareció de golpe. —Los extrañé mucho mis amores, pero mira qué grandes están, están enormes— Exclamé emocionado. Amelia seguía sin moverse de su sitio, y eso empezó a preocuparme. —¿Y tú no vas a venir a abrazarme, princesa?— La increpé apesadumbrado. —Vamos, cariño, ve a abrazar a tu padre, que seguro te ha extrañado mucho— La animó Margaret. Mi pequeña abrió sus brazos con cierta reserva, veía en sus ojos mucha inseguridad, y una actitud que no me gustaba para nada, así que la envolví pegandola contra mi pecho y besando su frente en repetidas ocasiones. —¿Quién es la princesa de papá?, Te extrañé mucho mi muñeca hermosa, demasiado, y tú me castigas no queriendo venir a saludarme, eso me pone triste porque sabes lo mucho que te amo, ¿Verdad?— Le pregunté tratando de suavizar las cosas. Ella asintió y unas cuantas lágrimas empezaron a descender de sus hermosos ojos. —¿Pero qué pasa, mi reina?, ¿Quieres contarle a papá?— Exclamé angustiado. La niña quiso decir algo, pero Margaret la interrumpió . —No hagas caso, querido, seguro, deben ser cosas de niños, ya sabes cómo se ponen, sobre todo cuando hay tantos cambios en su vida—. Insinuó. No me gustó el tono en el que Margaret dijo las cosas, pero no quise hacer ningún comentario por prudencia y respeto a mis hijos, no obstante, en el futuro le pediría que no interviniera en ese tipo de cosas que para mí son las más sagradas . —Mi amor, me gustaría platicar contigo, ¿Te parece si tú y yo vamos a allá afuera y hablamos un ratito?— Propuse. El rostro de Margaret se desencajó, pero no dijo nada, solamente noté una mirada extraña hacia mi hija. Pero en ese momento no podía imaginar de qué se trataba. Amelia y yo salimos de la habitación y ella comenzó a llorar en mis brazos. —Hermosa, me estás preocupando, por favor dime qué es lo que te está pasando, sabes que no me gusta verte llorar y si tu corazoncito está triste, a mí me gustaría saberlo para poder ayudarte, anda, por favor cuéntale a papá— Le pedí con voz cálida para infundirle la confianza que necesitaba. Poco a poco la respiración de mi hija se fue normalizando, conforme la abrazaba y acariciaba su cabello, ella iba dejando de llorar, y luego me miró con esos ojitos tan hermosos que la mayoría del tiempo eran tan expresivos, pero que en ese momento manifestaban una tristeza que realmente me hacía sentir muy mal. —¿Tú vas a dejar de quererme ahora que Rossi vino a vivir a esta casa?— Interrogó ella con total espontaneidad. No imaginaba de dónde había podido sacar mi hija algo semejante, no entendía lo que estaba pasando, si tanto ella como Rossi estaban sumamente felices de qué todos juntos pudiésemos formar una familia, ¿Pero por qué había cambiado de opinión tan abruptamente? ¿Quién le estaba metiendo tantas ideas en la cabeza a mi hija? No quería especular al respecto, así que prefería escuchar directamente de Amelia lo que estaba sucediendo. —Pero, princesa, ¿De dónde sacas eso?, Yo jamás podría dejar de quererte, tú eres mi hija, mi más grande tesoro junto con tus hermanos, y ahora Rossi también forma parte de la familia, porque es la hija de Aurora, pero el cariño es distinto, no tiene porque compararse, además, aquí en mi corazón hay suficientes espacio para las dos, así que por favor, mi pequeña, no pienses cosas que no son, y la próxima vez mejor pregúntame antes de hacerte ideas equivocadas, ¿De acuerdo?— Expuse. —Sí, papito, perdóname por favor, es que yo te quiero tanto y me pondría muy triste si tú dejas de quererme— Me dijo ella. —Eso nunca va a pasar, yo jamás podría dejar de quererte ni a ti ni a tus hermanos, y pase lo que pase. Siempre estaremos juntos, así que quita esa carita triste, y por favor ve por los niños para que me acompañen a recibir a Rossi y a Aurora que se mueren por verlos—. Las palabras de Amelia no dejaban de dar vueltas en mi cabeza, no imaginaba cómo pudo llegar a pensar siquiera que mis sentimientos hacia ella y a sus hermanos, podrían cambiar con la llegada de Rossi y Aurora a la casa, no quería pensar mal de Margaret, pero era la única que estuvo con ellos durante mi ausencia debido a la luna de miel, y sólo esperaba que no les estuviera metiendo ideas en la cabeza a los niños, porque de lo contrario tendríamos graves problemas. Bajamos a la sala y de inmediato toda la tensión que existía se rompió. Amelia y Rossi se abrazaron y no perdieron la oportunidad de subir juntas a su nueva habitación, porque a partir de ese momento compartirían el cuarto y serían como las hermanas que siempre habían deseado tener. Los gemelos estaban encantados con Aurora, ella era tan tierna y cariñosa, siempre repartiendo amor al por mayor, y por eso me sentía sumamente orgulloso de ella, y estaba tan cautivado y enamorado, porque era una mujer extraordinaria que siempre daba lo mejor de sí. Subimos a nuestra habitación para prepararnos para la cena, estábamos un poco cansados porque había sido un día bastante agitado, pero por fin teníamos un momento a solas y pensaba aprovecharlo. —¿A qué se debe esa carita, triste?— Preguntó Aurora. Me acerqué un poco a ella, la tomé por la cintura y la senté sobre mis piernas y comencé a besarla en el cuello sintiendo como mi cuerpo reaccionaba con el solo contacto de su piel. —Nada que no puedan solucionar unos cuantos besos— Musité con voz seductora. —Bien, eso me parece interesante, pero me gustaría que me contaras porque has estado tan tenso desde que llegamos— siguió insistiendo. —Todo está bien, mi amor, no te preocupes—. Le dije omitiendo la información sobre lo que había sucedido con mi hija . No me gustaba ocultarle las cosas a Aurora, pero tampoco quería que ella se sintiera incómoda, era nuestro primer día y quería recibirla como ella se merecía y no dándole preocupaciones desde el primer momento, por ningún motivo me gustaría que se decepcionara de haber tomado la decisión de casarse conmigo, lo único que quería era que pudiésemos alcanzar la felicidad juntos y así lo haríamos . —Veo que no vas a soltar prenda, así que voy a ayudarte a disipar esa tensión— Dijo ella empezando a masajear mis hombros. Uff, me sentía extasiado, Aurora tenía una habilidad impresionante con sus manos que lograba transmitirme esa energía tan luminosa, todo mi cuerpo reaccionaba a ella, la deseaba con tal intensidad que con tan sólo mirarla todos mis sentidos se despertaban provocándome reacciones inimaginables por todo mi cuerpo. —Mi amor, tienes unas manos maravillosas, eso se siente muy bien, pero si me sigues tocando así, no voy a poder resistirme— Le confesé. —Entonces, no lo hagas— Susurró ella muy cerca de mi oído. Sus deseos serán órdenes para mí, así que la tomé en mis brazos y luego la deposite sobre la cama, comencé a besarla de una forma lenta y sensual, haciendo la estremecer por todos lados, podía sentir los latidos acelerados de su corazón, que al compás de los míos, parecían quererse salir de nuestro pecho, nuestros cuerpos parecían uno solo y ya no podía soportarlo más, necesitaba desvestirla y hacerla mía de inmediato, nos pusimos de pie y nuestros cuerpos se frotaban uno contra el otro, dejando que el deseo hablara por sí solo. Estábamos en una posición muy comprometedora, cuando de repente la puerta se abrió. —La cena está lista cuando gusten pueden...— Se escuchó la voz de Margaret, dejando sin terminar la frase.
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