La brisa cálida entraba por la ventana, acariciando nuestros cuerpos que yacían sobre la gran cama, donde habíamos pasado momentos tan maravillosos desde que llegamos a aquella isla paradisíaca. Pero había llegado el momento de volver a la realidad, y eso me ponía un poco nerviosa, no había podido disfrutar a plenitud de nuestra luna de miel, debido a los pensamientos que constantemente se agolpaban en mi cabeza. Pensaba en Margaret, la manera en que me comparaba con su hija, y después en el retrato de la difunta esposa de mi marido que apareció justo en nuestra alcoba matrimonial el primer día de casados, pero no quería seguir pensando en eso, necesitaba tranquilizarme para empezar con el pie derecho la que sería mi nueva vida junto al hombre que había logrado reconstruir los pedazos en el que estaba convertido en mi corazón. Me acerqué un poco más a Alex, quien estaba profundamente dormido, envolviéndolo en un cálido abrazo, seguido de un suave beso en los labios. Al sentir el contacto, mi marido, de manera instintiva, empezó a reaccionar pegándose más a mi cuerpo, era cuestión del más mínimo contacto para que la chispa se encendiera entre nosotros como volcán en erupción.
—Buenos días, guapo— le dije con la respiración entrecortada debido a la exaltación que estaba experimentando.
—Buenos días, preciosa— contestó el con voz ronca.
Estaba apunto de abrir la boca para decirle que se nos estaba haciendo tarde para el viaje, pero él no me lo permitió, inmediatamente empezó a besarme con frenética pasión, y cuando eso sucedía, no había poder humano que pudiera apartarme de su lado, así que correspondí con la misma intensidad y a ese fuego abrazador que nos consumía por completo.
—Alex, si no nos damos prisa, llegaremos tarde a casa— le recordé con mucha dificultad.
—¿Y quién podría culpar a un par de recién casados, por no cumplir con los horarios establecidos?— Preguntó con esa voz aterciopelada que me robaba la respiración.
—Nos estamos comportando como un par de adolescentes, señor Bennett, le recuerdo que tenemos a nuestros hijos, esperándonos y ya han pasado varios días sin que los veamos y seguro deben estar deseando reunirse con nosotros— Lo reprendí.
Alex adoraba a nuestros hijos, pero esos días tuvimos la oportunidad de complementarnos mucho más como pareja, descubrir las afinidades que teníamos, y todo cuanto nos había sido negado por todos esos años que estuvimos en soledad. Cada uno estaba reconstruyéndose a su manera, el sufrió mucho cuando Olivia murió durante el parto de sus gemelos, y yo quedé muy lastimada cuando Jack, el padre de mi hija, nos abandonó. Pero ahora la vida nos estaba dando una segunda oportunidad y pensábamos aprovecharla al máximo, sin importar los fantasmas que se interpusieran entre nosotros para intentar robarnos la dicha a la que teníamos derecho.
—Seguro que nuestros hijos no les importará esperar un poquito, ven acá, princesa, quiero hacerte el amor, una vez más antes de abandonar este paraíso—. Me propuso con la mirada encendida a causa del deseo.
Poco a poco fue deslizando sus manos por todo mi cuerpo, haciéndome estremecer de placer, la descarga de adrenalina se disparó por todas mis terminaciones nerviosas, y desde ese preciso instante me fue imposible pensar, todos mis pensamientos quedaban reducidos a cenizas, cuando ese hombre me tocaba, él sabía perfectamente qué hacer para que yo quedara extasiada en sus brazos. Tenía una maestría impresionante para volverme loca y, definitivamente, era algo que no tenía precio, pues a pesar de qué estuve muy enamorada de Jack, jamás había sentido el amor y el deseo que Alex me provocaba.
La vista del paisaje era hermosa, parecía ser nuestra cómplice. En ese último día, en aquel mágico lugar, Alex me besaba con delicadeza, pero después los besos se fueron intensificando hasta convertirse en besos salvajes y ardientes.
—No tienes idea de cómo te deseo, mi amor, lo mucho que me hace sentir, no sé cómo pude estar tanto tiempo sin ti— Me dijo en un cálido susurro.
—Créeme que eres plenamente correspondido, mi cielo, tampoco entiendo cómo pude estar tanto tiempo, sin que aparecieras en mi vida, te amo— Respondí con mucha dificultad.
Después de aquellas palabras que salían desde lo más profundo de nuestro corazón, nuestros cuerpos se fundieron en una pasión abrumadora, la ropa era demasiado estorbo, así que cada una de las prendas empezaron a caer deslizándose por toda la habitación, mientras que nosotros disfrutábamos de los intensos. Besos y deliciosas caricias que se fueron convirtiendo en diferentes posiciones, llegando a alcanzar el placer más descomunal que nos hizo tocar el cielo . Mientras tanto, en la residencia de los Bennett, todo estaba preparado para recibirnos. Habíamos llamado a Margaret para comunicarle sobre nuestro regreso y, en ese momento, ella se encontraba con Amelia y los gemelos, y por supuesto que no perdió la oportunidad para empezar a sembrar esa semilla de maldad que sutilmente soltaba con todas las personas a su alrededor.
—Mis amores, saben que los amo con todo mi corazón, ¿Verdad?— Les pregunto ella.
Amelia la abrazó y mirándola con esa ternura que le caracterizaba, no perdió la oportunidad para expresarle todo lo que sentía.
—Y nosotros a ti, abuela—. Le dijo la niña.
—Los voy a extrañar mucho ahora que tenga que irme de la casa—. Soltó de repente y sin ponerse a pensar en las consecuencias que aquellas palabras traerían.
—¿Por qué tienes que irte, abuelita?—Cuestionó la niña con incredulidad.
Margaret la tomó en sus brazos, sentándola sobre sus piernas y acariciándole el cabello.
—Nena, es lógico que ahora que tu papá se casó con Aurora, ellos quieran vivir solos con ustedes, y lo más probable es que quieran que yo me vaya de esta casa, y así tiene que ser, porque yo ya no soy nadie para esta familia, si su mamita estuviera aquí las cosas serían tan diferentes—. Exclamó a propósito.
Los ojos de Amelia se llenaron de lágrimas por su inocente corazón, sólo pasaba una terrible idea, y esa era que perdería la compañía y el cariño de la única persona que había estado con ella. Después de la muerte de su madre, era la única figura materna desde que Olivia murió y pensar en perderla, le resultaba insoportable.
—Yo no quiero que te vayas, abuelita, puedes quedarte a vivir con nosotros, Aurora es buena, y estoy segura que va a decir que si, por favor, prométeme que no vas a irte— suplicaba la niña.
—No puedo quedarme, cariño, para mí va a ser incómodo convivir con otra mujer que venga a ocupar el lugar de tu madre, estoy segura que después hasta va a querer que quitemos el gran retrato de tu madre que está en la sala, y yo no lo voy a soportar, eso me va a doler muchísimo, entiéndelo, hija, por eso quiero irme para no sufrir más—. vociferó la perversa mujer.
La pobre Amelia estaba destrozada, y a Margaret no le importaba en lo absoluto el daño tan grande que le estaba provocando a la niña con esas palabras, llenas de veneno, que lo único que intentaban era provocar una separación, una división en la familia que apenas acabamos de empezar. Luego de aquella faena tan deliciosa que acabábamos de tener en la habitación, nos preparamos para emprender el viaje de regreso, los dos estábamos visiblemente emocionados, y nos mirábamos con una alegría infinita que sólo se tiene cuando se está realmente enamorado como Alex y yo lo estábamos. pero lo que no imaginábamos, era que cuando volviéramos a la mansión, los problemas comenzarían para nosotros.
—Ya está todo listo, mi amor. El helicóptero nos espera— Anunció mi marido.
—Muy bien, cariño, nos podemos ir cuando quieras, pero antes me gustaría pedirte que nos tomáramos una fotografía más— le pedí con una profunda nostalgia que no pasó desapercibida para Alex.
—¿Qué sucede, mi vida?— Me preguntó él.
—No lo sé, mi amor, tengo un extraño presentimiento, no sé por qué, pero me dieron muchas ganas de llorar—. Contesté con sinceridad.
Él me abrazó con esa calidez tan reconfortante que sólo me provocaban sus brazos, con él me sentía protegida, a salvo de todo y de todos, sabía que si estábamos juntos nada, ni nadie podría tocarnos ni dañar esto tan bonito que se estaba construyendo entre nosotros.
—Seguro estás nerviosa, yo también lo estoy, aunque no lo creas, sólo que me hago el fuerte para impresionarte, pero no quiero que tengas miedo, nosotros nos amamos y estamos comenzando con esta nueva etapa de nuestras vidas, que te aseguro, será maravillosa, así que por favor cambia esa carita, y regálame una de esas maravillosas sonrisas que tanto me gustan y que hicieron que me enamorara de ti como un loco—. Me dijo.
Alex tenía la capacidad de transformarlo todo a su paso, poseía esa fuerza y esa seguridad que me daba la certeza de que todo estaría bien, así que correspondí a ese abrazo y nos despedimos con un beso apasionado de aquella isla donde habíamos pasado los días más maravillosos de nuestras vidas. Subimos al helicóptero y por fortuna el vuelo estuvo tranquilo, mis ojos vislumbraban las vistas panorámicas, dejando atrás, recuerdos entrañables que siempre llevaría en mi mente y en mi corazón, pero era momento de dejar los miedos, aún cuando en el fondo de mi corazón, un presentimiento terrible me acechaba sin dejarme estar completamente en calma. Aterrizamos y un chofer nos estaba esperando para llevarnos a casa, Rossi se había quedado con Jennifer, su niñera y con Angela, mi mejor amiga que era como una tía para ella y una hermana para mí. Nos sentamos en la parte de atrás del coche y recosté mi cabeza en el hombro de mi marido, Él acariciaba mi cabello con ternura y me dio un beso en la frente.
—Nunca olvides que te amo, y que le agradezco mucho a la vida, por haberte puesto en mi camino, princesa— Expresó con ternura.
—Yo tampoco quiero que lo olvides, mi príncipe, tú llegaste en el momento en el que yo más te necesitaba, pero no hablemos como si las cosas ya no fueran a ser igual entre nosotros, porque nos queda mucho camino por recorrer, así que empecemos esta nueva etapa con alegría— sugerí.
Llegamos a la casa y las primeras en darnos la bienvenida fueron Angela y mi preciosa hija, quien corrió a mis brazos en cuanto me vio .
—Mami, te extrañé muchísimo— Exclamó mi pequeña.
—Y yo a ti, mi amor hermosa, me hiciste mucha falta— Le contesté con una gran sonrisa.
Al ver la escena tan conmovedora entre mi hija, y yo, Alex se acercó con esa deslumbrante sonrisa que le caracterizaba.
—¿Y a mí no me extrañaste, Rossi?— Preguntó el .
Mi hija se separó un poco de mí y corrió a darle un gran abrazo a Alex, había aprendido a quererlo mucho, los dos se llevaban de maravilla y fue por eso que tomamos la decisión de casarnos, porque nuestras hijas eran mejores amigas y estarían encantadas de vivir juntas.
—Claro que sí, a ti, también, Alex, pero extrañé más a mi mami— Expresó mi niña con sinceridad.
Alex le dio un beso en la mejilla y sonrió de manera genuina.
—Así debe ser, mi hermosa, porque tu mami es la persona que más te quiere en el mundo, aunque yo también te quiero muchísimo, pero ella siempre debe estar en primer lugar en tu corazón, y siempre debes quererla mucho, te prometo que yo haré todo lo que esté a mi alcance para que ella y tú sean muy felices—. Se comprometió mi príncipe.
No había ninguna duda que la vida me había premiado con un hombre maravilloso, con un corazón puro y generoso que siempre estaba dispuesto a darlo todo por los demás, sobre todo por las personas que eran importantes para él. Mi amiga Angela veía la escena sumamente conmovida, se sentía feliz por mí, porque por fin veía en mi rostro una luz completamente distinta.
—Amiga, bienvenida— Me dijo mientras me abrazaba.
—Muchas gracias por cuidar a mi pequeña—. Expresé con gratitud.
—Que agradeces, si tú sabes que adoro a mi sobrina, pero tú y yo tenemos una plática pendiente, Aurora. Tienes que contarme con lujo de detalles cómo te fue en la isla— Me dijo en voz baja para que Alex no pudiera escucharla.
Las dos nos reímos y enseguida la conversación se fue tornando muy agradable, Alex, Rossi, Angela y yo la estábamos pasando muy bien, parecía que la tensión y el estrés se estaba disipando.
—Amelia, querida mía, tu papá ya llegó— Le informó Margaret a la niña.
La pequeña Amelia quiso correr para ir a abrazar a su padre, lo había extrañado muchísimo y sólo quería verlo de inmediato, pero Margaret no se lo permitió.
—Te recomiendo que no vayas, no te va a gustar lo que vas a ver, mi amor. Se ve de lo más contento, compartiendo con su nueva familia, si hubieras visto como abrazó a Rossi— Comentó tratando de manipularla.
Definitivamente, esa mujer no tenía límites, se comportaba como un lobo disfrazado de cordero, pero estaba segura que no perdería la oportunidad para tratar de destruir todo lo que tenía cerca, sin importarle de quién se tratara, incluso a su propia familia, sólo Dios sabía con que perverso fin.