El coche de Roxana se detiene frente al Instituto Intelecto Superior a primeras horas de la mañana del siguiente día, bajo de él y me dirijo a la entrada principal.
Mientras iba caminando al edificio, escucho una voz estridente algo distante, gritando "¡DILA!" una y otra vez.
"Un dejavú", pensé. Intento ignorarlo hasta que una mano se carga sobre mi hombro, deteniéndome.
—¡Dila! Qué demonios, ¿acaso estás ignorándome? —dice Soraya recuperando el aliento, me sorprendió la facilidad con la que se acercó a mí, como si nos conociéramos desde antes.
—No es así, sucede que no me llamo Dila —respondo.
—Pero si ese nombre encaja perfecto contigo, mírate, ¡tienes cara de Dila! —exclama con confianza. Solo la miro extrañada sin responder.
—¿Vienes conmigo un momento? —pregunta.
—Las clases están por comenzar, debería ir al aula —digo alejándome de ella, pero me toma del brazo.
—¡Solo será un momento! —estira de mí y me lleva al patio que se encuentra detrás de la cafetería, nos sentamos sobre el pasto debajo de un árbol y extrae de su mochila una barra de chocolate, lo parte en dos y me da la mitad.
—Toma, come —dice de repente.
La miro muy confundida, tenía un montón de palabras en la punta de la lengua, pero nada salía. Tomo la mitad del chocolate y mientras me lo como, empieza a parlotear.
—Tu llegada fue muy esperada, ¿sabes? No solo por que eres extranjera, sino porque estabas en un internado, las demás hablaban de ti como si fueras una alienigena viniendo de un planeta desconocido. Estuve pensando que quizás haya sido muy difícil para ti dejar tus tierras y todo lo que conoces para venir aquí y que todas te vieran como a un bicho raro, no me parece justo —muerde la barra de chocolate y mastica.
—¿Crees que las otras chicas no me aceptarán? —decido seguir su conversación.
—No lo harán si no eres más amigable, ¿entiendes lo que digo? —suena el timbre de entrada, se levanta y se sacude—. Es hora de irnos.
Mientras se va, me levanto y me dirijo sin prisa al edificio, aún confundida.
"Eso fue extraño", pensé. En realidad, tenía la idea errónea de que las estudiantes estarían curiosas por saber todo acerca de donde provengo, sin embargo, parecían no estar interesadas en mí en absoluto. Solo hablaban a mis espaldas sacando sus propias conclusiones, sin acercarse a mí ni intentar conocerme. Sabían que era una estudiante modelo, por esa razón se preguntaban porqué, a mi edad, seguía en primer año en lugar de estar en segundo. No me entristecía para nada, no estaba ansiosa por hacer amistades, simplemente no quería formar parte de conflictos innecesarios.
Andaba perdida en mis pensamientos cuando me doy cuenta bruscamente que la hora de entrada permitida ya había pasado, caminaba a paso tan lento que me retrasé, la maestra no me dejó entrar al aula así que quedé fuera.
Cuando suena el timbre de cambio, la Maestra sale del aula y me ve sentada en el suelo.
—Entra, antes de que llegue el otro maestro. La próxima vez no te la dejaré pasar —dice.
Ingreso al aula y todas me observan con detenimiento. Voy a mi asiento y la joven que está sentada al lado mío se acerca un poco.
—Eso estuvo cerca, ¿verdad? —susurra—. Que bueno que la directora no te haya visto, de otra forma te hubiese hecho firmar el libro de disciplina.
—¿Libro de disciplina? —pregunto curiosa.
—Es un libro de faltas, ¿entiendes? Si tienes muchas firmas, pueden expulsarte. Es mejor no tener ninguna —explica—. Por cierto, me llamo Micaela. Puedes preguntarme lo que sea.
—Eres muy amable, gracias —respondo con suavidad.
Al sonar el timbre del recreo, salgo del aula para ir a la cafetería, en lo que Paloma se aproxima.
—¡Vaya! Perder las primeras horas de clase, que envidia —dice en tono burlón—. ¿Me acompañas?
—Está bien —respondo.
Compramos unos cuantos bocadillos y nos dirigimos a una vieja mesa con asientos bajo un árbol en donde acostumbra sentarse con sus amigas, pensaba que era una buena oportunidad para hablar con la pelicobrizo y saber más acerca de ella; sin embargo, me decepciono al no verla allí, solo estaba Soraya.
—¡Oye! Ven aquí, siéntate a mi lado —dice mientras da palmadas al asiento.
Hay algo que no me agrada de esta chica, pero no sé exactamente qué. La percibí como una persona con una máscara que intentaba ocultar su cinismo; aún así, decido seguirle el juego y me siento a su lado. Si quiero llegar a Ray, esto es parte del camino.
—¿Qué te hizo quedarte fuera a primera hora? —dice Paloma.
—¿Cómo? ¿No entraste al aula? ¿Pero porqué? –pregunta Soraya, con expresión de asombro.
—Oh, yo solo... Me quedé saboreando el chocolate que me diste —respondo con lo primero que se me viene a la mente.
—¿Chocolate? Así que fue tu culpa, Sora. ¿Cómo haces que la nueva quede fuera? —Paloma acusa a Soraya, como regañándola.
—Oye, llegué a tiempo al aula así que estoy segura de que Dila pudo haber llegado sin problemas —afirma, quitándose la culpa de encima.
—Dila no es su nombre, ¿porqué la llamas así?
—Pero mira su cara, ¡le queda perfecto! —coloca sus manos sobre mi rostro para que Paloma lo observe detenidamente, para confirmar su teoría.
—No seas así, déjala —dice Paloma, tomando un sorbo de su bebida.
—Buu, aguafiestas.
La personalidad de estas chicas me dejaba exhausta, nunca había conocido a personas tan enérgicas, siempre sonríen y no dan lugar al silencio.
—Oigan... —interrumpo lo más delicadamente posible—¿La chica de pelo naranja no comerá con nosotras?
—¿Te refieres a Marina Centurión? —asume Soraya.
—Eso creo —respondo con duda.
—Está en la biblioteca leyendo algo, no estoy segura de que nos acompañe hoy.
Me resigno al darme cuenta que en esta ocasión no tendré chance de acercarme a ella y empiezo a comer los bocadillos que había comprado.
De pronto, noto cómo un brillo se enciende en la mirada de Soraya, se le abren los ojos y levanta las cejas.
—Dila, ¿alguna vez besaste a un chico? —pregunta repentinamente.
La interrogativa fue sorprendente, pero no me sorprendió más que a Paloma, a quien casi se le sale toda la soda por la nariz.
—¿Qué tipo de pregunta es esa? ¡Qué atrevida! —exclama Paloma.
—¡Oh, vamos! ¡Es una pregunta normal como cualquiera! Además, le pregunté si ya besó a un "chico" y no a "alguien", pues como estaba en un internado para niñas, quizás habrá besado a alguna —comenta riendo a carcajadas, lo que al parecer indigna más a Paloma.
—¿B-besar a una niña? ¿Hablas en serio? ¿Insinúas que Dalila podría ser lesbiana? —pregunta pasmada. Ambas me miran fijamente, como si la curiosidad les estuviera consumiendo.
—Nunca he besado a nadie —miento.
—¡Mientes! —exclama Soraya con seguridad, lo que hace saltar mi corazón del susto—. Eso no puede ser posible, eres muy bonita, ¡es difícil de creer que nadie nunca haya estado interesado en ti!
Mis mejillas se tiñen de rubor debido a sus halagos, no esperaba escuchar esas palabras de ella.
—N-no se trata de eso —respondo con timidez.
—Soraya, la estas incomodando —Paloma trata de detenerla.
—No era mi intención. Sin embargo, estoy muy intrigada. ¿Estás segura de que no diste siquiera un besito? ¿No me engañas? —insiste.
—No estoy mintiendo —sostengo mi respuesta apartando los ojos, temía que pudiera ver a través de ellos.
—Fascinante... —comenta Soraya.
—¿Porqué estás tan interesada en su vida personal? En su lugar, deberías preguntar algo sobre la secundaria o acerca de su país —el intento de Paloma por liberarme de aquella situación me conmovía.
—¿No lo entiendes? Dila es una hoja en blanco —Soraya me observa como si hubiera encontrado un juguete nuevo.
—¿De qué hablas? —pregunta Paloma, confundida.
—¡Significa que puedes escribir en ella lo que quieras! —exclama emocionada y clava su mirada en mis ojos—. ¡Quiero enseñarte!
—¿Enseñarme? —me pregunto en qué momento todo se volvió tan extraño.
—¡Enseñarte todo lo que quieras saber! Quiero ser testigo de todas tus primeras veces, tu primer amor, tu primer beso, tu primer romance... ¡Eso sería asombroso! —hay demasiado resplandor en el iris amarronado de sus ojos. Podía ver su determinación, estaba realmente comprometida con esto.
—Dalila tal vez esté pensando que eres demasiado rara —comenta Paloma, comprendiendo que ya no podría detener las locas ideas de Soraya.
—Seré tu guía mientras estés aquí, ¿okay? Hablo en serio —no me cabía duda de que no estaba bromeando.
Por un momento, vi irónico el hecho de que la persona a quien catalogué como "cínica" me haya halagado y se autoproclame como una guía para mí.
Pensé... por un instante pensé que, probablemente, la habré juzgado mal.