Capítulo 3: Trono

1885 Words
Actualidad Cada paso que doy hace eco frente al silencio en el gran salón. Cientos de pares de ojos nos detallan. Tenso la espalda, perfeccionando la regia figura que llevan exigiéndome desde que llegué a palacio y comenzaron los ensayos de protocolo. Las manos me sudan y mi acelerado corazón me pide a gritos que de media vuelta y desaparezca bajo mi edredón. Estoy aterrada. Toda mi vida he sido responsable, sin embargo, una corona sobre la cabeza y siglos de tradición, son la prueba definitiva. Ciento treinta y dos familias para ser exacta. Cuatrocientos veinte personas y millones en un arca real. Reglas. Obligaciones. Decretos. ¡No! ¡No puedo hacerlo! Me detengo y justo en el instante en que mis talones toman la iniciativa, rindiéndose a mis miedos. Orión, mi dulce y travieso niño, toma mi mano, igual de aterrado que yo. Hasta ahora habíamos sido solo nosotros y Sue. Orión no suele socializar con desconocidos y aquí, en el gran salón, se encuentra rodeado de ellos. —Tranquila mamá. Estamos juntos —susurra, mirándome con esos dos luceros que alumbran mi vida. Estaba equivocada, mi hijo no me tomó de la mano por temor a lo desconocido, sino, porque percibió el mío. Me apoya y me fortifica. Me agacho para quedar a su altura, sin perder el contacto de su pequeña mano. Respiro profundo, sintiendo como mi cuerpo comienza a relajarse. Mis hijos tienen ese efecto en mí. Me dan paz. —Gracias. Mi príncipe valiente —beso su mejilla y sonrío al verle su regordete cachete manchado de carmín. —Es la hora, su alteza —expresa, Gerardo, el maestro de ceremonias, indicándome el camino. Retomo mi postura y de la mano de Orión, iniciamos el desfile hasta el trono. Los aplausos comienzan, según nos vamos acercando y a lo lejos puedo escuchar a mi amiga, dándome ánimos. A Jazmín le valen los protocolos de la ANF y sin vergüenza alguna, grita a viva voz: esa reina como mola se merece una ola. Una sonrisa tira de mis labios hacia arriba. Quiero voltear a su dirección, hacerle la ola y reír como tontas; pero no puedo. No por el título, no por las apariencias, sino, porque sé que él está ahí. Hace cinco años que no lo he vuelto a ver, cara a cara. Sería una mentira decir que no he visto las noticias en las que aparece, que no sé de su boda con la enfermera italiana o que, con los años ha adquirido algo de sobre peso corporal. Sí, lo sé todo. Por desgracia, no podemos mandar en los sentimientos y esta vez, me fue imposible no seguir amando luego de que me rompieran el corazón. Cada año intenté no quererle, no ponerme nerviosa con una fotografía suya en la tele o simplemente, quise poder hacerle frente todas esas veces que, durante horas, tuve que esconderme en la habitación de Lucía, porque el muy canalla llegaba sin avisar a casa de Jazmín. No quería amarlo, deseaba odiarlo. Al final, no pude ni odiarlo, dejarle de amar. —¡Mamá! —susurra Orión— ¡Mamá! —tira de mi mano. Sacudo la cabeza, aclarando mis pensamientos. —¿Qué sucede? —pregunto. —Te están esperando. Alzo la mirada, deteniéndome en el trono de oro, que tengo en frente. Desearía llevar gafas de Sol. Que desperdicio, tanta hambre en el mundo y esta gente con tanto lujo. “Esta gente, es ahora tú gente. Tenlo presente” —Pongámonos de pie, para recibir a su alteza real: Nicole Lauverngne de Aras —anuncia Gerardo y todos los presentes le obedecen. Beso las manos de mi hijo y dejo que Elle, lo lleve junto a Sue. Camino serenamente. Tomo asiento, de frente a todos mis súbditos, a los que le dirijo la mirada por primera vez. Un instinto me llama. Es él. Entre la multitud, a mi derecha. Se encuentra Alexandro Simón. Observándome fijamente. ¿Qué tanto me ve? Quisiera preguntarle. Es hora del discurso. Aceptar mis votos. Aceptar mi legado, sin embargo, ni una sola palabra sale de mí. Mis labios se encuentran sellados. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo y el nudo en mi garganta me avisa, que el llanto ha comenzado a formarse. —Mi reina. Estamos esperan… —No puedo hacerlo —interrumpo al maestro de ceremonias—. No puedo —niego con la cabeza. —Su alteza, ha estado practicando para este momento durante meses. Solo tiene que hacerlo exactamente igual a los ensayos. —No pue… Mis palabras mueren, cuando reconozco al hombre de traje gris, detrás de Gerardo. Sigue usando el mismo perfume Bleu de CHANEL que impregna mis fosas nasales, trayendo a mi mente cientos de recuerdos. Es delicioso. —Excusez-moi, monsieur Gerardo ¿Jem’accorderais une mminute avec la reine? —pide con cortesía. (Excusez-moi, monsieur Gerardo ¿Jem’accorderais une mminute avec la reine?: Disculpe, señor Gerardo. Me concedería unos minutos con la reina) Se ve calmado, mientras yo, muero por dentro, sintiendo cada latido de mi corazón más fuerte que el anterior. Gerardo se indispone. Sé cuánto significa para él la ceremonia de hoy. Siempre supo de mi existencia, solo que mi padre, el rey Marcus, le había prohibido hablar de mí. Gerardo, me ha estado esperando por 35 años y ahora yo, con mi ataque de pánico, le estoy arruinando su tan añorado suceso. —Señor Simón no puedo dejarle... —Será solo un momento. Puedo ayudarla. Con estas palabras hace que las piernas me tiemblen. ¿Puede ayudarme? No creo que pueda enmendar los daños y devolverme cinco años de mi vida. —Marqués de Simón. Regrese a su asiento —Gerardo se enoja, al ver que Ale, no le hace caso. —Nicole —pronuncia mi nombre, como quien libera la opresión de su pecho, producto de haber estado conteniendo el aliento—. Reina —corrige y hace una reverencia. —Alexandro. Cada vello se me pone de punta. Hace cuánto no era capaz de decir su nombre en alta voz. Nos quedamos así, mirándonos fijamente. Tantas cosas por decir, tanto que no se explicó y ya nada hará que valga la pena. —Gerardo. Soy médico. Es evidente que la reina está teniendo un ataque de pánico. Ordene que traigan agua. Solo me tomará cinco minutos hacer que reaccione nuevamente —ordenó y el maestro de ceremonias no le quedó otra opción que acceder. Estando a solas, solo soy capaz de mantenerme en silencio viendo cómo se acerca, hasta quedar de rodillas frente a mí. Sus ojos. Ese azul tan peculiar que veo reflejado a diario en los ojos de mi hijo. Mi color favorito. —Respira —susurra. Tomando mis manos para comenzar a masajear las palmas con círculos suaves —Inhala y exhala. —No es necesario —expreso. —Calla y respira. Me pide. —Te dije que no es necesario. Alexandro. “Eso Nico, tú dale caña. Que no se nos ponga mandón. ¿Qué se piensa? Que, porque tiene ese cuerpo de infarto, esa barba con iluminaciones blancas que solo gritan: madurito sabroso y esos ojazos, ¿puede hacer que se nos olvide todo? Pues no. Está muy equivocado” Sonríe. Mostrando sus perfectos y alineados dientes blancos, como sacado de uno de esos comerciales que Sue tanto ve. “¡Ah cierto! se me olvidaba su sonrisa. Vaya Nicole, sigues estando perdida. Este tío es como el vino, entre más pasan los años, más bueno se pone” —¿Qué te causa tanta gracia? —inquiero, enojada. Vale, no estoy tan enojada porque sonría, sino, por las estúpidas mariposas que comienza a despertar, cuando no debería. —Como se mueven tus labios al pronunciar mi nombre, en especial, en la letra O, siguen viéndose jodidamente perfectos. Y no, no lo puedo evitar. Una sonrisa traviesa se asoma en mis labios siguiendo el compás de mis suspiros. —Y tú sigues siendo un completo imbécil. Respondo, intentando poder mantener mi respiración tranquila. —Al parecer, hay cosas que no cambian a pesar de los años —suelta, entre risas y ahí desaparece la magia. ¿Los años? ¿cambio? No puedo dejarme llevar por mi estúpido corazón. —¿Por qué te has acercado? —inquiero, removiéndome en el trono. —Me necesitabas. Intenta sujetar mis manos nuevamente y las aparto de prisa. —Gracias, pero ya estoy mejor, fue solo un… —Un pequeño lapso —completa la frase por mí. Me aterro ¿Cómo es posible que recuerde cada detalle? —Sé, que soy la última de las personas con la que quieres conversar, Nicole —se pone de pie—. Y también sé cuan aterrada estás. Temes fallar, no cumplir con las expectativas. Crees que esto —se voltea señalando el salón—. Es demasiado para ti, cuando en realidad eres tú —su mirada se ilumina—. Eres tú, trigueña. La que le quedará grande a esta sociedad anticuada y sin gracia. Tenerte de reina es lo más grandioso que nos ha podido pasar. —Exageras —murmuro. —No. No lo hago. Se queda en silencio y alzo mi mirada para conectar con la suya. —¿A qué le temes? —cuestiona sonriente. —No soy como ustedes. —Eres mejor —responde rápidamente. Mi corazón se acelera. —Eres la lechuga que le faltaba a esta ensalada —añade. No aguanto más y estallo en carcajadas, mandando a la mierda mi imagen impoluta. La primera vez que le presenté a Ale mi hija, Sue estaba atravesando la etapa de “solo vegetales”, se rehusaba a comer todo aquello que veía en los animados con vida y así, le dijo adiós al cerdo, al pollo y hasta al pescadito frito que tanto amaba con patatas y alubias. Ale llegó esa noche, mi pequeña estaba cenando su enorme plato de vegetales y entonces, comenzó a compararnos a todos con sus alimentos, yo era el tomate, su preferido. Jazmín era la col, por su abultado y redondo vientre. Ella era el brócoli y Ale, bueno, según ella Ale era esa lechuga que su ensalada no tenía pero que necesitaba para completarse; tal vez, ese día el marqués idiota no supo interpretarla, pero mi hija le estaba abriendo las puertas de nuestra familia, él era esa figura paterna que no tenía y tanto anhelaba. Sue lo amó desde ese instante ¿y de qué sirvió? Si luego Alexandro Simón nos desechó de su vida como basura. Eso habían sido nuestros ocho meses. Una enorme pila de basura. —Juegas sucio. Marqués —corto un poco el rollo que nos estamos montando—, pero gracias. Has hecho un gran trabajo como médico —añado, poniéndome de pie. Frente a frente. —Como amigo, Nicole. Gerardo se acerca, con el vaso de agua en la mano. Le indico que ya no es necesario y que sí lo haré. No he perdido el temor, más debo hacerlo. Hoy han venido a verme, a ver a su reina. —Nicole, el discurso —susurra Gladis, extendiéndole un fae a Gerardo. Niego con la cabeza. Debo ser yo misma. Ale, tal vez tenga razón. No soy como ellos y eso, es justamente lo que necesitan. 
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