—¡NICOLE! ¡DESPIERTA!
Escucho una voz a lo lejos.
—¡NICOLE!
Siento como sacuden todo mi cuerpo y abro los ojos sobresaltada.
—Joder. Nico. Te has quedado dormida.
En un intento de espabilar un poco, estiro mis brazos. La claridad me molesta haciendo que me escuezan los ojos y cuando logro recuperar bien la visión, veo a Freeda con los brazos como jarras a sus costados, mirándome molesta.
—¿Qué hora es? —pregunto, levantándome rápidamente de la cama.
—Son las ocho. Hace dos horas, tenías que estar lista para comenzar la revisión en la sala —espeta furiosa.
—¿Enrique? ¿Por qué no me ha despertado?
Ahora soy yo la que está furiosa. Es cierto que he incumplido, lo admito, pero el imbécil tenía que haberme despertado, tal y como lo hago yo con él.
—Se ha marchado —habla Freeda desde la puerta.
—Es un hijo de la gran p…
—Nicole —me interrumpe—. Ya vas tarde, no pierdas tu tiempo molestándote con Enrique, ya todos sabemos que es una mierda de compañero. Es tú primera infracción, así que no haremos de esto un problema mayor; diremos que has estado indispuesta y que yo te he relevado.
—Gracias —balbuceo.
—No hay nada que agradecer, para eso estamos las amigas. Ahora, alístate y baja que el director te tiene una gran noticia.
Me levanto rápidamente de la cama y al pasar por al lado de la pelirroja, le doy un beso dejándola sorprendida.
—¿Y esto a qué se debe?
Río ante su cara de culo.
—La aplicación —hago un movimiento de cejas y suelta una carcajada.
—Anda a la dirección que te están esperando.
Bajo de inmediato y al parecer no todo sería una mala mañana, ya que el director había aceptado mi solicitud de traslado y no solo eso, sino, que había redactado una excelente carta de recomendación.
Salgo del hospital, rumbo al departamento. Llamo a Thalía y me dice que ha llevado a Sue a la escuela y que hoy las clases terminan más temprano, por lo que a las tres de la tarde debo recogerla en el cole.
Luego de la videollamada de anoche, es como si esa etapa de sensualidad y sexualidad que creía muertas en mí, hubiesen despertado, así que aprovecho las cuatro horas que tengo para pasar por el centro comercial. Hace años que mi armario no recibe una prenda nueva de vestir y; ni qué decir de mi lencería, podría asegurar que, incluso, mi abuela Carmen, lleva tangas más sexys que los míos.
Recibo ayuda de una de las jóvenes que trabajan en Pink, y consigo varios conjuntos negros, rojos, blancos y rosas, con los que cualquier hombre quedaría sin palabras; y, la sorpresa de la tarde, es un vestido n***o, entallado al cuerpo, de esos básicos, pero sensuales, que se ajustan para cualquier evento y me viene como anillo al dedo por si esa cita de la que tanto hablamos, llega a materializarse.
****
—Mamá, el festival de las verduras es la semana próxima y debemos ir a comprarnos algunos disfraces —comenta, Sue, mientras le saco de la tina.
¡Joder, casi lo olvidaba!
Llevo varias semanas adelantando todo el papeleo para mi traslado hacia la nueva área infantil del hospital general de Madrid y he olvidado por completo la función de teatro de mi hija.
Soy una madre horrible.
La envuelvo en la toalla y la dejo caer sobre la cama.
—Mamá sin falta, mañana te comprará el disfraz y repartirá las entradas —contesto, peinándola.
—Nos han dado cinco asientos. ¿Crees que papá acepte ir esta vez?
Su pregunta me deja helada. Cada vez que tiene una función o cada vez que cumple años, siempre llega la triste pregunta ¿papá vendrá? Y lastimosamente siempre tiene la misma respuesta: papá está muy ocupado con el trabajo, pero en lugar de venir ha enviado una nota con un hermoso regalo.
Lo admito, soy una mentirosa; pero cuando tu hija a los cuatro años, comienza a notar que le falta algo que todos sus compañeros del kínder tienen y se llama: papá, pues no te queda otra obligación como madre que mentir, o bueno, hacer un sándwich de mentiras y verdades con aderezo de mucha imaginación.
Nunca quise decirle que su padre había muerto, a pesar de que me lo replanteé cientos de veces; mi ilusa cabeza aún seguía soñando con que el imbécil de Rogelio asumiría su papel de padre. Está de más confirmar lo obvio, y es que ese sueño nunca se hizo realidad, así que opté por hacerle creer que su padre era un hombre muy ocupado, con un trabajo de vital importancia, pero que siempre la tenía presente y por eso le enviaba constantemente cartas y regalos.
¿Mi condena? Sí.
Yo misma me había condenado a una larga vida de mentiras, a estar pendiente de los detalles; pero si eso, aliviaba las penas de mi hija, que eterna sea mi condena.
—Le escribiré a papá, pero ya sabes que su trabajo lo mantiene muy…
—Ocupado —completa tristemente.
—Princesa —acaricio su mejilla.
—No te preocupes mamá. Es solo que a veces, me gustaría que estuviera aquí.
La pego rápidamente a mi pecho y la abrigo entre mis brazos, en un intento por resguardarla de la nube de tristeza que la envuelve.
—Y yo mi niña y yo.
La abrazo por un rato, dejando cientos de bezos en su frente y regordetas mejillas, para luego, ponerle su pijama favorito y dejarle viendo animados en lo que yo entro al baño y tomo una ducha.
Dejo que el agua caliente recorra todo mi cuerpo, relajándome. Alejo la tristeza de mí, ya que no hay nada en mis manos que pueda hacer para hacerle entrar en razón al cerdo de Rogelio, en cambio, aprovecho que aún gozo con algo de tiempo y coloco un poco de música, ya que al mal tiempo, buena música.
La ducha me toma más tiempo del que debía, pero que son añadirles veinte minutos de más, a una larga lista de tardanza femenina.
¿Comentario machista? Puede ser.
En mi caso, se confirma. Siempre llegaba tarde a las citas y al parecer esta no va a ser la excepción.
¿He dicho cita?
¡Oh sí! ¡Esta chica sale de juerga hoy!
Y con Andrés “estoy muy bueno” Andrés.
Me arreglo lo más rápido que puedo, siendo el afortunado, el vestido n***o que compré hace unas semanas en el centro comercial, sin dudas, una gran opción, ya que la imagen que me devuelve el espejo me fascina.
—¡Mamá! ¡Estás hermosa! —chilla Sue, en cuanto desvía su vista de los animados a mí.
—Gracias, princesa. Ahora bajemos que Thalía debe de estar al llegar.
Bajamos las escaleras, coincidiendo con el grito de Jazmín de ¡a comer! maldigo al recordar que no le he dicho de mis planes de esta noche.
No soy del tipo de amiga que oculta cosas, pero he estado tan ensimismada que se me ha pasado totalmente actualizarla de los últimos acontecimientos.
—¿A dónde vais tan guapas? —pregunta, mi rubia favorita al pie de la escalera.
Se ve hermosa, con su enorme vientre abultado, su cabellera rubia y esa mirada de Jazmín Holmes, solo le faltan la pipa y el sombrero.
Justo cuando le voy a contestar, el timbre del departamento suena.
—Salvada por la campana —dice entre risas y corre a abrir la puerta.
Escucho a Thalía saludar a mi amiga y me meto prisas para poder evadir el interrogatorio que sé que se avecina cuando mi inspectora ate cabos.
Tomo las pertenecías de mi hija, se las entrego a Thalía y me despido con un fuerte abrazo y un beso en su pequeña frente.
—No te preocupes Jaz, que ya está todo listo para que Thalía se lleve a Sue —le contesto, ante la mala mirada que mi amiga me está dedicando.
—Mamá te ama.
—Y yo a ti mamá.
Es la primera vez que dejo que se la lleve, pero nuestros primos han venido de México y se encuentran en casa de Thalía, así que me ha pedido permiso para llevársela y así la cuida desde allá y la familia se conoce.
—¿Qué quieres? —cuestiono, al cerrar la puerta y ver a Jazmín parada detrás de mí con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados delante del pecho.
—El nombre —dice entre dientes.
—Andrés —respondo, con una sonrisa que debe cubrirme prácticamente el rostro completo.
—¿Es el chico de la app de citas? —pregunta, caminando hacia la cocina para coger un envase de helado extra grande.
Si ya mi amiga era adicta a los chuches, ahora que está embarazada es aún peor. Jazmín era una modelo famosa, de esas chicas que ves en las revistas y te preguntas si son de verdad o computarizadas, pues si, déjenme decirles que esta sí es de verdad, extremadamente hermosa y genuina, encabezaba cada poster, cada programa televisivo y cada pasarela de los Fashion show más importantes del mundo. ¿Qué cambió? Decidió cambiar los vestidos de alta costura por un pullover enorme del Real Madrid, los tacones de agujas por pantuflas de conejitos, su plano abdomen por uno abultado en el que como mínimo, debe traer dos miniaturas y, las estrictas dietas, comenzó a pasárselas por el forro, para darle rienda suelta a todos los antojos.
—Sí. Vamos a salir a cenar. ¿Y tú?
—¿Yo qué? —contesta.
—¿Cómo te fue en el trabajo? —añado.
Después de mucho tiempo, le habían vuelto a hacer una oferta de trabajo, no como modelo, pero de igual manera era en la industria de la moda y, para una famosa firma Leuchtenberg Designs.
—Pues resulta, que mi jefe es el mismo estúpido de los mensajes de anoche.
No me lo puedo creer, comienzo a reír escandalosamente. Anoche, mi amiga recibió un video en el que un hombre como caído del cielo, se encontraba desnudo y dándose placer, junto con muchos mensajes candentes que harían, que hasta a la más santa, se le mojasen las bragas.
—¡Uy! —chillo sonriente—. Mensaje divino —la molesto.
Frunce el ceño y comienza a bufar.
— Cambia esa cara Jaz, últimamente estás todo el tiempo de mal humor ¡Y no! ¡No le eches la culpa al embarazo!, estás falta de alguien que te mueva el piso.
—Si claro, es que ahora soy una máquina de atracción dispuesta a ir echando polvos por doquier —replica irónicamente, llenándose la boca de helado.
—No hagas drama —respondo.
Mi celular vibra y observo en la pantalla que es Andrés, aún me espera en el restaurante. Le dije que llegaría en 15 minutos. Se ofreció a pasar por mí, pero no quiero que sepa donde vivo, es muy precipitado.
—Jaz, me tengo que ir, pero mañana tú y yo hablaremos.
Me mira y asiente, prendiendo la tele.
—¡Aah Jaz! En vez, de ver esos ridículos programas que sabes que al final te harán mal, deberías descargarte la app, a lo mejor, encuentras un poco de diversión —le aconsejo entre risitas.
Aparco el auto, con los nervios a flor de piel.
Hemos conversado a diario, realizado infinidades de llamadas, pero, el conocer en persona al hombre que te trae de cabeza, el que te hace sonreír con tan solo pensarlo, ese, que te acelera las mariposas en el estómago, es algo completamente diferente. Es ese, el punto exacto en que la maleta de las inseguridades se torna un poco más pesada, en el que los pasos ya no son tan fuertes y la sonrisa no es tan amplia. Es ese preciso momento, en el que quieres dar marcha atrás y prefieres vivir con “el hubiera” y es, justo, cuando comienzan a tener respuestas ilógicas todos tus cuestionamientos, pero que, en ese, ese instante, te parecen que son irrefutables.
¿Y sí no es él?
¿Y si no le gusto?
¿Y si es un alíen?
Yo mejor me voy.
Doy media vuelta, justo cuando me encuentro en la entrada del restaurante.
Yo, prefería vivir con “el hubiera”, en cambio él, prefirió vivir con el presente.
—¿Nicole?
Escucho a mi espalda una voz familiar. La misma con la que despido mi día cada noche al dormir.
Me detengo. Mis piernas quedan estáticas pero mi frecuencia cardiaca se eleva, a más de 100 latidos por minuto.
¿Nervios o taquicardia?
—Nicole —insiste.
Cedo. Volteándome para quedar frente a frente con el hombre más hermoso que alguna vez haya visto.
—¿Pensabas huir? —cuestiona, ladeando la cabeza, acompañada de una pícara sonrisa.
“Será mejor que nos sujetemos las bragas, porque se nos quieren caer”
—Yo…Eh…No —tartamudeo.
Vuelve a sonreír, extendiéndome la mano y la sujeto, sin apartar mis ojos de los suyos. Inhalo su aroma y como si fuera cosa del puñetero destino, comienza a escucharse música de fondo.
—Eres más hermosa en persona —ronronea—. Vaya que he tenido suerte.
—Gracias, aunque es de suponer que es el típico cumplido que le dices a todas —suelto sin pensarlo dos veces.
Su sonrisa desaparece por un momento, en el que también deseo que me tragase la tierra por siempre decir exactamente lo que pienso y sin filtros.
—Tienes razón —interrumpe el silencio—. Se lo digo a todas, pero, me creas o no; y sé que no lo harás —añade—, es la primera vez que lo digo sinceramente.
Me guiña un ojo, acercándose mi mano a los labios para besarla de manera muy caballeresca y justo, en el instante en que el oscuro de mis ojos, conectan con el azul de los suyos nuevamente y esa extraña sensación de cosquilleo recorre todo mi cuerpo, en ese preciso momento, sé que estaré completamente perdida.