Era la misma habitación donde se besaron la primera vez. Habían llegado aquella mañana a la posada de Martha, y en ese momento Seline estaba tumbada boca abajo en la cama con unas toallas calientes sobre su culo desnudo. Todavía no estaba acostumbrada a cabalgar, y menos tantas horas seguidas. Por lo menos aquel dolor le había servido como excusa para librarse de Martha, quien, a pesar de quererla mucho, a veces resultaba un poco pesada. Primero había sido la regañina por quedarse en el pueblo tras descubrir que había un vampiro, y después al descubrir que estaba casada... habían llegado multitud de bendiciones y la felicidad de ver algo que pensó que nunca ocurriría. Y no olvidar toda la charla por la sorpresa de descubrir quién era su marido. Al final se había convertido en una perorata

